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lunes, 11 de febrero de 2013

EL ARTE LITERARIO A LA LUZ DE LA TOTALIDAD CONCRETA DE LUKÁCS



Por Carlos Valdés Martín





Georg Lukács puso en el corazón de la interpretación de la literatura a la “totalidad concreta”[1], expresando un anhelo de “sabiduría moderna”, porque la exigencia intelectual de este pensador fue la búsqueda de la totalidad concreta; meta final del pensamiento, equivalente marxista a lo que se llamó la sabiduría en términos tradicionales. El ideal de la sabiduría antigua fue la revelación, por medio de la cual el sabio captaría todo y, sin mayor rodeo, penetraría hasta la última esencia, por lo que su modelo fue el intelecto de Dios. En términos modernos, conocer la totalidad concreta implica captarlo todo, pero no en vaga nebulosidad sino en sus detalles vitales y la profundidad de sus aspectos; además, la totalidad concreta resume más que la suma simple —cual enciclopedia de hechos agregados—, pues es la revelación de una unidad superior y relación estructurada que permite conectar cualquier campo de ese universo revelado. Para Lukács su totalidad no pretende alineación totalitaria, sino libertaria[2], pues esa moderna versión no busca vanidosamente estacionarse en lo absoluto y esa totalidad tampoco es estática ni religiosa, sino agitada y terrenal. En fin, con esa herramienta dialéctica Lukács procura interpretar a la literatura.

El arte como realidad
Para este razonamiento es crucial definir que ningún conocimiento aislado es tan verdadero, sino que debe hilvanarse dentro del conjunto[3]; pero el argumento va más lejos, porque la captación sensorial y emotiva se liga a ese conjunto total. De este modo, el enfoque de Lukács sobre la literatura no se basa en la sensación y emotividad, sino en una objetividad y revelación completa, tal como lo explica en su Significación actual del realismo crítico.
Para vincular la totalidad concreta con el fenómeno literario cabría ensayar múltiples vías[4], pero para Lukács los caminos empujan hacia una única dirección, según el adagio “conducen a Roma”, es decir, hacia la sede del todo. "Pero el centro, el núcleo de este contenido (literario) que determina la forma (literaria), es siempre en última instancia el hombre. Cualquiera que sea el punto de partida directo, el tema concreto, el fin inmediato, etc., de una creación literaria, su esencia más honda se expresa en la pregunta: ¿qué es el hombre?"[5]. La creación artística que pudiera entenderse como alejada y desentendida de la filosofía (teoría de lo social) va hacia lo mismo, porque cualquier punto de partida conduce al mismo fin, hacia una esencia de tipo filosófico de revelación profunda y desemboca en la pregunta esencial por el ser humano. De ese modo, para Lukács el arte no se ubica principalmente en el reino de la imaginación, sino en el reino de la inteligencia, y el artista se presenta en calidad de teórico involuntario y obligado intérprete del mundo en profundidad, ya que está forzado a responder por la esencia del hombre, que es la suya propia.
En este enfoque el arte adquiere una seriedad y repercusión socio-política tan densa cual esfera de Parménides, porque no hay escapatoria. El arte está, desde su cuna, comprometido en el devenir del mundo y nada valioso surgirá al esquivarlo, como no sea decaer, languidecer y traicionar a su naturaleza sublime de arte realista[6].
Digamos, entonces, que para Lukács el arte literario verdadero siempre es realista. Simplemente lo divide en dos sectores: gran literatura del ámbito burgués (que, forzosamente, para resultar grande debe de ser crítica) y el realismo socialista, que (no está demás adelantar el género privilegiado para el teórico) también debe contener elementos críticos (autocrítica social digamos).
En esta perspectiva, el arte se convierte en un asunto impresionantemente serio e inevitablemente conceptual y teórico. Comentamos que, si bien, es válido que el crítico literario vincule y revele por completo el nexo entre obra, creador y mundo, de tal modo que se establece una rica y completa teorización sobre lo esclarecedora que resulta la obra de arte, como espejo revelador de la realidad total comprometida por medio de su creador. Pero de otro calibre es considerar que el literato efectivamente deba siempre generar (en cada producción) una idea completa del hombre en su realidad completa. Digamos que se emite una petición excesiva de realismo, que únicamente algunos autores de una especial tendencia literaria cumplen. Para llegar a este punto la objetividad del arte predomina sobre su subjetividad, su efecto generador de una verdad domina sobre su creación del deleite, su resultado educativo domina sobre su efecto placentero. 

