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miércoles, 9 de enero de 2008

ESA MITAD ANIMAL DEL HUMANO O EL HUMANIMAL




Por Carlos Valdés Martín

Una sonada paradoja resuena en mi mente: el ser humano es inhumano, y también el significado de esta frase es que escondemos una parte animal. La indicación de la “mitad” no refiere un sentido matemático, anuncia la irrupción de una ambigüedad. Por ejemplo, la sirena entrega una unidad diferente: más que un medio pescado pegado a una mujer. Por su parte, el biólogo y el médico se encuentran a sus anchas investigando a las personas como entidades esencialmente animales, donde la distinción entre la naturaleza de un músculo de algún mamífero y un músculo humano no es esencial sino secundaria. Las ratas de laboratorio atestiguan ese parentesco biológico entre humanos y animales, que las lleva a sufrir las infinitas pruebas de toxicidad de productos que terminarán destinados como dosis médicas dentro del cuerpo humano. Así, para la biología y la medicina este parentesco resulta fundamental. De cualquier forma, los entramados biológicos de células, armando tejidos, organizadas en pieles, huesos, tendones, etc. son propiedad común de la enorme variedad de seres que llamamos vivos, y los consideramos alentados por un principio de vida. Pero más hondo que el simple parentesco bio-médico, bajo la piel humana emerge una condición de mixtura con esa “mitad” correspondiente al animal. Y por cierto, si los denominamos animales es porque los estimamos como seres animados, poseedores del principio de vida que los anima.

La repulsión por el animal

A cierto nivel, la simple mención de la animalidad despierta repulsión, y esto parece haber iniciado desde hace milenios, en las primeras experiencias humanas. Si creemos en el evolucionismo, el proceso para salir del estado de pura animalidad ha significado una lucha interna, un combate para escalar desde la identidad con el animal hasta una capa cultural. En la raíz etimológica, recordemos que cultura se opone a natura. Y si emergemos desde la naturaleza bajo un mecanismo de evolución, la animalidad es un referente o espejo del cual intentamos desprendernos. Esto significa que, en la medida que emanamos del animal estricto, luchamos por diferenciarnos del animal, y a esto lo designamos como repulsión por evolución. Y ese puede ser un motivo de la universalidad de la vestimenta, además de su utilidad de protección material ante la intemperie. La vestimenta sirve para separarnos inmediatamente del animal, y hacernos parte de una sociedad, pues la manada convive desnuda mientras la sociedad, vestida.
La psicología freudiana nos ofrece un segundo significado de la repulsión del animal, que no es contradictoria con la explicación anterior, pero revela otro matiz. En esta explicación, la animalidad es la necesidad que se reprime, y en primer lugar, es el principio del placer que es combatido. Así, las necesidades reprimidas, en especial las sexuales toman la forma de un animal, porque las identificamos con ese estadio primario, del cual procuramos escapar. Si la civilización es sustitución de la gratificación directa por la contención y desplazamiento constante de necesidades, entonces la animalidad debe ser cazada como una bajeza. El animal, para esta psicología simboliza la pulsión sexual, las emanaciones del placer que nos han sido prohibidas, entonces a esto lo llamamos repulsión por negación libidinal. En las leyendas modernas, los vampiros se convierten en entidades eróticas y poderosas, asociadas al contacto y a la sangre, como fuentes de fascinación mítica. El vampiro natural no contiene nada de imagen sensual, pero su reconfiguración literaria y cinematográfica, siempre nos revela un lenguaje de sensualidad desbordada, que rompe los diques de la moral y de la decencia. Así, la potencia de seducción ilimitada se atribuye a un ser trans-humano, asociado a una animalidad esencial y metafísica, que rompe con los códigos morales y contenciones sexuales. Sin esa hipotética mitad animal se pierde el contenido erótico de los vampiros, precisamente vinculado al deseo, la sangre, la carnalidad y la maldad.

El miedo en la repulsión hacia el animal

El miedo destaca como el centro de los motivos particulares más importantes de la repulsión del animal. Se teme al lobo y se organiza una red de leyendas sobre su maldad y su fuerza. Bajo la luz del miedo los peligros se hacen enormes y los animales temidos se convierten en bestias gigantescas. La moda del “chupacabras” en América, legendaria bestia sin comprobación de existencia, que ferozmente devoraba ganados de granja,  fue una última demostración del temor que despiertan animales cuando son imaginados.
Los miedos se pueden interpretar como un peligro físico evidente, de una bestia salvaje que nos pudiera hacer daño, pero fácilmente encontramos más vertientes. El animal que daña internamente el cuerpo, de una manera casi metafísica era una constante los pueblos, quienes imaginaban o creían poseer pruebas de alguna relación entre animales y las manifestaciones de una enfermedad. Como la naturaleza era la fuente de enfermedades y de curas, en particular, temían que un animal generara contagios, así, creían erróneamente que los peces emitían una enfermedad, pues los afectados gravemente hinchando párpados y labios se asemejan sus rasgos a la fisonomía de los peces.
Finalmente con la ciencia, esta antigua angustia por el animal que enferma se trasmutó en  los reales y odiados gérmenes, bacterias y virus, que pueden atacar desde el espacio microscópico, por los sutiles poros de la epidermis. La ciencia sabe que tales gérmenes dañan, pero las personas temen a esos enemigos invisibles, y sienten aversiones, como si fueran sus enemigos personales, mostrando una vieja faz de enemistad con el reino animal. La aversión a las bacterias rebasa el campo de cualquier peligrosidad real como lo atestiguan los hipocondriacos.

Esa otra existencia doble

Al colocar imaginariamente un animal visible entroncado a una persona, ya tenemos una nueva entidad. Estamos fuera del entorno de lo familiar, y ya no importa tanto si lo sentimos cerca o lejos al reino animal. En esta imagen sentimos a la animalidad cerca, la percibimos íntimamente. En este puente de avance no importa si nos atrae o repele la animalidad, sino que se ha creado algo distinto a lo que creemos definido como un perro o representado como un microbio. Con el implante de dos componentes ha surgido algo nuevo. Y la mayoría de los pueblos antiguos mediante sus mitologías, se acostumbraron a estas presencias: las sirenas y los tritones en las aguas, las harpías y sílfides en los cielos, los faunos y las ninfas en los bosques, en fin, con estos seres poblaban los espacios naturales. Ellos no veían directamente a esos entes, pero en la huida del ciervo o en el paso fugaz de los delfines adquirían suficientes pruebas de que tales seres existían suficientemente para integrar sus relatos. Lo que quiero argumentar es que esas presencias de seres duales son tan universales y extensas, que no se explican por las confusiones en las lejanas apariciones de ciervos y delfines. Existen razones más profundas para que las leyendas estén tan abundantemente pobladas por seres duales, animales humanizados y humanos animalizados.

Humanimales


Ya que los trato reiteradamente como una entidad especial, conviene usar una palabra de síntesis, que en adelante la nombraré bajo el título de “humanimales[1], por la conjunción de humano y animal. En este párrafo prefiero dejar asentado y claro, que estos seres mixtos poseen una personalidad peculiar, superando enteramente a la humanización otorgada cotidianamente a los animales domésticos. Al perro, gato y caballo principalmente terminaron adoptados dentro de la familia humana, y actualmente aceptamos el sentir una fuerte proyección afectiva. A las mascotas se les trata y mira con afecto y hasta respeto como a parte de la familia. Este nivel de humanización de las mascotas se acepta hasta entre los más civilizados racionalistas, sin embargo, por muy integrados dentro del hogar, entrañables y amados, se sigue creyendo que son animales.

