Música


Vistas de página en total

miércoles, 8 de octubre de 2008

LA PIEDRA LUNAR



Por Carlos Valdés Martín

Los niños salían al campo a condición de integrar equipos. Era un colegio mixto y el profesor de biología los mezclaba como átomos contrapuestos en equipos de dos, evitando que siguieran sus inercias espontáneas de amistad. El profesor Manuel los colocaba según caprichos académicos ocultos o, lo que es igual, sin respetar las amistades naturales.
Federico y Amanda se repelían espontáneamente. Él era alto y juguetón, ella bajita, tímida y resentida contra los varones, aunque a esa edad es un exceso decir “resentida” pues fluye una alergia temporal de los niños, esa espesura defensiva previa a los primeros enamoramientos. Amanda evitaba el contacto con los varones y por eso el profesor, contrariándola, la ponía a colaborar con los niños.
El profesor nos envió a todos a buscar muestras de piedras diferentes, convencido de que la experiencia y la indagación en el campo daban más luces que los textos escolares. Así, que salimos en equipos de dos en dos como exploradores del perímetro campestre. Cada pareja cargaba bolsitas de plástico negro para recolectar sus especímenes.
La búsqueda de rocas clava la vista al suelo, la proximidad se convierte en lejanía. A unos pasos de mí, Federico y Amanda se decían palabras descorteses: “Flojo”, “Carga tú la bolsa”. Hasta que Federico exclamó “Esto es increíble: una piedra lunar”, atrapando la atención de su compañera. Terminaron las descortesías e inició una conversación. Por mi parte, no les di importancia y seguí buscando con la vista en el suelo, dirigiéndome a un promontorio prometedor en busca de mis propias piedras.
Federico manipulaba un disco cónico polvoriento y le decía, “A esto se le llama piedra lunar por el efecto del rocío que viene de la Luna” Explicaba que era una piedra rara, que el profesor la apreciaría muchísimo. Él abusaba, era un niño más despierto, ya jugaba a engañar. Poco a poco, Amanda se envolvió en el argumento. Hasta que dijo “Yo la quiero entregar, anda déjame”. Federico se hizo del rogar un poco, hasta que ella ocultó el trofeo dentro de la bolsa opaca.
A la media hora, el profesor decretó que la exploración estaba terminada y nos reunió en semicírculo, para examinar la recolección del día.
Emocionada y venciendo su timidez habitual Amanda agitaba la mano pidiendo mostrar su trofeo, hasta que logró su turno. Con alegría agitó su bolsa y extrajo su recolección, diciendo al grupo que esa era “una piedra lunar”. La mitad de los niños nos reímos de inmediato: “Una caca de vaca”, coreamos. Con un ademán rápido el profesor nos silenció y enronqueció comentando con alegría, que “Resulta interesante y sumamente instructivo, ciertamente esto no es una piedra, pero el metabolismo del animal se integra en la naturaleza mediante sus excresencias que se deshidratan y endurecen, por lo que aparentan piedras… en la temporada de lluvias se humedecen… los insectos coleópteros que se alimentan de este producto… los notables casos de efectiva transformación de los elementos orgánicos en piedras, como la madera petrificada, especie de momificación natural…” El objetivo pedagógico quedaba cumplido, los niños quedamos intrigados con una verdadera petrificación y siguieron las preguntas sobre las maderas petrificadas y los fósiles.
Federico procuró remachar su hazaña susurrándole a Amanda al oído “Ahora huélete las manos”, antes de reunirse con sus amigos para presumir su engaño.
Alejado del grupo, el profesor citó a Federico para reprenderlo.
Amanda con el tiempo superó su vergüenza y confirmó un lema de la escuela primaria: varones igual a odiosos.

martes, 23 de septiembre de 2008

LAS MANOS SUCIAS DE JEAN PAUL SARTRE

LAS MANOS SUCIAS DE JEAN PAUL SARTRE

Por Carlos Valdés Martín

¿Cómo se ensucian las manos? Con lo material. Sí: con la materia marcada de bajeza, con una sustancia material que representa lo inmundo; esa sustancia que ya no escapa de las manos, pues no puede limpiarse con el tiempo posterior ni con las buenas intenciones anteriores. Lo que ensucia las manos, de manera definitiva son las heces y la sangre, pero no cualquier sangre es suficiente para ensuciarlas para siempre.

Hugo, personaje principal de la obra es un intelectual de origen burgués que odia su propia vida, que anhela acallar su discurso interior, siente asco por su condición de intelectual burgués y desea redimirse en el partido revolucionario. Si un hambre lo llevó hasta las filas revolucionarias ha sido el hambre ajena, el hambre de los demás, porque a él le asquea su saciedad de alimentos, el símbolo de una herencia familiar de comodidades. Aunque es solidario Hugo siente que los pobres le reprochan, que no le perdonarán la riqueza de su familia, que su estómago satisfecho y siempre demasiado lleno, permanece como una ofensa para los pobres de manos vacías. Pero el hambre ajena es tan difícil de soportar como la propia, y además, piensa Hugo, los pobres jamás lo perdonarán, jamás lo aceptarán los obreros como su auténtico igual, su camarada.

Mientras elabora el periódico del partido, Hugo sueña con la “verdadera acción directa”, siente que se enreda en palabras, en discursos e ideas, pero que los dirigentes no confían en él por su origen burgués, y mientras vive saturado de ideas aspira alcanzar el nivel de la verdadera acción. Sueña con hundirse en una acción fuerte, donde ponga en riesgo su vida, donde demuestre que no le tiembla el pulso en el peligro. De improviso surge la oportunidad, por una divergencia dentro de la dirección de su partido, pues Hoederer, máximo dirigente ha dado un cambio drástico en la línea e intenta pactar una alianza con los enemigos tradicionales, con el gobierno local. La otra fracción de partido encarnada por Louis y Olga, cree que nueva política del dirigente implica una traición al partido tan extrema que solamente queda la opción de asesinar a Hoederer, y ellos buscan algún candidato idóneo para realizar ese acto. Hugo percibe su oportunidad para demostrar que él es un verdadero radical, capaz de cualquier acción para salvar al partido, y se ofrece como secretario privado de Hoederer, para esquivar a los guardaespaldas y luego matarlo. Quienes conocen a Hugo mantienen fuertes dudas de que pueda convertirse en un matón, pues jamás lo había hecho; él mismo abriga secretas dudas, pero se trata de demostrar a sí mismo como capaz de cualquier acto.

En lo personal, Hugo no conocía al dirigente Hoederer, pero cree firmemente que traicionó al partido cuando propuso una alianza con sus enemigos tradicionales. Hugo se traslada junto con su mujer, Jessica, para vivir al lado de la residencia donde se resguarda Hoederer. La personalidad de este dirigente resulta brillante pero repulsiva a Hugo, por cuanto el dirigente es un lúcido pragmático opuesto al sentido del deber de Hugo. Las tácticas del dirigente están encaminadas a obtener el poder político por la vía menos costosa, busca aprovechar la oportunidad que se presenta con el cambio del curso de la guerra y la posible llegada de las tropas de la URSS, afines con el partido revolucionario. Las tácticas de Hoederer están destinadas a reducir las muertes y abrir un camino de victoria, pero resultan mentirosas, engañan a los militantes del partido, y se alía con sus enemigos tradicionales (aunque nunca para favorecer a esos enemigos sino para derrotarlos). En definitiva, Hoederer no es un traidor (acusación directa por la que encargan su muerte a Hugo) sino un oportunista, quien no se interesa en principios para hacer triunfar a su causa. En su trato cotidiano, Hugo se escandaliza del oportunismo de Hoederer, lo cual refuerza su indignación y su disposición para matarlo; pero la brillantez del dirigente, el hecho claro de que no era un traidor a la causa y la propia naturaleza interior de Hugo lo detienen, evitando sus intenciones asesinas.

