miércoles, 5 de septiembre de 2012
MÉXICO SURREALISTA CASI SERIO, CASI NOVELADO: ENTRE FUENTES Y PÁRAMO(S) CRECEN PERAS DEL OLMO
domingo, 2 de septiembre de 2012
LABERINTO EN CAMIÓN
Por Carlos Valdés Martín
Enganchado
Anasteseo cruzará la ciudad hasta el punto último del más largo viaje y lo hará colgado del camión de pasajeros. El chofer del autobús urbano arrea su carga humana hasta saturarlo; con frío cálculo el chofer grita:
—Suban, todavía caben atrás— mientras la evidencia racional protesta, y la masa humana se resiste a comprimirse en el interior; él repite con voz de mando y negando la evidencia física— todavía hay espacio.
Anasteseo, de oficio peón albañil, en vez de apresurarse a subir, deja pasar a los demás y permanece al filo de la puerta. Entonces arranca el autobús y queda la puerta abierta; ese último pasajero ocupa la escalinata, detenido de un manubrio externo, como valiente trapecista. El chofer mira de reojo al peón delgado, con la barba sin rasurar y el pelo medio rapado. Sin intención pasa por su mente: “Ese se queda ahí colgado para no pagar”
¿Qué hacia Anasteseo colgado al camión y alejándose de su hogar? Sentía un vacío en su alma, un fragmento extraviado desde que lo abandonó Mariana. Mientras se colgaba sobrevino la nostalgia: “No debo pensar en ella”. Y vació una lágrima por su mejilla, pero no hizo ningún ruido.
Viajar colgado trae sus peligros: un frenado brusco, la proximidad de un vehículo por la derecha y surge una tragedia. Hace unos días un paramédico atendió a Anasteseo. Otro frenado súbito lo tiró del camión, cayó al pavimento, rasgó la ropa y un hilo de sangre brotó en codos y rodillas. El chofer maldijo, pero no se detuvo y los pasajeros no se dieron cuenta o fingieron no ver la caída.
El auto que seguía atrás se detuvo y no arrolló al peón. Anasteseo estaba desmayado y el paramédico hizo su rutina con pausa: tentar por si hay huesos rotos, reanimar con delicadeza y no mover el cuello sin verificar su integridad. Unos minutos duró Anasteseo en el cubículo de la ambulancia, y los aparatos de resucitación le recordaron el ambiente ominoso de un hospital. Suplicó para escapar rápido de ahí y juró que no había dolor: casi era cierto.
Desde antes Anasteseo había perdido algo importante en los usuales viajes en camión: la pieza clave del rompecabezas sentimental estaba extraviada. Quizá era Mariana, pero a ella no la nombraba. El chofer del turno matutino encontró otra pieza: una pluma de ave, con colores brillantes, un hilo rojo atado y el nombre de ella. La acercó ante sus ojos y no comprendió, quizá luego serviría y la guardó en un escondite, en una alcancía secreta de monedas extraídas a la cobranza diaria. Ahí quedó viajando la pluma con el embrujo de la novia y el peón la extrañaba; su aroma perdido lo impulsaba a seguir ese mismo mapa de semáforos y asfalto.
En sus noches solitarias y de pesadilla Anasteseo sentía el vaivén de un laberinto; avances y retrocesos que movían su vientre y entrañas. No podía permanecer más en un sitio, se levantaba de madrugada y pagaba el pasaje más barato hacia un punto lejano. Al pasar los días no era bastante un viaje, ni cualquier camión; terminó identificando al vehículo grande y robusto, como un toro furioso que se movía con desfachatez entre el tráfico. Quería viajar mucho así que permanecía en la puerta del transporte, no tomaba el boleto y a cambio lograba quedarse más allá del trayecto ordinario. Tampoco pretendía meterse como un pasajero ordinario. Le agradaba esa sensación que buscan los perros en las ventanillas de los automóviles: el golpeteo del aire continuo. La ventanilla no era suficiente, ocupaba el puesto de la puerta abierta. Para satisfacer esa excentricidad están las costumbres del subdesarrollo, que satura los camiones de personas y dejan colgando al último pasajero. En esa situación, tan riesgosa y ordinaria, Anasteseo sentía la satisfacción y el sosiego del sediento frente al vaso de agua helada.
En ese fin de semana de paroxismo ya no bastó el trayecto hacia el trabajo. Una ansiedad insaciable de resolver un enigma en su interior le atajó: subir una y otra vez.
Cuando se vació el camión en la terminal el chofer le preguntó:
—¿A dónde va?
El peón no supo responder y del bolsillo sacó unas monedas como argumento:
—Es para otro viaje. El aspecto extraño del peón y la terquedad para permanecer en la puerta colgado sobre el estribo aconsejó cautela al chofer, y no se metió a discusiones: cobró.
Eréndira con lentes
Tras cuatro décadas de frustraciones Eréndira, funcionaria del ministerio del Salud, huye atormentada por un romance fracasado. Evita volver al nido vacío y se disfraza con lentes oscuros; unos lentes grandes que recordaban el estrabismo sufrido en la niñez y las burlas en la escuela primaria. Medio año sin usarlos, la mitad de la vuelta del planeta al sol sin usar esas gafas, mostrando la faz y sosteniendo la mirada. Y, de pronto, ella sufre una traición. Si antes la utilizó y depreció su primer amor ¿por qué no la volverían a utilizar? En una sola revelación y un adiós, llueve la catarata de frustraciones y ella se odia: por ser tan madura, por aceptar y no lanzarse a los golpes contra quien le hiela el corazón. Las gafas oscurecen el planeta, al mediodía parecían discretas, pero ¿quién usa gafas oscuras en la noche? Una funcionaria normal no; sin embargo, es imposible retirarlas: lo exige el luto del alma. Eréndira necesita oscurecer el cielo para habitar entre sombras.
Se ha metido también al camión de pasajeros y solamente quiere dar vueltas, aturdirse en un zigzag. Al principio, tan saturado de gente, imaginó que esa máquina la vomitaría en unos minutos, pero un asiento se desocupó providencialmente. La silla vacía, sin motivos y como esperándola, la calmó. Al fin, ya había avisado que faltaría al trabajo. Así, se entretuvo en los vaivenes frenéticos del conductor, frenando y arremetiendo cada vez que podía. Y esa música, tropical y populachera, la cual jamás oiría por voluntad era un bálsamo extraño; las voces cantando desamores… que lloro por ti; gimiendo, eres una traicionera; maldiciendo, te ha de llevar el diablo; contragolpeando, ojalá que te mueras… Ella desea perderse en la ciudad, como sigla anónima entre una multitud; sentada y silenciosa entre la serie incógnita de rostros fugaces. Mira al enfebrecido pasajero colgado y descifra otro abandono, al principio no encuentra ningún punto de cercanía: simple pretexto para confirmar la soledad colectiva. Palpitaba una caricia en la espalda dolida del sentimiento, el mensaje anónimo que le decía: al final, todas sufren igual, es la ley de la vida según la cual los canallas son legión. Siguió mirando y empezó a cabecear: no había dormido y el ritmo frenético se volvió un arrullo. Con la cobija del anochecer el vehículo se fue quedando vacío, y le llamó la atención el tipo flaco y nervioso que se aferraba a la puerta del vehículo, manteniendo más de medio cuerpo afuera. La mirada languidecía, consonante de un corazón roto. Eréndira supuso: “ese sufre más que yo y de otra manera”. Comenzó una plática imaginaria y ya no le resultaba un extraño.
