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sábado, 11 de enero de 2014

RESEÑA DE “LA MASONERÍA EN EL SIGLO XIX EN MÉXICO” 1a. Parte



Por Carlos Valdés Martín

Resulta interesante revisar lo sucedido con la masonería de antes y hacerlo justo en estos tiempos de rápidos cambios. Ahí está nuestra herencia común y, aunque el siglo XIX parecería lejano, todavía continuamos el aliento político y social que nos dejaron el sistema republicano liberal y la economía de mercado. Hoy hay cambios e, incluso, transitamos hacia un periodo de innovaciones. De todas maneras, las grandes instituciones e ideales del periodo previo siguen gravitando y pesan más cuando permanecemos inconscientes de lo que representó esa herencia.

Curiosidad para interpretar a la masonería y al individuo
El interés del público por la masonería va de la mano con una dificultad para estudiarla con objetividad. La organización masónica al ser sociedad discreta —por tramos, hasta estrictamente prohibida y secreta— presenta barreras para su estudio. Los historiadores serios que desconocen sobre esta sociedad no captan quiénes son los personajes masones ni las fronteras de esas organizaciones masónicas, por lo que suelen atribuir carácter de masón a quienes no lo son o ignorar la contribución de quienes sí lo son. En México se ha tendido a sobredimensionar la participación de la masonería en el ámbito político, incluso levantando la fantasía de que “todos los Presidentes de México han sido masones”, con lo cual se exageran los hechos y se teje una ficción que identifica al Poder público con la masonería, cuando ésta en esencia no es una organización política. Cometido ese primer desacierto además se confunde a los masones imaginando que son una agrupación homogénea y sometida a un ideario fijo, el cual debe de seguir lineamientos repetitivos, luego de ahí se inventa una especie de “conspiración masónica para tomar el poder”. Destrabar ese mito resulta más difícil porque abundan los masones políticos y líderes de primer nivel en las Independencias de América y después la lista de Presidentes es larga. A la mayoría de los historiadores no les interesa dedicar demasiado tiempo para desentrañar si los personajes investigados son o no masones, y esto sólo se encuentra en biografías individuales donde se ilustra esa filiación; sin embargo, quien ha conocido de cerca la masonería sí siente interés y escrúpulo para determinar la verdadera filiación de cada protagonista. Por fortuna, Mauricio Leyva sí tiene el interés y la paciencia para despejar el camino y establecer la identidad de los personajes. No se piense que esa labor resulta sencilla pues requiere de laboriosas investigaciones.
Una segunda dificultad para la investigación histórica está en la funcionalidad temprana de las organizaciones masónicas en América. En el contexto de la dictadura colonial, cualquier participación de ideas o política estaba por completo prohibida y la Corona española contaba con el auxilio incondicional de la Inquisición católica para perseguir cualquier disidencia. La primera masonería americana creció bajo el signo de la persecución y por eso fue una agrupación por entero secreta. Los primero testimonios de masones en la Nueva España corresponden a documentos de persecución contra sus partidarios. En esa situación por entero difícil y escasamente documentada se formó la primera masonería hispanoamericana que no contaba con los medios para hacer labor sistemática. Comenzados ya los movimientos de Independencia pronto la masonería adquirió enorme importancia y la persecución previa significó una rápida ganancia de adeptos en el continente. Sin embargo, ante la falta de instituciones locales pronto la sociedad de ideas masónica fue confundida y fundida con organizaciones políticas. Esto es importante, porque por su constitución esencial la masonería moderna jamás debe ser una organización partidaria, pues sus estatutos la establecen en una escuela filosófica mediante simbolismos, que agrupa a ciudadanos libres para practicar principios morales e intercambiar ideas. La masonería moderna se ha formado tolerante ante las ideas religiosas y políticas de sus congéneres, por lo que no ha establecido una línea de pensamiento político único, por más que históricamente se aproxima a los principios liberales. Sin embargo, bajo condiciones de opresión política extrema los masones del siglo XVIII y XIX crearon organizaciones dedicadas a la política que se confundieron con la misma masonería, así surgieron también organizaciones del tipo la Joven Italia de Mazzini o la politización de las logias en América como sucedió con los Caballeros Racionales de Miranda. Así, vale aclarar que el contexto histórico presionó para esa “sobre-politización” de las logias del siglo XIX mexicano y, desde entonces, se ha mantenido esa imagen errónea de la equivalencia entre masonería y Poder político.
Debido a lo anterior resultará muy interesante al público la lectura de los dos primeros capítulos del libro, que con brevedad definen las características de la masonería organizada y del masón como individuo. La masonería es una sociedad de ideas que estableció sus fundamentos modernos, buscando una educación filosófica para sus miembros. Entre los principios típicos, resultará de interés del lector la creencia básica en un dios como supremo rector y el uso de la Biblia. Esta aclaración surge porque autores facciosos o desinformados han difundido calumnias de que la masonería es una agrupación de ateos o satanistas. Al leer la historia se verá con claridad cómo la masonería ha sobrepasado a sus detractores y superado con facilidad esa clase de calumnias. Algo parecido resulta con el masón individual, donde el público se pregunta con curiosidad el por qué han existido tantos personajes destacados identificados como masones. Las claves para que tantos masones resulten destacados en la vida pública o intelectual de los países sorprenden por lo sencillo de sus bases, pues “la educación masónica le enseña a ejercer con responsabilidad e integridad el importante oficio de pensar y razonar, le instruye de las formas y el método con el que ha de ir descifrando la vida y su vida, su compromisos para con Dios, con los suyos y con los semejantes, reconociendo la fundamental importancia de su patria, su familia y sus hermanos.”[1] Lo cual resulta fácil de decir pero muy difícil de cumplir.