La definición en palabra y concepto de humanimal implica una separación, refiriéndose a la unión de ambas partes, estableciendo una distancia doble, tal como el agua no es ni oxígeno ni hidrógeno sino la nueva “cosa líquida”. Es la separación de una unión, pues reconocemos los rasgos de ambas partes, superpuestos y el resultado no encaja por completo ni en humano ni en animal. Sin embargo, los seres humanimales de la mitología todavía nos invocan una intimidad más radical, pues hasta engrosan las filas (imaginarias) de la estirpe humana. Estos humanimales pueden desempeñar el papel de los padres y madres originales de las tribus, como en los ídolos totémicos. Según una leyenda, Cadmo, héroe amado y venerado por su pueblo, al final de sus días fue convertido en ofidio a consecuencia de haber matado a la terrible serpiente Pitón[2]. Tremendo y paradójico destino: un héroe convertido en serpiente, y no sólo él sino también su esposa sufren esa transformación. No es un caso único, el amado y admirado Quetzalcóatl también sufre esa misma trasmutación. Repetidamente es el paso del reino humano al animal, paso mítico de una frontera, y a medio camino quedan las extrañas aleaciones, los hombres serpientes y las serpientes humanas. En Cadmo el relato nos devuelve al prócer, en Quetzalcóatl nos regresa al dios; ambos ejemplos, indican que la unidad crea una novedad, una definición de humanimal que escapa a lo convencional.

El contador de la distancia entre el humano y el animal


Al poco rato de repensarlo la indicación de las mitades entre los reinos del humano y el animal me sobresaltó. Las mitades no son una afirmación de exactitud, sino una metáfora de justicia, de ambivalencia. La sirena queda a mitad entre lo humano y mitad dentro del reino marino, por eso sus mitades solamente son indicaciones de calidad, y no signos de precisión  cuantitativa. El hombre lobo (licántropo) en noches de plenilunio es más lobo que humano y en el día es más humano que lobo, las mitades se desbordan y se sobreponen, como en un cambio de piel. Mi insistencia en las mitades solamente genera un sentido de claridad, para indicar que están plenas y completas las dos partes constituyentes. Y esto es justo, porque al hombre lobo no le podemos restar su faz salvaje o civilizada, porque dejaría de anudar esa lúgubre criatura, peor que el lobo natural[3] y peor que el humano civilizado. Por lo mismo, cuando aquí hablo de mitad se debe entender una proporción suficientemente grande para amarrarse hondamente en la esencia. Esa mitad de lobo está arraigada tan adentro que no se puede extirpar del licántropo.

La cantidad biológica animal que contenemos es mucho mayor de la que nos agrada reconocer. En sentido estricto el parentesco con los grandes simios permanece arriba del 98% de nuestro código genético. Por simple cercanía de genes contenemos animalidad en un 98%, de tal forma que una mitad de un animal lejano no es un ingrediente tan ilusorio. Dentro de ese altísimo porcentaje de mensaje genético compartido, casi cualquier rasgo corporal lo podemos asimilar a lo que poseen los demás mamíferos. Y por si fuera poco existe la huella de la evolución abreviada en el viaje del feto, que viene de un medio acuático, y nos recuerda una transformación de millones de años de las especies. Así, pues el parentesco estricto, marcado en los genes y en las células rebasa cualquier consideración de mitades, las novedades genéticas de lo específicamente humano en nuestro cuerpo se reducen, a lo mucho, a un 2%. Claro, esos pocos nudos genéticos contienen elementos importantísimos, donde radica la inteligencia, las capacidades prácticas y la socialización, los pilares sobre los cuales los humanos se han separado de sus parientes animales. Sin embargo, con una carga material del 98% resulta fácil identificarnos y sentir las huellas de la animalidad dentro de nosotros.

Desde el punto de vista de la cuenta de genes la capa humana es delgada, y difícilmente opaca la bios animal. Es muy delgada esa piel de genes distintos a los animales, y frecuentemente traiciona las intenciones civilizadoras. Esa capa pareciera integrar un primer avance en la superación de la vida instintiva, de las leyes establecidas de la vida, en el sentido de un dispositivo ineludible de mensajes que poseen las células, y nos obligan a obtener ciertos nutrientes y a padecer enfermedades hereditarias. Esta delgada capa de novedades genéticas frente al animal, por si fuera poco, no corresponde enteramente a “alcances” específicamente humanos. La delgada capa de bios humano nos recuerda al hielo sobre el estanque, a veces quebradizo pues no soporta las pisadas de los visitantes.

El estado acuático de la vida


Con un porcentaje tan alto de herencia biológica, dominando cada una de nuestras células nos podemos preguntar si la representación de seres ambivalentes, con parte animal, en vez de mistificar más bien hace explícita una realidad. Ciertamente esa explicitación del animal dentro del humano nos la entrega una narración de talante propiamente legendario. La sirena con su mitad de pez contiene el acierto de que millones de años de evolución arrastraron a las criaturas marinas para convertirlas en terrestres, y que cada feto vivió como si fuera un pez dentro del vientre materno, nadando en líquido permanentemente durante unos nueve meses. En la memoria inconsciente está la evocación de un período acuático de vida, y las divagaciones mentales sobre seres semi-marítimos nos recuerdan esa premisa, de la cual quedan signos dentro del cuerpo, como el funcionamiento indispensable del agua dentro de nuestro metabolismo.
Y la memoria, aunque esté olvidada, también nos permite universalizar ciertos símbolos, como la asociación del agua con un período previo a las formas, una situación de la latencia de la manifestación, que es la fuente de la manifestación. De agua vienen los gérmenes de la vida, es considerada la fuente, y la inmersión acuática, como un bautismo, es una regresión momentánea a lo pre-formado, de tal manera que se alcanza un origen, que purifica. El agua por este lado soporta cuantiosos simbolismos, pero sus simbolismos están anclados en razones biológicas y en experiencias reales, por más lejanas que estén. Nuestra experiencia fetal es como una inmersión en el momento anterior a las formas, una pre-formación. Y conservamos esa impresión del agua, provocando también un motivo para el profundo temor que la presencia del mar despierta en muchas personas.

La sirena: entidad unificada


Ya observamos una parte humana y otra animal, un aspecto terrestre y otro acuático, pero el resultado difiere de las partes separadas en la mesa del bisturí analítico. El resultado es una unidad de humanimal. Cuando la mezcla es perfecta, las partes se evaporan, quedan al olvido. Nace el emblema de imaginación, alimento de leyendas.
El canto de las sirenas, coro que seduce a los marineros hacia su perdición reflejado en la Odisea. Este canto exalta a bellas figuras anfibias, multiplica su signo: hermosura trágica e imposible. Ellas están indicando el camino hacia la perdición, por medio de una evocación, el canto está a la distancia, y puede embrujar al marinero, que pierde la cabeza tras la persecución de la belleza. No solamente emerge la figura de ellas, las sirenas, también la del marinero macho, capaz de perder el sentido y la vida en una empresa fatal, en la niebla marina de la ilusión. Enamorarse de un lejano canto, caer seducido por una apariencia bella, ahí está uno de los rasgos típicos de esta leyenda. La fuerza de atracción de lo femenino y de lo mágico, la acción a distancia, representada por el canto y la visión arrebatadora, eso revela Ulises, el capitán del navío atado a su mástil por propia voluntad. El marinero está obligado a tapar sus oídos, para no ser engañado. El sentido humano puede fallar y caer cegado ante la seducción de lo falso y de lo imposible. Alcanzar a las sirenas es un signo de imposibilidad, por lo que conviene esquivarlo. Ante el engaño de los sentidos, vence la astucia de la razón simbolizada por la cera que tapa los oídos y los lazos que detienen al capitán de barco, el astuto Ulises.
Paradójicamente, la imposibilidad para tocarla le confiere un nuevo prestigio a la sirena. Ella entra al reino de los seres vedados, que no pueden ser mellados por la mano real, así comparte la restricción de los objetos sagrados y tabuados, que serían profanado por la acción de la mano impura. La leyenda, bajo cuerda, nos confiesa que relata sobre entidades que no son de este mundo, y el agarre no las materializa. La sensualidad de la sirena posee la perfección legendaria de lo que no se toca, es el apetito lejano de lo imposible. Esto la deja al resguardo de las fuerzas marinas primordiales, que no son parte de las formas definidas, sino que permanecen en la pura posibilidad primigenia, la imposibilidad de la lucidez y la posibilidad del ensueño. Resulta una especie perfecta de humanimal, unificada en el reino de lo intocable, dentro de ese más allá donde emanan las leyendas perdurables.

La atracción hacia la fuerza del animal


Con las sirenas la atracción está afuera, es el marinero quien se enamora de un espejismo para sucumbir o puede evitar la seducción y sobrevive, regresando a su reino terrestre de existencia cotidiana. Arriba comenté la repulsión psicológica por el animal, pero por efecto de la ley de los contrarios psíquicos, no hay repulsión sin atracción. Y esta atracción por la animalidad no está confinada a un contenido sexual inconsciente (indicado por el psicoanálisis), sino es una amplia magnetización: observemos los motivos de la fuerza.