Clodomiro ingeniero y chofer nocturno
Clodomiro había comenzado mal su semana: renunciando a dar clases. ¿Renunciar a una vocación de maestro para engolfarse en un vehículo urbano se puede llamar oportunidad? No soportó a los alumnos del bachillerato ni una semana. Acababa de terminar la carrera de ingeniero y, en su primer empleo como maestro, estaba deseoso de transmitir conocimientos sublimes. Ese ánimo se estrelló contra una generación de alumnos rebelde y sin interés por su cátedra. Desde la primera clase cayó en el enfrentamiento, amenazó con reprobar a los cabecillas, a los más simpáticos del salón y comenzó una lucha en clases. A Clodomiro lo recibían con grosería: colocando gis en su asiento; le escondían las plumas y las escuadras; hacían ruido cada vez que se volteaba; no entregaban tareas y fingían no entender nada. Cuando indicó al grupo que debían poner su fecha de nacimiento y luego aclaró que sería exclusivamente el año de su nacimiento para hacer un ejercicio matemático, cada alumno preguntó como si no hubiera escuchado:
—¿Pongo el día profesor?
Y él respondía:
—No, solamente el año.
Al final, todos colocaron el día de nacimiento. Clodomiro entendió: los pupilos conspiraban. En reunión privada, suplicó al director un cambio de grupo y ante la negativa tajante, se enfureció y se enredó en una áspera discusión. El director y Clodomiro discutieron, subieron de tono y éste presentó su renuncia inmediata.
Con la renuncia intempestiva en mano, la buena nueva se convirtió en un conflicto. La esposa le avisó que estaba embarazada y lo cuestionó con amargura por su mala decisión: los trabajos de maestro escaseaban en esos días y los empleos de ingeniería eran más inaccesibles. En su doble responsabilidad de esposo y futuro padre, Clodomiro urgido de ingresos volvió a un empleo que ya había probado: chofer de camión urbano. Estaba perdida su licencia, pero conservaba una fotocopia y con eso bastó para regresar de inmediato: “En cuanto pueda saco otra licencia, no vaya a meterme en problemas”. Debía mimetizarse, vestir como los demás y escuchar la música de moda; acostumbrarse a la rudeza y el albur. Antes ese empleo fue escalón, evento fugaz y ahora quizá una trampa o un destino. Mientras manejaba imaginaba el diseño de un aparato mezcla del resorte y la inercia mediante un círculo; en su visión dispondría de cinco pies en redondo. Calculaba mentalmente mientras volanteaba y cobraba con exactitud; con una doble faena se obligaba para rescatar el amor propio lastimado.
Enemigo al asecho
Anasteseo moviéndose de un lado al otro dejó de sentir ansiedad, sed o preocupaciones. Con alegría miraba las calles acercándose y sentía que hallaría una solución a la vuelta de cada esquina, pero era en vano. Cada expectativa terminaba la pared bloqueada y la calle cerrada: frustración y desvarío. Empezó a repetir una tonada interior para exorcizar su miedo a no encontrar la salida. El camión, grande y hasta agresivo, con el aire pegándole en la cara, le mostraba que todavía se abrían las salidas. Dijo: “Mientras me mueva, escapo.” No quiso mirar atrás, sintió una presencia.
La noche devoró la ciudad tramo a tramo y el conductor nocturno advirtió:
—Este es el último viaje; la unidad quedará encerrada en su corralón.
Ante el final inminente, volvió la ansiedad y Anasteseo sintió el cansancio, un oscuro laberinto acumulado se descargó sobre su esqueleto. Los músculos lanzaban calambres al cerebro y negrura a las pupilas. El brazo, que tan servicial sostuvo su cuerpo durante el día entero, se negó a responder y lo tiró de bruces bajo las pezuñas del Minotauro, que corría oculto entre el tráfico, a la caza sigilosa del siglo que nace.
El camión se detuvo un momento y, la penúltima pasajera, Eréndira, se bajó dando gritos de pena y alarma.
Clodomiro recordó a su esposa embarazada y la falta de licencia, comprendió que era un error permanecer detenido y pisó el acelerador como el cobarde que no solía ser.
martes, 28 de agosto de 2012
ROMANCE Y DESFALLECIMIENTO DEL AÑO
Por Carlos Valdés Martín
Ella piensa: “Este apasionarse por alguno tan joven es absurdo; enamorarse súbita y perdida no rima conmigo. Estoy desvariando, este amor es tan ciego como ilógico. Me romperé la cabeza contra esta pasión y terminará mi invierno de calma. ¡Qué digo la calma! Mi mínima reputación rodará por los suelos. Si la infidelidad provocada por una dama aristocrática tardó tanto en ser perdonado ¿quién me lavará la cara cuando se enteren de que este jovencito robó hasta mi último aliento?”
Justo esta noche cuando la alegría corre a borbotones y la música suena, tenía que aparecer ese desconocido con tez fresca de mozuelo y mirada dulce de conquistador. Multitudes de visitantes acudieron al gran salón, una orquesta tocó melodías suaves y las sonrisas se esparcieron como un bálsamo aromático. No había lista de invitados, así que gente de cualquier rincón del pueblo pisó la duela limpia del recinto. Los magnates se mezclaron con los humildes, las casadas con las doncellas y pronto sonó el rumor de una algarabía confusa. Exigiendo un instante de atención el alcalde anunció que faltaba poco para lanzar los juegos pirotécnicos, esta vez más espectaculares.
Él se asomó ahí sin intención, pleno de inocencia o carente de malicia: que es decir lo mismo de otra manera. Abría los ojos, como sorprendido, mientras miraba a cada objeto y persona que se le atravesaba. Por mera cortesía, a los saludos les devolvía sonrisas, pues no dominaba las palabras ásperas de los aldeanos ni acostumbraba tratar con desconocidos. Casi unánimes, las damas añosas lo miraban con ternura, pero no se atreverían a tildarlo de niño; los señores mayores, implicados en poder y negocios desconfiaban de su apariencia de fuereño. En su mayoría las jovencitas lo observaban con simpatía; los chicos, con rivalidad. Algunos quedaron incómodos con la mera presencia; un mesero perspicaz sintió repugnancia por su piel, pues tan fresca —casi emanando un vapor matinal— semejaba a un neonato; un guardia se contrarió por su mirada, escurriendo un exceso de candor, como el loco del Tarot. Cada cual se hacía una idea distinta de él, al menos, nadie era indiferente.
¿Por qué se fijaría él en ella? La explicación de los polos opuestos que se atraen resulta la más sencilla, así que la navaja de Occam recomienda no usar más hipótesis. De esa manera lo explicó una cocinera, cuando descansaba las pantorrillas, luego de preparar cientos de platillos para esa cena festiva. Mientras reposaba también observaba el baile y le llamó la atención esa pareja: juntos como imanes, polos contrarios que se mueven al unísono. La perfección de ese baile lindaba en el descaro, los cuerpos pegados, ni el grueso de una hoja separaba sus siluetas en movimiento; sin embargo, los ataba un imán carente de sexo.
El vestido de ella era de elegancia soberbia, con tonos oscuros y alguna chispa deslumbrante en los hombros: alegoría perfecta para el ocaso del sol, cuando su rayo final alegra el horizonte y manda un mensaje: el tiempo de soñar ha llegado. Las damas de mayor rango, preguntaron entre ellas para localizar al diseñador de ese vestido y ninguna supo. El traje de él parecía un manto de niebla matinal, todavía dominada por una lana gris y somnolienta, salpicada del alba y cantos de pájaros del bosque. Ni la mínima sospecha de que ese traje fuera de diseñador, sin embargo, enmarcaba perfecto a un espíritu joven.
