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sábado, 15 de septiembre de 2012

SOBRE LA COMPLEJIDAD: HACIA LA NACIÓN 2.0 Y MÁS

Por Carlos Valdés Martín





Cuando nos encontramos con un tema complejo procuramos simplificarlo, de lo contrario resultaría inmanejable, casi por instinto de defensa (incluso, hasta reflejo de pereza), astutamente convertido en útil del razonamiento por Occam[1] y en método por Descartes[2]. Causa impresión que desde el siglo XIX la ciencia social y política intentó simplificar el tema nacional, para reducir la nación a pocos principios básicos y de preferencia a uno en exclusiva. La simplificación debe cuidarse en extremo, pues su mala factura provoca múltiples equivocaciones; la referencia perezosa a múltiples causas sin determinar también es perjudicial pues no conduce a nada, pues sustituye el pensamiento por la mera descripción. Por ejemplo, encorsetar el tema nacional (tan complejo social y cultural) dentro de la etnia cayó por la ladera resbalosa del racismo (la raza superior) y la reproducción del grupo quedó reducida a las simples cenizas, disfrazadas de sangre roja (o azul) y piel blanca (antagonista de la negra o de cualquier ficción de contaminación). Esa vertiente de “reducir demasiado aprisa y con error” ha dificultado el comprender. Además el método (que se repite, una y otra vez) y la sutileza de Marx en su ambición de una ciencia de la totalidad social decayó en reduccionismo[3], aunque contaba con la dialéctica (que pocos manejaban) y la referencia a la totalidad hegeliana (que ponían de cabeza, por tanto dejaba de ser tan útil y precisa[4]), y poseían una interesantísima referencia hacia la base económica, que no embonaba con las demás piezas del rompecabezas pues la nación jamás ha sido pura economía, además no la medía ni cuantificaba. La otra vertiente en los estudios de la nación ha sido su reducción al Estado nación, donde la identificación sencilla ha traído a un callejón sin salida del tema político, que es relevante cada vez que las naciones se oponen a sus Estados o cuando surgen fenómenos multinacionales, ahora tan en boga con la emigración, la red mundial de comunicación y las empresas trasnacionales. 

Alcanzar la complejidad en un modelo directo
Si el modelo de pensamiento usado es simple (en sentido estricto) entonces alcanzaremos la simplicidad y jamás comprenderemos la complejidad. La comprensión de la geometría surgió con una simplificación del espacio, al suponerlo en una especie de vacío y capaz de describirse bien con líneas rectas perfectas hacia cualquier dirección. Si se agrega más complejidad al modelo de la geometría, suponiendo un espacio curvo (lo cual es loable para visiones de física relativista o para el movimiento sobre la superficie terrestre, etc.) la comprensión se vuelve más compleja y pierde parte de su carácter intuitivo. Para describir el espacio no resulta suficiente comprender la línea recta, sino que nos obligamos a comprender también las curvas de todo tipo. Con el tema nacional la reflexión ha permanecido sumergida entre modelos demasiado sencillos para explicarla y, también, simplistas para negarla.
Cuando los antiguos intentaron comprender su sociedad política, recurrieron a la visión de un organismo (biológico), para establece un modo de acercamiento, sin embargo esta descripción ofrece un límite, pues la sociedad contiene una complejidad mayor. Esa complejidad tendemos a reducirla, achatarla y sobajarla, de tal modo que para los antiguos el rey encarnaba una cabeza mandando sobre los pies-súbditos. El ser humano posee mayor complejidad respecto del organismo animal, cuando agregamos su mente, con sus lados racional e irracional, con su entendimiento y su cultura simbólica, además de agregar el peso de la interacción social: en fin nos encontramos con una complejidad específica, pero cuando observamos el todo social o estatal, tendemos a apreciar esto cual si fuese una estructura-mecánica. De hecho, la máquina es muy importante como modelo de cierta complejidad menor, pero atractiva y desafiante para entenderla. Una parte de las discusiones de la teoría social, y con ella del tema nacional, se basan en las disyuntivas de reducción de lo personal y social al nivel de la estructura, que es el nombre teórico de la imagen maquinista (la gran ley o tendencia, que baja varios escalones del sistema complejo sin que decaiga en un simplismo).

La simplificación nacional y el patriotismo
Una parte importante del tema nacional se basa en la simplificación cuando la nación queda identificada como unificación pura (una e indivisible) y hace su espejo con el individuo, así establece una especie de relación matemática de función, donde existe la correlación entre la variable única del individuo, con el conjunto mayor y también único de la nación. Sin embargo, el tema de la madre patria demuestra la unidad de este simbolismo en su simplificación (una madre como individuo colectivo, meta-social) con su doblez, justo cuando se denomina como patria (término de origen masculino, para los romanos la herencia del padre), y lo que aparentaría formar una identidad simple y funcional, se convierte en un rompecabezas. Si fuera simple la identidad entre el individuo nacional y su nación, entonces resultarían innecesarios los estudios de este tema, sin embargo, resulta un doblez enorme: la identidad nacional no queda terminada por la ecuación de igualdad simple donde la suma de los mexicanos es igual a México y México es igual a la patria, en signos “todos los mexicanos”= México = patria”. En un ejemplo problemático, la ecuación queda detenida, y muchos compatriotas rompen su pacto originario cuando se comportan confusos o nada patrióticos, mientras los extranjeros resultan patriotas[5], entonces siempre hay una línea de fuga y se desdibuja la ecuación simple y de igualdad. Conforme el patriotismo es una elección, su presencia no es una simple emanación natural desde una nación, sino el gesto de voluntad concentrada de quien realiza el acto patriótico.
Debemos anotar que el operador de identidad simple (en matemáticas el signo =) es poderoso y eficaz. Permite una comprensión y doble vía con sentidos bien distintos. La opción donde la cadena larguísima de igualaciones va hilando a una enorme masa del tamaño de una sociedad o nación, por ejemplo imaginemos una sucesión de signos igual donde cada ciudadano representa un voto y entre ellos cuentan solamente uno, donde está la base de la democracia formal. La otra opción donde la igualación establece una relación única, por ejemplo, la nación mexicana con todos los mexicanos. A cualquier correspondencia cabe buscarle su fisura, incluso a la más tautológica, y por tanto, ejercer una crítica sobre esas identificaciones que también sirven para la “identidad psicológica” entre la persona y su grupo.