El tema de los animales de fuerza y poder ligados con los humanos, resulta esclarecedor para comprender el otro vínculo. Las cualidades de velocidad, destreza, sigilo, resistencia, vuelo, nado o fiereza motivaron la mayor admiración, justificando suficientemente la identificación y deificación de especies animales. El león africano traspasó fronteras y se convirtió en un emblema para las dinastías europeas. Los aztecas procuraron asimilar los poderes del tigre y del águila para sus mejores guerreros. El caballo fue el motivo para asimilarse en los guerreros montados, reflejada en el término, todavía cotidiano y polifacético de caballero. La búsqueda de la asimilación se muestra en los distintos esfuerzos para adquirir las cualidades de esos animales, que se invocaban en rituales, se colgaban en amuletos, se atraían mediante invocaciones, se coleccionaban en trofeos, se representaban en los palacios y templos, eran los familiares fundadores de los pueblos, etc. Lo interesante es que las cualidades animales buscadas también incluyen unas características que no aceptamos como cualidades animales, así algunos pueblos creen que la civilización proviene de animales mágicos. Si en un inicio afirmamos que la civilización misma es un motivo de repulsión del animal, en el pensamiento antiguo encontramos las afirmaciones contrarias, donde emana del animal la fuente de la civilización, como lo establece el oso entregando los primeros elementos de civilización a los chinos[4]. De esta aseveración podemos encontrar interpretaciones curiosas como la de Los viajes de Gulliver, donde los caballos siguen siendo civilizados y los humanos, salvajes. También debemos de tomar nota, que la presencia de las alas es una característica, divinizada para interpretarse como signo corriente de los dioses y de los representantes de los dioses, tal como existe en la iconografía de los ángeles.

Entonces, la fuerza animal que nos atrae también puede ser completamente polifacética, y se asocia con cualquier cantidad de situaciones, apreciadas desde diferentes culturas y pueblos. En el extremo están los relatos de la civilización y sabiduría de los animales, que son la fuente del conocimiento primero para los humanos, y también los relatos de los animales que avanzan hacia un campo más allá de lo animal y lo humano, como entes de puro esoterismo diviniforme; en este punto el impulso será elevarse hasta el animal. En la zona media encontramos los relatos más comunes donde son las cualidades evidentes de fuerza física y características palpables las que otorgan ese atractivo al animal, en este punto correspondería el alcanzar al animal. En la profundidad, están las afirmaciones que reconocen un parentesco entre los dos reinos, por eso insisten en un parentesco completo, donde destacan los antepasados brutos y el animal que es “doble efectivo” del humano como su alterego, por lo que en este punto acontecería un vivir en el animal.

Cuando la fuerza del animal es divina y sublime, el esfuerzo por alcanzar su existencia, resulta un ascenso. El águila, animal mensajero de lo más alto, por su fuerza de vuelo, y por las muchas representaciones emblemáticas que captura, es el representante típico de esta tendencia. A las águilas siempre se las quiere alcanzar, se pretende infructuosamente tener su punto de vista, cercano a las nubes y la divinidad. Resulta impresionante que ya existieran tantos sueños y ensueños del vuelo desde milenios anteriores, antes del real vuelo físico que solamente se alcanzó con los aviones[5]. Antes el vuelo se imaginaba a lomo de pájaros gigantescos o mediante la conversión en aves. Las águilas y otras aves divinas eran el vehículo típico de comunicación con los dioses, de ahí la exótica costumbre de exponer cadáveres para que fueran devorados por los buitres pues esas aves los remontarían hasta el cielo. De forma similar, los ángeles parecen aliar una mixtura entre las aves y los humanos, vehículo perfecto para unificar la existencia terrestre con los cielos.

El ascenso metafísico se complementa con la posibilidad de una caída, por lo que el hundimiento en lo diabólico, también es representado por la presencia animal. En este caso, son los terrestres y cavernarios, los adecuados para significar el vínculo con las potencias descendentes. Si bien la serpiente posee una compleja representación legendaria, en la tradición judeocristiana se opta por su lado subterráneo para asociarla con la caída del Génesis. En este caso, reiteradamente la animalidad está asociada o insinuada con la sexualidad, que refuerza la hipótesis de la repulsión del animal por negación libidinal.

En el campo intermedio, las múltiples asociaciones con el animal las conservamos culturalmente de infinitas maneras, ya que son un recurso inconsciente que nos transporta al terreno del movimiento físico. En el movimiento, la unidad con el animal es esencial, ya que el sencillo movimiento del ser vivo constituye su herencia en nuestro interior. Las perfecciones del movimiento, ya sean nado, carrera o vuelo, las reconocemos como una presencia o herencia del animal. Por eso basta la simple existencia viva, que se mueve y existe, donde el animal merece admiración, y quedamos obligados a reconocer una intimidad, en la medida en que nuestro cuerpo es una existencia esencialmente biológica. Concluyentemente, la atracción hacia el animal es básica, y se mantiene, múltiple y universal, siempre presente en cada sociedad civilizada.


 NOTAS:



[1] En inglés el equivalente “humanimal” lo popularizó Wells en su Isla del Dr. Moreau, con la clara ficción de un “científico excéntrico” que desea crear una especia intermedia entre ambos. Lo tendencia refractaria del español no ha permitido la popularización de esa síntesis, que tiene la misma raíz que en inglés.
[2] OVIDIO, Las metamorfosis.
[3] El tema de la justicia solamente vendría a colación si reconsideramos que el lobo verdadero es muy distinto de su leyenda negra, porque el lobo no es una bestia sanguinaria, sino un cazador natural en peligro de extinción.
[4] WONG, Eva, El taoísmo, Ed. Taurus.
[5] Ampliamente observado por BACHELARD, Gaston, El aire y los sueños, Ed. FCE.

AGUAS REFLEJANTES, INQUIETO ESPEJO DISTORSIONANTE: LOS MATERIALES CON LOS QUE SE CONSTRUYE LA IDENTIDAD NACIONAL (Primera Parte)