Cuando terminó la agitación, su esposa le contó al alcalde que la dama abordó al joven extraño; le dijo: —Debió haber perdido cualquier recato; lo sacó a bailar y parecía salivar como una tigresa en celo. Todas nos dimos cuenta de sus intenciones; claro, que tú no lo notaste: los caballeros son tan poco perspicaces.
Eufórico por el evento respondió: —¡Eso qué me interesa! Nuestros fuegos artificiales valieron su peso en oro; lucieron puntuales a la media noche y esplendorosos. Creo que nadie les quitó la vista de encima.
—Ese momento fue cuando aprovechó ella, y a jalones arrastró al jovencito. Hasta deberías de reportarlo como rapto, tengo la corazonada que él es menor de edad.
—No digas disparates, mujer. El fuereño apenas existe, es una sombra fugaz y de ella ahora ni me acuerdo.
En efecto, aprovechando la algarabía de los fuegos artificiales ellos se alejaron de la multitud; el espacio suficiente para que librarse de miradas indiscretas, pero no tan lejos, pues sentían la presencia de todos. Bastó un instante para alejarse. Quien creyó que ella lo llevaba arrastrando se equivocaba, era una ilusión: con mutua complicidad avanzaron hasta el sitio más discreto. Sonrieron para contemplarse un instante, cada cual en la pupila del otro; fluía la chispa más pura de amor y vida: de un lado la pasión que es ocaso y memoria, del otro lado, el fuego que todo lo crea.
Apartados de las murmuraciones, ella le confiesa al Año Nuevo: —Jamás imaginé que nuestro único encuentro de amor sería una despedida definitiva.
Él suspiró y dijo: —¡Qué triste es conocer a una madre y perderla en ese mismo instante!
Después sobrevino un silencio, mientras el soplo de lo irremediable la alejaba y él la miraba hundirse en el pasado, el cual también persiguió a la doceava campanada hasta desvanecerla.
domingo, 5 de agosto de 2012
CONTRA GOLEM
Es de noche... y el corredor... permanece oscuro, la joven Helga empuja con gran dificultad un enorme bloque cúbico que gira sobre un eje, la aspereza de granito y metal lastima sus delicadas manos que nunca acostumbran el esfuerzo físico. Por el tacto ella adivina algunas letras extrañas y figuras buriladas sobre la superficie pétrea. Un cabello rubio cae enredado en una gota de sudor mientras escucha el eje resistente cuando el bloque cede unos milímetros. El bloque se ha desalineado y eso marca una ligera falla en la fila de una cara monolítica, enorme como la faz de una esfinge. Ella escucha el sonido de pasos o botas militares que se acercan, con alarma cesa su esfuerzo y quiere escapar.
** Isaac arrastra en silencio los pies, el hueso de la espinilla le duele por las astillas de un lejano interrogatorio. Ha aprovechado la niebla, que llega cada madrugada. Los guardias, están débiles por el hambre que asola al campo de prisioneros; un puñado de sobrevivientes duerme profundamente. Dormir es pecado capital entre los vigilantes. Pero a Isaac el temor y el dolor lo despiertan, ecos del único búho sobreviviente en el bosque lejano los imagina salidos de aves de rapiña agónicas o degeneradas. Además, en la profundidad oscura de las 3 a.m., Isaac resulta algo más joven; la oscuridad absoluta lo revitaliza como a un Romeo enamorado, aunque atrapado en ese cuerpo ajado por la adversidad. Isaac avanza con sigilo, la niebla lo protege y, además, esa ruta la conoce por la repetición, avanza pegado al muro rugoso hasta que termina el sucio corredor. Sabe que arriba está el cielo con un manto estrellado y se imagina la construcción dibujando un singular Golem pétreo, formado de bloques enormes. El sitio de su meta semeja a la misteriosa esfinge, pero armada con una tecnología extraña. Una brisa fría proviene del Golem, que se mantiene escondido de los ojos del mundo, en fin, es un sitio secreto. Lo construyeron pieza a pieza, cuando había cientos de prisioneros en el sitio y los obligaban a levantar a fuerza de músculo cada una de las piezas burdas. Cuando Isaac entró al campo de prisioneros creyó que era un monumento enloquecido, pero descubrió que el propósito era más perverso y personal. Poco a poco los demás prisioneros fueron muriendo de cansancio y abandono. Le incomodaba que el director de la prisión, Fritz, lo tratara de un modo distinto, apartándolo del trabajo pesado y manteniéndolo —por motivos apasionadamente personales, por la deuda de un amorío juvenil— como un conejillo de indias, una víctima privilegiada de ese experimento. Los pasos sigilosos siguieron hasta el punto donde el muro termina y comienza la abertura de la escalera descendente. Él contaba los escalones con una memoria automática, una diferente a la usual, porque evitaba recordar. Los recuerdos eran peligrosos, aunque no en ese momento: en un proceso tipo laboratorio se los extraían. Esa era la lucha y el motivo de su privilegio: el director y el científico a cargo buscaban arrancarle los recuerdos, no solamente los personales, sino los de su linaje, los de tiempos legendarios, cuando su raza fue heroica y presumía de una relación con Dios. Isaac evitaba los recuerdos y procuraba sustituirlos por un automatismo silencioso, una copia pobre de los recuerdos. Aunque en la soledad no se los podían extraer debía mantener la disciplina de nunca recordar, era mejor mantenerse vigilante. Por lo mismo, soñaba poco no fuera a ser que, algún mal día, encontraran la manera de meterse en sus sueños y robar sus recuerdos.
** Fritz leyó en una revista de divulgación científica una idea descabellada y la creyó, luego les comentó a sus superiores que habría de encontrar el modo moverse en el tiempo, traspasar los límites entre el ahora y el pasado. Para el Instituto Militar el viaje en el tiempo era una posible arma final, pero mantenían la idea como una hipótesis audaz de sabios febriles. En días de guerra las hipótesis extremas no se descartan, la nueva Gran Guerra corría silenciosa, las potencias se habían alineado tras el escudo electromagnético y atómico que protegía los cielos pero el odio se arrastraba por los suelos. Los viejos odios de razas y religiones tomaron por asalto las ciudades y villas, asolaron los campos y quemaron los bosques. Tras el decreto de la ley marcial, Fritz convirtió a su villa en un campo de prisioneros. Al inicio de las hostilidades, recibió armamento y muchos recursos, pero algo terrible sucedió en los alrededores: el río quedó contaminado de podredumbre nuclear y el sitio quedó aislado a perpetuidad. Más que un director, Fritz se convirtió en un rey tribal gobernando un campamento sitiado, conservó a los adultos varones y se deshizo de las familias, de todas las familias excepto la suya. La guerra es asunto de varones, la prisión también. La zona habitacional dejó de ser funcional, poco a poco fue siendo demolida y convertida en un centro para prisioneros. Fritz tenía a su personaje complementario, la encarnación de Dédalo, pues el Instituto Militar le envió a un sabio oscuro que insistía en fabricar el arma del viaje en el tiempo y llevaba meses importunando a sus superiores, suplicando convertir su sueño en realidad. La hipótesis de este nuevo Dédalo —a quien los archivos oficiales nombraban Teineins, como jocosa burla a Einstein— buscaba efectuar este viaje en el vehículo de la mente humana. La máquina que diseñaba era psico-crónica usando la configuración psíquica para romper la barrera del tiempo. En la villa faltaban técnicos pero sobraba mano de obra, así que Fritz empujó hasta convertir ese campo de prisioneros en una organización funcional al proyecto. La vieja iglesia resultó ser la única construcción lo bastante grande y solida para sostener la parte arquitectónica del proyecto Golem. Al principio, los remordimientos cristianos incomodaron al jefe y provocaron murmuraciones de los guardias, pero el sacerdote huyó junto con las mujeres y niños, así que terminaron los reproches en voz alta por la metamorfosis de esa edificación. Poco a poco, la fisonomía de la iglesia terminó semejante a la gran esfinge egipcia, armada en la fachada mediante cubos casi del tamaño de una persona.