Cuando Hoederer lo encara las consideraciones morales interiores de Hugo frustran su tentativa de asesinato, y la misión de Hugo pareciera abortada completamente; sin embargo, su esposa Jessica queda impresionada por la personalidad del dirigente y entonces prueba a besarlo, justo en el momento cuando ya regresa el marido. En ese momento estalla el conflicto final, y Hugo empujado por los celos adquiere la furia suficiente para matar a Hoederer. Aunque el asesinato verdaderamente no resulta como un simple arranque de celos, sino que los celos suman la gota que derrama el vaso o el impulso irracional para desatar el laberinto de las consideraciones morales de Hugo. Sin embargo, frente a los ojos de los observadores externos el crimen sí parece pasional, porque también Hoederer, al caer herido así lo declara para salvar la vida de Hugo, su asesino.

Después de un par de años en la cárcel, Hugo es liberado para lo cual también concurren las cambiantes circunstancias de la política nacional. Hugo se acerca con sus dirigentes que él pensaba andaban en apuros. Los dirigentes sabían de los motivos políticos porque el crimen había quedado oculto en su dimensión política, ya en la falsa apariencia se juzgó como puramente un crimen pasional. Hugo se reúne con Olga, quien es una revolucionaria pura y dura, tal cual él mismo aspiraba a ser, y le comenta completa la historia del asesinato. Ella le confiesa que está contenta porque él ha mostrado lealtad al partido y estima será “recuperado”. La situación partidaria parecería que marcha conforme los designios de Hugo, quien se siente salvador del partido, sin embargo hay un gran detalle. El detalle es que el crimen político no debe salir a la luz, debe permanecer simulado como el asesinato pasional que se aparentó, y él mismo no debe presentarse como su autor, porque luego de dos años la política del partido ha cambiado. El partido y sus dirigentes aparentemente radicales, Louis y Olga, han adoptado la misma política de Hoederer, a quien se le recuerda como un héroe y no como traidor. Hugo no puede ser “recuperado” si revela que mató a Hoederer por designio de sus camaradas, por lo tanto los dirigentes de partido le ofrecen una nueva identidad y una nueva vida, olvidando su crimen. El desenlace de tipo tragedia consiste en que Hugo no acepta la amnistía de una nueva vida, él quiere asumir su crimen como el único acto de su vida, prefiere revelarse como al autor del asesinato del dirigente, a riesgo de que lo maten para terminar la obra.

En esta obra, ¿cuáles son las manos sucias? ¿Las manos de Hugo, las manos de Hoederer, las manos de Louis y Olga? En un pasaje textual, las manos sucias son las de la política, el poder que se ensucia rompiendo principios y mintiendo, maniobrando como la única manera de obtener el poder. Hoederer dice: “La pureza es una idea de fakir y de monje. A vosotros los intelectuales, los anarquistas burgueses, os sirve de pretexto para no hacer nada. No hacer nada, permanecer inmóviles, apretar los codos contra el cuerpo, usar guantes. Yo tengo las manos sucias. Hasta los codos. Las he metido en excremento y sangre. ¿Y qué? ¿Te imaginas que se puede gobernar inocentemente?”. Sin embargo, a pesar de sus crudas declaraciones no se imagine a este como el personaje inmoral de la trama, porque sus tácticas de aliarse con anteriores enemigos están básicamente calculadas para ahorrar vidas, para evitar matanzas innecesarias, porque aclara que ama a los humanos concretos, dice: “Para mí lo que importa es un hombre más o un hombre menos en el mundo. Es precioso.” Este punto es interesante, porque cuando él cae bajo las balas de Hugo, el último gesto de su vida es contener a sus propios guardias e inventar que el crimen es pasional, para así evitar liquiden a Hugo en su calidad de asesino político enviado por una facción contraria. Durante su último aliento Hoederer ofrece un ejemplo de gesto noble y desinteresado, salvar la vida de su propio asesino. En fin, por un lado Hoederer es sucio y falto de honor, mentiroso y oportunista, pero también resulta el único con calidad moral para interesarse por las vidas concretas de los demás. En cambio, Hugo es duramente cuestionado por el mismo Hoederer, quien lo acusa: “Detestas a los hombres porque te detestas a ti mismo; tu pureza se parece a la muerte, y la Revolución con la que sueñas no es la nuestra; no quieres cambiar al mundo, quieres hacerlo saltar.” Pero a pesar de estas acusaciones, Hugo siempre guarda escrúpulos, no posee la sangre fría ni la falta de emociones para asesinar limpiamente al dirigente. Por eso necesita una gota más para derramar el vaso, necesita de un arranque de celos y despecho para disparar contra Hoederer, nublado por la idea de enfrentar a un traidor de la causa revolucionaria.

Compartiendo los vicios de los personajes extremos están los dirigentes sobrevivientes. ¿Olga y Louis encarnan el purismo contaminado con oportunismo o el oportunismo disfrazado de purismo? Resulta irrelevante la respuesta precisa, pero los dirigentes son una especie de manos sucias finales y más vergonzosas, porque han utilizado al inocente, han convertido a las personas en instrumentos, tratan de borrar el pasado y sus propios errores colocando mentiras nuevas sobre mentiras viejas. Ellos se han ensuciado con las manos sucias de los demás. Olga y Louis encarnan la especie de una clase dirigente política, que une el purismo (aparente) de los principios con las maniobras viles de la política (esencial); carecen de un sentido de compasión por los hombres concretos, pero también terminan rompiendo su pacto con las ideas. Ellos encarnan la insinuación de la ominosa élite política llamada la “nomenklatura” estalinista. Basta comprender esta obra para convencerse de la enorme distancia moral que separa a Jean Paul Sartre respecto de las organizaciones políticas tipo los partidos comunistas de su época, aunque hubiera tenido acuerdos y cercanías temporales. La obra literaria funciona como una insinuación de las operaciones políticas reales, por lo tanto se convierte en una denuncia realista del oportunismo y la inmoralidad en la actividad política. Sin embargo, Sartre no se inclina por una condena moral simplista, sino que busca situaciones complejas como el desenlace de Hugo, quien desea reconocer un motivo ideológico para su crimen desestimando el beneficio de mantener el silencio y la opinión equivocada sobre sus actos. Seguramente, en su momento esta obra literaria despertó la alarma y el desconcierto entre los círculo afines al partido comunista, obligando al examen de conciencia. De esta manera, sin recurrir a elegías morales esta obra esconde un fuerte llamado a la conciencia, y a evitar la manipulación política de las personas, evitar su utilización como simples peones de un juego global.

LA LUCHA ENTRE ORSON WELLES Y RANDOLPH HEARST COMO SIGNO DE LA NUEVA ÈPOCA



Por Carlos Valdés Martín

Esa batalla entre titanes en el corazón de la nación más poderosa ejemplifica a la perfección los cambios de las luchas culturales, políticas, simbólicas, etc. Lo que en el Manifiesto Comunista de Marx se anunciaba como la lucha de clases, aquí lo descubrimos trasmutado por completo, como el oro se convierte en plomo y viceversa debido a la confrontación en torno a un objeto material-simbólico, que para algunos es la mejor película del siglo XX: El ciudadano Kane.