Primera masonería en Nueva España y la Independencia
Mientras en Norteamérica y algunas posesiones inglesas la masonería se extendía libremente, los territorios bajo la Corona española se mantenían bajo una estricta prohibición y se perseguía a cualquiera que no siguiera los dictados del rey y la iglesia católica. En ese ambiente tan hostil, los rastros de masonería en Nueva España son chispazos en una caverna oscura, como el reporte de un libro de masonería incautado en 1762 tras un naufragio inglés o el juicio inquisitorial contra Juan Lausel cocinero del Virrey[2]. De mayor relevancia es la filiación masónica de Miguel Hidalgo, la cual todavía está en espera de reforzarse con mayores investigaciones documentales[3], siendo que por la postura ideológica sí fue afín a la corriente masónica en formación bajo el “subsuelo” de la sociedad colonial. Claro que esta historia no ha de referirse a un personaje único, sino a una corriente de ideas que se agitaban en el espacio cambiante de la Colonia y que estalló a raíz de la ocupación de la Península Ibérica por Napoleón. Tras la ocupación del trono por José Bonaparte se desataron acontecimientos en serie, una especie de terremoto político en las colonias americanas, cuando una tras otra fueron cayendo en inquietud, rebeldía y, al final, en separación. En la Nueva España el primer gran sobresalto fue el derrocamiento del virrey para imponer otro afín al bando de los “peninsulares”. Iniciadas las agitaciones resultará imposible exponer en detalle el hilo de los acontecimientos, contentándonos con colocar algunas pinceladas sobre ese suceder. Tras esa primera agitación, la vida civil se vio trastornada y las primeras logias interrumpieron sus trabajos, dispersando sus miembros y posiblemente nutriendo a las sociedades secretas de ese periodo como los Guadalupes y Serpentones.
Un personaje precursor de la Independencia es Servando Teresa de Mier, quien fue encarcelado y exiliado de estas tierras antes de la agitación de Independencia. De su rastro biográfico ya se ha logrado sacar en claro algunos de sus vínculos con masones europeos y que para viajar resultaba indispensable el respaldo de esa organización[4].
Siendo escasos en número los masones en la lucha de Independencia, resulta del mayor interés las definiciones ideológicas, porque en ese principio del siglo XIX, las ideas de libertad y republicanismo resultaban novedad. En todo Europa dominaban los reyes y sus imperios, para esos años las Revoluciones Francesa y Norteamericana parecían excepciones poco comprendidas y amenazadas con desaparecer, por sus contradicciones internas, como el desvarío imperial de Napoleón o por una reconquista militar. En ese sentido, los masones metidos a la vida social eran amantes de la liberad pública, pero poco comprendidos y ordinariamente perseguidos; sin embargo, los tiempo maduraban con rapidez y las ideas liberales fructificaban con velocidad sorprendente. Así, los acontecimientos de España: conforme la resistencia contra los franceses desembocó en el gobierno de las Cortes de Cádiz y un gobierno liberal moderado fue también un hito que cimbró a las colonias. Si algunos independentistas americanos no manifestaban tendencia política clara, con la presentación de una Constitución liberal para regirlos cambió las perspectivas. A partir de entonces, los americanos no se quedarían atrás en su percepción y aspiraciones políticas.

José María Morelos
Además de los muchos éxitos militares de campaña, cumplidos por Morelos merece destacarse su impulso para dotar de una estructura política y un marco de leyes defensoras de las libertades básicas. Resulta comprensible que en un movimiento insurgente dominado por la urgencia de desplazamientos militares, el tema de la organización política quede relegado; por eso es más notable el esfuerzo de Morelos para dotar a la insurgencia de una estructura de gobierno y proponer órganos de representación. Aunque las acciones militares cuentan con fortuna variada y el centro realista domina casi todo el país, el grupo de Morelos se mantiene muy activo. Las proezas militares de Morelos tomando plazas clave como Acapulco y Oaxaca ya quedan para la posteridad, los actos heroicos como el sitio de Cuautla y la generosidad para perdonar prisioneros hacen más interesantes los relatos.
Conforme pasa el tiempo, además de la resistencia militar ante las adversidades se va abriendo paso la importancia de aclarar el ideario de la Independencia. En el año de 1813 es cuando van madurando en el grupo de Morelos esas necesidades y, como ejemplo, de eso se decreta la abolición de la esclavitud y también se radicaliza la exigencia de autonomía política al publicarse una Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional. Un sitio especial merece el afamado documento Los sentimientos de la nación[5], donde se plantea de manera concisa y ambiciosa un primer proyecto de identidad y libertades para los nativos de la patria. Luego de años combatiendo se perfila ese ideario donde se proclama la igualdad fundamental del hombre en suelo americano y su igualdad ante la ley, abatiendo la ideología del privilegio de sangre y la desigualdad consagrada por religión. En esas jornadas se levanta el Primer Congreso Constituyente en Chilpancingo, la cual merece ser señalada como la cabecera de la nación independiente, y meses después en Apatzingán se declara la primera Constitución. En esas jornadas se va armando la trama política e ideológica de la nueva nación, aunque todavía acotada por fuerzas militares superiores en número.  El giro de los acontecimientos en España reforzó al bando realista y el final del año fue de adversidades militares, terminando luego con la detención del jefe militar indiscutido y la dispersión de los insurgentes. José María Morelos fue juzgado sumariamente, en las dos fases previsibles, siendo primero condenado y degradado por la autoridad católica y luego sentenciado por los realistas. Acusado, acosado, martirizado y fusilado finalmente el 22 de diciembre de 1815.