** Algunas noches de luna llena, Fritz se embriagaba con el único licor de sitio. Perdía el sentido de la compostura y se portaba locuaz. Repetía que estaba próximo a lograr el arma definitiva, pues el viaje en el tiempo daba un poder absoluto, semejante al de Dios. Fumaba un pipa absurdamente grande, acababa en un rato con su ración de tabaco, y escupía afirmaciones sobre su futura grandeza. A ratos abrazaba a los guardias y los obligaba a cantar, pero no les compartía licor, con lo cual se agregaba un resentimiento y crecía el sentido de jerarquía. El superior le explicaba a la luna y al viento que modificaría el curso de los acontecimientos tanto que el planeta entero sería irreconocible, sometido a su mano, tan inmensa como el manto de la noche de un próximo milenio.
** Isaac subió las escaleras entre oscuridad y silencio. Seguía el mismo procedimiento automático y sin memoria, mientras ascendía sin pausa ni prisa. La ropa delgada, de color como hojas muertas, lo separaba de los húmedos bordes de las paredes. En la solapa llevaba un número desgastado, una cifra enorme que resultaba ridícula cuando en ese sitio solo sobrevive un puñado de personas. No recordaba a los prisioneros muertos, en verdad los había olvidado, no así su juventud e infancia, que atesoraba como al primer amor: sus recuerdos más dulces y verdaderos eran rehenes involuntarios. El primer pastel dulce y el juguete que recibió en navidad eran cautivos preciosos, sellados bajo una compuerta especial en su cerebro. Los recuerdos recientes no importaban, podían fluir sin riesgo. La escalera ascendente terminaba en la parte trasera de la cara enorme de roca. ¿Qué hacía él ahí tras la cara de la esfinge? Los bloques debían perder la alineación, así la máquina psíquica se debilitaba. Con secreta satisfacción se puso a empujar, sus huesos agotados se quejaban pero su alma sentía una satisfacción incomparable al sabotear los esfuerzos de Fritz y de un lejano Instituto. Sabía que al amanecer se sentiría con la mente más fresca y menos acosado por ese Golem. A modo de un ritual pagano, cada domingo Fritz lo colocaba en el sitio del atrio, atado a una silla de rústica madera, con los cables de electrodos puestos en su cabeza. El proceso tardaba varias horas. El oscuro científico se movía con torpeza entre monitores con rueditas, que al chirriar semejaban perrillos falderos. Ajustaba un monitor, pegaba y despegaba un electrodo, movía perillas, refunfuñaba. Un guardia mantenía la posición de firmes y si flaqueaba un poco, Fritz lo regañaba con furia. Mientras llovían los regaños el guardia miraba a Isaac de reojo para susurrarle en silencio su frase favorita: “Eres un puerco privilegiado, por mí te mataba ahorita”. Pero mientras Fritz estuviera presente, el aire quedaba saturado de solemnidad y marcialidad. El jefe del lugar, acentuaba el paso y los saludos, se movía con redoblada rigidez por un motivo secreto: él no era un verdadero militar, de hecho la villa jamás había sido pisada por uno. Fritz era un administrador dependiente del Instituto Militar que envidiaba la fuerza y jerarquía de los soldados; cuando mucho, era un burócrata militarizado que se ingeniaba para imponer su autoridad en un periodo de emergencia. Una vez que estaban alineados y afinados los aparatos, el científico comenzaba una tediosa búsqueda, en su monitor (ovalado cristal líquido) debía aparecer un rastro de recuerdo (mosto del licor cerebral) valioso, luego empleaba un control remoto (manivela de la vara de Merlín) del edificio Golem hasta lograr una transferencia. La estructura sólida de la vieja iglesia se cimbraba completo cuando los dínamos interiores alimentaban la esfinge, un flujo dimensional parecía disolver las rocas y un zumbido enorme alcanzaba las montañas, con espanto las aves y los animales huían del bosque vecino. Tras largas horas de pruebas un labio enorme o un párpado pétreo parecían temblar: a unos metros de distancia surgía la apariencia de ilusión óptica del lejano oasis, el aire se curvaba y la materia sólida emparentaba con el líquido. A la distancia del relato desconocemos cuánto se debió a una ilusión y el efecto directo, pues nadie fue observado puliendo los bloques de roca, por sí mismos se deformaban. Cuando las vibraciones de los dínamos parecían insoportables y el ambiente se combaba con reverberaciones, el científico mascullaba y aseguraba que la esfinge terminaría adquiriendo más vida que ellos mismos: entonces se abriría el vehículo para viajar en el tiempo. De cuando en cuando, Teineins le hacía notar a Isaac que había atrapado un recuerdo. Le murmuraba al oído: “¿Te acuerdas cuando el maestro de matemáticas tachó tu cuaderno cuando copiaste y tu vecinito se burló cuando salieron de la escuela?” Isaac procuraba no contestar, pero Teineins sabía que acertaba pues miraba su monitor con rueditas. Luego Teineins informaba (o se burlaba: no era clara la diferencia en él) lo que venía: “Pues, ya no vas a tener este recuerdo, ahora será del Golem” Los dínamos bajo el suelo sonaban más fuerte y en unos minutos terminaba la sesión.
** El científico, deleitándose de su superioridad, no sólo en ese microcosmos carcelario, sino ante la humanidad entera, prefería el ostracismo. No confesaba sentimientos ni sus intenciones. En especial, despreciaba al director del sitio, pues lo sabía un oportunista, parasitando su capacidad superior. El deportista estelar que, por una ironía del destino, está supeditado al mozo del vestidor no siente más aversión, cada vez que el mozo pretende ser quien da la cara a los superiores sobre los éxitos en un campeonato. De modo bastante burdo, Fritz pretendía adjudicarse la mayor gloria posible sobre el Golem. El científico no tenía más opción que callar y mantenerse reservado, ya tendría oportunidad de mostrarle al mundo que el director era menos que el mozo del vestidor cargando los calcetines sucios y entregando las toallas limpias. Carecía de familiares vivos y los científicos del mundo exterior eran sus rivales, sabía que estaban listos para ridiculizarlo, en cuanto observaran la mínima señal de fracaso. Su única relación personal era con la entidad encerrada en el Golem; paso a paso la escultura de roca adquiría rasgos de una personalidad. Los zumbidos de los dínamos parecían palabras elegantes pronunciadas en una lengua extranjera. Cuando tenía oportunidad de descansar, miraba como el enamorado a la amada inmóvil, y hubiera velado sus sueños, si le fuera permitido.