El engaño de la unidad biológica, la sangre y el racismo
En mi perspectiva la nación es una unidad de reproducción radicalmente distinta de la biológica, porque es una reproducción social con todas su complejidades, donde importa tanto el lenguaje como el alimento, la demografía como la economía, el sistema político con sus grupos sociales y los mitos fundacionales con la perspectiva de futuro. Lo que reproduce cada nación es al grupo integrado por una multitud de individuos con ciertas potencias alimentadas por su “contexto-nación”, su supra-reproducción. Esta reproducción está más allá de la biología, aunque esté ligada a la reproducción biológica del grupo. Justamente ver la unidad nacional como biológica, señala una antípoda del pensamiento complejo, pues es simplificar para establecer un lazo, que termina siendo cuerda para ahorcar. Es suficientemente conocida la vertiente racista del nacionalismo y el callejón sin salida al que desemboca, que no resulta práctico detallarla. Basta recordar que el cuerpo metaboliza de manera diferente a la reproducción de una sociedad. Si alguna reproducción significa el fenómeno de la nación, es la de cada sociedad.
El fracasos de las teorías racistas empujó para olvidar y dejar de lado el componente de lazos consanguíneos de las naciones, pero ese olvido sería omitir un aspecto del conjunto. El global se integra con todas las partes y ninguna desaparece en el devenir hacia el conjunto. Las poblaciones cuando permanecen juntas durante largos periodos, por fuerza terminan siendo parientes, por tanto comparten rasgos físicos o su material biológico, que ahora llamamos genoma. Pero la biología actúa lenta, mientras la cultura es rápida; la proximidad de poblaciones es más cultural y de metabolismo económico, que intercambio de genes. La sangre común fue una descripción metafórica que distorsionó al concepto científico[6], la proximidad racial se define por los genes, los cuales se comparten más al interior celular que por el parecido de la piel y los rasgos externos. 

La nación ¿sirve de modelo a la complejidad?
Al parecer los componentes míticos y políticos de la nación —por tanto su utilidad ideológica— no han permitido su empleo correcto para modelo de la ciencia social en el nivel de la complejidad. Para empezar abundan desacuerdos sobre la naturaleza de la nación; el acuerdo es más por la existencia de cada objeto nacional, aceptando a Francia y a Holanda como fenómenos nacionales y no aceptando a familias o regiones bajo esa definición.
Conforme la teoría de la complejidad adquiera un cuerpo teórico más robusto en  ciencia social se fortalecerá, hasta asimilar el concepto y modelo de nación en sus múltiples dimensiones. La nación es una modalidad de la sociedad, así como el mercado o la masa son otras caras de esa colectividad, el conjunto presenta diferentes densidades y nos permite observar distintas relaciones y facetas, según lo abordamos como agrupaciones de transacciones económicas en el mercado, como relaciones legales y de poder en el Estado, como convivencia inmediata en la masa, etc. En esta serie parecería que la masa ofrece el término más sencillo como mera agrupación inmediata de gente, sin embargo, en cuanto sistema psicológico y de relaciones culturales ya tiene sus complejidades (espectáculos de masas diseñados y efectivos únicamente en multitud como el circo romano o concierto “rockero” moderno).
La simple agregación no implica complejidad, para eso basta contar en mayor  número. Además de más elementos, importa la dificultad del sistema mismo. Una primera visión es el caos o el laberinto, donde la mente espontáneamente encuentra un desafío; aunque otra totalidad amigable como el territorio o la nación define otro tipo de laberinto que sea acogedor.
¿Dónde resulta la nación (en concepto global) especialmente amigable para aceptar la complejidad? En el aspecto que la nación es unidad de múltiples determinaciones y de distintos niveles de realidad. Por ejemplo, la relación entre nación y unidad lingüística posee su divergencia perpetua, acontecen líneas asíntotas, pues jamás las naciones son monolingües exclusivas. 