Vicente Guerrero
Fuerzas rebeldes sostuvieron una fiera resistencia en distintos rincones del país, y entre todas destacó la agrupación de Vicente Guerrero. Mientras en España se restauraba la monarquía de Fernando VII y se perseguía a los liberales, incluida la masonería peninsular, en las colonias se repetía la dosis de persecución. Durante ese periodo, en Europa entera la reacción política levantaba cabeza derrotando a los grupos democráticos, y los monarcas trataban de aplastar las semillas de libertad surgidas con la Revolución Francesa.
Cabe destacar la generosidad de algunos liberales españoles, que ante la restauración monárquica en Europa, comprendieron la urgencia de acelerar la liberación de la América colonial. En este caso destaca la aventura de Javier Mina y una expedición nutrida con unos 300 hombres, “miembros todos de la confraternidad universal”[6] llamada masonería. Resulta conocido que la campaña de Javier Mina terminó en una rápida derrota, que él pagó con su vida, siendo fusilado el 11 de noviembre de 1817.
Durante algunos años, en la Nueva España el gobierno colonial se aplicó para aniquilar a los grupos rebeldes, utilizando tácticas de tierra arrasada y provocando terror entre la población. Además de Vicente Guerrero, la historia nos menciona a otros líderes osados que arriesgaron su existencia manteniendo sus ideales en pro de un país propio y justo. De esos enfrentamientos aislados y de escapatorias venturosas ante fuerzas superiores en armas y número, se cuentan muchas anécdotas entretenidas de la insurgencia mexicana. Tampoco se piense que el bando colonialista integraba una unidad monolítica, a su interior existían también inquietudes y defecciones.
La situación volvió a cambiar dramáticamente en la Península Ibérica con la Revolución de Riego en 1820, cuando se impuso un régimen liberal que sometió al monarca español bajo una Constitución. Mientras tanto en Sudamérica había triunfado el independentismo en la Nueva Granada y el Mar de Plata. En esa situación cambiante, la resistencia dispersa tomó nuevos bríos, mientras el bando conservador local tramó otro golpe de timón. Sin embargo, el conocido desenlace cuando pactan Guerrero e Iturbide para consumar la Independencia no fue sencillo. La insurgencia había recuperado ímpetu y la última campaña de Iturbide para aplacar a los insurgentes le resultó en varias derrotas y contratiempos[7]. En esta interpretación, sin los fuertes reveses sufridos por el bando realista a manos de la insurgencia hubiera sido imposible el famoso pacto de los bandos opuestos para desembocar en la Independencia.
Resulta bastante conocida la conspiración conservadora llamada de la Profesa que impulsó el cambio de la élite realista, empujando el giro en las acciones de Iturbide, el militar realista que inclinó la balanza al pactar con Guerrero. Lo que no suele considerarse en la narrativa, es que desde antes Guerrero en persona intentó atraerse a líderes militares del bando español para sumarlos a su causa[8]. La omisión de este detalles se liga a otro descuido sobre las capacidades intelectuales del insurgente, sobre quien se ha prejuiciado, por sus orígenes humildes, sin embargo, las cartas así como su desempeño siguiente, muestran las dotes intelectuales de Vicente Guerrero y su capacidad política. Al respecto, también es importante señalar que en las negociaciones entre Iturbide y Guerrero, fue el insurgente quien impuso como criterio fundamental que el acuerdo daría la independencia del país y no contentarse con un cambio de casa gobernante como aspiraba el bando conservador que apoyaba a Iturbide.

Una actuación que merece la máxima atención para comprender la participación de los masones en la Independencia es la designación de Juan de O’Donojú como la última autoridad del territorio novohispano. Este personaje tenía la máxima distinción militar y era librepensador masón, un héroe peninsular que había sido castigado y torturado por el gobierno del rey español, entonces recibía el encargo de gobernar a nuestra colonia inquieta. Arribó al país de modo oportunísimo, en agosto de 1821 y lidió diplomáticamente ante el acuerdo de Guerrero e Iturbide, decidiendo replegar a las fuerzas españolas y negociando favorablemente la Independencia. La intervención decidida y oportuna de O’Donojú permitió una salida rápida y conciliada de las fuerzas que ocupaban la capital y los dos puertos principales. Firmó los Tratados de Córdoba reconociendo la Independencia de México y, entonces fue incluido en la Regencia, figura de gobierno compartido por tres personajes que era la suprema autoridad para la de transición. De modo por entero misterioso, O’Donojú murió de modo fulminante unas semanas después de consumada la Independencia, dejando la mesa puesta para el ascenso de Iturbide, lo cual debería abrir un capítulo de gran interés para historiadores y hasta los novelistas.

NOTAS: 



[1] LEYVA, Mauricio, La masonería en el siglo XIX en México.
[2] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 35-37.
[3] Con escrúpulo histórico el libro nos señala, que la fuente de esta afirmación es José María Mateos, con su historia primera del tema elaborada durante el mismo siglo XIX. LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 37.
[4] Cita a DOMÍNGUEZ MICHAEL, Christopher, Vida de Fray Servando.
[5] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 70-75.
[6] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 90.
[7] “Pedro Ascencio derrotó por cuarta vez a Iturbide, la batalla de la Cueva del Diablo derrumbó por completo los planes del jefe realista”, LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 104.
[8] Guerrero conmina al jefe militar realista Moya para sumarse a la causa independentista en varias misivas, LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 97-100.

martes, 7 de enero de 2014

RESUMEN Y TRAMA EN “LA CARTA ROBADA” DE POE


Por Carlos Valdés Martín



Con el cuento La carta robada de Edgar Allan Poe quedamos colocados en mitad de una intriga palaciega y una indagación policiaca y el argumento, por su tensión diáfana, nos intriga hasta quedar seducidos. Posee un diseño ingenioso y ofrece un desafío: una carta robada a la reina de Francia en sus narices que no ha sido hallada ni con la más minuciosa búsqueda. La posición en que nos coloca semeja a Las Meninas de Velázquez, pues comparte el “entorno a los reyes” y con un complejo ambiente, donde una aparente claridad encierra interesantes trucos que ha cautivado a críticos, psicólogos y semiólogos. En la mitad del siglo XIX ya se había descubierto que los reyes eran mortales y prescindibles; todavía más desde una perspectiva de Norteamérica: impetuosa república nacida para alejarse de la aristocracia. Hacia 1845, la Norteamérica de Poe era el territorio que se construía a contrapunto de la realeza (el espacio “libre” según predica la ideología), y, por lo mismo, un literato de calibre se permitía sentir nostalgia por una reina.  
En resumen, el jefe de la policía de Paris, el prefecto G. recibe el encargo de rescatar una carta comprometedora dirigida a la reina, la cual ha sido hurtada por el ministro D., quien la utiliza como as para chantaje político. El prefecto G. acude a Auguste Dupin, mientras está departiendo con un amigo y narrador de ese relato. El policía solicita un consejo reconociendo la inteligencia superior de Dupin, y éste se entera de los detalles de la pesquisa policiaca que ha sido concienzuda. La búsqueda del prefecto ha sido minuciosa y discreta durante tres meses entrando en las noches en el domicilio sospechoso y hasta montando falsos asaltos para revisar en la persona del ministro. El caso también trae una recompensa y la búsqueda ha conducido hasta la desesperación. En el relato se vuelve protagonista Dupin, con un sutil análisis de la lucha entre mentes, de tal modo que revela que el ministro D. había anticipado las acciones policíacas y esa búsqueda. Al mes regresa el prefecto insistiendo en la ayuda y dispuesto a ofrecerle dinero, en ese momento Dupin presiona para que el prefecto firme un cheque de una suma enorme, condicionada a resolver el caso que parece imposible. Al recibir el documento, en acto seguido e inmediato Auguste entrega la carta, y la velocidad de resolución resulta sorprendente. Cuando el jefe de policía se aleja con su propio premio, entonces el amigo narrador recibe el relato completo, donde Dupin explica su búsqueda durante una visita directa al ministro D., con el descubrimiento de la carta que había sido sutilmente disfrazada y el ingenioso medio para sustraer la carta con un descuido provocado. No solamente obtiene la carta sino que también deja una sustituta conteniendo un mensaje críptico e irónico contra el ministro.
Los cuentos de Poe donde el protagonista es el ingenioso Dupin fueron el nacimiento de la novela policíaca como género. Curioso parto en la historia de la literatura cuando el genio de Poe produce esa innovación en temática y forma. En principio, se requiere de un ambiente social donde la propiedad privada y el ingenio se consoliden en una exacta mezcla[1]. Particularmente, aquí no es tanto el robo un punto de sanción moral, sino una variedad de motivos sobre el chantaje y la agravante de perpetrarse contra una dama.