Orson Welles era el niño prodigio de la cultura de masas norteamericana; en cierto sentido un artista en el sentido clásico con dotes naturales, pero también aclamado “artista" en el nuevo sentido, porque era el personaje público de los escenarios comerciales, que redefine al “artista" para las definiciones populares del siglo XX. La cultura precapitalista formó un concepto cualitativo del artista, donde la calidad de la creación de un objeto maravilloso es lo que define al artista; la persona del pintor podía permanecer oculta, cuando lo que se presentaba deslumbrante era su objeto pictórico, cargado de magia y de maestría artística. La cultura capitalista, sin abandonar completamente el concepto anterior de artista, en paralelo forma una nueva visión, donde el encantador de serpientes en persona se convierte en el objeto del culto; desplazando la posición de magos, profetas, sacerdotes y reyes así pues el “artista" de los escenarios cautiva a las masas del capitalismo, la función de actor llega a su clímax. El dueño de los escenarios se convierte en el sinónimo del “artista" opacando a la figura tradicional del creador. Algunos personajes deberán asumir la doble tarea de ser artistas como creadores de obras y de ser artistas como dominadores del escenario público; tal es el caso de Salvador Dalí y Pablo Picasso. El mismo destino lo comparte Orson Welles, que embruja al público norteamericano desde su tierna juventud, con una audacia escénica y un manejo de los efectos emocionales que cautivan a las masas. Pero Orson Welles no se conformaba con las glorias superficiales del aplauso meramente comercial, también ambicionaba una obra trascendente, anhelaba ser un verdadero artista creador, enamorado de sus obras y sin someterse a ningún compromiso.

Con su famoso montaje radiofónico de La guerra de los mundos mostró su audacia para captar la atención crédula del público. Su éxito resultó tan desmedido que la puesta en escena radiofónica fue confundida con una verdadera invasión de marcianos a Nueva York, que trajo una oleada de pánico. El resultado de La guerra de los mundos fue tan contundente que no se volvería repetir, desde esa ocasión el público radiofónico empezó a ser más escéptico con las noticias extrañas, y también se legisló para refrenar las ficciones con apariencia de noticia.

A partir de un contrato fijo para que Welles creara tres películas para una gran empresa cinematográfica se fue fraguando la historia de Hearst. La película de El ciudadano Kane, de 1941 dirigida a sus 25 años, fue el segundo resultado de un contrato, en el cual Welles había conquistado la libertad absoluta para ejercer sus funciones creativas. En ese entonces los “estudios cinematográficos" tenían la costumbre de fiscalizar muy de cerca las funciones creativas de sus directores cinematográficos. Debido a su gran fama Welles, sin experiencia en la filmación de películas, obtuvo una completa libertad de filmar y un buen equipo de apoyo con el estudio RKC. La primera propuesta de película tuvo un sentido tan experimental (es decir, con un leguaje cinematográfico tan poco digestible para el público comercial de entonces) que el “estudio" decidió no terminarlo. Sin embargo, la segunda película, El ciudadano Kane, tendría otro destino.

La segunda película, nace de una estrecha colaboración entre Welles y su guionista. Desde su nacimiento, existe la conciencia de que hacer una cinta donde se reflejara la vida del magnate más poderoso de los periódicos en Estados Unidos representaba un grado de riesgo. El riesgo representaba viarias aristas, Hearts era rico, pero no era una riqueza monetaria cualquiera, sino que tenía en sus manos medios de comunicación y acceso a enorme poder político. Hearst había amasado una enorme fortuna y una red nacional de periódicos que ya desde fines del siglo XIX influían mucho en la opinión pública norteamericana. La importancia de esa red de periódicos había declinado en el contexto de los años cuarentas, cuando ascendían medios alternativos mediante la radio y el mismo ascenso del cinematógrafo. Los periódicos regionales (y no había de otro tipo entonces) eran los más influyentes en centros claves como Nueva York y Los Angeles. La influencia de los periódicos se convertía en influencia política, así Hearst fue dos veces diputado electo, y contendió a la Presidencia formando su propio partido, pero entonces sin suerte, por lo que dejó la actividad política directa. Pero su influencia política directa e indirecta era tan fuerte que se estima que las campañas de los diarios de Hearst fueron las que orillaron al gobierno estadounidense a enredarse con una guerra contra España en Cuba. En esa misma guerra por Cuba, Hearst contrató un regimiento y compró un barco militar para participar en las acciones de la guerra.

Con esos antecedentes era evidente que caricaturizar en cuestiones personales a Hearst significaba lo mismo que pinchar con una aguja a un oso dormido. La película El ciudadano Kane, representa una parábola con la vida de Hearst, retratando el ascenso de un magnate del periodismo, su audacia y falta de escrúpulo, hasta su encierro decadente en la soledad de la vejez[1]. De acuerdo a las anécdotas lo que enfureció a Hearst de la película no fue tanto la imagen de su persona sino el retrato de su esposa, dibujada como una mujer alcohólica inestable, destruida internamente por su relación con el magnate.

Enterado antes de que terminara la filmación de El ciudadano Kane, Hearst hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar la terminación y la promoción del film. La lucha pública en los medios periodísticos fue muy dura, tan difícil, que la consecuencia final resultó ser el final de la carrera cinematográfica de Welles, que tardó más de veinte años en volver a producir una cinta. La lucha pública convirtió a El ciudadano Kane, en una obra de cine casi clandestina, por sus enormes limitaciones para difusión, a pesar de haber sido una obre producida por un gran “estudio" cinematográfico, que debía tener acceso al gran mercado de los cines. La campaña de Hearst hizo que no fuera posible proyectar normalmente la película por amenazas de represalias económicas contra los cines locales.