La realidad virtual nacional 2.0
La densa capa de emisiones luminosas y sonoras que nos moldean y permiten interactuar mediante mensajes crece de modo continuo… es la virtualidad avanzando cual bola de nieve para convertirse en avalancha sobre la ladera nevada. El antecedente remotísimo fue el mensaje dibujado en el muro de la caverna, pero ese tipo de medio corresponde más a la “capa cultural”, definida como el cultivo de una segunda naturaleza, que poco a poco nos humanizó; en otros términos, también la densidad de la economía fue engrosando, pues los objetos producidos y consumidos integran cultura[7]. Antes lo más específicamente cultural parecían los objetos que no satisfacían el consumo del cuerpo sino el mental, como adornos, literaturas y religiones. La capa virtual posee una consistencia derivada y anexa a la cultura, por ejemplo, el libro electrónico es una variedad del libro, la película en la televisión es una variedad del celuloide; por eso la fantasía de Borges, el poeta ciego, prefiguraba fenómenos de la realidad virtual como la web o el videojuego[8]. La densidad de las emanaciones electromagnéticas posee cualidades especiales, no reducidas a su medio técnico. En extremo importante produce la interacción entre personas y códigos computacionales, que hacen un juego de respuestas predefinidas de tal complejidad que parecen lenguajes inteligentes, capaces de jugar ajedrez o guiar máquinarias económicas o de guerra; en cierto sentido cristaliza el extremo del fetichismo tan denunciado y temido por el marxismo filosófico[9].
A primera vista, la nata planetaria de la realidad virtual está opuesta a la nación, como medio material de la globalización, aunque esta afirmación merece el bisturí de la duda. La comunicación más allá de las comunidades nacionales existe muchos siglos antes, varios idiomas han crecido transfronterizos y esto sucede desde antes de la virtualidad: el español para el imperio colonial y sus partes liberadas, el latín como lazo de la iglesia católica universalista, etc. Con el medio electrónico el alcance instantáneo de los mensajes es mundial, la red de redes corresponde a una lógica de expansión instantánea hasta el último pliegue del sistema de internet, las acotaciones de frontera resultan diques obsoletos que aún hay, o bien, son resultado del sistema de comunicación debajo de ese medio universal. En estricto sentido a los mexicanos no les interesa la moda indonesia y viceversa; la posibilidad de comunicación queda delimitada por la práctica del horizonte de intereses y de los lenguajes de base, la impenetrabilidad entre idiomas, que es horadada por sistemas de traductores simultáneos, aun así se mantiene algún estilo de incomprensión y el ámbito de los mensajes locales, sin intereses mutuos entre mexicanos e indonesios.
La nación se mantiene a pesar de la red de redes de comunicación y la creciente virtualidad del planeta, esto se debe a su consistencia interna. Tal sostenerse se comprueba con las naciones dentro de la Unión Europea, que no se disuelven con facilidad dentro del mercado común y su flujo de intereses. Habrá quien crea que las naciones son efecto pasajero o hasta una reliquia del particularismo[10], otros creemos que lo concreto (local, distinto, separado, reticente, resistente) no se disuelve con el encantamiento de lo universal (mercado mundial, globalización, imperio del dólar, red de redes). De facto, la nación misma adquiere su dimensión virtual, entonces la previa dureza de su discurso, el arsenal de sus nostalgias, la coherencia de sus habitantes y demás, también transitan por su integración hacia la nata virtual. Así, en el siglo XIX los llamados “pueblos sin historia”[11] —cuando carecían de Estado y de lengua literaria propios— se estaban disolviendo, amenazados con la integración multinacional dentro de imperios, ahora también algunos sectores nacionales que manifiestan escasez de virtualidad (débil sistema informático, lento internet, pobre investigación en sistemas computacionales, carencia de software…) sienten la presión de la amenaza, un gesto de extinción proveniente del exterior demasiado capitalista y anudado por las siglas www: la telaraña planetaria. Lo que en el siglo XIX fue la debilidad del sistema de comunicación de los pueblos sin lengua literaria (sin gramática propia, sin literatura popular…) ahora está en su debilidad de la virtualidad por escasez de productos informáticos.  Lo que antaño era la falta de una industria ahora es la debilidad de un sistema terciario informático, que resulta un “hándicap” para las naciones “atrasadas” que luchan por mantenerse y destacar en el tercer milenio.
En los siglos XVIII-XIX-XX, las naciones necesitaron de un Estado y de un sistema de comunicación con una lengua literaria (nacional), como respuesta tuvieron el resurgimiento de lenguas nacionales, el sistema de ediciones, ampliación de la educación universal y el Estado nacional. En los siglos XIX y XX, las naciones requirieron una economía con industrias y un fuerte mercado de productos, ahora requieren de fuertes sectores de servicios, con redes de ciberespacio y producción de contenidos multimedia; de otro modo, quedarían al garete.

Conclusión
La tarea actual para comprender a las naciones es superar ya esa visión premoderna, integrando la virtualidad en su comprensión. El avance más pujante y significativo es y será acordar su complejidad para comprender a cada nación como objeto complejo en sí mismo (trascender una estructura interactuando en otras), más allá del nivel organismo biológico y de multitud (a nivel de agregado). La nación incluye vida (cuerpos vivos) y sociedad (agregado colectivo, con sus relaciones específicas) y adosa sus componentes de reproducción, política y cultura. En fin, la nación siempre es un sistema englobando e interactuado con sistemas, afectado y moviéndose entre ellos, por tanto opera en la esfera de la complejidad.
Los intentos por simplificar demasiado el fenómeno nacional han fracasado; las tentativas por arrasar fronteras o cerrarlas también se han frustrado. Las experiencias pasadas de integración y desintegración acontecen sin que exista una interpretación razonable de lo sucedido Ya es tiempo de prever los procesos de integración y nacionalización en el marco de una sistema de economía y comunicación muy integrado. Las expectativas futuras no indican una desaparición del fenómeno nacional, pero sí hacen deseable su comprensión para desarrollar una estrategia de convivencia planetaria, que sea conforme a la complejidad de las naciones y su entrada en una fase de comunicación 2.0 o más.



 NOTAS:


[1] La famosa navaja de Occam que nos invita a reducir las causas de una explicación, de ser posible a una; lo cual trae un aroma a teología monoteísta, pero resulta servicial a aclarar las explicaciones. Convertido en pereza mental no lleva a considerar un único árbol como el bosque mismo, el caso cambiando al conjunto complejo, en fin, desapareciendo la complejidad.
[2] Según el Discurso del método se alcanza las mínimas partes, para manejarlas y luego reconstruirlas, pero la pereza mental no permite completar estas fases.
[3] En especial, el sometimiento de una teoría al interés político crea una supercarretera hacia la debacle mental, tal como se muestra con el ascenso del estalinismo. Cf. TROTSKY, La revolución traicionada y La internacional comunista después de Lenin.
[4] La dialéctica de Hegel avanza por grados de complejidad para comprender la realidad, eso queda clarísimo en la Fenomenología del Espíritu y todo su sistema. Sin embargo, su tesis era tan avanzada (y compleja) para su tiempo que no era visible, con lo cual su posible contribución para una visión de la complejidad quedó marginada, pues sus continuadores prácticos —que eran los marxistas— insistían en ponerlo de cabeza y convertirlo en materialismo unidimensional.
[5] Ejemplos de esos curiosos comportamientos aparecen en el anti-nacionalismo de los conservadores mexicanos del siglo XIX, aceptando la invasión francesa y trayendo al príncipe Maximiliano para gobernar México; la afiliación de Lorenzo de Zavala por la causa de Tejas, el sitio donde terminó su días; el ímpetu de Garibaldi por liberar fuera de su propia patria, cual peregrino del patriotismo electivo.
[6] Que las distorsiones resultaban funcionales para mantener sistemas de dominación entre grupos de rasgos distintos, en una lógica militarista, que aprovechaba la psicología y el miedo. Cf. REICH, Wilhelm, Materialismo histórico y psicoanálisis.
[7] Para Baudrillard, la posmodernidad trae aparejada una inversión del sistema donde el consumo se impone sobre la producción, el simbolismo devora la producción; lo cual no es estrictamente cierto, pero marca un síntoma importante. Cf. Baudrillard, Jean, El sistema de los objetos y El espejo de la producción.
[8] Los cuentos de Borges son clásicos, con El Aleph nos avisa de un ordenador conectado al universo; La biblioteca de Babel y El libro de arena anuncian la red y sus servicios de enciclopedia virtual; Tlön, Uqbar y Orbis Tertius anuncia la visión de otro mundo con leyes físico-mentales anómalas; Las ruinas circulares señalan hacia la creación del personaje circular del videojuego; etc.  
[9] Los efectos de separación (actos opuestos) entre las personas, se convierten en movimiento aparente de las cosas: precios, mercados, crisis, dinero, bolsa. Este conjunto alcanza un nivel superior de los productos del trabaja humano (toda cosa es producto del trabajo por principio) y parece moverse como cosa insuflada de vida autónoma, que por la realidad virtual alcanza su extremo: un mundo no habla con su propio código, como fetiche al que las personas siguen. Cf. Kósik, Karel Dialéctica de lo concreto y Gorz, Historia y enajenación. En ese sentido, el marxismo no cae por el muro de Berlín derribado sino por la oleada de la revolución de la computación. ¿O creen que es mera coincidencia? Cf. Toffler, Alvin y Heidi, El cambio del poder.
[10] Basándose en Benedict Anderson, algunos autores interesantes y serios coquetean con una construcción imaginaria (en el sentido lindando en la ficción) de las naciones, como BARTRA, Roger, La jaula de la melancolía. Otros, como Hobsbawm, cautelosos ante el nacionalismo de derechas y nostálgicos de un internacionalismo marxista añoran el decaimiento de las naciones.
[11] Tema cuestionado a Engels, por más que tuviera una sólida formación, Cf. Rosdolsky, Roman, Friederich Engels y el problema de los pueblos sin historia.

martes, 11 de septiembre de 2012

Puerta del cielo, fragmento de Las puertas y lo vasto.

Por Carlos Valdés Martín

Dedico esta presentación a la generosidad del artista plástico Daniel Barrera, quien ha tenido la gentileza de prestar la imagen angélica y desgarrada que nos ilustra.


La del cielo... 

Para la religión ninguna otra apertura puede ser tan atractiva como la de la puerta del cielo. Para los humanos normales, por obligación ese camino transita primero por la muerte y los requisitos de comportamiento, pero en casos extraordinarios alguno descubre una entrada directa. El Génesis firma que Jacob encontró una puerta al cielo, mediante una escalera celeste, por la que transitaban los ángeles. El prodigio aconteció de manera casual, pues esta vía se le apareció durante un sueño usando como cabecera una piedra, y esa piedra era significativa, porque generó la estimación como casa de dios, Beth-el. La belleza imaginada de esta vía y su importancia ha sido motivo repetido de la literatura mística. Esta puerta celeste se identifica como centro del mundo y como eje del mundo, punto de unidad entre lo más alto y el plano terrestre. La mayoría de los pueblos han tenido nociones semejantes, para establecer un vínculo entre la tierra y el cielo, mediante un eje del mundo. En muchas tradiciones es una montaña mágica o morada de los dioses, el camino que une los dos reinos, así como el Olimpo de los griegos o la montaña del Norte de los chinos, sobre la que se posa la Estrella Polar. Entre otros pueblos es un árbol sagrado, un Igdrasil, el medio de unidad entre los planos de transmundanos y por tanto el vehículo que conduce hacia los portales del cielo. Ahora bien, las escaleras llevan a la puerta, pero la puerta misma del cielo nos indica algo más específico, y es una visión esplendorosa. La posibilidad de arribar y que se abra el cielo es un ensueño máximo. Esta ambición no solamente es parte de las religiones, que colocan al dios supremo en el cielo, sino también de muchos poetas. Recordemos, incluso, que algunas religiones tenían otros trasmundos diferentes, fuera de la órbita celeste, colocados dentro de tierras o aguas, según imaginaciones mitológicas locales. Por lo mismo, se podía hablar de una “Puerta de todos los prodigios”(1) , como vía por la cual se podía acceder a las maravillas más allá de este mundo.

Nota: 
1) Loa Tse, Tao Te King.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

MÉXICO SURREALISTA CASI SERIO, CASI NOVELADO: ENTRE FUENTES Y PÁRAMO(S) CRECEN PERAS DEL OLMO




Por Carlos Valdés Martín 

A la memoria de Carlos Fuentes 

Aclaro que ya avanzaba este escrito cuando nos golpeó la noticia de la muerte de Carlos Fuentes. 