¿Juicios de género? 
Sin duda, en esa época el chantaje contra una mujer era por completo diferente al imaginable sobre un varón. La honorabilidad todavía estaba vinculada a la castidad de la mujer, y si sumamos esto con el tema dinástico, la gravedad de un desliz se vuelve monumental, pues el derecho de sangre dependía de la fidelidad al rey. La sucesión dinástica es un tema político y moral (aunque sea en el sentido pedestre y utilitario). De cualquier manera, que el chantaje sea contra la reina confiere a la búsqueda un halo de bondad casi santa, así como los guerreros recibían la comunión para la cruzada, el segundo robo de Dupin es agresión justa y bendita. De cualquier manera, resulta curioso que el relato no cuestiona si existe una efectiva infidelidad de la reina o ha sido comprometida de modo circunstancial y es inocente. La delicadeza del proceder ante el hurto de la carta nos deja en vilo y nos impulsa a que creamos, al menos, obliga a compasión y complicidad hacia la dama atrapada por el sagaz. Y la reina semeja un ícono de pasividad, que paradójicamente mueve los hilos de los varones, casi unánimes a su favor y solamente uno en contra (el villano); así, es la batalla de los varones alrededor de otra Elena de Troya, aquí cómplices para mantenerla en su trono y sin molestias.

Jerarquías de poder. 
El relato está perfectamente montado sobre una serie de jerarquías de gobierno estereotipadas. El rey como suprema graduación del ajedrez político se coloca arriba del juego, en el puesto supremo de autoridad que nunca se vuelve efectiva. Esa situación del rey resulta bastante curiosa. Si lo suponemos presente durante la turbación de la reina y el robo de la carta, eso confirma su lejanía del mundo cotidiano y efectivo, entronizado en una autoridad pero con la “cabeza en las nubes”. La reina sometida a los prejuicios, pero en extremo protagónica por su mera presencia de rol femenino dominante. Resulta un punto de apoyo para la carrera del ministro D., por eso la chantajea con tal efectividad. El ministro como servidor del rey y la reina, con un doble juego, pues está favoreciéndose a sí mismo; posee el principio individualista para jugar un juego oculto y a la vista de todos. El dominio policíaco y violento encarnado en el prefecto G. dispuesto a utilizar la fuerza y su pobre inteligencia en favor de su amo. Resulta peculiar la desfachatez de la policía y el tono del relato, en cuanto a la violación de la casa del ministro y hasta los asaltos simulados contra su persona; en ese sentido, marca el otro extremo de una corrupción moral de puro utilitarismo. En el relato es pasable la inmoralidad del policía, pues actúa en el lado “bueno” del honor y bienestar de la reina. Casi en la sombra quedan una serie de personajes menores que funcionan a modo de masa popular, que sirven dóciles a las maquinaciones de la trama, —es decir, marginados y además ciegos ante el curso de los acontecimientos. En el sitio discreto y casi sacro[2]  está Dupin, quien es el talento de la narración y permanece en el límite de las capacidades, es la inteligencia superior en estado de ebullición. Rebasa el término de lo mundano y se entromete para resolver lo imposible, especie de héroe pragmático y casi sacro. El narrador amigo es testigo del proceso y representa la mirada exterior, en ese sentido, representa al lector que debe descubrir con asombro la trama demostrada por Dupin, el actor de las soluciones. El asombro ante un enigma imposible es un resorte indispensable para este tipo de relato policiaco.

Necesidad de las múltiples luchas. 
La extraordinaria capacidad atribuida a Dupin resultaría odiosa si no encontrara una contraparte que diera digna batalla: no existe el combatiente sin el oponente. Por eso el ministro es astuto y en perspicacia está muy encima de los demás personajes a excepción de… ya sabemos quién. El ministro D. está adornado con dotes excepcionales con una mezcla de poeta y matemático, por lo cual posee una estrategia superior a sus contrincantes iniciales (en otro sentido, también oponentes colosales: el aparato de Estado y el policíaco). Al ladrón, le adornan la perspicacia, la audacia, el tacto, la inspiración y la anticipación, pero no son suficientes ante un talento superior. Con mucho, el ministro enfrenta la lucha más compleja: contra la reina (por tanto contra el rey, en cuanto posible implicación), contra sus colegas (por eso roba la carta, para obtener una posición superior), contra la policía, contra la estupidez e infidelidad de sus sirvientes (se emborrachan mientras el prefecto inspecciona la casa), contra la extremada audacia de su propio plan y, al final, pierde contra su vengador.
Ya anotamos la sutil lid de la reina, la cual combate por su buena imagen y para liberarse de la presión del chantaje. Al mismo tiempo, lucha por la discreción mientras se hacen las pesquisas; entonces su posición es compleja, pero queda como trasfondo y premisa en el ballet que se danza en la obra.
También hay una lucha menor entre el prefecto que busca aprovecharse de Dupin, incluso gratis. Y luego está el breve combate de Dupin con el prefecto para obtener el dinero. Más importante es la contienda interior pura para descifrar el caso. Luego está el juego de engaños y descubrimiento durante la visita a la casa del ministro. El mensaje dejado por Dupin encierra el carácter cruel y de violencia controlada, donde ya nada es físico, sino mental. El mensaje que deja Dupin remite a una leyenda cruel y saturada de venganzas. ¿Por qué tanto rencor contra el ministro D.? Ese punto llama la atención, sin duda la reina ha ganado el corazón de los contendientes. Y el combate mental abstracto de Dupin desemboca en un corolario cruel: la violencia mental se materializa más tarde. 