** Al principio Isaac no imaginaba cómo sabotear las tareas del científico hasta que empezó a alejarse de los recuerdos. El recurso era útil, pero eso solamente prolongaba las sesiones. Como gambusino en una mina empobrecida, Teineins pasaba más horas con sus monitores hasta que encontraba la pepita de oro de una imagen pretérita. A pesar de las pérdidas, Isaac conservaba montones de sucesos pasados, pero el extravío de algunos significativos sí lo lastimaba: sabía que ganó una carrera en una ciudad cercana. Recordaba los entrenamientos y los comentarios posteriores, las imágenes de su medalla brillante, enmarcada en la pared de la salita hogareña, pero el momento del triunfo y las lágrimas de su madre cuando le colocaban una medalla habían desaparecido. Había un hueco en la sucesión de eventos. Se lo confirmó el guardia, que solía ser despectivo, pero parlanchín e indiscreto. El guardia presumía que existía un archivo completo de las memorias de Isaac encerrado en una caja fuerte inaccesible. El segundo medio para sabotear el avance del Golem era mover ligeramente los grandes bloques graníticos que lo conformaban. Cada piedra sin alineación causaba algún desperfecto en el funcionamiento del sistema. ¿Por qué? El guardia no lo sabía y el científico era discreto, así que a Isaac le bastó un mensaje de Helga para creer en una posibilidad.
** Helga era la única mujer en la villa. Por un sortilegio que unía la longevidad biológica con su amor encapsulado en el suspenso, ella se mantenía con apariencia joven y corazón inocente, atrapada por un sitio envejecido y rencoroso. Ella no sabía el significado de los odios. A su padre no lo podía odiar, los guardias y el científico le resultaban indiferentes y a Isaac lo amaba desde la adolescencia. Ante Fritz guardaba silencio, callaba desde que su pasión adolescente quedó prohibida por el abismo de su virginidad perdida en una aventura con el vecino de raza impura. Para colmar el silencio diario tarareaba canciones de cuna y adornaba con ramas y flores la casita privilegiada fuera del campo de prisioneros. Prefería pasar el día entre la casita y los prados contiguos en dirección del bosque. De día era desgarrador mirar al único prisionero sobreviviente, le escurrían lágrimas por su amor imposible y su padre se turbaba, perdía el aire marcial y la acompañaba andando hasta la casita. El recorrido era breve y se terminaban las lágrimas. Helga había amenazado con suicidarse si mataban a Isaac, así que en voz muy baja, el padre le decía al oído: “No te preocupes, lo cuido, no le pasa nada”. Ella sabía que Fritz mentía, a Isaac lo maltrataba y torturaba con discreción, y, sobre todo, quería arrancar de su memoria ese amorío, el que impidió casar a Helga de blanco con un pretendiente rico. Una vez, ella miró en el diario de su padre la palabra “mancillada”, escrita una y otra vez. Su padre no olvidaba.
** Otro guardia era el cómplice de Helga y le indicaba cuando entrar sin dejar rastros durante las noches sin luna, también daba mensajes a Isaac y avisaba cuando los bancos de niebla bajaban por la montaña. Tras una indiscreción del científico, el mismo guardia dio la noticia: las rocas desalineadas entorpecían el funcionamiento del Golem. No es que Helga sintiera que sus escasas fuerzas físicas fueran una diferencia, sino que su sudor mezclado con perfume era una fórmula de recuerdo segura y reciente; dejando una huella que era ajena a la búsqueda de su padre y el científico. Empujaba largos minutos y casi nunca sentía un resultado, empezaba y terminaba ante el mismo muro colosal: el lado interior de un rostro indiferente. A veces, sentía una mínima variación y le provocaba alegría; de cualquier modo, ella sabía que Isaac acudiría alguna noche posterior a intentar la misma tarea de Sísifo y se impregnaría con esa fragancia que ella preparaba con flores silvestres. Imaginar ese momento la seducía y evocaba a una novia antes de su noche nupcial.
** A su manera, Teineins era un genio, de esa estirpe casi inhumana que persigue una idea sin importar los costos ni las consecuencias. El científico tenía razones para suponer que las vibraciones de los dínamos desalineaban los ejes de las rocas giratorias. Para Teineins eso resultaba un inconveniente más de su trabajo, por lo demás titánico, pues él solo estaba obligado a reparar los aparatos electrónicos y efectuar sus investigaciones. Mediante comunicados electrónicos suplicaba al Instituto el envío de asistentes, pero el río era tóxico y su proyecto no reportaba aún avances interesantes, como para arriesgar más personal en ese ambiente hostil. A pesar de la pobreza de recursos la tenacidad daba resultados, cada parte de un gigantesco rompecabezas había embonado. La noche anterior exigió a Fritz que abriera las botellas de champán para celebrar, pues sus ecuaciones eran correctas y el Golem ya tenía el poder para desplazarse en el tiempo. Estaba alegre y locuaz, Teineins proyectaba reinventar el premio Nobel para que inmortalizara su nombre, pues sus méritos eran superiores al creador de la dinamita. Se reía, pero Fritz no le encontraba la gracia a la frase que repetía obsesivamente Teineins: “Una explosioncita, contra el viaje en el tiempo.” Siguió riendo hasta caer borracho.
** A la parte interior de la cara del Golem se accedía desde 5 pisos distintos, conectados por la escalera interior. Isaac primero empujó en un bloque de la nariz, pero no sintió el olor de la lejana amada. Luego se dirigió hacia arriba, persiguiendo su olfato. Jugaba a adivinar cuántas noches habían transcurrido desde que Helga había presionado una roca. Sin duda el enorme ojo derecho asomaba la huella más reciente. La roca no solamente olía con intensidad, además una tersura y calor misteriosos le respondieron al tocarla. Después del lento y parsimonioso viaje el prisionero estaba acostumbrado a la oscuridad y la salida de la luna llena, escapando del abrazo de la niebla. La luminosidad lunar escurría entre las rendijas de las rocas giratorias, era una luz suave que crecía y mostraba el perfil de los misteriosos signos dibujados sobre la superficie. A Isaac le gustó esa iluminación, le pareció un espectáculo premonitorio: tendría éxito. Recordó la leyenda de Sísifo ¿Terminó algún día ese personaje legendario? En cuanto abrazó al granito, la luz y el olfato se confundieron, su mente se alejó y viajó hasta el momento de su carrera infantil, cuando ganó y su madre lloró de gusto. La página estaba arrancada del tiempo, la miraba con claridad, un corte arrancado burdamente como el brazo se separa del tronco. No estaba soñando ni imaginando, él estaba ahí, arriba del momento justo en que un juez deportivo, barrigón y musculoso, le colocaba esa medalla, ese día, en ese sitio del espacio tiempo. Parecía que Teineins había cumplido su promesa de traspasar la gran barrera. Isaac estaba físicamente en el sitio, un segundo antes y uno después de que la página quedara arrancada. ¿A dónde habían ido esos momentos de triunfo infantil? Desde ese curioso sitio, como otro espectador en una fila de padres vitoreando sus hijos, sintió enojo. Comprendió la frase “una página de la vida” que le hablaba a su corazón con una pregunta. ¿Quién se la robó? ¿En qué sitio la pusieron? Isaac seguía parado en la fila de progenitores, pero con su mismo cuerpo de prisionero, mancillado y flaco, con las piernas adoloridas y el estómago vacío. Rozaba la tela de sus vecinos y le sorprendía que no lo expulsaran por ser un invasor, que descubrieran su embuste pues él era habitante de otro tiempo. En algunas caras parecía descubrir el gesto de sorpresa contenida por su uniforme de hojas muertas y su número, pero disimulaban. Deseó alejarse y comprendió que su cuerpo material permanecía en el muro, tras el Golem.