El país pierde una de sus grandes plumas, aunque luego de una larga vida plena de realización, esa muerte es menos injusta. Como un líder creativo Fuentes marcó senderos por los que transita la nación mexicana. Lo que sigue no pretende ser balance de su obra, la cual es enorme también en extensión. De modo representativo consideré su novela La región más transparente como un ejemplo de la relación entre México y la visión surrealista. 

Un fantasma ha recorrido México: la idea de que es un país surrealista. Sin embargo, a la fecha no encuentro ninguna interpretación seria y estricta de esta afirmación, quizá alguien ya procuró fundamentar esta idea. 

La teoría de las “aguas reflejantes” es una explicación de la singularidad de México en base a la imaginación material (Bachelard) y un materialismo reproductivo (las naciones como grupo humano que se reproduce a un nivel complejo), nos permite comprender la causa de esta presencia surrealista. El surrealismo europeo que nace dentro de una vanguardia estética e implica un gesto de diferenciación de los artistas creativos, pero a diferencia del europeo el surrealismo mexicano surge desde el suelo espontáneo donde la expresión y lo real se contradicen. El surrealismo europeo debió esperar siglos para su surgimiento, fruto de maduración artística y las graves tensiones sociales y culturales de la posguerra. No pretendo ningún tipo de exclusividad nacional, muchas expresiones nacionales han presentado episodios de surrealismo, ejemplificados por artistas renacentistas como Hieronymus Bosch, pero fueron episodios aislados. México ha sido una región fértil para las expresiones surrealistas espontáneas de cultura y arte. Además de la visita de Breton a México, que fue breve pero legendaria hacia 1938, el otro vínculo intelectual entre ese surrealismo europeo y México fue sintetizado por Octavio Paz, quien frecuentó ese círculo en París y asimiló esa influencia en su propia obra, además de reflexionar sobre el tema. 

Veamos un poema de Octavio Paz, dedicado al surrealismo en México: Titulado “SÍ”: 
el surrealismo
                     pasó pasará por México [...]
no éste
            el otro enterrado siempre vivo [...]
Por subterráneo de la insurgencia
                                                   bajaron
subieron
              de la cueva de estalactitas
a la congelada explosión del cuarzo
                                                      Artaud
Breton Péret Buñuel Leonora Remedios Paalen
                                                                        Alice
Gerzo Frida Gironella
                                  César Moro
convergencia  de insurgencias
                                             allá en las salas
la sal as sol a salas olas
                                     allá
las alas abren las salas
                                    el surrealismo
NO ESTÁ AQUÍ
                             allá afuera
                                               al aire libre
al teatro de los  ojos libres.
                                           cuando lo cierras
los abres
                no hay adentro ni afuera
en el bosque de las prohibiciones
                                                   lo maravilloso
canta
            cógelo
                        está al alcance de la mano



 En este poema lo surreal es lo maravilloso-extraño (fuera de esta otra realidad evidente) presente en México, por lo mismo parece inasible, una sutileza que escapa sin ser atrapada. Con esto vale recordar que el surrealismo no es tanto un discurso teórico sino estético, una narrativa literaria, pictórica, audiovisual, etc. Con estos ingredientes resulta imposible establecer una teoría surreal, aunque exista una situación pensada y el fundador Bretón hiciera manifiestos y propusiera una explicación y hasta métodos para llegar a lo surreal, como practicar una escritura automática o mediante una cooperación casual (sistema escritura de los llamados cadáveres exquisitos). La obra surrealista no requiere de una teoría, pero la teoría surrealista sí requiere de una obra surreal, depende de esa doble presencia: la surrealidad opuesta a la realidad. Ahora bien, en algún punto los artistas independientes (como el mismo Breton) buscan otra fuente para esa surrealidad en manantiales distintos a su arbitrariedad interior, y de ahí la atracción por México y lo mexicano. 

 Rebasa la tarea de un escrito breve considerar las abundantes manifestaciones del surrealismo mexicano, aquí bastará colocar algunas piezas sobre el tema literario. Al menos tres de las manifestaciones literarias centrales del siglo XX están íntimamente ligadas al surrealismo: Pedro Páramo de Rulfo , La región más transparente de Fuentes y la poesía de Paz. Quizá la menos intencionadamente cercana al surrealismo es la obra de Rulfo, la cual se coloca en un extraño rincón creativo: entre el costumbrismo y un mundo fantasma (en el sentido onírico más que de miedo), generando un mundo divergente, que resulta tan local (el pueblo remoto, alejado de la modernidad) como planetario (sensibilidad universal, éxito planetario). Rulfo no buscó colocarse como surrealista, pero sus intérpretes lo consideran ligado a ese género. Por su parte, Fuentes asume el reto del surrealismo y aplica con conciencia la influencia surreal en su novela, donde la Ciudad de México adquiere la dimensión del personaje central. El estilo y la intención crean una nueva realidad retratando a la capital. A pesar de la importancia crucial de esta novela en la historia de la literatura, resulta una obra escasamente leída (mucho más comprada que leída por encardo de tarea escolar), poco comentada y citada. Sostengo que no ha forjado nación esta novela, aunque contenga un enorme mérito literario, y la dificultad proviene de su propia estructura surrealista. 

 La poesía de Paz también representa una cumbre de la expresión de vanguardia, y en muchos de sus pasajes, logra cumplir a la perfección los ideales del surrealismo, al mismo tiempo, que rescata las raíces nacionales de modo sorprendente. Sería tentador hacer un planteamiento del surrealismo puramente universal, ajeno a lo nacional, adquiriendo la patria en el mundo de los sueños; lo cual erige una opción estética válida, pero en cuanto nos interesa la relación entre literatura y formación nacional, entonces la obra de Paz establece un puente entre la “República del Sueño” y la “República Mexicana”. Poner frente a frente, como en espejo a estos dos elementos, sueño y nación suena a choque, donde lo onírico rompe formas y carece de fronteras, mientras las naciones bordean frontera, esto es, representan delimitaciones de la existencia colectiva. 