Tejido de alianzas y deseos. 
El terreno de este relato policiaco no crea una conflagración máxima, sino controlada, por lo mismo resulta indispensable que se urdan alianzas o ya estén presupuestas. El supuesto fundamental ocurre entre los géneros: el bando masculino debe homenajear al femenino, ahí la gran división coincide con el deseo por el género opuesto aunque sin sexualidad explícita. Adosada está la otra unión de los “buenos súbditos” siguiendo el designio de su reina, pero son una misma alianza: varones y súbditos.
De ahí el repudio al ministro D. y la unión del bando (intenso y victorioso) de Dupin con el prefecto, además de otras adicionales para dar cauce a la trama: Dupin y su empleado disparando al aire, el amigo narrador, los sirvientes cómplices de la policía, etc. Con fino instinto político se descubre que las alianzas no están exentas de conflicto. Al final, la última y más duradera de las alianzas: entre el lector y el texto que se ha disfrutado.

Los engaños sobrepuestos en cadena. 
La trama está bellamente tejida entre engaños encimados y bien ensamblados. La carta que recibe la reina ¿contiene un embuste en sí? No lo sabemos, pues el contenido jamás se revela. La situación del robo de la carta contiene un doble engaño: la reina disimulando percibir el hurto y el ministro D. fingiendo error al quedarse con el documento. Con la carta en sus manos el ministro empieza su doble engaño: amenazar sutilmente con la carta y engatusar a la policía para mantener su posesión. El prefecto engatusa al ministro D. fingiendo que no están buscando la carta y hasta lo asalta con bandoleros fingidos. La reina debe manipular al resto del sistema gobernante y, en especial, al rey mismo, pues no debe difundirse que busca activamente recuperar una carta, de la cual casi nadie debería conocer su existencia[3]. El prefecto intenta pero falla en engañar a Dupin para que le resuelva el caso sin cobrar y sin informarle por completo. En cambio el astuto protagonista embauca al ministro para rescatar la carta, y engatusa al prefecto para cobrarle cuando ya logró la recuperación de la carta.
Se comprende que la literatura, jugando con las ficciones, se deleite con los términos del engaño. Aquí, el lector se deleitará descubriendo una verdad completa, mientras los personajes se contentan con trozos de la trama. Resulta muy curioso que existe un engaño cumbre en la trama: el ardid sobre la misma carta disfrazada. La cosa deseada por los demás ha sido metamorfoseada, ya parece una cosa distinta y por eso puede permanecer bajo las narices. Ese juego de pasar inadvertido es clave en la estética de este relato. Nos invita a pensar: “y todos lo vieron, los policías se pasearon nerviosos cada noche, hurgando por la casa y jamás se percataron de la verdad bajo sus ojos.” Con eso también nos hace sentir partícipes de una inteligencia superior.

Más allá de la poesía y saber superior: astucia. 
La policía falla porque sigue un sistema racionalista tras lo evidente y en este punto surge un subtema de enorme interés: la discusión sobre modos de conocimiento. El paladín Dupin apela a uno superior  y desde la cita (al parecer falsa) de Séneca ese es el tema del cuento, porque existe la creencia de que Poe inventó la frase “Nil sapientiae odiosius acumine nimio” y se traduce por "nada es para la sabiduría más odioso que la excesiva agudeza". A modo de baile desafiante el cuento opone dos tipos de conocimientos en pares principales: poesía versus matemática, sistema objetivo de la policía versus astucia superior de Dupin, saber inútil versus saber eficaz, saber atrapado en la apariencia (burlado o atorado) versus saber profundo y liberado de la apariencia. Resulta llamativo el discurso del paladín en contra la matemática y la derrota de la técnica de búsqueda tecno-científica (el hurgar de la policía con microscopios y sondas en la casa del ministro). Llama la atención ese enfrentar y burlarse de los matemáticos y de las técnicas policiacas. Curiosa y precisamente, no es un saber del artista —lo poético en sí— lo que resulta triunfador, aunque sí es un escalón superior, pues el ministro D. es un buen rival porque reúne al matemático y al poeta en sus capacidades. Por encima de ese escalón está el “astuto” rayando en genio, el indispensable Dupin. El personaje astuto es antiquísimo en la literatura: el predilecto Ulises sale adelante con astucia. ¿Por qué es fascinante el astuto? Habrá suficientes motivos pues es: el triunfador, el héroe, quien supera el obstáculo, el sobreviviente, quien derrota la adversidad, el yo profundo de nuestra psicología, el salvador del narciso derrotado, el regreso al niño que se sale con la suya…

Los aliados del astuto. El personaje Dupin ostenta diversos saberes, bajo su máscara displicente se acumulan siglos del conocimientos, por ende, su guarida indispensable es una biblioteca. Nos demuestra que domina la matemática y permanece un paso arriba; nos enseña que aprecia la poesía y reconoce una limitación a quien sólo permanece en ella; domina la lógica y no se deja confundir con la tontería del prójimo; es negociador y hace sus movimientos para obtener abundantes ingresos; juega con el poder y, de ese modo, es político sin compromiso… En el paladín está fluyendo un torrente de centurias (comienza el cuento con una cita de Séneca) y nos muestra un ideal de unión entre todas las disciplinas. Entonces muestra un modelo de nuevo intelectual (el cognitario rigiendo su ambiente mediante el cerebro), el cual es más una aspiración que un evento. En fin, está fluyendo un torrente de información por la mente de Poe que plasma en su personaje central, y nos habla con claridad de la anticipación. Están los saberes aislados, y Poe nos muestra la vana autosuficiencia de matemáticos imaginarios, para mostrar que existe una posible unidad de tantos precedentes en una posición superior. Con el personaje el torrente de teoría deviene en filigrana de la práctica[4], pues bastan unos pocos actos precisos para dar jaque mate en un desafío.