Los medios de esta singular lucha son ya significativas: periódico contra película. Las organizaciones consecuentes de la lid también son significativas: red de periódicos contra estudios cinematográficos. El contenido de esta lucha también es muy representativo: la resignificación de unas vidas por medio de la obra de arte, por medio de las fantasías plasmadas como si fueran realidad en la película. Los medios de la pelea son todos: comunicación, presión política, amenazas económicas, presión del prestigio de la prensa. La resolución no deja de ser significativa: los medios periodísticos atrasados no pueden controlar al medio avanzado cinematográfico, pero pueden frustrar su eficacia. Periódico contra película es un combate entre dos medios de comunicación que son cristalización de conocimiento; son formas de conocimiento que están interrelacionadas directamente con la comunicación (más el periódico) y con la reconfiguración emocional (más a película). El combate no es en torno a una ventaja económica inmediata sino en torno a la imagen pública de los personajes. La imagen pública es el residuo de consciencia que llega al gran público a partir de las revelaciones. La imagen pública es un asunto de consciencia de masas, el residuo de consciencia que sedimento en la sociedad de masas. En vez de luchas políticas tradicionales, encontramos una extraña lucha política, en la cual es industrial de las consciencias, el magnate de los periódicos, entabla singular combate con el artista de las imágenes emotivas, el director de cine. La batalla está en el plano de las ideas, las emociones y los símbolos, con los medios de las finanzas y de la publicidad, de los sentimientos y las amenazas de censura. Randolph Hearst había sido un triunfador de ciertas luchas políticas tradicionales, promoviendo guerras, ocupando escaños de diputado aunque sin satisfacer su ambición de ser Presidente del país. Pero en el ocaso de su vida, se encuentra con una nueva clase de política, con el amargo descubrimiento de que sigue siendo un personaje público, pero muy su pesar; pues ahora se convertía en objeto de la recreación pública, figura de la imaginación de masas, como “el poderoso" enredado en su ambición. Primero el empresario político persigue el escenario de la política para incrementar su poder y riqueza, pero luego el escenario lo persigue para turbar su privacía, y para satisfacer los gustos estéticos que se forman en la complicidad entre un director y el público. La película convierte en objeto involuntario al magnate que se creía sujeto protagónico de su poderío y riqueza. El antiguo poder y la riqueza financiera no valen lo suficiente para acallar la labor de francotirador, del directo Orson Welles, que no suelta a su presa a pesar de las amenazas tremendas que pesan en esta lucha.
Como en las historias románticas el poderoso pierde la batalla contra el joven impertinente, el joven que tiene la cabeza llena de sueños, y no teme perder nada porque nada tiene. Únicamente los poderosos tienen algo que perder, la nueva generación lo puede arriesgarlo todo.
Adicionalmente, el poderoso está montado en un sube y baja espectacular, del tipo de la montaña rusa. Así, como Hearst se convierte en el más poderoso dueño de periódicos, instalándose en la cumbre de poder material de los periódicos en Estados Unidos, también vive la decadencia de su medio de poder. En medio siglo, la radio sube como la espuma, y después llega el cine, que anuncia el nuevo poderío de la televisión. El imperio del periódico como la clave para la influencia política en la nación, pierde su mejor hora en la misma vida de Hearst. Posiblemente este cumbre del poder de los diarios se pueda estimar entre 1880 y 1920, después llega la radio que gana una enorme influencia como medio de comunicación de masas y luego el cine. En 1941 ya pasó el momento de auge del periódico; entonces ya debe compartir los honores con los demás medios de comunicación.
En el sentido de la historia de la fuerza relativa de los medios de comunicación, Welles representa el triunfo del cine sobre el periódico, en una batalla que opera más sobre el plano de lo simbólico que sobre una causa política especial. En general, Welles es el heraldo de los nuevos medios de comunicación, por ser tanto estrella de radio como de cine. Esta no es una lucha política de pueblos sino de medios de comunicación, y Hearst me recuerda a Darío, quien con sus elefantes cartagineses amenazan con aplastar a los romanos, pero la estrella ascendente está con las nuevas fuerzas. El episodio representa perfectamente el nuevo papel de los medios de comunicación en la política mundial desde la mitad del siglo XX.

El objeto singular de masa (la película) es heraldo de una forma política. Mientras la película tiene una relación de singular a singular con su creador, también tiene su faz masificada, como medio reproducido masivamente, a contemplase idéntico en millones de miradas cautivas sobre el mismo film. El diario tiene otra contextura. El escrito firmado dentro del diario conserva la misma relación de autor-obra individual, pero el lector de diarios, es lector para el conjunto, no es una obra individual. El diario adquiere una contextura de objeto colectivo, como colección de escritos de un día, incluso la “noticia" tiende a ser anónima en el sentido de que no se relaciona con el “periodista como creador" sino con el hecho noticiado, que se pretende sea una verdad creíble tal cual (un hecho objetivo). El diario no es una obra individual identificable, sino más bien un flujo, un objeto que solamente mantiene vigencia por un solo día y que se identifica con una marca de producto, que es el nombre del diario. En ese sentido el diario es un objeto más típico de consumo de masas, fuera de las relaciones individualizadas.
Si los observamos como acontecimientos políticos, el diario asemeja la estructura del partido político de la sociedad de masas, donde lo que establece la relación con una masa social es un “sello" (el distintivo del partido), mientras que la película asemeja al discurso del líder político, donde la obra discurso cautiva a una audiencia, definiendo una relación personal con el auditorio y esa masa cae en estado de credibilidad, aceptando que lo dicho por “esa persona" es una verdad incuestionable. El diario ofrece una verdad cambiante, ofrece la “verdad nuestra de cada día" (la actualidad). En ese aspecto la radio y el diario comparten la misma estructura. La película no ofrece una verdad diaria, sino un discurso veraz ad eternum (para la eternidad), como una verdad de hoy para ser recordada siempre. Pero esa verdad a ser recordada debe tener una cualidad artística o dramática cautivante, debe cautivar a su audiencia lo suficiente para conservar su fuerza en la memoria. Detrás de la película y del diario, sin duda, siempre existe un trabajo de equipo, pero en la película el equipo queda absolutamente integrado en la obra, de tal modo que la individuación del director y los actores queda realzada. Creer en una película es creer en individuos emblemáticos, símbolos de la creación de la película.

Tanto una película como un diario son objetos intensamente pletóricos de trabajo humano. Pero las cualidades individuales resaltan mejor en las películas y de hecho esa es una necesidad que satisfacen: los espectadores desean conectarse con vidas ajenas asumiéndolas como propias. El periódico, preferentemente satisface una necesidad de “realidad" de los lectores, quienes se alimentan con la información de lo de hoy. El trabajo integrado en una película, para su validez, más que la cantidad importa la calidad. Solamente la calidad intelectual (que aquí significa estética) de la obra fílmica hace que ésta sobreviva; la cantidad de trabajo aquí no importa demasiado sino en el inicio (como el elevado costo de la filmación), que ya terminado pasa a un segundo plano. En el periódico la relación entre cantidad y calidad está menos concluyentemente desbalanceada, porque el periódico es un flujo y ese flujo requiere siempre de la misma cantidad de trabajo integrado (formato, papel, imprentas, etc.). Siendo el periódico un objeto de trabajo intelectual (aunque fuera de mala calidad) siempre se sostiene sobre una masa de trabajo vivo físico; por lo mismo, el periódico siempre deberá estar hambriento de una gran cantidad de lectores, que son su mercado de cada día.