** Isaac lo entendió, la máquina en operación y ahí, en la roca del ojo derecho en esa noche de luna llena estaba abierta la puerta dimensional. Volvió a empujar la roca y la mezcla entre la tecnología del Golem con su mente lo condujo hasta esa otra escena robada: se observaba bajo la figura de niño triste y regañado, acongojado por la prueba copiada, mientras el vecino ya había dejado de burlarse de él. Para comprobar la consistencia de ese mundo tomó un guijarro y lo lanzó contra la ventana del vecino. Tras el sonido del cristal roto, el padre del vecino salió furioso amenazándolo, pero se detuvo a medio camino, pues su vestimenta rara desconcertó al ofendido. Deseó alejarse y resultó sencillo, bastaba cerrar los ojos, centrarse en otro ambiente, como quien se decide a despertar. Tuvo curiosidad y dudas ¿Viajaba físicamente atravesando las barrera del calendario? Volvió a empujar y apareció en la panadería del pueblo, un sitio delicioso, donde cada día exhibían charolas llenas de panes dulces y salados. Se dirigió hacia su golosina favorita, una concha cubierta de azúcar, cortó la mitad y la puso en su bolsillo. La dueña le puso mala cara. Deseó alejarse y resultó más fácil. Al regresar al interior de la construcción del Golem esa mitad del pan seguía en su bolsillo. Saboreó lentamente cada migaja, mientras sonreía e imaginaba el potencial. Se sentó en el suelo y pensó. Había una pequeña oportunidad. Sintió tristeza por Helga, por él mismo y su familia muerta, por la guerra y hasta por Fritz que lo perseguía por un rencor sinsentido. Meditó y su mente se dirigió al principio, al inicio. Tomó una decisión. Volvió a empujar y apareció antes de la Historia; surgió Isaac completo, con cuerpo y respiración, bañado por un aire sin contaminación y rayos de sol sin radiaciones gama. En esas colinas los plácidos rayos solares anunciaban la tarde y a lo lejos, con amargura, discutían Caín y Abel. Ya sabía que eran ellos; entonces, se acercó Isaac con paso firme y ellos, sorprendidos por la ropa extraña de color hojas muertas, cesaron la discusión. Con argucias y autoridad Isaac le indicó a Caín que lo siguiera hasta un desfiladero, pues ahí recibirían un premio divino. Atrapado por la curiosidad Caín fue dócil y Abel los miró alejarse, paso a paso ascendiendo por una ladera polvosa. Un grillo verde que debió escapar del paraíso se posó tercamente en el hombro de Isaac y Caín supuso que era un presagio. Como viejos compañeros caminaron hasta el borde de un desfiladero y juntos miraron el horizonte. Pisaron el filo de una roca y abajo de ellos dormía el abismo. El joven admiró el horizonte mientras el visitante señalaba con el dedo en dirección de la inmensidad, susurrándole al oído palabras extrañas de confort y resignación. De alguna manera, Caín entendía esas sílabas extranjeras y rodó una lágrima furtiva, para luego cerrar los ojos con resignación. Sin aviso alguno, Isaac lo tomó de los hombros y lanzó al precipicio. Antes de que la gravedad cumpliera su fatal misión, abrió los brazos y lo siguió en el viaje al vacío. Un halcón que volaba sobre la cañada se sorprendió. En la fracción de segundo que trae la lucidez antes del final definitivo, el suicida se preguntaba ¿Cómo pudo surgir una estirpe guerrera si él acabaría con la simiente? Luego, con dos golpes secos terminó la semilla de la futura raza guerrera.
sábado, 21 de julio de 2012
PLATA Y PETRÓLEO: RIQUEZA PLENA COMO IMAGEN DEL DESTINO NACIONAL
Por Carlos Valdés Martín
La imagen de alguna fuente misteriosa y plena de riqueza como sustento y destino de la nación ha marcado a México desde la Conquista.
Una riqueza sin límites, desbordante, pletórica… sin embargo expropiada, apartada y monopolizada por unos cuantos, que, para colmo de males, suelen ser extranjeros, extraños, mercenarios, vende patria. Una emanación del cuerno de la abundancia, suficiente y bastante que no llega a los hijos, sometidos a una perversa injusticia, siempre hambrientos y pobres. Esa fuente de riquezas difícilmente imaginable se prefiguró en la mente de los conquistadores, que avanzaban hacia tierras ignotas con la esperanza de un golpe providencial, que de soldados los convirtiera en grandes príncipes y potentados.
Las narraciones indican que Colón solamente prometió las especias y un comercio floreciente, pero ya tomadas las primeras islas en el Caribe, empezó a crecer una fiebre del oro entre los conquistadores. Para los exploradores el sueño se convirtió en convicción e idea fija, buscaban obtener riqueza rápida y a manos llenas. La noticia de la lejana Tenochtitlán —“ciudad de los palacios” que dominaba el altiplano de Anáhuac— se volvió un imán y reforzó la idea de una riqueza en espera de sus saqueadores. Para explicar su ansia por el oro, los conquistadores dijeron a los indígenas que ellos padecían una rara enfermedad que únicamente se curaba en presencia del metal amarillo. Sin embargo, el oro codiciado no estaba dispuesto en las cantidades que pretendían Hernán Cortés y sus huestes. Por la misma razón que para los americanos solamente representaba un adorno curioso y no un vehículo de la riqueza universal, el acopio de tesoros metálicos no se conocía . Los adornos de joyas, por abundantes que fueran, resultaron mínimos contra la exigencia conquistadora. Si tomamos la medida de la ambición externa, la conquista del altiplano mexicano fue una decepción, que se compensaba con un territorio enorme y con población diestra que se explotó de muchas maneras.
Con el paso de los años, la fantasía colonial de filones de metal precioso se descubrió como una realidad de plata. La tierra de Nueva España resultó avara en oro pero generosa en plata. El metal blanco resultaba de suficiente valor y utilidad como para restablecer el ensueño de una riqueza fabulosa. Extraño efecto de sustitución o vicario, que trajo un metal distinto, que fue la pieza clave para integrar la máquina de circulación: las monedas del mundo tuvieron el cuño de la Nueva España, y el imperio universal de los Habsburgo se convirtió en el protagonista. Juego de espejos, donde las expectativas se sustituyen: de la búsqueda de las especias de la India, se salta a la búsqueda de oro (y su mito de El Dorado), para aterrizar en las minas de plata de Nueva España y Perú. Desde el punto de vista de la representación, oro y plata son un par del metal valioso, si bien el oro vale más y posee mayor prestigio, la plata cumple la misma función en la economía y la imaginación. En particular, la minería de plata otorgaba un producto de valor concentrado que se podía mover por un mercado mundial creciente. La plata se colocaba en piezas o se acuñaba, con la ventaja de que la acuñación daba más certeza en los cambios. Ese metal acuñado se movía hacia los remotos rincones del mundo, y el mineral de las minas mexicanas se dirigía tanto hacia el Oriente, por la vía de la Nao de la China, como hacia Europa con los tributos al Rey y las compras de mercaderías. La colonia vive de un complejo sistema de explotación y producción, donde las haciendas se extienden en los rincones y se adaptan a los diversos climas, mientras las ciudades pequeñas se las ingenian en la artesanía y el comercio, mientras las capitales concentran el poder político y el gran comercio. El sistema económico colonial es de jerarquías complejas, atada a una cúspide lejana, sometida a un Rey que permaneció siempre ausente.