Aspecto lúdico del enfrentamiento. 
Entre tantas luchas manifiestas en el cuento, predomina un ambiente casi festivo, donde la referencia al juego mental es constante. El caso de un niño listo que ganaba siempre en el juego de “pares o nones” es una clave de ese ambiente. La narración nos indica que Dupin es el mejor jugador entre todos, quien mejor anticipa los movimientos de todos los personajes, superando al mejor segundo contendiente que es el ministro D. Es claro que se trata del “juego de los adultos”, uno con ambición: por poder o por riqueza, y el tercer gran motivo por placer queda en un atractivo claroscuro, pues el desliz o amorío de la reina no se cuestiona de fondo. Por si fuera poco este es un cuento: el juego casi serio de la literatura. El objetivo es crear el relato interesante que mueva los resortes con los cuales el lector resulte satisfecho y Poe lo logra con maestría.

Aspecto serio y realista de la trama. 
El género que inaugura Poe requiere verosimilitud estricta. En el argumento no se permite ninguna falta de credibilidad, por tanto el texto está saturado de racionalismo y argumentos inteligentes. Nos muestra su habilidad para comprender la lógica y la falacia, con el breve juicio en contra del prefecto, cuando lo cuestiona por identificar al poeta con el loco sin más, se refiere a la falacia del “medio no distribuido” en latín “non distributio medii”. Su crítica a los matemáticos no plantea ningún disparate matemático, la contrario expone un “binomio cuadrado”, y con sencillez dice que existe “algo más”. La explicación de cómo se ha buscado la carta y su imposibilidad posee perfecta verosimilitud, aunque linda en lo insólito que los policías entren cada noche en una casa sin ser notados o denunciados. El truco es convencernos que eso sea factible y, para ese efecto, también sirven las distancias: la ciudad lejana y la distancia de la cumbre del reino.

Distancias, vacío y misterio. 
Complementando el tema del realismo descrito surge el conjunto de distancia-vacío-misterio. En ese efecto de las distancias, ya la crítica ha notado que jamás se revela el contenido textual de la carta: el interés por la misiva se forja por la danza que desata a su alrededor.  Distante es aquello que no se logra tocar o poseer de modo significativo. Por su estructura el gobierno monárquico es una máquina de distancia, cuyo efecto de angustia estética fue tan diestramente explotado por Kafka[5]. Este relato juega a ser inocente y hasta funcional ante esa distancia de la pareja rey-reina, para contentarse con una estrecha cercanía con el funcionario y el jefe policíaco; mientras la cumbre permanece cual cima nublada, el alrededor es tocado profusa y profundamente. Es parte del efecto estético ese imaginar el toqueteo nocturno del hogar del ministro y la honda penetración intelectual de Dupin; así, la distancia queda brincada y saldada, resultando un goce estético[6].
La distancia hace suponer un lleno pleno (la densidad del Poder) o un vacío completo. En ese sentido, el comprender la utilidad de vacío resulta indispensable[7] y Poe, tan genial para describir lo oscuro y sus fronteras, es un maestro para emplearlo. El objeto supremo es la carta y, para nuestra mirada, se mantiene vacío, como un recipiente capaz de contener todo y nada a la vez.
El misterio desafía la inteligencia, es el imán que la reta y atrae. El escondite de la carta es el misterio convertido en tema explícito y justifica todas las argucias y esfuerzos. El misterio despierta la acción y la inteligencia, para que sigan hasta no quedar saciados. Sobre este misterio en particular está montado también el código de la intimidad aceptable, pues nos convertimos en cómplices y aceptamos del derecho de la reina a mantener su intimidad (sin mostrar jamás el contenido de la carta), quedándonos satisfechos con la revelación de la mitad de la ecuación. En este caso, la inteligencia de Dupin, el amigo narrador y el lector se satisface con su mitad del misterio resuelta. El misterio final queda intocado, pero ¿no es esa también la estructura del saber? A cada descubrimiento se levanta un enigma sucesivo: es un proceso inacabado e infinito, donde el misterio se protege a si mismo sin esfuerzo alguno.

La arquitectura humana. 
Con este término debemos entender el significado humano de las construcciones descritas. Ese significado no es invento de Poe, sino del ambiente social. En el relato surgen cuatro espacios privilegiados, donde el autor nos explica para sus posibilidades al extremo: la biblioteca de Dupin, la habitación real (el “royal boudoir” se ubica en un palacio), la casa del ministro en conjunto y la sala con chimenea de la misma casa. La biblioteca con cómodos sillones cumple el obvio destino de incitar a la reflexión, aunque aquí al extremo de la ficción y evoca una especie de templo de sabiduría sometido al silencio de la reflexión, mientras el humo elevándose indica al sumo sacerdote del templo del saber. La habitación real cumple una función bisagra, uniendo intimidad y despacho público, donde termina dominando lo segundo. Cabe anotar que este sitio queda sobrecargado de significados para generar una “política de tocador”, ya que existe una alteración del poder (desde un discurso actual y democrático es obvio que es un recinto indebido de autoridad excedida, lo cual es anti-ético, sin embargo, la historia nos ha acostumbrado al rey investido de mando, en su persona y no en la institución). La casa del ministro posee otra ambigüedad: recinto de jerarquía invadido por órdenes discretas del superior (la reina) y cumplidas por su equivalente (el policía). Ahí la fantasía de la indagación sistemática contra la casona, cuando el tocamiento de cualquier hueco manifiesta hasta lascivia freudiana. Ambigüedad extrema de esa casa: en el día fortaleza del ministro, en la noche recibe dócil a una tribu de policías para hurgarla con sistema, al mismo tiempo, invadida pero invicta escondiendo el secreto. La sala con chimenea es una especie de tablado teatral, donde el director de escena —el ministro D.— ha mantenido engañado al público. El sitio esconde una posesión: esa sala burguesa-aristocrática con apariencia normal oculta el recóndito ilícito de la carta robada. Ahí, se comprende mejor el concepto del detalle significante: la pequeña carta disimulada con el listón en la chimenea, que es un resorte del Poder (el chantaje que otorga un mando desmedido). El genio de Dupin consiste en romper el velo del engaño y devolver ese sitio a su verdadera estatura: una simple sala de un funcionario.

Tríos en acción. 
Operan tres tríos cruciales en la acción de la trama: Dupin-amigo-prefecto; reina-rey-ministro D; Dupin-ministro D.-empleado que dispara al aire. Estos tríos sirven para denotar acción en las dos visitas del prefecto, en la narración del hurto de la carta, y en la segunda visita de Dupin al ministro D. En esas escenas trilaterales la acción crucial ocurre sólo entre dos partes y el tercer elemento sirve de distractor, presión o testigo. En cada encuentro solamente existe un ganador, aunque no sea evidente al momento, por eso maneja un esquema de ganar-perder: son relaciones de despojo preferentemente, aunque se llega a algunos acuerdos, como el pago del cheque o el silencio del ministro D. que se ha apoderado de la carta. Siendo las relaciones tan desequilibradas, no obstante la trama permite salidas y pactos caballerescos, aunque el mensaje final desmienta tal “caballerosidad”. Esto se mirará como el individualismo burgués extendiéndose o una andanada de agresiones bajo la costra de la civilización. 