En este aspecto las relaciones son diversas con la exigencia de verdad. Mientras el periódico debe ser creído como verdad (aunque su noticia fuera falsa), la película se basta con la veracidad (parecer estéticamente verdadera). En el conflicto de Welles vs. Hearst los papeles se invierten, porque el representante del medio periodístico es denunciado como falsificador de la verdad y el representante de la obra estética se presenta como el revelador de una verdad. Así, se revela que Hearst hacía ficciones y que Welles divulgaba verdades. Esto podría ser una casualidad, pero representa una estructura típica del poder en el capitalismo: los medios de comunicación manipulan la verdad para fines políticos y los creadores se sublevan contra su medio social denunciando lo que creen como verdad. Una y otra vez, en todo el globo se descubre que tales y cuales medios (antes periodísticos, y ahora televisivos) han “distorsionado intencionadamente la verdad", y aunque no se efectúe una distorsión intencionada de la verdad, la misma “estructura de la noticia" implica que el un amplio auditorio quede un “sabor a falsedad" con el consumo diario de noticias[2]. Una y otra vez, los creadores se lanzan a revelar verdades calladas por otros, por ejemplo está la amplia crítica social de las estrellas de la música de rock. La película de El ciudadano Kane funciona como una canción de protesta: la estética quiere ser verdad. Aunque una película disimula los datos de “hechos" (por pudor, no afectar la privacía de las personas, el “velo estético" o por cualquier motivo) pero revela una verdad en su generalidad. Y la generalidad es verdad y hasta puede ser más cierta que un singular “hecho", como la fórmula de la ley de gravitación es más cierta que la caída de esa manzana sobre una cabeza. En su película Welles revela una verdad general: la relación de los medios noticiosos con la población y con el poder político. Muestra que el periódico es una fuente de poder y que su dueño es un hombre poderosos, que puede “manipular" a las masas con su medio y obtener enormes beneficios personales. Con ese enfoque Welles está educando la sensibilidad y ofreciendo una visión que se convierte en política, que puede ser compartida por ciertas ideologías liberales, socialistas y anarquistas, poniendo un signo de alerta en una potencial “estructura monopólica" en el seno de la sociedad política. Porque le medio de comunicación de masas, al ser exitoso puede convertirse en una estructura monopólica, por lo tanto centro autoritario de poder.
En la sociedad de masas “democrática" de forma espontánea ocurren los dos fenómenos y se contraponen. Los medios de comunicación muy exitosos tienden a convertirse (al menos temporalmente, al menos localmente) en monopolios informativos. Así ocurrió con los periódicos locales de Hearst, luego con grandes emisoras de radio y luego con grandes televisoras o cadenas noticiosas (hoy la CNN norteamericana y la BBC británica). Pero la concentración de poder de los medios encuentra sus némesis en ciertas operaciones individualistas (que no son estrictamente individuales, sino resultado de un equipo liderado por alguien) que encuentran un desafío exitoso a su operación. En la disputa Welles vs. Hearts el triunfador fue el cineasta. Claro que son triunfos relativos, porque las operaciones desafiantes de obras individualistas que ponen en jaque ciertos monopolios informativos no han destruido de raíz esos monopolios, más bien los han debilitado. Ese es el campo de operaciones típico de la democracia capitalista, donde grandes poderes monopólicos o semimonopólicos dominan, pero son desafiados con cierto éxito por luchas menores, que sin grandes capitales ni fuentes de poder centrales resultan airosas. Que el pequeño contendiente puede “golpear" en el núcleo sensible al gran organismo es una verdad conocida por los virus, porque basta un poco de “información" estratégicamente diseñada y colocada para causar un enorme daño al gran organismo (el monopolio). En este caso resalta que el “ataque" sea generado por una creación intelectual, una película, que con su efecto de veracidad golpea el prestigio de la cadena de periódicos más influyente en su tiempo.

NOTAS:
[1]"En 1887 Hearst tomó las riendas del periódico de su padre, el San Francisco Examiner. Siendo editor del periódico, utilizó con éxito los métodos sensacionalistas, algo que posteriormente fue conocido como periodismo amarillo. En 1895 adquirió el New York Morning Journal y en 1896 empezó a publicar el Evening Journal. En unos pocos meses la tirada conjunta de estos dos diarios había alcanzado la increíble cifra de millón y medio de ejemplares. Mientras tanto, Hearst continuó acrecentando su imperio periodístico hasta controlar en 1927 una cadena de 25 periódicos en las principales ciudades de Estados Unidos. Desarrolló la International News Service, una agencia de prensa. Los artículos, las tiras cómicas y las columnas de opinión y sociedad se distribuían a todos sus periódicos para su publicación nacional simultánea. Hearst también se adentró en el campo de las revistas semanales entre las que destacan Hearst's International-Cosmopolitan, Good Housekeeping, Harper's Bazaar y Town and Country. La crisis económica de la década de 1930 obligó a Hearst a reducir sus periódicos a diecisiete." Enciclopedia Encarta, Microsoft.

[2]La problemática de la falta de verdad de los medios es compleja. El problema no es que “falsifiquen" los hechos, sino que la “verdad" que se ofrece es “pobre" por retratar hechos aislados, ubicándose en el primer nivel de la percepción en el “aquí y ahora", propendiendo a la revelación sensorial, más que al razonamiento. La noticia es más "hecho" breve y de tan breve casi mudo. El malestar corriente del ciudadano con los noticieros refleja la pobreza de “verdad" porque solamente entregan “migajas" de realidad, que son los datos generales de un acontecimiento, que tienden a aislarlo demasiado, y así asilado el hecho queda “mudo". Y en el flujo informativo puede predominar el “tono" de la noticia antes que una verdad, de ahí el género de las noticias sensacionalistas, únicamente destinadas a “indignar" o “aterrorizar" al auditorio.

domingo, 31 de agosto de 2008

“SABORIGEN”: OTRO TÉRMINO PARA EL FOLCLORE






Por Carlos Valdés Martín

Ocupado por la fea palabra de folclore[1] y porque representa un bello concepto, indagué la posibilidad de acuñar un neologismo. Después de una amplia cavilación y amplias consultas decidí por el neologismo saborigen, donde se mezcla de modo armónico y conforme al “espíritu” de la lengua lo que buscamos expresar. El término folklore sintetiza un bello término en inglés, pero en español nos dice poco y reduce el fondo de la cuestión. Pues lo folclórico se reduce a lo pintoresco que hace el pueblo, a las artesanías y bailables populares, sin embargo, se pierde el aspecto central del término anglo donde se marca un “lore” (conocimiento, acervo) que posee un hondo significado. Las raíces al escapar de su suelo nutricio quedan expuestas y se convierten en un garabato sin sentido, o lo que desemboca en materia orgánica en putrefacción. Rescatar la correcta posición de las raíces etimológica las coloca dentro del saber, de ahí los esfuerzos de antropólogos y filólogos. De hecho, ese neologismo inglés se presentó en el momento correcto y lugar justo, colocado sobre la gran oleada para el rescate de las tradiciones populares y redescubrimiento de los lenguajes locales.
A su vez, el término inglés “folklore” fue un neologismo inventado por el multifacético (arqueólogo, político y escritor) británico William John Thomson, y hasta señala una fecha exacta de nacimiento pues fue acuñado el 22 de agosto de 1846. La palabra la consideró necesaria para referirse a lo que se llamaba “antigüedades populares”. Incluso esa fecha la consagró la UNESCO el 22 de agosto de 1960 para convertirla en efeméride. El referente del folclore es ese campo difuso y vasto de la cultura que (de modo típico) no tiene autor, proviene de una tradición oral y se manifiesta de múltiples formas.
El uso de un término “tropicalizado” para el folclore resulta común en distintas latitudes y se ha practicado, aunque se mantiene como una tentativa marginal. El mismo folclore es una operación marginal, pero trascedente, pues mantiene la línea de continuidad del tiempo en los sistemas culturales (en su múltiple variedad).
Por su parte, la palabra folclore posee dos dificultades de traducción al castellano, pues la combinación “lcl” resulta ajena a nuestra sonoridad. Y en inglés la “e” final es muda, así que creamos una divergencia con el original. Por esas dificultades, resulta conveniente sustituirlo por una equivalencia mejor elaborada.
A modo de conclusión, abogo por el neologismo “saborigen” pues unifica al saber con lo originario de los pueblos. Los lugareños de cada sitio han sido llamados aborígenes, que se referían desde afuera. En algunas variaciones el “ab” parece distorsionado, entonces queda el apelativo a los originarios. En seguida, está el modo que es el “saber” en su amplia acepción. La unión de estos dos elementos establece un vínculo de importancia entre el conocer y el sujeto colectivo o difuso, desde donde aparece una virtud: saber de los originarios. En fin, resulta “saborigen” como término único equivalente a cualquiera de las palabras folclore, folklor o folclor.
   