El tema de la plata no ofrece la imagen de una jerarquía sino de un privilegio: la cosa valiosa en sí, reverenciada por los diferentes estratos del sistema. De ahí crece su leyenda y nostalgia, la noción de un producto de extraordinario valor que coloca a la colonia en una posición envidiable, pero que no sirve a sus simples súbditos provoca una ausencia: la riqueza está ausente de esta tierra. A falta del bien material, existe una compensación, y la Iglesia impone una salida al cielo y también una obligación legal. Era obligatorio ser católico, y ante el panorama del valle de lágrimas, era un consuelo el credo católico, esperando una recompensa celeste. El cielo y la plata se hermanan como sustancias del más allá (el metafísico y el materialista), que se mantendrán en las aspiraciones colectivas durante la Colonia, y luego de la Independencia se conservan en modalidades distintas. La contradicción entre regiones ricas y sus propios pueblos miserables resulta incomprensible y odiosa para la visión superficial.
La historia colonial y postcolonial del mundo fue contundente y repitió la misma situación: las regiones ricas por naturaleza generaban pueblos miserables. Este efecto de contragolpe de la situación de riqueza natural (plata, otros metales, plantaciones, petróleo…) se repitió sin descanso durante siglos, y su efecto parece amainar y bajar en intensidad, aunque no ha desaparecido. Esta paradoja entre tierras ricas y poblaciones pobres la señaló con insistencia la teoría económica del colonialismo y neocolonialismo, atribuyendo este efecto a las colonizaciones rapaces, a la explotación capitalista, al imperialismo, al intercambio comercial desigual, a las relaciones inequitativas entre centro y periferia. De este efecto hizo una brillante descripción Galeano en Las venas abiertas de América Latina, donde recuenta de esa paradoja: naturaleza abundante y población miserable. Un catálogo breve de esa descripción: mineros de la plata y azogue en México y Perú; esclavos negros en las plantaciones de azúcar del Caribe y la tierra firme; la Pampa ganadera (con su periodo de auge) y gauchos desplazados; los mineros del estaño de Bolivia y sus pulmones con silicosis; etc. Sin embargo, Galeano y los teóricos del colonialismo no miran esta paradoja entre naturaleza rica y hombres pobres como un evento normal y sin remedio, al contrario forman la vertiente teórica de un llamado a la lucha, para superar esa contradicción. Luego de décadas de luchas, casi todas fracasadas y algunas victoriosas, el ambiente latinoamericano sigue conservando ese mismo sabor de boca: injusticias en las tierras abundantes. El diagnóstico lo dejo para otro momento, aquí anota la fuerza mental y de evocación de esa separación. De un lado, un flujo de riqueza y, contrapuestos, los desheredados, que (para colmo) también son los productores.
De las especias al saqueo del tesoro y luego la plata triunfa. El descubrimiento y la etapa inicial de conquista en América están centrados en una búsqueda comercial en pos de una ruta hacia las especias orientales, entonces muy apreciadas por Europa. Colón murió pensando que colonizaba el lindero de Asia, donde obtendría esas especias. La búsqueda de riquezas y, en particular, de metales preciosos es antigua, pero incrementa su ímpetu durante el periodo abierto por la Conquista de América. El efectivo descubrimiento de las minas de plata de México y el Perú, convirtió en realidad ese apetito, y entregó un cuerpo plateado para la riqueza universal. El metal maleable y divisible es un cuerpo curioso, muy distinto de los seres orgánicos y biológicos, para los cuales sus miembros son fracciones sin remplazo. Córtese un fragmento a un lingote de plata y luego funda el metal para tener el lingote, nada sucede con esa permuta; es como con la matemática sencilla, suma y resta, que se termina igual. En fin, ese cuerpo curioso también es denso en valor comercial, susceptible de crear tesoros, que son separados con la avaricia, hacia recónditos escondites, lejos de la envidia. Además ese cuerpo curioso, siempre sigue el lema que mientras más mejor, cuando las acumulaciones de granos y ganado (las formas tradicionales de riqueza campesina) encuentran un límite, y se convierten en un problema, pues guardar mucho es más un problema que una solución. Ese cuerpo metálico, en fin, es un cuerpo de deseos que motiva envidia y atracción, por lo mismo se deberían establecer barreras imposibles de saltar. Si bien, la búsqueda de los metales preciosos causó furor, también el sistema colonial definió un límite estricto: el privilegio de los europeos sobre las poblaciones locales, nativas y mestizas. El sueño del oro se limitó a un estrecho círculo de privilegiados y la población nativa se quedó mirando, murmurando su desgracia y sin comprender lo que sucedía en los palacios y mansiones de los señores. Esta situación marca una dualidad tensa: por un lado, el deseo de riquezas, el ensueño de la plata americana, y, por el otro, la condena al reino terrenal, la maldición sobre la riqueza que es motivo de desgracia y opresión.
Una ilusión también invita a sublevarse contra ella y recordar la cordura. Personalidades ilustradas miraron la fascinación por la plata y el oro como un defecto que debían combatir. Un pasaje interesante de Fernández de Lizardi cuestiona la pleitesía a los metales preciosos, plantea que la minería es una causa de miseria social y deformación moral de las personas. Indica: “No sólo el reino de las Indias (América española), la España misma es una prueba cierta de esta verdad. Muchos políticos atribuyen la decadencia de su industria, agricultura, carácter, población y comercio, no a otra causa que a las riquezas que presentaron sus colonias. Y si esto es así, como lo creo, yo aseguro que las Américas serían felices el día que en sus minerales no se hallara ni una sola vena de plata u oro. Entonces sus habitantes recurrirían a la agricultura, y no se verían como hoy tantos centenares de leguas de tierras baldías, que son por otra parte feracísimas; la dichosa pobreza alejaría de nuestras costas las embarcaciones extranjeras que vienen en pos del oro a vendernos lo mismo que tenemos en casa; y sus naturales, precisados por la necesidad, fomentaríamos la industria en cuantos ramos la divide el lujo o la comodidad de la vida” . Este tipo de opinión antagonista de los metales preciosos tampoco es exclusiva de los países sometidos al influjo directo de este tipo de minería, pues ha sido usual en el periodo de la revolución mercantil, donde el sistema monetario impactó a las economías no comerciales.
El siglo XIX de desilusiones convence que la plata no remediará la pobreza de México. Luego de las advertencias proféticas de Fernández de Lizardi, las calamidades sociales y políticas del siglo XIX terminaron de convencernos que la plata no generaba suficiente riqueza para mantener al país, ni creaba una economía sana, ni proporcionaba felicidad social. Las tres décadas de Porfirio Díaz trajeron un tipo de producción más moderna, entrando el país en un capitalismo mejor definido que antes. Con la primera industrialización y el sistema ferroviario empezó a surgir otra leyenda de riqueza, pues lo que no pudo la plata, parecía prometerlo el petróleo. Sin duda los extranjeros le tomaron interés al petróleo mexicano, enviando compañías explotadoras, antes de que los mexicanos comprendieran que ese producto tenía un potencial extraordinario. Además la literatura europea le tomó interés a la visión de un mar interior mexicano, capaz de saturar al planeta con esa pasta negra.