Cuando he planteado que una obra literaria puede servir para crear un territorio nacional-cultural, esta afirmación pareciera no aplicar con fuerza en el caso de la creación de corte surrealista. De modo preciso, la contraposición entre el discurso surreal confrontado con la realidad evidente, no le permite fundamentar la realidad cultural nacional. De tal modo, aunque la obra sea de gran calidad, como La región más transparente existe una dificultad para establecer el territorio mental nacional a partir de la obra. Entre la personas sometidas a la evidencia de la realidad (en este casos los lectores) y la obra de corte surrealista, por ejemplo la citada obra de Fuentes, se levanta un cristal impenetrable de no identificación. Y no es un caso particular de esta novela ni de este creador, sino que se repite con las diferentes creaciones de tipo surreal (y para este caso, también obras de choque como el teatro del absurdo, Kafka, etc.) que se mantienen a distancia del suelo nacional. Resulta previsible la objeción cuando los textos poseen muchos rasgos distintivos nacionales y hasta costumbristas, pero insisto en que esta perspectiva es válida; en la medida que una obra literaria posee la tensión surrealista (ese oponerse a lo real con la potencia de lo onírico y lo “des-estructurante”) no resulta útil como base nacional, ya sea como una falta parcial o total de utilidad. La obra o sus evocaciones se pueden utilizar para el trabajo de la identidad nacional, pero no servirá como un referente total, como un espacio mental que sirva a la identidad. 

 Esta limitación se presenta, incluso si la realidad nacional, ofrece un juego de creación surrealista fuerte, y sucede en México. La importancia de la literatura surrealista no marca la tendencia. El caso de Rulfo parecería contradecir esta tesis, sin embargo, no establece un surrealismo estricto (más bien es realismo mágico) y quedó (confirmación de esta tesis) como una obra solitaria, sin precedentes ni continuaciones significativas: un rayo en el cielo despejado. El aislamiento de esa novela merece un interrogante: carece de antecedentes y de consecuentes. Aunque muchos escritores jóvenes tuvieron la intención de seguir la ruta marcada, el esfuerzo no rindió frutos; extraño árbol de tipo transgénico, de esterilidad estricta pero de fruto delicioso. La continuidad de La región más transparente parece mayor, no por el propio Carlos Fuentes, tan capaz y brillante para reinventarse dentro de otro género literario con cada cambio de estación (teatro, cuento, realismo, crítica), sino porque sí ha existido una variedad interesante de prosa surreal (o en los linderos de este género) nacional , en autores importantes de las generaciones posteriores, y quizá sea destacable otra obra ambiciosa como Palinuro de México

 Estos intentos de crear novelas sobre totalidades (la ciudad capital espejo de país, la persona espejo del país) nos remite al tema filosófico de la totalidad. Para resolver el complejo tema de la totalidad la propuesta metódica que nos permite resolverla es establecer las mediaciones concretas, las grandes líneas de interpretación que nos aproximen a comprender esa totalidad compleja. La tarea nos es sencilla, tenemos desde los modelos de la magia esotérica, a través de la correspondencia entre el macro y microcosmos, hasta las versiones muy materialistas de la totalidad concreta . Es evidente que la narrativa literaria debe abarcar el problema de la totalidad bajo otros enfoques y uno de los más afortunados es la creación de microcosmos, como la aldea de representación en el Germinal de Zolá o la referencia al espacio confinado de Robinson Crusoe. De las obras mexicanas referidas a Rulfo se le puede atribuir este procedimiento de microcosmos con su pueblo de Comala para simbolizar al México agrario y atrasado, percibido como un microcosmos medio muerto y medio vivo, es decir, nación en lastimosa agonía. La tentativa de Fuentes es más compleja, pues apuesta hacia una frontera imposible, al dedicarse a retratar a la megalópolis en su transcurso histórico, brincando años y recorriendo los barrios, moviéndose entre las clases sociales y las perspectivas, fusionando la leyenda azteca con la modernidad; en fin, con descaro estético nos muestra una totalidad de modo directo, señalando: aquí está mi Aleph. La certeza de este Aleph solamente se resuelve mediante la actualización de la lectura, donde cada mirada individual defina si esa megalópolis de Fuentes sigue siendo su casa o representa su ciudad-nación. La situación imaginada entre una novela-totalidad y un lector también posee, en sí misma, algo de irrealidad: es la ficción literaria reclamando su parcela de mundo, es sueño invadiendo la vigilia. Esa es una tarea de la escritura: asaltar las tranquilidades, cuestionar a la realidad cotidiana indicando que existe otro mundo, inyectado con la intención estética (en su variedad), conmoviendo la cotidianeidad para aspirar a ser otra persona colocada en otro mundo. 

A manera de conclusión
La guadaña puntual y sin concesiones poéticas, ni al talentoso le perdona una ironía, en el mismo día del maestro —este 15 de mayo de 2012— Carlos Fuentes suelta su último suspiro. Desde el mundo onírico y en sus figuritas de madera multicolor, los alebrijes se asoman con azoro; las peras del olmo de Octavio Paz entregan una última cosecha; el páramo tórrido y fantasmal de Rulfo enciende sus luces de velorio (siempre oportunas en esa comarca); la región más transparente se siente huérfana, pues su aire no estará adornado con frases hondas y misteriosas; la niña Aura suspende su oficio de virgen y anciana; un desfile multicolor de “buenas conciencias” se santifica ante la tumba de Artemio Cruz… La fila de personajes es interminable: este surrealismo tan prolífico y multifacético se pierde en el infinito, las aguas (claras y juguetonas) alcanzan a reflejar ese desfile y dejan a la imaginación la presencia de otro trasmundo, que parece dibujar otro universo (doble y traslúcido) de México, con su nombre escrito con equis de cruz y (ahora sí, sin) calvario.

domingo, 2 de septiembre de 2012

LABERINTO EN CAMIÓN


Por Carlos Valdés Martín


 Enganchado 
 Anasteseo cruzará la ciudad hasta el punto último del más largo viaje y lo hará colgado del camión de pasajeros. El chofer del autobús urbano arrea su carga humana hasta saturarlo; con frío cálculo el chofer grita:
—Suban, todavía caben atrás— mientras la evidencia racional protesta, y la masa humana se resiste a comprimirse en el interior; él repite con voz de mando y negando la evidencia física— todavía hay espacio.