Por Carlos Valdés Martín
El espejo de agua y la densidad del Lago: el contraste con Narciso.
De manera certera, las aguas son un espejo complejo, infinitamente más complejo, porque cambian instantáneamente. El estanque calmo, de pureza reflejante es una expectativa y no la realidad, porque el mínimo soplo de viento lo altera, lo desplaza. La imagen en el espejo permanece quieta, mientras la mente de sujeto puede alterar la visión, en ese caso genera el efecto del agua: ondulaciones de la conciencia. Con el agua resulta inútil alterar el ánimo para perseguir un cambio de visión, pues la visión cambia espontáneamente, continuamente y hasta la desesperación para quien desea obtener la fijeza. Ahí está la tortura también para el hipotético Narciso, quien hubiera deseado mantener su imagen conservada, en la satisfacción amorosa, pero sufre la alteración minuciosa e inacabada de las aguas[1]. La segunda opción de Narciso es descubrir un mundo ideal más allá de las aguas bailarinas, porque un segundo Narciso ideal se esconde en el fondo del estanque, solamente revelado parcialmente por las aguas traviesas: el egoísmo enamorado busca ese otro mundo ideal, que refleja una perfección superior a la terrestre. Entonces estas aguas bailarinas, distorsionantes, poseen una cualidad de reflejo superior, ofrecen la complejidad. El espejo real, resulta demasiado sencillo comparado con las aguas naturales, las bailarinas y multifacéticas.
La Nación debe colocarse más allá de las aguas simples, las pequeñas, los arroyos y gotas de lluvia. La colocamos en las totalidades, como mares, océanos, lagos enormes, el agua esencial que sustenta al mundo, porque la Nación es Patria en femenino, como las aguas, y en esencial. La esencialidad de las aguas enteras corresponde a la nutrición femenina que alimenta a los pueblos, a los vástagos de la patria. En su conjunto, ya sea en la visión de un conjunto aislado, el reflejo de las aguas, ofrece un nuevo sentido. A un Narciso le conviene el reflejo de un simple estanque, un arrollo, porque no implica ese gran conjunto original, modelo de ese primer amor contenido en la madre, modelo de amor sobre el cual se dibujan las posteriores experiencias amatorias de la vida, y por amatorio me refiero al sentido amplio, de cualquier sentimiento de agrado ante la existencia. Imposible que un Narciso se acode a la orilla del gran lago para devorarse en egolatría, ya que el lago posee una fuerza y una reverberación que desborda cualquier egoísmo. El lago, por su simple presencia imponente ofrece la posibilidad de una inundación del alma del observador.
Detengámonos en el lago, que ofrece un trasfondo. La densidad del agua misma, ya rebasa el sentido del reflejo y la claridad. De un lado, en la gran vista panorámica, un lago puede reflejar el cielo, y nos regala con la imagen del matrimonio arquetípico. Por el momento, nos concentramos en la consorte, y el reflejo para implicar suficiente, debe contener una enormidad, que corresponda con su enormidad. La simple suma de aguas ofrece un enorme cuerpo, esa unidad el lago o del mar. Ese enormidad implica, física y emocionalmente que pierde la transparencia. Las grandes masas de agua, en la físico, realmente, pierden la transparencia. La falta de transparencia les otorga un ser propio, un ser de profundidades, una densidad. La palabra densidad que surge después de la transparencia nos ofrece una paradoja: la transparencia se detiene y encontramos una condensación de los transparente que finaliza siendo opaco. Es como pasar de la sutileza a la definitividad. Ahora bien, el agua que deja de ser transparente, aglomerada en el macizo del lago implica la llegada de un misterio. El agua se oscurece ¿de dónde viene su oscuridad? La palabra turbio me viene a la mente. Inicio diciendo que el agua es transparente, luego se hace densa, se condensa, y termino imaginándola turbia, aproximándose hacia la frontera de lo que deja de ser agua. El lago de agua oscurecida, incluso turbia, empieza a ser una entidad endurecida, casi tierra, casi materia sólida. Las aguas claras, por inicio invitan a la alegría, a la ligereza primaveral. Las aguas oscuras indican la seriedad, las situaciones inevitables, lo irreversible. Digamos, que Narciso no se puede mirar en aguas oscurecidas: un segundo motivo para evitar el lago denso, el agua maciza.
La Nación prodiga hijos de cualquier clase, sin excluir a los Narcisos, quienes por su definición psicológica, son los hijos malos, egoístas que olvidan a su madre. Los Narcisos buscan una intimidad individual, con unas aguas claras y soñadoras que les proporcionen el trasmundo de lo inalcanzable, su regreso inmediato al amor propio. Dejemos a los Narcisos tranquilos, concentrémonos en los demás, en esa miríada de hijos ordinarios, diversos y extraños, con rasgos distintos y pretensiones insondables. Ellos también requieren de algún espejo adecuado, pero viven a la orilla de ese gran lago-madre que es la Nación, y en las aguas de la orilla no se refleja su rostro. Los hijos de la Nación, incluso los más pródigos y generosos, se posan virtuosos a la orilla de las aguas y les sucede como a los vampiros: no reciben su reflejo. Efectivamente, el gran lago de la Nación no ofrece un reflejo accesible, porque ella es enorme, tan inmensa y su dimensión es tan densa, que el reflejo que emite no resulta accesible.
Para alcanzar la maravilla de brindarles un reflejo a los hijos de la Nación deben ocurrir prodigios y emplear dispositivos, incluso dispositivos extraños se requiere de: estudios, símbolos, historias y leyendas, héroes reales e imaginarios, cotidianeidades, lenguajes y medios de comunicación de masas. La tarea de ofrecer a los nacionales un reflejo nítido de su Nación resulta difícil, como convertir las aguas bailarinas e un espejo fiel, por lo mismo, uno de nuestros clásicos, estimó que el arquetipo del camino a seguir es un laberinto[2].
A falta de Lago podemos incluir en la metáfora nacional otra clase de entidades acuáticas. Pocos países encuentran un lago en el corazón de su geografía simbólica. México posee sus originales lagos, el sistema formador del altiplano azteca, ahora casi todos desecador, pero presentes en la imagen de un centro lacustre de la nacionalidad. Otras regiones se confortan con referencias más complejas, como puede ser el Mar Muerto o la rivera del Jordán. A falta de lagos, la posición ideal pertenece a los mares, con la peculiaridad, que difícilmente se les puede ubicar como un centro del ser de los pueblos, a excepción de la fortuna de los romanos, quienes hicieron del Mediterráneo un Mare-nostrum, el mar propio, un eje acuático que aglutinara la formación de un tejido social inmenso. Los mares, preferentemente, los colocamos como fronteras de los pueblos, como zonas maternales (pero también paternales) donde el reflejo de la existencia, es agreste y complejo. La otra fuente ordinaria de inspiración acuática la vemos en los grandes ríos, que definen a las comunidades, algunas enormes ciudades con apetito de nación, como sucede a los ya citados romanos; el Amazonas para el Brasil también resulta un aglutinante, como referencia de lo inmenso y lo que contiene. Un caso afortunado lo encontramos en el Río de la Plata, aglutinante simbólico para Argentina, Uruguay y Paraguay, evento hidrológico que además ofrece varias resonancia, por el eco majestuoso de la plata convertida en río, y el río inmenso convertido en un casi-mar por las dimensiones de su desembocadura. Por último, a falta de aguas entonces la tierra, en su accidente de montaña o de planicie, se mantiene solitaria como símbolo del elemento nacional, y por elemento se debe entender el estado de la materia, su solidez genérica, modo en que se captó por el pensamiento antiguo. Ciertamente, a la sólida tierra le faltaría la oferta reflejante, los espejos naturales para indicarles a sus hijos el tamaño de su imagen natural, pero entonces es labor de la cultura descubrir esas geografías mínimas, esos oasis de la reflexión para que cada pueblo descubra su imagen.