[1] En el diccionario RAE se aceptan tres variedades que indican la indefinición ante su aceptación: folclore, folclor y folklor.

domingo, 10 de agosto de 2008

ODIN EL SABIO ENGAÑADO: LAS AVENTURAS DEL OJO Y LA ANCIANA



Por Carlos Valdés Martín

El tuerto es Rey o adquirir la sabiduría a cambio de un ojo
El valiente Odin lidera a la tribu de los dioses escandinavos. Llama la atención que estos son “dioses nuevos”, perteneciente a una nueva generación divina. Encabeza a dioses jóvenes, una nueva generación la cual enfrenta y supera a los “gigantes”, esas entidades plenas de fuerza, pero escasas de sentimientos nobles y disminuidos (finalmente) de la luz intelectual. Para desplazar a los gigantes (viejos) se entabló una lucha, estruendosa la batalla de los dioses. Este supremo Odin no nació con sus dones completos, sino los adquirió durante sus viajes y aventuras, esas capacidades supremas las fue atesorando hasta alcanzar un nivel suficiente para colocarse al frente del grupo de los dioses, gritando a los cuatro vientos con una autoridad incuestionable.
Cuenta la leyenda, de acuerdo a su verbo escarlata, conservado en la palabra escrita de caracteres rúnicos, de un Odin insatisfecho con el conocimiento adquirido durante previas aventuras. El valor y la fuerza ya los demostró, el valor empujando a una fuerza más allá de sus límites, usando las armas aceptables de entonces, principalmente un martillo militar, su herramienta transitando desde el herrero hasta el guerrero, así armando a un “ferrero-guerrero”. Sus pies no desmayaban para descubrir un portento superior, y entonces escuchó, como un eco lejano una leyenda dentro de su leyendo, y por rumores recibió la noticia de una fuente del conocimiento, un dictado de sabiduría, escondida en lo recóndito del bosque prohibido.
Fascinado por las noticias de una fuente del saber superior a las propias de los dioses jóvenes, Odin se dijo así mismo “En marcha” y se dispuso a obtenerla. El bosque prohibido, lo estaba precisamente, vedado para los dioses, acotado en los profundo del territorio de los gigantes, sus enemigos naturales. Así, además del laberinto de árboles oscuros y hostiles, se iniciaba un pantano secreto, estrechando el camino hasta una angostura única, creando un único paso, entonces guarecido por un gigante imbatible. Además de enorme, este guardián resistía cualquier golpe. El gigante resultaba imposible de vencer a mano limpia, incluso para un dios belicoso como Odin. En el vértice, justo cuando termina el argumento de la fuerza aparece la argucia para ayudar al vencedor. En vista de lo inútil que resultaría un desafío, Odin emplea sus mejores argumentos, pero el paso está completamente vedado. Pero el dios completamente decidido a obtener esa fuente de sabiduría, le ofrece una prenda imposible de rechazar, y le ofrece un gran caudal de oro además de su propio ojo en prenda y garantía de que no hurtará de la fuente de la sabiduría. Odin le dice al gigante: “prometo no abrevar de la fuente de la sabiduría, fuente que tan celosamente guardas, solamente acudiré a una consulta para cuidar de mi propia salud”.
Con una prenda tan convincente, estimable por encima de cualquier joya en un montepío, el gigante permite el paso, dejando claras las advertencias de destino para ese ojo vivo si se rompía la promesa de Odin para regresar inocentemente sin tocar la fuente de la sabiduría. Estamos en el terreno de la magia legendaria, el osado dios Odin tiene la capacidad para sacar su ojo sin lastimarlo, dejándolo delicadamente en manos del gigante. La prenda se entrega en el instante, y queda el paso franco para el dios. El gigante le advierte desde su ronco pecho: “si te atrevieras romper tu promesa y a abrevar de la fuente prohibida, en el acto destruiré tu prenda querida”.
La fuente anhelada parece un don natural, formado por un manantial al pie de una enorme peña, semejante a los manantiales naturales pero con una cualidad extraordinaria. Una vez franqueado el paso y cuando Odin alcanza la fuente de la sabiduría el desenlace, casi parece obvio. En su valiente pecho está la decisión entre el abrevar en la fuente de la sabiduría, tesoro privado de la estirpe de los gigantes (en lo demás poco inteligentes) o el mantenerse fiel a su promesa y rescatar su ojo cautivo. Evalúa la situación, sopesa el argumento, estima la importancia y ya no duda, pasa a la acción, entonces Odin bebe de las maravillosas aguas del pensamiento puro. Embriagado por su nuevo conocimiento, descubre que los dioses jóvenes superarán a los gigantes definitivamente en un primer “crepúsculo de los dioses” (göttendamerung). Luego opta por clausurar definitivamente la fuente de la sabiduría, para quedar como el último beneficiario de este don y privar a los gigantes de tal posibilidad, y entonces despeña las rocas de la montaña alrededor. Una vez hecha la elección no hay marcha atrás, queda perdido el ojo del dios, mientras se gana el conocimiento. El gran dios Odin queda tuerto, la leyenda lo recordará como el gran tuerto, quien reina entre sus congéneres, así es “el rey tuerto” ¿Es correcta tal elección? La narrativa indica una sola respuesta: perder el cuerpo para ganar el pensamiento. El pensamiento resulta superior al cuerpo, entonces buscamos su conquista a riesgo de perder la materia. Lo sorprendente del relato aparece con la pérdida voluntaria e inminente, al dejar un ojo como prenda del enemigo, como rescate anticipado de la batalla.