 Anasteseo, de oficio peón albañil, en vez de apresurarse a subir, deja pasar a los demás y permanece al filo de la puerta. Entonces arranca el autobús y queda la puerta abierta; ese último pasajero ocupa la escalinata, detenido de un manubrio externo, como valiente trapecista. El chofer mira de reojo al peón delgado, con la barba sin rasurar y el pelo medio rapado. Sin intención pasa por su mente: “Ese se queda ahí colgado para no pagar”
 ¿Qué hacia Anasteseo colgado al camión y alejándose de su hogar? Sentía un vacío en su alma, un fragmento extraviado desde que lo abandonó Mariana. Mientras se colgaba sobrevino la nostalgia: “No debo pensar en ella”. Y vació una lágrima por su mejilla, pero no hizo ningún ruido.
 Viajar colgado trae sus peligros: un frenado brusco, la proximidad de un vehículo por la derecha y surge una tragedia. Hace unos días un paramédico atendió a Anasteseo. Otro frenado súbito lo tiró del camión, cayó al pavimento, rasgó la ropa y un hilo de sangre brotó en codos y rodillas. El chofer maldijo, pero no se detuvo y los pasajeros no se dieron cuenta o fingieron no ver la caída.
 El auto que seguía atrás se detuvo y no arrolló al peón. Anasteseo estaba desmayado y el paramédico hizo su rutina con pausa: tentar por si hay huesos rotos, reanimar con delicadeza y no mover el cuello sin verificar su integridad. Unos minutos duró Anasteseo en el cubículo de la ambulancia, y los aparatos de resucitación le recordaron el ambiente ominoso de un hospital. Suplicó para escapar rápido de ahí y juró que no había dolor: casi era cierto.
 Desde antes Anasteseo había perdido algo importante en los usuales viajes en camión: la pieza clave del rompecabezas sentimental estaba extraviada. Quizá era Mariana, pero a ella no la nombraba. El chofer del turno matutino encontró otra pieza: una pluma de ave, con colores brillantes, un hilo rojo atado y el nombre de ella. La acercó ante sus ojos y no comprendió, quizá luego serviría y la guardó en un escondite, en una alcancía secreta de monedas extraídas a la cobranza diaria. Ahí quedó viajando la pluma con el embrujo de la novia y el peón la extrañaba; su aroma perdido lo impulsaba a seguir ese mismo mapa de semáforos y asfalto.
 En sus noches solitarias y de pesadilla Anasteseo sentía el vaivén de un laberinto; avances y retrocesos que movían su vientre y entrañas. No podía permanecer más en un sitio, se levantaba de madrugada y pagaba el pasaje más barato hacia un punto lejano. Al pasar los días no era bastante un viaje, ni cualquier camión; terminó identificando al vehículo grande y robusto, como un toro furioso que se movía con desfachatez entre el tráfico. Quería viajar mucho así que permanecía en la puerta del transporte, no tomaba el boleto y a cambio lograba quedarse más allá del trayecto ordinario. Tampoco pretendía meterse como un pasajero ordinario. Le agradaba esa sensación que buscan los perros en las ventanillas de los automóviles: el golpeteo del aire continuo. La ventanilla no era suficiente, ocupaba el puesto de la puerta abierta. Para satisfacer esa excentricidad están las costumbres del subdesarrollo, que satura los camiones de personas y dejan colgando al último pasajero. En esa situación, tan riesgosa y ordinaria, Anasteseo sentía la satisfacción y el sosiego del sediento frente al vaso de agua helada.
En ese fin de semana de paroxismo ya no bastó el trayecto hacia el trabajo. Una ansiedad insaciable de resolver un enigma en su interior le atajó: subir una y otra vez.
Cuando se vació el camión en la terminal el chofer le preguntó:
 —¿A dónde va?
El peón no supo responder y del bolsillo sacó unas monedas como argumento:
—Es para otro viaje. El aspecto extraño del peón y la terquedad para permanecer en la puerta colgado sobre el estribo aconsejó cautela al chofer, y no se metió a discusiones: cobró.