Nación, imperio y cosmopolis. 
Este cuento ofrece una perspectiva intencionada de fuga respecto de su propio espacio nacional. Salta las barreras nacionales de principio a fin: citando al romano antiguo Séneca, ubicándose en París y protagonizada por el personaje francés. El ambiente extranjero es significativo de las preferencias personales, del ambiente literario y hasta de la posición de EEUU como naciente potencia imperial en la mitad del siglo XIX, cuando ocurre su gran expansión territorial. La contraparte de Europa todavía está envuelta en las luchas dinásticas, donde las monarquías parecen consolidadas, aunque ya el radicalismo comunista asoma durante los eventos de la llamada “Revolución de 1848”. Las armas de EEUU conquistan el gran territorio mexicano (Guerra de 1847) y su economía crece bajo un cordón proteccionista (cierto: fue campeón del proteccionismo económico durante muchísimas décadas). Las relaciones económicas y sociales en EEUU se colocan a la vanguardia mundial y, entonces, el fenómeno de innovación literaria de Poe está en perfecta consonancia con ese adelantarse. Claro, el pensamiento elevado y la gran literatura procuran rebasar el nivel de sus circunstancias económicas y nacionales; a su manera, Edgar Allan Poe conquista Europa y el mundo, proponiendo nuevas perspectivas. Nos encontramos con la paradoja de una ciudad de Boston casi provinciana convertida e inventada en una cosmopolis[8] creativa bajo la pluma del artista.  

El remate de la trama. 
El final de la trama es el triunfo del astuto y se podría interpretar en términos de engaño, pero cabría darle otro giro. La traducción en español de nuestro admirado Borges, termina diciendo que el ministro conoce la “letra” de Dupin. La palabra “letra” resultó de la traducción del inglés “MS.”, un término que Poe utiliza en otros textos, incluso en un título, para referirse al manuscrito encontrado en una botella. La traducción de Borges es correcta, pero en español no se mira el doble sentido inglés de esas siglas, por cuanto “Ms” también se podría entender como mujer sin aludir a su condición de casada o señorita.  En el texto original dice “He is well acquainted with my MS., and I just copied…”. En este cuento de Poe, casi siempre se ha traducido MS. por “letra” para referirse a una carta y, en especial, la manuscrita. De hecho esas iniciales están como título de otro cuento de Poe “MS. Found in a Bottle”, y en otros contextos Poe lo utiliza para “mensaje” o “manuscrito”. Sin embargo, en contexto de este cuento parece interesante su significado implícito de “señora” —lo cual es mejor escribir con “Ms.”— con la ambigüedad del uso inglés que oculta si es señora casada o señorita o bajo otra condición. Es decir, el uso de la frase “He is well acquainted with my MS.” no se refiere a que Dupin dejara una pista sencilla ni que su letra sea reconocible por su contrincante, pues unas líneas atrás él indica que ese es un hombre peligroso. Lo textual dice sobre el contrincante “Él queda bien notificado con mi comunicado (MS)”, con el doble sentido de que es “mi señora”, por eso Dupin deja un enigma al referir la leyenda de Tiestes y Atreo.
Sería plausible defender que Borges no comete un error de traducción, sino que adelantaría una hipótesis, pues el nudo inicial surge cuando el ministro reconoce la “letra” en la dirección de la carta robada. Con ojos de lince el ministro D. notó algo y decidió apoderarse de la carta. Lo que notó ¿era una letra manuscrita conocida o una dirección acusadora?  Como sea, aseverar que el ministro conoce la “letra” de Dupin también nos conectaría al astuto con la reina, entonces el tema está insinuado por partida doble, pero sin resolver según lo requiere la buena literatura. 

NOTAS:




[1] MANDEL, Ernest, El crimen delicioso. Vincula el ambiente social con la evolución de la novela policíaca.
[2] En principio, cualquier lector está fuera del ámbito del poder, por eso estamos identificados con Dupin; sin embargo, él es el demiurgo, así funciona como la mano providencial, su espacio y actuación es sacra restableciendo el equilibrio supremo que había sido roto por el ministro D.
[3] El prefecto funciona bajo el código de secrecía de un “confesor de la reina”, y los policías operativos que revisan la casona del ministro no conocen el significado ni el contenido de la carta, así caen bajo el engaño del disfraz.
[4] SANCHEZ VÁZQUEZ, Adolfo, Filosofía de la praxis. El problema de la teoría, casi siempre está en su aplicación: contradicción entre teoría y praxis.
[5] KAFKA, Franz, El castillo.
[6] Entonces el dolor inconsciente ante la separación de las cúspides del poder se convierte en gozo estético. Cf. CARUSO, Igor, La separación de los amantes.
[7] En la filosofía china se asume ese papel de lo vacío e indeterminado. Por ejemplo, en el Tao Te King, “El Tao es vacío/ Entonces/ Aunque se lo use no se colma.”
[8] La noción de gran urbe o cosmopolis es un pálido proyecto en el siglo XIX, aunque sí es un futuro; para los estándares de entonces, Londres es la gran urbe y las capitales norteamericanas están pasos atrás. Por eso la visión de la multitud aún está en desarrollo. Cf. BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire.

jueves, 2 de enero de 2014

UNA NEGOCIACIÓN EXTRAORDINARIA: LIBROS SIBILINOS




Por Carlos Valdés Martín


Entre las anécdotas sobre la antigua Roma, descubrimos un relato de una negociación extraordinaria. Según esas narraciones la Sibila de Cumas adquirió la longevidad y el don adivinatorio del dios Apolo, patrono de los oráculos. Ella era una adivina que ya entrada en años —varios siglos en este relato— quiso vender nueve libros proféticos donde revelaba el futuro de la gran Roma. El rey era Tarquino el Soberbio, un monarca famoso por sus éxitos y abusos, que resultaría el último rey antes del republicanismo en la ciudad.