Las tres pruebas de poderío fracasadas
En una de sus aventuras Odin se encuentra ante un gigante, pidiéndole traspasar una enorme puerta del trasmundo. La narración afirma a esa como la puerta mayor del mundo, una inmensa puerta al tamaño de la raza de los gigantes. Una vez traspasado ese umbral, los gigantes increpan y retan a Odin a demostrar su superioridad mediante alguna hazaña. El primer reto parece menor, pues simplemente le desafían a beber vino. El vino está en un cuenco hecho de un cuerno, a la usanza regional, donde convertían cuernos de bovinos en vasos. Y ese reto pareciendo tan sencillo se complica, porque el cuenco nunca deja de manar vino. Ya sea bebiendo despacio o rápido, a grandes buches o pequeños sorbos, el líquido sigue saliendo. El dios termina fastidiando ante tanto líquido y lo escuchamos protestando con los gigantes, porque esa prueba parece poco digna de su alcurnia divina. Lo gigantes se ríen de su derrota, pero Odin no acepta terminar esta prueba abatido y entonces le ofrecen un nuevo desafío. Los gigantes traen una gran tortuga, anima fuerte pero esencialmente manso casi inmóvil, y retan a Odin para pelear con el animal. Saca el dios su arma y asesta un golpe de martillo sobre el caparazón de la tortuga. Resuena el recinto del tremendo golpe, pero la tortuga no se inmuta. Tanta fuerza coloca en el siguiente golpe que parecieran saltar chispas del caparazón durante el impacto. Al reintentarlo la mano se blanquea de tanta fuerza acumulada al apretar el mango del martillo. El animal permanece tranquilo, como si no recibiera martillazos, sigue con indiferencia los esfuerzos del dios guerrero. Y continúa la tunda de golpes. El silencio devora los esfuerzos de Odin. Como su ataque no avanza, sudando por los poros del cuerpo, el dios vuelve a protestar. Repela a los gigantes, y vuelve a invocar la falta de nivel de su rival. Una tortuga no le parece rival en tal momento. Está dispuesto a emprender una verdadera lid. Pero los gigantes se ríen por el fracaso de Odin, le gritan burlones y conminan a aceptar el fracaso, discuten y no llegan a un acuerdo.
Sin dejar de festejar ruidosamente el desaliento de Odin, los gigantes el proponen un nuevo rival, ahora sí con una persona para confrontarlo. Aparece una anciana entre los gigantes y se adelanta, que dice casi susurrando: “Nadie me vence”, retando a Odin. El dios se niega al enfrentamiento, pues no acepta combatir con mujeres y menos siendo una vieja. Sin embargo, la anciana le increpa, provoca y le ataca, lo fustiga y jalonea. De entre los jaloneos empieza un forcejeo, y se convierte en lucha. Pasan de los empujones a los golpes, y nuevamente el dios descubre, con asombro, que la anciana no mengua ni sufre mella. El dios debe volcar todo su empeño para abatir a su rival, sin embargo, incluso su martillo resulta inútil, simplemente se va cansando, agotando. Finalmente está más débil, tan agotado que renuncia a continuar el combate.
Esta vez, ya totalmente confundido, Odin acepta su derrota. Los gigantes redoblan sus risas y lo obligan a alejarse. Al salir por la misma inmensa puerta por donde entró al territorio de los gigantes, entonces interroga al gigante que lo acompaña y recibe respuestas. El gigante le dice que estaban reunidos dentro del mundo del ensueño, donde las apariencias son falseadas. Le revela el tipo de batallas y el motivo de la risa. El cuenco con líquido que nunca acababa corresponde al mar, pero el dios neciamente pretendía beber el mar, y resultaba imposible terminarlo. La tortuga a la cual golpeó sonoramente era la misma tierra, que continuaba marchando indolente a pesar del ataque del dios, y el gigante el muestra las colinas que se formaron por el batir del martillo de Odin. La anciana, le resulta lo más intrigante al dios, y se le explica que la anciana era imbatible por encarnar al Tiempo. Contra el Tiempo ni un dios está capacitado para luchar, siempre vence con su marcha perpetua, inútil combatir al Tiempo.
En este caso, burlado por los gigantes, el dios Odin representa al ego soberbio cuando pretende rebasar sus fundamentos. El umbral representa la falsa conciencia, la ilusión, cuando está promoviendo realizaciones descomunales, rebasando la medida de su naturaleza. El mar, la tierra y el tiempo representa los fundamentos materiales convertidos en totalidad; la lucha se convierte en necedad cuando cree rebasar el propio fundamento. Hasta los dioses obtienen su propia medida, con más razón las personas están obligadas a reconocer la estatura adecuada a su combate.

Comparación de ambas anécdotas
Puestas una junto con otra, ambas narraciones dejan un panorama completo sobre el tema del despertar de la conciencia. En el primero, descubrimos el ascenso desde lo aparente material hasta lo esencial mental. Para obtener la sabiduría se rebasa el territorio (tan cautivador y vasto) de la apariencia, sin embargo, aparece una condición de vínculo, porque permanece un ojo material. El dios rey queda tuerto, mantiene el puente con la apariencia, la mitad pertenece al mundo mental, y se define el balance.
En la segunda narración el dios cae bajo el cautiverio de la apariencia, pero la equivocación no es casual. Su error consiste en atacar sus propios fundamentos, causando la ilusión de la prepotencia, el ego pretendiendo superar al mundo. La conquista de la sabiduría no es suficiente, acaba en silencio por la sordera del ego. Mantener la conciencia implica reconocer el propio tamaño, quien estima al mar como una bocanada y desprecia a tierra como una especie en peligro de extinción, está destinado a fracasar. También descubrimos el perfil ecológico de la leyenda, porque el ecologismo se sustenta en respetar el fundamento material de la existencia, respetar mares y tierras, sin los cuales resulta imposible nuestra existencia. Entonces la lucha emborrachada del ego merece aplacarse con risas y burlas, el ego conquistador es un bufón ante el escucha de la verdad. Recuperar el propio tamaño es rescatar la cordura y prepararse para cantar victoria en las verdaderas batallas.

LA PITIA DE DELFOS: LA CADENA DE LA CIENCIA Y LA DEL MILAGRO


Por Carlos Valdés Martín

Las investigaciones de ciencia exacta siguen su razonamiento por medio de relaciones causales estableciendo correcta y aisladamente cada hecho. Por lo mismo, para el estudio científico se revisa cada acontecimiento y se verifica su simple existencia, así, para empezar hay dudas de un reporte, un hecho o un dato.

El Oráculo de Delfos
En la literatura griega, cuando conduce por senderos extraños o maravillosos, conviene cuestionarse, incluso donde se presume una Historia fidedigna, como la obra de Herodoto. Tal es el caso de las profecías del oráculo de Delfos. En ese santuario se estableció el culto del dios Apolo, correspondiente al Sol, y su característica notable indica a una sacerdotisa dedicada a profetizar en estado de trance. Las indicaciones narran sobre antigua caverna con una grieta en el piso del templo, por donde emanaban gases, y esa mujer denominada “pitia” o “pitonisa” caía en un trance místico, mediante el cual respondía a las preguntas recibidas por los asistentes. Las preguntas recibían usualmente respuestas metafóricas, en principio desconcertantes, y lo maravilloso consistía en que finalmente las respuestas resultaban completamente acertadas. La convicción de los vaticinios acertados de la sacerdotisa del Oráculo de Delfos resultó una institución fundamental entre los antiguos griegos. Este Oráculo resultaba un eje religioso pero también social, cultural y hasta precisamente político. En el relato de la historia griega resulta trascendente este Oráculo para la decisión que afectó el curso de los grandes eventos, por ejemplo, en las decisiones para enfrentarse contra el enorme poderío de los ejércitos persas de Ciro y sus sucesores. Según los relatos, la acertada intervención permanente de la pitonisa unificaba a los griegos clásicos, y esta unidad relativa (porque ellos se organizaban en ciudades-Estado separadas) les permitió sobrevivir ante enormes peligros externos y alcanzar los logros de su época clásica.