Eréndira con lentes
 Tras cuatro décadas de frustraciones Eréndira, funcionaria del ministerio del Salud, huye atormentada por un romance fracasado. Evita volver al nido vacío y se disfraza con lentes oscuros; unos lentes grandes que recordaban el estrabismo sufrido en la niñez y las burlas en la escuela primaria. Medio año sin usarlos, la mitad de la vuelta del planeta al sol sin usar esas gafas, mostrando la faz y sosteniendo la mirada. Y, de pronto, ella sufre una traición. Si antes la utilizó y depreció su primer amor ¿por qué no la volverían a utilizar? En una sola revelación y un adiós, llueve la catarata de frustraciones y ella se odia: por ser tan madura, por aceptar y no lanzarse a los golpes contra quien le hiela el corazón. Las gafas oscurecen el planeta, al mediodía parecían discretas, pero ¿quién usa gafas oscuras en la noche? Una funcionaria normal no; sin embargo, es imposible retirarlas: lo exige el luto del alma. Eréndira necesita oscurecer el cielo para habitar entre sombras.
 Se ha metido también al camión de pasajeros y solamente quiere dar vueltas, aturdirse en un zigzag. Al principio, tan saturado de gente, imaginó que esa máquina la vomitaría en unos minutos, pero un asiento se desocupó providencialmente. La silla vacía, sin motivos y como esperándola, la calmó. Al fin, ya había avisado que faltaría al trabajo. Así, se entretuvo en los vaivenes frenéticos del conductor, frenando y arremetiendo cada vez que podía. Y esa música, tropical y populachera, la cual jamás oiría por voluntad era un bálsamo extraño; las voces cantando desamores… que lloro por ti; gimiendo, eres una traicionera; maldiciendo, te ha de llevar el diablo; contragolpeando, ojalá que te mueras… Ella desea perderse en la ciudad, como sigla anónima entre una multitud; sentada y silenciosa entre la serie incógnita de rostros fugaces. Mira al enfebrecido pasajero colgado y descifra otro abandono, al principio no encuentra ningún punto de cercanía: simple pretexto para confirmar la soledad colectiva. Palpitaba una caricia en la espalda dolida del sentimiento, el mensaje anónimo que le decía: al final, todas sufren igual, es la ley de la vida según la cual los canallas son legión. Siguió mirando y empezó a cabecear: no había dormido y el ritmo frenético se volvió un arrullo. Con la cobija del anochecer el vehículo se fue quedando vacío, y le llamó la atención el tipo flaco y nervioso que se aferraba a la puerta del vehículo, manteniendo más de medio cuerpo afuera. La mirada languidecía, consonante de un corazón roto. Eréndira supuso: “ese sufre más que yo y de otra manera”. Comenzó una plática imaginaria y ya no le resultaba un extraño.

Clodomiro ingeniero y chofer nocturno
 Clodomiro había comenzado mal su semana: renunciando a dar clases. ¿Renunciar a una vocación de maestro para engolfarse en un vehículo urbano se puede llamar oportunidad? No soportó a los alumnos del bachillerato ni una semana. Acababa de terminar la carrera de ingeniero y, en su primer empleo como maestro, estaba deseoso de transmitir conocimientos sublimes. Ese ánimo se estrelló contra una generación de alumnos rebelde y sin interés por su cátedra. Desde la primera clase cayó en el enfrentamiento, amenazó con reprobar a los cabecillas, a los más simpáticos del salón y comenzó una lucha en clases. A Clodomiro lo recibían con grosería: colocando gis en su asiento; le escondían las plumas y las escuadras; hacían ruido cada vez que se volteaba; no entregaban tareas y fingían no entender nada. Cuando indicó al grupo que debían poner su fecha de nacimiento y luego aclaró que sería exclusivamente el año de su nacimiento para hacer un ejercicio matemático, cada alumno preguntó como si no hubiera escuchado:
—¿Pongo el día profesor?
Y él respondía:
—No, solamente el año.
Al final, todos colocaron el día de nacimiento. Clodomiro entendió: los pupilos conspiraban. En reunión privada, suplicó al director un cambio de grupo y ante la negativa tajante, se enfureció y se enredó en una áspera discusión. El director y Clodomiro discutieron, subieron de tono y éste presentó su renuncia inmediata.
 Con la renuncia intempestiva en mano, la buena nueva se convirtió en un conflicto. La esposa le avisó que estaba embarazada y lo cuestionó con amargura por su mala decisión: los trabajos de maestro escaseaban en esos días y los empleos de ingeniería eran más inaccesibles. En su doble responsabilidad de esposo y futuro padre, Clodomiro urgido de ingresos volvió a un empleo que ya había probado: chofer de camión urbano. Estaba perdida su licencia, pero conservaba una fotocopia y con eso bastó para regresar de inmediato: “En cuanto pueda saco otra licencia, no vaya a meterme en problemas”. Debía mimetizarse, vestir como los demás y escuchar la música de moda; acostumbrarse a la rudeza y el albur. Antes ese empleo fue escalón, evento fugaz y ahora quizá una trampa o un destino. Mientras manejaba imaginaba el diseño de un aparato mezcla del resorte y la inercia mediante un círculo; en su visión dispondría de cinco pies en redondo. Calculaba mentalmente mientras volanteaba y cobraba con exactitud; con una doble faena se obligaba para rescatar el amor propio lastimado.

 Enemigo al asecho
 Anasteseo moviéndose de un lado al otro dejó de sentir ansiedad, sed o preocupaciones. Con alegría miraba las calles acercándose y sentía que hallaría una solución a la vuelta de cada esquina, pero era en vano. Cada expectativa terminaba la pared bloqueada y la calle cerrada: frustración y desvarío. Empezó a repetir una tonada interior para exorcizar su miedo a no encontrar la salida. El camión, grande y hasta agresivo, con el aire pegándole en la cara, le mostraba que todavía se abrían las salidas. Dijo: “Mientras me mueva, escapo.” No quiso mirar atrás, sintió una presencia.
La noche devoró la ciudad tramo a tramo y el conductor nocturno advirtió:
—Este es el último viaje; la unidad quedará encerrada en su corralón.
Ante el final inminente, volvió la ansiedad y Anasteseo sintió el cansancio, un oscuro laberinto acumulado se descargó sobre su esqueleto. Los músculos lanzaban calambres al cerebro y negrura a las pupilas. El brazo, que tan servicial sostuvo su cuerpo durante el día entero, se negó a responder y lo tiró de bruces bajo las pezuñas del Minotauro, que corría oculto entre el tráfico, a la caza sigilosa del siglo que nace.
El camión se detuvo un momento y, la penúltima pasajera, Eréndira, se bajó dando gritos de pena y alarma.
 Clodomiro recordó a su esposa embarazada y la falta de licencia, comprendió que era un error permanecer detenido y pisó el acelerador como el cobarde que no solía ser.