El arte como totalidad concreta
Debido a que el arte decisivamente refleja la realidad, el ideal estético de Lukács se acerca a lo monográfico, al despliegue completo de aspectos y la presentación de la multiplicidad reveladora. Si esto se entendiera rigurosamente, se trataría de una representación extensiva del artista. Pero ese ideal estético raramente ha sido cumplido. En algunos casos de autores realistas del siglo XIX hay tal pretensión de mostrar esa totalidad, tal es el caso de La comedia humana de Balzac y también existe un ideal monográfico en obras de Emilio Zola. En sí, el proyecto es grandioso, pero pensado en sus consecuencias es imposible, por lo que la mayoría de las obras literarias deberán contentarse con un trozo de vida. Si las obras artísticas no se conectan por el lado extensivo directamente con la totalidad, como opción entonces deberán de contener una "totalización intensiva". Esa idea de la totalidad intensiva es el secreto de su idea de lo típico en la literatura[7]. Para Lukács los personajes y situaciones deben de buscar el rango de lo típico y representativo, porque lo típico de modo particular encarna a su tiempo, no se trata de una particularidad cerrada que esconde su sentido, sino que remite directamente a su ambiente, revelando algo así como su emblema. Por cualquier lado que miremos el problema del realismo estético está dominado por el sentido de la totalización, la capacidad para representar estéticamente y remitir a los secretos revelados. Lukács dice: "Allí donde actúan tendencias genuinamente artísticas, el punto de vista de la totalización es, cada vez más, una pauta para plasmar un elemento concreto de la vida, valorando sus determinaciones decisivas particulares lo más cerca posible de una totalidad intensiva"[8]. Muchas veces se piensa que lo concreto está irremediablemente opuesto a lo general y al conjunto, pero en la concepción dialéctica de Lukács esto no es así, sino que lo concreto, como la obra de arte, remite y revela lo abstracto y el conjunto.
Este enfoque de la literatura busca desentrañar en el gran arte las dimensiones básicas de la totalidad concreta. Su dimensión intensa, que es la propia, marca lo típico en el arte, el modo en que lo particular se vuelve concreto y ejemplar, que bajo otro matiz podemos concebir como su dimensión profunda pues se trata de establecer una dialéctica de fenómeno y esencia para contemplar lo detalles y lo esencial. Además, en esta totalización estética estarán implicadas su dimensión de extensión se busca al correlacionar la obra con la totalidad de la problemática humana, con sus verdades y su dimensión dinámica se busca al ubicar los problemas de la perspectiva literaria, el movimiento interno y su liga con las perspectivas ideológicas.

El infinito suprimido
La multiplicidad de la vida es infinita y el artista posee la sensibilidad que capta tal desbordamiento. Esto se contrapone con una selección de los detalles, cada obra queda limitada, una palabra tras otra, una frase tras otra, las líneas siguiendo y únicamente un asunto cada vez, que se va ligando con otros, hasta generar una obra que abre un encuentro de esa multitud. Pero una enorme porción del mundo queda afuera: entonces siempre hay un principio de selección, un rasero para tamizar lo inacabable.
Veamos otro segundo choque de infinitos: para Lukács el estilo literario puede ser formalmente ilimitado, por lo que debe de quedar restringido con los límites de la objetividad a la que responde, el reflejo que es lo real y se remite. La mera disponibilidad del estilo, su infinito formal, debe de sujetarse a la mejor representación de lo real (lo que es, es). Existe un principio de selección para contener tal desbordamiento, donde Lukács se manifiesta partidario de la idea de Max Lieberman "dibujar es suprimir". La tarea del artista es seleccionar lo importante y suprimir lo no esencial.
Ante la captación de un infinito sin jerarquías, sin distinción entre lo importante y lo accesorio, el artista debería de ejercer una disciplina con el rigor estético de la distinción. El naturalismo, en la visión de Lukács, sería un arte sin distinciones, al que cualquier detalle le parece aceptable, porque pretende captar fotográficamente. Por eso mismo, el arte no debe reflejar la totalidad agregando mecánicamente partes, sino seleccionando el punto vital: lo típico. Y de esta manera el infinito suprimido sobrevive como referencia a la totalidad intensiva.