El nacimiento: sujetos nacidos como Huitzilobos. La travesía por el desierto, judíos y aztecas (La comunidad de los hijos)
Al parejo que cada individuo, los grupos humanos buscan su remoto origen, develan el mito de su creación, tal como sucedió o tal como la imaginaron. Incluso, reiteradamente, la historia de la creación mezcla la narrativa de los hechos con la pasión de los mitos, indicando las profundidades del alma humana, el fondo arquetípico de las aspiraciones futuras y la estructura universal de la praxis social. Los relatos efectivos de la fundación o la independencia de las naciones devienen, casi de inmediato, en relatos novelados, donde las personas se transforman en héroes y las situaciones operan como dramas. La historia apasionada se convierte en mito y literatura, bajo la trivialidad de las fechas y las personas se levantan las Fundaciones y los Héroes, pues más allá de 1810 aparece el año 0 del despertar de una Nación, y bajo la piel de Miguel Hidalgo o Simón Bolívar aparece la figura del Padre de la Patria, el progenitor de un pueblo entero.
El aspecto emotivo y mítico lo revelan más claramente, por supuesto, las leyendas de los pueblos, incluso las tribus más humildes lo retratan con claridad diáfana. La leyenda nos indica, antes el mundo no existía, o la noche reinaba profunda, o el caos se apoderó del mundo, la vida estaba aniquilada o los seres humanos no existían. Se requería de una fuerza divina para traer la luz, el fuego, el principio de vida, la regla de orden y los demás preceptos que mueven al mundo, para un nacimiento o un re-nacimiento. El conquistar tal fuego o tal vitalidad y orden, implicó enorme valentía, increíble fuerza, y una potencia sobre-humana, el dios-héroe arriesgó demasiado, incluso arriesgó su propia existencia para bendecir al mundo con un nuevo comienzo, con el Principio. El mito del Quinto Sol azteca nos indica que el mundo languidecía, caído el Sol anterior, muerto de vejez y oscuridad, por lo que los dioses se conjuntaron para revitalizar el universo. Para lograr la hazaña de la nueva vida universal la asamblea de dioses dispuso de un enorme sacrificio dentro de una pira, que se convertiría en el nuevo Sol, ahí debería de inmolarse un dios. Pero el bello dios destinado a la muerte tuvo miedo y fue incapaz; entonces entró en sustitución un dios feo y llagoso, un enfermo entre los dioses, que tuvo la osadía de ser quemado en vida divina para donar su potencia al universo. El feo se convierte en Sol, y el universo se revitaliza.
¿Los aztecas adivinaban que las naciones nacen de una lucha encarnizada? La leyenda de su dios guerrero pareciera indicar esta línea de pensamiento. Resulta que la madre de los dioses había tenido cuatrocientos hijos y una hija, que conformaban una tribu de guerreros poderosos. Ya no deseaban tener más hermanos, la envidia y el egoísmo de los que nacen primero, le exigían cierto pacto de fidelidad por primogenitura a su gran madre. Pero la madre de los dioses estaba destinada a seguir pariendo y viene un último hijo. La tribu ya nacida se rebela y se pone en pié de guerra para terminar con el intruso, el dios no-nato, y posiblemente, hasta atentarían contra la madre divina. El dios no-nato, llamado Huitzilopochtli, desde el vientre le habla y le dice que la va a defender de sus hermanos. Sin dar crédito a las promesas del no-nato la madre se aleja a la montaña para tener a su hijo. La tribu sublevada descubre el escondite y la sitia militarmente en la montaña de Cuautepec. En el momento del ataque de los sublevados, nace Huitzilopochtli y aparece ya armado, listo para el combate. La madre divina, seguramente sufría molestias por las armas paridas. El nuevo dios resulta tan poderoso que derrota a los sublevados. Castiga especialmente a su hermana Coyolxahutli, a la cual desmembra y arroja desde la montaña. El nuevo dios funda, con su violencia vengadora, un nuevo reino divino, donde se respeta sacramente a la madre, y los hijos son devotos de su progenitora.
En esta leyenda encontramos una dualidad interesante: la materia prima es la progenie, el acto de producir hijos, y la materia activa es la violencia, supremacía guerrera que funda y desfunda la comunidad. Aunque casi reducida al absurdo por el detalle de un arma no-nata, creciendo en el vientre materno, la violencia simplemente sigue obediente a una cadena moral. Huitzilopochtli no es generador de violencia, sino reflejo de una violencia originaria y restaurador de un orden moral universal: respeto a la madre, a la gran madre de todos. Se cumple el ciclo de las gestas heroicas, no es violencia gratuita, sino una contra-violencia que proporciona el signo de la liberación, restauración del valor auténtico, mediante la repetición de una violencia.
El número en la leyenda es sumamente significativo, decir cuatrocientos hijos es saltar de la familiaridad al pueblo, al grupo social humano. Entendamos esta cantidad como evocación de la masa, la irrupción del grupo social abstracto que ofrece su aspecto de multitud. Así, el conflicto ya no es entre personas concretas, sino entre dos dimensiones, las figuras individuales (dioses-héroes) y una masa amorfa. El cuerpo roto de la hermana también nos indica ese otro aspecto de la ruptura de la individualidad, su demolición en un acto fundacional. Recordemos, también la enorme valoración que daban los aztecas al sacrificio humano, como un alimento del universo, con más razón lo debemos considerar como el alimento simbólico de la sociedad fundada. Así, el principio femenino lo duplican: la maternidad sagrada, la sublevación condenada. La figura femenina se integra en una dualidad de utilidad como nacimiento y como anti-utilidad como muerte (y recordemos que psicológicamente la muerte debe ser femineidad)
[1] Cf. BACHELARD, Gastón, El agua y los sueños, Ed. FCE. Parte de esta argumentación se basa en la interpretación del capítulo I.
[2] PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, Ed. FCE.

viernes, 21 de diciembre de 2007

LA POLIFONÍA NACIONAL: DEL TACHE AL MARIACHI



Por Carlos Valdés Martín


Una acumulación de eventos cotidianos minúsculos ha cambiado radicalmente a nuestra nación mexicana. Una emigración interna, persona por persona y familia por familia, saturó las ciudades y abandonó los campos. Otra migración, la externa, de mojado en mojado, abarrotó barrios en Estados Unidos y desoló pueblos de México. Punto a punto, en asuntos cotidianos, la nación mexicana cambia.

La gota cotidiana como el tache más simple

Con esta lista de detalles podemos indicar que lo cotidiano, como tal vida ordinaria repetida o como cotidianeidad aparentemente intrascendente, se convierte en gota del torrente poderoso. El río toma su rumbo, el símbolo de las transformaciones arrastra a una nación que se estimaba conservadora, y ésta se entronca en el ritmo de las demás naciones. La intrascendencia de los eventos cotidianos, la levedad de acontecimientos sin huella se convierte en algo más. El acto del voto, como una simple cruz en un papel, revela algo así como el recuerdo del grado cero de la escritura, la mímica de una acción preparada hasta para analfabetos. Esto me recuerda que un ejército marcha siempre al ritmo del más lento de sus hombres, así la democracia marcha al ritmo del más primitivo de los actos de voluntad: gesto apto hasta para analfabetas. La tachadura se parece intrascendente, pero se muestra como la fórmula mediante la cual, de manera inédita, en México ocurre una transformación de poder político significativa sin el concurso de la violencia masiva.

El ritmo de las balas definió el cambio nacional (teoría de la revolución)
 Antes cualquier transformación significativa se definió por las balas. Quizá las balas sean tan primitivas como las cruces sobre el papel, pero son un buen sustituto del rencor, porque cuando odio a alguien lo tacho de la lista de las amistades. Una cruz sobre un papel para derribar montañas, para abatir monstruos, para arrinconar prehistorias: esa cruz me recuerda los signos mágicos. Al primitivismo de las balas lo sustituimos con el primitivismo del tache, pero ya es un avance, simplemente por la diferencia entre la vida y la muerte; ahora, con la continuación de la vida están las papeletas tachadas, y con el recuerdo de la muerte están las balas. Hace un siglo las cosas fueron diferentes, porque las papeletas y las balas se cruzaron a medio camino; la historia de Francisco I. Madero es el paso de las papeletas a las balas (de la campaña anti-reeleccionista a la insurrección), de las balas a las papeletas (del derrocamiento de Díaz a la elección presidencial), y finalmente de las papeletas a las balas (el presidente Madero derrocado por golpe de estado de Huerta).
Me agrada lo escandaloso de este contraste: después de un siglo de avances en la tecnología militar, resulta que las papeletas se fortalecieron, hasta ser la punta de lanza del primer cambio pacífico de régimen de gobierno en el siglo XX mexicano. Ciertamente, no constituye una revolución radical, porque la clase dominante permanece inalterada, de una fracción burguesa en el poder se pasa a otra; el sistema capitalista se mantiene inalterado en su naturaleza económica, pero en su naturaleza política se pacifica. Después de siglos, por fin la burguesía mexicana encuentra una fórmula de convivencia parlamentaria, de juego de intereses contrapuestos.

El tache ligero casi inmaterial
 Las papeletas electorales las podemos tomar como una sutileza, como un evento discreto: menos que escribir, casi un acto inmaterial, la expresión de la voluntad en su grado cero. Me seduce la imagen de un acto casi inmaterial (pero colectivo) cambiando la historia, porque el tiempo que dura el tachado (un par de segundos), la brevedad del acto material (recorrer unos pocos centímetros de espacio) y la delgadez material del acto (una fina capa oscura sobre un papel) son un conjunto de eventos cuya contundencia material casi puede desaparecer (actividades como el pulsado de botones o la respiración muestran menos materia que un simple tachado de tinta sobre una papeleta).
El tache sobre la boleta electoral es pequeño y discreto. Además de su tamaño me agrada su silencio, es un movimiento silencioso, concentrado en una intimidad casi pura, de un ciudadano replegado, sin ser molestado ni por miradas curiosas. En especial, es un trazo tan discreto que podría presumirse como un silencio breve, fracción de segundo que dura cada trazo.
Pero es cierto, un acto casi inmaterial, pero rigurosamente colectivo y formal (la trama legal detrás de cada papeleta), cambia la vida política de una nación. La importancia de cruzar papeletas no está en la brevedad del acto material, sino en la compleja organización de un evento de voluntad simultáneo y confluyente, que nos lleva hacia la demostración mínima de la voluntad en un garabato con forma de cruz, el tache.