En cierto sentido, la expropiación petrolera no fue precedida de una amplia reflexión y opinión nacionales sobre el petróleo. El tema se había mantenido en los márgenes, cuando un veloz conflicto sindical y económico enfrentó a las compañías extranjeras con el Presidente Lázaro Cárdenas. El desenlace fue tan precipitado, como sus resultados exitosos y de largo alcance. Después de expropiado fue que creció la leyenda mexicana sobre la enorme riqueza petrolera. El proceso no fue tan rápido, y durante décadas nadie proponía que ese líquido oscuro sostuviera las finanzas nacionales; sin embargo, llegó la crisis petrolera de los setentas, subieron los precios, a nivel mundial quedaba claro que el producto poseía una rentabilidad extraordinaria, y el panorama cambió. Bastó el sexenio de José López Portillo para establecer el sueño de petróleo como plataforma de la salvación nacional. Aunque las expectativas son más grandes que los resultados del petróleo, esta visión de una enorme riqueza no se ha terminado. Una y otra vez, se repite la consigna de que “el petróleo es nuestro”, con la esperanza de que el “oro negro” cumpla sus promesas. Con el tema del petróleo se ha redondeado la lastimosa paradoja del destino nacional: país riquísimo en recursos naturales pero su gente es pobre. Este lema se repite hasta el cansancio, cada vez que se hace un balance del destino nacional, y nos lamentamos de la gran miseria que impera entre millones de mexicanos. Cuando pensamos sobre el país riquísimo en recursos naturales, lo que nos viene a la mente es plata y petróleo, como los gigantes que inauguran la procesión de la riqueza fabulosa.
Evocación poética como en la Suave patria: México atrapado por fuerzas diabólicas. Escrito en 1921, el poema de la Suave patria muestra la disyuntiva de plata y petróleo como la naturalezas de fondo, problemáticas y hasta siniestras, pesando sobre el corazón de la nación. Por un lado, el poema dedicado a la nación es oportuno, pues tras la Revolución viene un resurgimiento nacionalista, que cuestiona al periodo anterior, las tras décadas de Porfirio Díaz, por ser “afrancesado”. Tras la Revolución el impulso nacionalista surge con renovados bríos, buscando una recuperación de una identidad propia y, mirando con desconfianza, al extranjero ambicioso. En ese contexto, se recupera la temática de la plata y el petróleo. En el poema aparece la alusión a ambos elementos en su conexión con el destino fundamental de la patria. La plata surge en relación a barro, esa tierra metamorfoseada en materia dura. “Tu barro suena a plata, y en tu puño/ su sonora miseria es alcancía” El elemento tierra se une a la plata, y por la paradoja dentro de la tierra miserable contra-suena con la plata atesorada en la alcancía. En esta imagen existe la plata, pero domina la tierra-barro-miseria. Luego en el mismo poema surge en petróleo, definiendo una especie de refrán popular: “El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros del petróleo el diablo.” Contrasta el destino popular, el aire de la provincia, contra la riqueza desmedida del petróleo, que visto con la mentalidad del catolicismo pueblerino, parece un asunto del diablo, la riqueza demoniaca que somete al pueblo y lo hunde en la miseria. Así, en la imaginación poética, la plata y el petróleo quedan aliados como un trasmundo de riqueza que genera la pobreza del pueblo, sirven como la frontera nacional, que no se pude superar, porque está adentro; en fin, petróleo y plata se convierten en la doble maldición nacional, el destino manifiesto de una tragedia sin final. Ahora bien, la maldición sobre las materias ricas no es una constante, sobre esa cosa de trajines cotidianos hay ambigüedad. Algunos verán en la riqueza la tabla de salvación, y otros la perdición. El poema comentado se desliza hacia una visión de valle de lágrimas católico, por tanto la patria dibuja una arena de desgracias, matizadas por los multicolores gustos de la cohetería patria y su diversa cocina regional. Por su parte, el otro poema cimero, el México creo en ti, usa la metáfora del oro sintetizando la riqueza completa (como oro y plata, o lo que venga), para mantener la correlación con la tierra primigenia, bajo la figura del barro. Dice: “México, creo en ti, / Sin preocuparme el oro de tu entraña; / Es bastante la vida de tu barro / Que refresca lo claro de las aguas, / En el jarro que llora por los poros, / La opresión de la carne de tu raza.” Resulta curioso que este pasaje resulte tan cercano al de Suave patria, por la correlación entre la riqueza y la tierra convertida en humilde barro. En la imaginación material los metales y la tierra están emparentados, son las dos mitades de una ecuación extraña: la rudeza terrestre y el esplendor metálico. Sin un sentido religioso, este poema se dirige de modo ágil hacia el tema del sufrimiento; de un lado el metal precioso, y en la contigüidad las lágrimas derramadas por la raza, que sufre. Lo dicho muestra de nuevo esta paradoja: de las entrañas con riqueza y la gente con miseria.
Petróleo como fuerza oscura, la sangre alterada. Un curioso contrapunto lo ofrece una visión externa. El cuentista alemán Gustav Meyrink en su juguetona profecía, establece un giro inverosímil para el “oro negro” y establece que desde las aguas del Golfo mexicano, podría surgir un derrame catastrófico. En fecha tan lejana como 1903 Meyrink fantasea con un derrame gigante que fluye con fatalidad hasta cubrir los mares del globo entero y sellar un final de ecocidio. El ojo de la fantasía inventa un futuro donde la fuente de riqueza infinita, durmiendo bajo la tierra, despierta para ahogarnos en una abundancia maligna, especie de burla de la naturaleza. Pieza curiosa por su futurismo y admirado por su estilo pulcro, este cuento nos lleva de lleno a una característica contradictoria de la riqueza: su sello desgraciado. Mientras la queja común sobre el petróleo había sido económica, por no “derramarse” con beneficios para el país entero, este cuento anticipa la queja ambientalista al extremo. Es un hecho histórico que la sobrexplotación industrial ha traído la depredación natural, pero la imagen plástica de unos pozos petroleros derramándose hasta cubrir el globo entero, dan una nota de alarma en el vacío. En su momento, el cuentista no fue tomado en serio, además que el libro completo de cuentos posee un claro sentido de humor . Si bien, esta perspectiva tan inquietante no forma parte de las líneas usuales de la visión de México, sirve como una interpretación extrema. El petróleo, como objetividad, sí ha generado muchas discusiones y consideraciones sobre su uso y el beneficio sobre el país. Ya sabemos que la expropiación petrolera, del 18 de marzo de 1938 ha sido aceptada como una epopeya nacional, y para la conciencia ordinaria ha sido indispensable mantener en manos del Estado este recurso. Al respecto, se ha mantenido una gran tensión y enfoque, por la importancia efectiva (como riqueza presente, fuente del financiamiento del Estado) y la esperada. Sin embargo, el monto de riqueza en manos del Estado, se ha asociado a la tradicional corrupción y al monto desmedido que se imagina. En ese sentido, el lado oscuro de esta sustancia se ha asumido como alimentación de la corriente de corrupción de la “cosa pública”, donde el funcionario (el influyente, el poderoso) convierte esto en beneficio privado, en contra de las reglas y la honorabilidad. Ese es el nivel de corriente oscura, que se acepta en la imagen nacional, su efecto ecocida ha sido muy poco aceptado, incluso en los grandes derrames de petróleo. Por ejemplo, en las discusiones sobre la explotación en mares profundos, predominó la suspicacia sobre una privatización y corrupción encubiertas, sin acordarnos de los riesgos de un desastre ecológico como el imaginado por Meyrink.
sábado, 14 de julio de 2012
MÚSICO EN EL JARDÍN AZCAPOTZALCO
Por Carlos Valdés Martín
El vendedor de dulces intentó consolarlo: —A pesar de eso, no se derrumbó el mundo.