La tortuga y el cordero en el caldero
Llama la atención dos situaciones casi inverosímiles para la ciencia: el permanente prestigio de este Oráculo sobre sus predicciones certeras durante siglos. Debería resultar más fácil fallar y caer en desprestigio. Ciertamente, sirve de escudo el estilo críptico o metafórico de los mensajes del Oráculo, sin embargo, para los contemporáneos permanentemente les parecían acertados, hasta un nivel de lo increíble. La reverencia y aceptación de esta institución resultó inamovible durante siglos, incluso los cuestionadores profesionales, los filósofos, resultaban sumamente cautos ante esta institución. Según Herodoto los reyes, bajo el signo desconfiado de su poderío, probaban repetidamente al Oráculo, y en una amena narración nos indica que el rey Creso ansiaba saber cuál de los muchos oráculos existentes en ese periodo encerraba el verdadero don profético, así envió a diversos emisarios a lejanos sitios. El encargo de Creso consistió en preguntar a cada oráculo ¿qué está haciendo el rey en este día? El rey preparó en completo y riguroso secreto una actividad imposible de atinar por azar. Si alguien adivinaba sería solamente por una verdadera visión mística, ya que nadie tenía noticias de su actividad secreta. De todos los oráculos le satisfizo enteramente a Creso el de Delfos y otro también le agradó parcialmente. Herodoto narra indicando la respuesta textual de la pitonisa: “Sé del mar la medida y de su arena/ el número contar. No hay sordo alguno/ a quien no entienda; y oigo al que no habla/ Percibo la fragancia que despide/ La tortuga cocida en la vasija/ de bronce, con la carne de cordero/ teniendo bronce abajo, y bronce arriba.”[1] El rey Creso de Sardos quedó convencido porque este gobernante, precisamente, para su prueba ese día en completo secreto cocinó un inusual guiso, mezcla de tortuga y de cordero, encerrados en una vasija de bronce cuidadosamente cerrada. Ahora bien, simplemente tenemos el testimonio de Herodoto, sobre quien puede creerse o dudarse, pero parece un relato difícil de inventar, precisamente por eso le confiere notoriedad.
Una vez convencido de acierto del Oráculo délfico procedió Creso a consultarle sobre los temas delicados del Estado, guiándose para la organización de sus alianzas y del enfrentamiento con los persas, dirigidos por el gran Ciro. Ahora, bien en el mismo relato, deja claro Herodoto, que este rey Creso con alguna siguiente profecía se auto-engañó con su interpretación, en una especie del engaño de las intenciones. Una vez terminados el suceso, al autor y a la opinión ordinaria de los griegos les pareció que el Oráculo volvió acertar, y el error recayó en la mala interpretación de Creso.
Ahora bien, este tipo de aceptación de la devoción mediante pruebas proféticas contiene un problema: en la próxima falla se abandona la fe. A diferencia de devociones que no requieren de comprobación próxima futura, la profetización exige de mantener su acierto. Entonces resulta una fe por las pruebas, con una singular mixtura de devoción y escepticismo. De hecho, el pensamiento griego es precursor de la filosofía y, con ella, del raciocinio y del escepticismo. De tal modo, que la convicción en este Oráculo está basada en una actitud ya cercana a la ciencia: la predicción debe comprobarse en el hecho.

La repetición de lo difícil se convierte en lo imposible
El acierto de cada predicción montada sobre un lenguaje alegórico, y por eso parcialmente oscuro, contiene alguna probabilidad. Como probabilidad esto implica un azar. Mientras más específica sea la pregunta y menos probable se presente la respuesta más lejos estamos de los eventos probables, avanzamos una casilla hacia lo difícil de ocurrir, como en el caso de la tortuga y el cordero. Luego, si estas dificultades de ocurrencia se siguen repitiendo alcanzaremos el terreno de lo imposible. En efecto, la continuidad del prestigio de este Oráculo se remonta hasta lo imposible.
Ahora bien, la comprobación exacta de cada uno de los acontecimientos relacionados con el Oráculo implica dificultades y hasta la imposibilidad absoluta. Sobre el relato de la indagación de Creso para descubrir cuál de los oráculos resultaba mejor, resulta imposible preguntarle al protagonista, y el relato ya proviene de segunda mano. Incluso la investigación arqueológica empezará por preguntarse si efectivamente existió ese tal Oráculo de Delfos. Los trabajos arqueológicos de campo sacaron a la luz los restos conservados del Templo de Apolo, el sitio de las profecías. En la actualidad no existe una caverna o una grieta desde donde se desprendan gases subterráneos, los cuales, según los relatos inspiraban a la sacerdotisa pitia y la ponían en el trance profético. Otras investigaciones modernas indican que por ese sitio exacto coinciden dos fallas geológicas, de tal modo que en ese sitio seguramente se abren o cierran grietas subterráneas por los sismos tan frecuentes en Grecia. Asimismo, la estructura actual de las rocas del sitio indica restos de emanaciones de gases de etileno, los cuales producen un efecto euforizante en quienes los respiran. Cada uno de estos tres eslabones representa investigaciones empíricas, las cuales simplemente abonan hacia la existencia del Oráculo de Delfos protagonizado en ese sitio, donde se descubrieron los restos del templo de Apolo. Esto otorga un poco de confiabilidad al relato de los hechos, pero también nos coloca sobre el filo de lo imposible, al establecer una relación de conexión entre cierto tipo de falla geológica convergente, unos gases emanados del subsuelo, el efecto psicotrópico en el cerebro de las sacerdotisas (a lo largo de siglos fueron varias personas) y unas profecías metafóricas en las cuales creyeron los griegos durante siglos.

La cadena de los milagros
La concatenación de sucesos de difícil ocurrencia va arrinconando las posibilidades hacia cifras cada vez más insignificantes, hasta alcanzar un terreno inferior a lo pequeño y colocarnos sobre el filo de lo imposible mismo. Incluso la reducción de las posibilidades acontece muy rápido y las mismas explicaciones escépticas pierden su encanto. El tema de los gases subterráneos y la sacerdotisa inspirada resulta sumamente problemático. ¿Cómo es posible que unos gases subterráneos ofrezcan un efecto tan exacto y mesurado, como para inspirar a una sacerdotisa sin matarla, enfermarla o enloquecerla de modo evidente, etc.? ¿Acaso los gases terrestres no varían en composición, no resultan tóxicos definitivamente, etc.? El tema ofrece demasiadas probabilidades en contra de que la respiración de gases subterráneos se conserve durante siglos en un “saludable equilibrio” para producir profecías sensatas o de apariencia creíble. Si esto alcanzara a ocurrir resultaría más que extraño. Luego quedaría sin explicación que tales gases sirvieran para favorecer un don profético de tanta utilidad durante siglos de historia griega. Bajo este lado de la argumentación, esta probabilidad resulta increíble: que unos gases cavernosos tuvieran tales efectos psicotrópicos positivos y controlados durante siglos, suficientemente benéficos para generar una inspiración de tipo histriónica en unas mujeres seleccionadas para profetizar y tales profecías resultaran perfectamente creíbles y convincentes entre un pueblo como el griego tan cultivado y analítico, incluso el mismo pueblo de los padres del escepticismo. De hecho, esta sería la cadena de argumentos ordinaria propuesta por la ciencia histórica, en vistas de un fenómeno del tipo del Oráculo de Delfos. Una vez comprobada la existencia de tal Oráculo y sus profecías no quedarían muchas opciones distintas para interpretar desde un punto de vista escéptico científico. La contraparte de una cadena argumental también resulta débil (en especial, por la distancia con tales acontecimientos, de los cuales solamente poseemos noticias gruesas, falta de detalles y elementos para precisar), una cadena que incluya cualquier tipo de interpretación sobrenatural. Ante tantas dificultades para explicar el éxito de la pitia resulta más sencillo engarzar directamente con las hipótesis sobrenaturales, y efectuar una interpretación inteligente elevándose sobre las creencias simples. Sin profesar culto a los dioses de Grecia antigua ahora debemos jugar con nuestras hipótesis naturales o sobrenaturales para ahorrarnos la pena de crear cadenas tan complicadas como la ofrecida por la ciencia arqueológica. Resulta más sencillo mirar sin desprecio la hipótesis de una facultad profética bastante extendida entre las sacerdotisas de los griegos, aunque claro, invariablemente las profecías permanecen veladas suficientemente. La profecía más certera debe ser la menos escuchada o aceptada, de lo contrario sus beneficiarios y víctimas procurarían torcer rápidamente los hilos del destino: uno de los temas favoritos de la literatura griega ejemplificada por Casandra princesa de Troya y Layo padre de Edipo.

NOTAS:
[1] HERODOTO, Historias, Libro Primero, p. 33-34