El lenguaje de la bala
El espíritu de la bala se muestra más directamente contundente que cualquier garabato. Tengo la tentación de decir, que con la bala se terminan las mediaciones, porque el lenguaje de los cañones de escopeta es la brevedad misma y el camino directo. Pero no lo diré, porque es un engaño. Los dueños de las balas tampoco quieren lo que está a su alcance, tampoco aceptan que su designio sea la simple muerte, sino que buscan otras cosas. Digo que los dueños de las balas no son simples asesinos, ansiosos de ensanchar cementerios.
El lenguaje de los que han hablado en el lenguaje de las balas busca otros términos, en especial, adora los términos elevados, tales como la justicia, la libertad, la redención de la patria, la riqueza para el pueblo, el reino de las leyes, etc. Si las balas han emergido para realizar revueltas o revoluciones es porque buscan los motivos justificantes: libertad al pueblo, grandeza nacional...
Sufrimos de una contradicción, la bala termina su suspiro ruidoso, su crudo lenguaje, en un segundo. El lenguaje de sus dueños requiere de arengas y discursos, las famosas proclamas plasmadas en los Planes de Iguala, Ayala o San Luis. Ahí está el lenguaje de los héroes, inspirado y profundo, contrastando con la brevedad de un disparo, de un silbido.

La brevedad de un grito
Por motivos de economía de la imaginación el inicio se convirtió en un grito, se condensa una larga conspiración, la semilla de la rebeldía novohispana, la centenaria decadencia de los borbones en España y otros mil factores en un evento emotivo: un grito. El iniciar de una nueva nación lo identificamos con un grito, como el recién nacido lanza un llanto, y en esa brevedad del aliento, pues no imaginamos sino una larga respiración con ese grito primigenio. Estábamos embelesados con la brevedad de la bala, desapareciendo en el espacio o anidada en un corazón, y ahora nos enfrentamos con una segunda brevedad, la inmediatez del un grito de independencia. ¿Cuánto puede durar un grito? Su duración es la de una respiración, convertida en potencia, en rugido momentáneo. Supongo que son unos segundos la prolongación posible de un grito. Quizá un historiador me corrija indicándome que “el grito” se le denomina a la arenga completa. Acepto la precisión. Por mi lado insisto, en que sinceramente le llamamos “el grito” y se ha convertido en una escena a repetir, donde se lanzan unas pocas palabras y algunas vivas, para tocar la campana y que “grite el pueblo congregado”. En cualquier caso, asumimos la brevedad como destino. Basta esa vociferación rápida y como fulminante para decretar, en una repetición ritual, la escena primera de la imaginación de una nación.
Precisamente lo que atribuimos a Hidalgo no es la entrega de una declaración razonada, ni tomar el consenso democrático para que el pueblo decida, le reconocemos un llamado instantáneo que decreta. Aceptamos que basta el llamado poderoso, como emergiendo del alma, para establecer este “único grito”, asimilable al berrido de quien nace. Este gritar es sobreponer las emociones a los argumentos, es colocar la fuerza de la voz por encima de la razonabilidad de los argumentos. Si esto es puntualmente viable, entonces este grito también revela una estructura esencial del individuo y del grupo humano: la decisión. Admiramos ese grito porque expresa la decisión y eso es emerger a la vida.

La paradoja de la fuerza gritada
Con el evento de Hidalgo sucede como con las avalanchas y otros efectos de repercusión enorme: no es la fuerza individual del evento, pues el empuje de una palabra aislada poco puede, sino que es la fuerza del contexto, dispuesto a “estallar”. Sucede una avalancha al grito y por medio de esa multiplicación de las fuerzas iniciales se desencadenan actos y hasta símbolos. En sentido estricto sabemos que Hidalgo no “proclamó la independencia” ni dijo “viva México”. Por táctica política inició el movimiento luchando por la restauración del trono borbónico de Fernando VII derrocado por los franceses. Por condición socio-histórica no proclamó a México, porque ese gentilicio no se utilizaba en la colonia, sino que apelaban a la novohispanidad, en suma todavía no se forjaba la nación mexicana, así que no podía vitorearla.
Sin preocuparnos de las paradoja a que nos obliga la síntesis de imágenes, merece una estimación que este grito es el primer momento musical de la nación, a integración inicia con un sonido. Ahora bien, el sonido para arrebatar el espacio requiere de un fondo de silencio ¿dónde estaba el gran silencio nacional que recibió este grito inicial?

Una zona del silencio, o me equivoco y es zona de murmullos
Dicen unos investigadores geológicos que la “zona del silencio” la descubrieron en un desierto en la mitad de una nada del país. Ese lugar existe, es una realidad tangible. A cualquiera le parece como una alegoría. ¿Dónde ha estado escondida la zona del silencio de nuestra nación? La procesión de colonia, y opresiones podrían describirse en tales términos. Un pueblo oprimido, al menos en parte, es un pueblo callado. Desde la descripción clásica de Samuel Ramos, podemos aceptar que el “horizonte indígena”, sustento de nuestra nacionalidad, es una región de silencio. Los antropólogos coinciden, es recurrente el silencio entre los pueblos demasiado perseguidos, entre aquéllos que su lengua materna, su habla original, ha sido destruida. Nuestro horizonte indígena sufrió ese enmudecimiento durante la colonia, y si gustamos verlo como una onda continuada de amordazamientos, pues todavía existe. Quizá como la honda en el estanque que pierde fuerza pero gana en extensión, así gana en masa de población.

Ahora bien, estoy cometiendo un error evidente. El enmudecimiento indígena no es verdadero silencio. Entre el indígena y su entorno no hay un estricto silencio, sino un amordazamiento, que convierte una palabra normal en murmullos. El oído casi sordo de la herencia colonial amordaza y convierte en murmullo lo que son palabras y pensamientos. Quizá estés de acuerdo conmigo “los murmullos” desconciertan, crean inquietud, porque son un fenómeno a medio camino entre el ruido y la palabra. En un murmullo la palabra se ha desfigurado, únicamente reconocemos que pro-viene de personas, pero no distinguimos su mensaje. Al ser irreconocible el murmullo provoca inquietud y hasta agresión. El silencio verdadero indica sepulcros, el murmullo verdadero indica las tempestades que vienen. No es casualidad que el descontento indígena haya alimentado tantas rebeliones y revoluciones.

La barrera de las murmuraciones: el idioma extraño
Las murmuraciones resultan imposibles de superar en ocasiones, cuando el oído receptor se ha atrofiado o la boca emisora está baldada. Cuántos chistes ociosos se juegan en torno a los gangosos, a quienes no entendemos, de los murmuradores involuntarios. La psicología afirma que debajo de cada risa existe un temor desplazada. Dentro de la máscara del gangoso nos reímos de la incomunicación, del acallamiento involuntario. El idioma extraño, las hablas desconocidas, convierten a las personas en involuntarios gangosos, entidades privadas de palabra y/o entendimiento.
Resulta suficiente colocar dos idiomas desconocidos en un flojo cotidiano para que el resultado sea un trasfondo como de murmullos. Desconocer lo que esos dicen y piensan, estar condenado a la separación. Eso fue la historia centenaria del indígena y aún no termina para millones. Esta es la frontera interior, que se reproduce en los barrios de las ciudades.

Tentativa de conjuntar silencios y sonidos: la música nacional
En un intento de escapar del ensordecimiento de los murmullos, desde los sacerdotes colonizadores emplearon la música como medio para enlazar las almas y acercar a los indios a Dios, convirtiéndolos en súbditos más adaptados a su medio. Y la magia armónica de la música se mantuvo en las tentativas de formar un sonido adecuado a la nación mexicana. Las cimas están en la realización de un himno nacional, sonoridad precisa que nos coloca como coro, convierte a los enteros compatriotas en cantantes del mismo coro. Esta oferta de sonido simultáneo para la población entera de la nación se contrasta con la creación de la música popular, como un género de identidad nacional. En especial, se aceptó y promulgó que ciertas composiciones campiranas eran la música de la nación. Un capítulo especial merece el mariachi, es la composición híbrida de una música comercial moderna, propuesta en las grandes capitales aparentando que es un sonido del hondo sentimiento campirano popular. En ese caso particular opera una ilusión, bastante común en la forja de los fenómenos nacionales, pero que ha sido escasamente divulgado. Las naciones modernas refuerzan la imagen de su trasfondo tradicional campirano como la materia prima de su mitología fundacional. Los norteamericanos usan al vaquero texano, los suizos al montañista tirolés, los finlandeses al itinerante lapón, y los mexicanos usamos a nuestro campirano típico mestizo e indígena. Este trasfondo campesino popular sirve como una pantalla de proyecciones, y donde se establecen los cánones de lo “auténticamente nacional”, donde esa autenticidad tiene algo de pasado rebasado, por lo tanto posee algo de ilusión, y hasta mezcla de eventos inciertos, como el mariachi mexicano, del cual no se observa su novedad, sino la ilusión de una tradición.