Apareció la famosa adivina y fue recibida por el rey. En la cultura greco-latina el oráculo era una institución religiosa de primer nivel y las adivinas eran reverenciadas[1]. Entre los latinos fueron llamadas sibilas y, entre todas, la más famosa y destacada fue esta Sibila de Cumas[2]. La profetisa escribió sus predicciones en hojas de roble y compiló el futuro de Roma en nueve libros.

Según los contemporáneos la cantidad que solicitó la Sibila de Cumas era exagerada y el rey, Tarquino el Soberbio, no aceptó la transacción[3]. El monarca sí se había interesado por esos escritos y poseía dinero de sobra, sin embargo supuso que la anciana se doblegaría. Los llamados Libros Sibilinos provocaron un fuerte interés en el gobernante, pero él era astuto y su capacidad para disimular también motivaba admiración. ¿Por qué se interesa tanto un mandatario en el futuro? A cualquiera le interesa, pero los motivos del gobernante están amplificados pues su puesto es el foco de tensiones y luchas. En el poderoso las consecuencias y amenazas se amplifican, de tal modo que una guía segura del destino resulta más anhelada.
El relato indica que la Sibila llegó una segunda vez solicitando el mismo precio, pero informando que solamente entregaría seis libros, pues ya había destruido tres ejemplares. En esa segunda ocasión Tarquino se mostró más dispuesto a negociar y pareció condescendiente, pero prevaleció su apego al dinero y no llegó a un arreglo. La Sibila de Cumas se mantuvo inflexible en su oferta, no aceptó ni el mínimo regateo.

Extraña nos resultaría la actitud de un vendedor que decide destruir su producto antes que “regatearlo”. Claro, el relato no habla de malbaratar, sino de una decisión inflexible de la profetisa romana. En este caso, la profetisa poseía un producto único y de un valor imposible de tasar. En el mercado se presenta la competencia de productos iguales o semejantes, pero aquí no existía competencia alguna: solamente ella poseía sus Libros Sibilinos. También había oráculos y debemos considerar que el famoso de Delfos seguía operando, sin embargo, ese sitio era lejano y ofrecía  interpretaciones puntuales y muy crípticas[4]. Nadie más ofrecería una profecía completa de la ciudad. ¿Cómo valuar el saber del futuro? En muchas circunstancias sería invaluable.

La Sibila no aceptó ningún regateo, anunció que mutilaría su posesión, y se retiró. Debemos imaginar que el rey meditó con más detenimiento la oferta. ¿Si en un futuro sus enemigos lo asediaban? ¿Es posible cambiar el destino escrito? Aunque sea inútil conocer un destino invariable e imperturbable que nos asaltará son seguro como la muerte misma, la tentación por poseerlo será mayor.

Habría de suceder una tercera entrevista. La anciana adivina llegó con solamente tres libros y solicitó el mismo precio. Su actitud no parece una negociación ordinaria, sino un ultimátum: o lo tomas o lo dejas. El rey temió con motivo que la adivina acabaría por destruir todos los textos conteniendo el futuro de su urbe, así que terminó por ceder. El gobernante recibió un tercio de los libros que describían el futuro de la ciudad y pagó la cantidad completa. La compra para Tarquino el Soberbio no le resultó negocio, ya que él fue el último rey de Roma, pues una vil acción de su hijo desató una rebelión que lo destronó.

En la crónica de Roma se recuerda que los Libros Sibilinos fueron apreciados y hasta venerados, permaneciendo resguardados en un templo, siendo parte importante de la religión romana[5]. Esos textos se consultaban cuando la ciudad estaba en peligro y así se hizo durante cientos de años, hasta que un incendio destruyó a los originales. Después hubo unos textos sustitutos que también terminaron destruidos en el ocaso de la Roma imperial, por lo que hoy son legendarios.

Como modelo de negociación, la Sibila de Cumas nos muestra el estilo de ultimátum, cuando el vendedor monopoliza un bien anhelado. Lo que presumía poseer la profetiza era un saber absoluto y un poder sobre el futuro: la clave del destino, que tanto interesó a los antiguos. En esa situación el vendedor mantiene “la sartén por el mango” y no existe medio de apremio del lado del comprador, sin importar que fuera el rey.

¿Hoy existen casos de ese tipo de negociación tipo ultimátum? Ocurren casos donde la correlación de fuerza es extrema y se permite exigir la “rendición incondicional”, lo cual aplica a terrenos muy disparejos. Saliéndonos del acto económico vemos esa actitud en las guerras o en asaltos. En situaciones menos extremas también se presenta ultimátum sin espacio para la modificación de posiciones[6]. Muchas veces en conflictos familiares se cae en situaciones de ultimátum, cuando el progenitor exige al niño obediencia.  A veces ponemos ultimátum y no somos conscientes de orillar: “todo o nada”. En la vida emocional esto resulta un dilema dañino y, en lo salarial, el empleado evita el amenazar: “o me aumentas o renuncio”.  

La Sibila de Cumas ofrecía el secreto del futuro, pero nosotros no; así debemos evitar en esa modalidad extrema de negociación, pues sólo en condiciones extraordinarias se negocia con éxito mediante el ultimátum.

NOTAS:




[1] Durante muchos siglos el Oráculo de Delfos fue sitio de referencia para griegos y siguió siéndolo para los latinos. Cf. HERÓDOTO, Historias.
[2] La imagen más popular de la Sibila de Cumas está en la Capilla Sixtina, con un libro en la mano.
[3] Casi imposible, a la distancia, definir si esa divergencia legendaria era comercial (¿el destino es costoso?) o poseía otras dimensiones. Evento estimado en el siglo V A.C., su evaluación económica es metafórica y descubre dimensiones simbólicas. Cf. BAUDRILLARD, Jean, El espejo de la producción.
[4] El carácter críptico de las profecías del Oráculo de Delfos eran un rasgo destacado. Cf. HERÓDOTO, Historias.
[5] Resulta interesante que un texto sea garante de la identidad de un pueblo. Cf. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.
[6] Resulta interesante que en la formación de la auto-conciencia, Hegel coloque un tipo de enfrentamiento extremo como base para la interacción, en su capítulo que ha sido llamado “la dialéctica del señor y el siervo” o “del amo y el esclavo”, de la Fenomenología del Espíritu. Más interesante resulta que Marx se haya basado tanto en esa dialéctica para la elaboración de su teoría social.