La nación como “casa de cambio”
 Los cambios parecen microscópicos colocados en la esfera cotidiana, pero su acumulación hace la diferencia. Cada vez que una mexicana toma un anticonceptivo y logra una familia pequeña, la nación cambia. Cada vez que circula la banda sin fin de montaje de una maquiladora, la nación mexicana cambia. Cada vez que un indocumentado cruza la frontera del Río Bravo, la nación mexicana cambia. Cada vez que alguien sueña con escapar de un presente opresivo y miserable, la nación mexicana cambia.
En fin, un torrente de cambio por cualquier lado, lo que desearíamos sería aquilatar cuáles son los grandes cambios, las mega-tendencia para obtener el cuadro del país que nos espera, una imagen fotográfica de la nación por venir, esta casa colectiva que está cambiando. Pero este viaje ya fue extenso, no es momento de revelar mega-tendencia, dejemos el futuro bajo el velo de Isis, mientras nos consolamos una sinfonía de mariachis, con un coro de gritos patrios, murmullos de lenguas incomprendidas, taches significativos, en fin… como dijera Rockdrigo, el profeta del nopal, este era “un rancho electrónico donde una rana con sinfónica”.

lunes, 17 de diciembre de 2007

DESALAMBRAR… LA GENEROSIDAD DE VIGLIETTI

Por Carlos Valdés Martín
En español nos encontramos con la generosidad de los verbos extraños. Un verbo tan largo como desenredar hilos, como soltar amarras, como explayarse por la vida, como desarrollar el raciocinio. Verbos tan largos como la actividad que nos prometen, la labor de “desalambrar” parece larga como la distancia sucesiva de sus sílabas armonizadas y dispuesta a soltar algún significado. ¿A qué alambre se refiere este desalambrar? Verbo de inversión, camino de recorrido inverso, luego de una alambrada aparece el “desalambre”. Ciertamente, no aparece como palabra de diccionario, es un verbo inventado por el habla popular o por los cantores, -casi es lo mismo- incluso puede que solamente mereciera un artífice con Viglietti. Pues, aunque la palabra pudo existir antes, en el espacio-tiempo anterior al canto, ya con una canción la palabra queda redefinida, recreada, y termina siendo un término recién nacido. En especial, una rara palabra, tan escasamente usada, el único recurso viable es su aparición estelar sobre el escenario del arte, y por ese conjuro toma un sentido nuevo, magnifica sus dimensiones.
“A desalambrar, a desalambrar/ que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél/ de Pedro, María, de Juan y José/” En la canción de Viglietti este verbo contiene una petición de generosidad, realizada en favor de la tierra y las personas. En breves versos denuncia a las alambradas como separaciones entre las tierras y las personas, por eso conviene terminar con tales alambradas. El verbo de la expansión de la tierra, de la finalización de las alambradas se reúne en “desalambrar”. Lanza una petición activa, casi una súplica, una afirmación a ras de existencia.
Aparece una petición, una petición para las manos, para abandonar la pasividad, tomar una acción y establecer una relación con una larga línea. El alambre es una “larga línea” con grado de dureza superior al hilo, pero todavía sumamente dúctil a los designios humanos. El hilo y el alambre se tuercen para seguir la voluntad de su amo, colocándose como signos específico de una voluntad y un destino. Recordemos el “hilo del destino” creado en secreto. El alambre también muestra esa relación lineal, semejante al tiempo, por cuanto convendría también urdir un “alambre del destino” donde se indique la línea de al vida, un poco más resistente que el “hilo de la vida”.
¿De dónde viene esa petición para torcer en sentido inverso los alambres ya instalados? La explicación no resulta tan evidente. De alambres se hacen las cercas de las enormes propiedades rurales de las pampas argentinas y uruguayas. Unas propiedades latifundistas enormes, que se volvieron desproporcionadas y una carga para la existencia de esas regiones, con latifundios tan grandes los latifundistas también se convertían en dueños de las regiones y de las personas. Así, el alambre cercando propiedades se había convertido en el signo del latifundista, el separador de los terrenos. Si el latifundio no justifica una razón auténtica de ser, entonces los alambres deben abatirse, suena la hora de su finalización. Al eliminarse estos bardeados de alambres se reconfigura el campo, se convierte en un nuevo campo, las enormes propiedades, latifundios improductivos.
Entonces el llamamiento a desalambrar resulta una apología para superar la propiedad privada, quizá no toda la propiedad privada, la menos la enorme y escandalosa propiedad territorial. El escándalo moral de los enormes latifundios resulta difícil de adivinar a la distancia, porque solamente quienes han habitado esas vecindades descubren, que los amos de enormes extensiones también adquirían un poder despótico sobre los habitantes, la gente sencilla de esas latitudes. Así, el latifundio implica al latifundista y su despotismo. La voz para desalambrar difunde una apología del campesino sin tierra, de los humildes peones del campo.
Esto no excluye un sentido más extenso, una apología mayor de quienes aspiran a saltar por encima del régimen de la propiedad privada, para ofrecer una sociedad solidaria, ideal esencial del socialismo. El término desalambrar implica desenrollar las posibilidades para saltar barreras visibles o invisibles, para alcanzar la solidaridad con los humildes desheredados sin tierra. Esto implica un proyecto de generosidad, la restitución del acceso a los bienes terrenales para los sin tierra.
El canto ocurre en el pensamiento y el sentimiento. Esta canción inicia “Yo pregunto a los presentes/ si no se han puesto a pensar,/ que la tierra es de nosotros/ y no del que tenga más” El futuro comienza con una pregunta, con una interrogación, el principio del pensamiento. Luego saltar una barrera invisible y fundamental, pasar de “yo” a “nosotros”, como indica la estrofa. La existencia de vínculos sociales se reduce a ese salto entre el pronombre “yo” al pronombre “nosotros”. Este paso implica el salto de una barrera visible u otra invisible. El alambre juega la función de esta barrera, su delgado hilo metálico representa lo visible y los espacios entre los alambres de la alambrada, representan lo invisible, ese espacio vacío donde captamos la esencia de la encrucijada de los seres humano. El salto del “yo” al “nosotros” simplemente está impedido por un cordel metálico, por el alambre. La restitución del nosotros es la creación de la comunidad, en este caso, por vía de la generosidad, del simple gesto de liberarnos de una traba, la alambrada que separa a las personas de las extensiones de tierra.
Al mismo tiempo que el “nosotros” implica una comunidad, no por ello desaparecen las personas individuales, por eso con tino, la canción apela a nombres propios. Una cuarteta de nombres propios, así la tierra de nosotros es “de Pedro, María, de Juan y José” Esta cuarteta, por si fuera poco, posee una reminiscencia enormemente cristiana, como cuatro indicaciones de las principales personas en torno a Cristo. Esta cuaternidad de personas, la suponemos resultado de una casualidad, pero la casualidad también armoniza, y ofrece la interrogante de un centro, de un eje para el cuadrilátero de las personas. En este caso, por vía de las acciones el centro está en el mismo autor, que sin buscarlo deja un espacio para sí mismo, firmemente colocado entre los individuos concretos quienes merecen recuperar la tierra. La generosidad del cantor también implica modestia, únicamente representa una voz que invita a pensar, a sumarse a la reflexión indicando que “la tierra es de nosotros”, el espacio común y vital de los individuos concretos.La generosidad rebasa a una canción, porque con Daniel Vigletti “generosidad” implica el compromiso de una vida, cumple 50 años como cantante desde la oposición, embarcado en la denuncia y a contraflujo de los grandes circuitos comerciales de la música. Sigue soñando son la liberación entera y fraterna de los pueblos americanos, sigue esperando el renacimiento de la estrella sureña del Che Guevara, y creyendo en la pureza de intenciones convertidas en actos nobles. Es la generosidad de una vida completa entregada a regalar canciones honestas, bajo su convicción individual de los tiempos venideros. Mirarlo con sus facciones cansadas y escucharlo con ese timbre personalísmo, mezcla de seriedad y dulzura, deleita el gusto musical durante diciembre de 2007. Jamás antes lo había escuchado en vivo y en sus grabaciones siempre me dio la impresión de un trasfondo triste. En voz presencial revela un fondo de tristeza, representativa de una larga cadena de tragedias sociales de Latinoamérica, e incluso de su pequeño Uruguay, país reducido pero con capacidad para acumular también sufrimientos. Sin embargo, su tristeza se matiza con una dulzura sincera, el bálsamo espontáneo del alma sureña. Esa voz ofrece un espectáculo desconcertante por su mezcla, porque la dulzura posee un tinte de femineidad, un trasfondo de madre cuidando a sus hijos, y emerge con la voz de un hombre viril, fuerte sobre los años transcurridos. La dulzura también es fortaleza, es generosidad, disposición para regalar estrofas y pensamientos, incluso palabras capaces para “desalambrar”.

domingo, 16 de diciembre de 2007

DE LA SUAVE RUEDA Y EL CAMINO PLANO




 

Por Carlos Valdés Martín



Burbujas de cristal plástico flotando por los aires
Empecé cavilando sobre la imperfección de los sistemas autopropulsados, que elevaban a un individuo por los aires, donde su falla radica en la enorme peligrosidad de caída, y me dije que, posiblemente, alcancen su perfeccionamiento rodeando al viajero autopropulsado con una especie de esfera plástica transparente. Esta esfera sería una variedad de llanta absolutizada, que protegería perfectamente durante una autopropulsión aérea. Con esta fantasía desemboco en una imagen extraña y futurista: suponer unas burbujas cristalinas protegiendo a viajeros, que flotan por los aires impulsados por cohetes individuales, que van flotando alegremente entre nubes, y descienden a ritmo de balones, que rebotan suavemente al tocar tierra.

Llantas sorprendentemente suaves…
Convencido de la dificultad para cumplir mi visión futurista, me insuflé de admiración por las simples llantas: una solución asombrosa de dureza y suavidad. La dureza para resistir las asperezas del camino, el piso empedrado, y también la suavidad para no entrar en conflicto con los suelos. Recuerdo que hace años, cuando éramos jóvenes de secundaria, un amigo travieso, se colgó de la ventana lateral de un automóvil a la salida de la escuela. Este muchacho jugaba a correr mientras avanzaba el vehículo, y estando colgado terminó tropezándose y cayó bajo el trayecto lateral del automóvil, por lo que sobre una parte de su cabeza pasó una rueda del automóvil. Las marcas de los neumáticos sobre la mejilla izquierda dieron testimonio indudable del acontecimiento. La caída y el paso del vehículo sobre la mejilla ocurrieron tan rápidos que al levantarse el amigo juraba que no tenía nada, objetaba que no era necesario consultar al doctor. Los adultos gritaban preocupados alrededor del lugar; pero el chico no creía que las huellas de los neumáticos estuvieran sobre su cara, no creía cierto que el vehículo haya rodado las llantas sobre él. El doctor consultado mandó a realizar estudios de laboratorio, pero únicamente limpió la cara del muchacho. Esto me obliga pensar que los neumáticos demuestran suavidad sorprendente, ya que una rueda de metal hubiera aniquilado al joven.

¿Cómo se logra esa mezcla de dureza y suavidad de las llantas? Por la unión de un material resistente y flexible como el caucho (inicialmente) con la compresión del gas atmosférico. El secreto de la mezcla radica en las cualidades del gas atrapado, que absorbe las presiones exteriores, los golpes y otras variaciones, amortiguando el contacto con el medio ambiente.

Adaptadas al plano…
Ciertamente la rueda es un gran invento, posiblitador de los transportes terrestres, y es el resultado de la combinación de dos tipos de movimiento: el giratorio con el avance lineal. Es la conversión de un movimiento rotatorio en lineal y viceversa, que embonados en un implemento mecánico permite facilitar el transporte. Las llantas de caucho son las sucesoras exitosas de las antiguas ruedas de materiales rígidos, que sufrían una vida accidentada por el tipo de caminos, ya que las ruedas de madera sufren rudos golpes con las irregularidades del camino y se llegan a romper con las piedras y baches. Ahora bien, las ruedas requieren de caminos básicamente planos y esto exige de caminos intencionados, creados por la ingeniería de los caminos.

Veredas y caminos
Las veredas iniciales fueron las generadas por el simple caminar, esa repetición que desbroza hierbas y define un sendero. Estos senderos son efecto natural del paso de animales y humanos, no son una obra deliberada. En algún punto de inflexión se requirieron caminos. Los romanos se reconocieron como los grandes creadores de caminos, iniciando por la Vía Apia, alabada como la primera gran obra de este tipo. Desde ese arranque el camino deja de ser una vereda creada por el mismo caminante, ahora es una construcción planificada, donde se toman el cuenta las características del suelo, para reforzarlo y hasta terminarlo en piedras, para que no se deteriore con el curso del tiempo, especialmente con las lluvias.
Quizá hubo caminos anteriores, pero los romanos entendieron la importancia de construir caminos para erigir un imperio, y los caminos convergentes en Roma fueron las venas del Imperio. Estos caminos son grandes obras, exigentes de enormes esfuerzos, casi siempre obras del Estado, que concentran recursos y personas para aplanar suficientemente el suelo, recubriéndolo de los materiales adecuados.

Imanes del flujo
Una vez instalados los caminos son invitaciones al viaje, vías predeterminadas para que unas personas y sus bienes se muevan. Una vez establecidos los caminos queda trazado el metabolismo de intercambio de bienes. El camino es la invitación y el “vehículo” plano, para que se monten las ruedas y sus propietarios, para cumplir sus destinos. Antes del trazado de los caminos, los campos ofrecen itinerarios inciertos, y después, con los caminos, las rutas ya son ciertas. Cuando crece una red de caminos como un sistema de venas y las posibilidades de comunicación se amplían, el flujo puede ser variado e intermitente. De cualquier manera, el camino es una invitación al viaje, al movimiento entre los núcleos humanos, basta que el dispositivo de ruedas se coloque sobre la superficie plana del camino para que armonice una complicidad entre dos formas de movimiento. El movimiento circular empujando a un movimiento lineal: del girar en las ruedas y el avanzar de los vehículos.

Las burbujas de cristal por los aires flotan exclusivamente en la imaginación, dentro del presente giran las eficientes ruedas moviéndonos, desplazándonos, hacia cualquier parte, con la condición de que exista un camino transitable…

Fotografia con Rosario Ibarra


Hemos disfrutado de una velada maravillosa, escuchando a Daniel Viglietti, ha sido una agradable sorpresa encontrarnos con la bella Rosario Ibarra.

INICIO: EL PRIMER DIA DEL RESTO DE LA VIDA

Este y cada día es el primero de nuestra vida. Por eso es un recién nacido, es un niño en mitad del ancho universo.
Agradecemos tu comunicación, tu disposición a leer aunque sea una línea.
Este inicio también es el tuyo.
Si miras tus pies, firme sobre el camino, el espacio es pequeño, y si miras hacia adelate, alcanzar el horizonte y miras un espacio (quizá) infinto. Espero que eso te emocione, aunque sea un poco. A nosotros también nos emociona.
Dice un cuento, que un maestro oriental sumergió la cabeza de su alumno bajo el agua. Su alumno se agitaba con desesperación. Cuando salió del agua, el alumno tomó una bocanada de aire con deseperación. Entonces el maestro le preguntó: "¿cuando estabas sumergido y sin poder respirar, en qué pensabas?" El alumno le respondió: "solamente pensaba en tomar aire" Y el maestro le respondió: "cuando busques la sabiduría con esa intensidad la obtendrás".
Nos preguntamos ¿qué buscamos a partir de este el primer día del resto de nuestra vida?

Cada quien tiene su respuesta. La tuya será la mejor.

Bienvenido al viaje

Carlos y Lucía