La posibilidad concreta
Una mente artística poseedora de un gran horizonte (a fin de cuentas, la totalidad concreta) debía de reflejarlo en el modo de abordar los detalles, porque en la justificación de los detalles reside la diferencia entre el arte verdadero y la decadencia. Dice: "la descripción concreta de la posibilidad concreta presupone una descripción concreta de hombres concretos en concretas relaciones con el mundo exterior"[9]. Se trata de distinguir dos tipos de posibilidades, las abstractas (las vagas alternativas, que se esfuman como el humo) y las concretas (las  efectivas opciones sobre las que se puede decidir) a partir de las cuales efectivamente los seres humanos decidimos. Es la navaja de la libertad, que sacude el humo de las ilusiones. El existencialismo de corte kierkegaardiano y junto con él la literatura de "vanguardia" se ha deleitado con el tema de las posibilidades abstractas, con ese aparente horizonte ilimitado de disponibilidades que se abre ante el sujeto como sus opciones. Para algunas filosofías de la existencia y autores literarios tales posibilidades abstractas son una plétora de riqueza (la libertad misma) aunque no se conviertan en acción, aunque se estén “pudriendo” en el abismo de la abstracción y de la impotencia. Lo menos que diría Lukács de esto sería condenarlo como una "riqueza ilusoria", pero más precisamente lo considera decadencia. La dramatización de la potencia de la libertad, en el enfoque tipo Kierkegaard, en efecto tiene mucho de metafísico, y el prolífico Hegel resultaría tener más razón contra ese su alumno rejego. Aunque, no parece percatarse Lukács, precisamente las potencialidades ilimitadas dibujan una dramatización, y desde ese punto ya acumulan un material adecuado para la literatura, y dan tema para novelarse, como en La náusea.

El tipo humano de la decadencia
La trágica situación del individuo aislado, fue un punto que Lukács procuró revelar con tino y hasta denunciarla como resultado de una sociedad enajenada[10]. La situación vital (y de ahí intelectual) del individuo aislado lo incapacita para captar la totalidad concreta. En cambio, la soledad es una situación adecuada para un drama y de ahí proviene el dramatismo de la literatura "decadente". La temática del orbe decadente en Lukács se narra en muchos matices como la impotencia ante un ambiente aplastante, el sentimiento de angustia, el culto por lo patológico y la parálisis del tiempo. Desde el punto de vista sociológico, el argumento es impecable: a partir de un mundo desgarrado, de humanos separados y en choque, se genera una perspectiva vital e intelectual que es "reflejada" en la obra literaria de la corriente llamada vanguardia.
Por excelencia, Kafka —me parece— es el literato capaz de expresar esa tragedia del aislamiento impotente del ciudadano en situación límite (perseguido, marginado, enfermo). A su manera, Lukács también retoma a Kafka como clímax del vanguardismo. En el filósofo hay un sentimiento de horror sin disimulo por la situación del individuo impotente que magistralmente refleja Kafka. Describe la antípoda del ideal profesado por Lukács, quien pretendió que mediante el conocimiento “total” y la práctica solidaria los individuos jamás estarían desgarrados en impotencia, sino disfrutarían un despliegue de sus capacidades de modo solidario y práctico, es decir, profesó un ensueño de militantes comunistas perfectos.

Las moscas de patitas rotas o la impotencia ante un mundo aplastante
La experiencia literaria de Kafka ha captado hasta el tuétano ese sentimiento de un poder hostil, que arrolla a los humanos bajo su paso indiferente. En su novela, El proceso cuando el protagonista es llevado hacia su ejecución narra: "Se acordaba de las moscas que con sus patitas rotas quieren escapar del papel engomado". Las circunstancias son invencibles y nada logra el protagonista, la realidad aúlla cual una extraña enemiga. El sentimiento que destella con esto es intenso y desolador, describiendo una angustia concentrada, tal cual surge desde la experiencia vital del vanguardismo: la angustia ante el universo.
Casi nada desagrada más a Lukács que esa hostilidad imbatible del entorno, que sería una especie de imagen oscura de la totalidad concreta, su sombra siniestra o gemelo maligno: doppelgänger. Tan interesado y comprometido en la generación de circunstancias radicalmente nuevas, bajo su ideario comunista, ese fatalismo de la impotencia le repelía. La premisa de Lukács era la recreación humana de un medioambiente humano y entonces no podía aceptar las tesis de la caída original o del mal insuperable en la raíz de la vida. En un horizonte como el mostrado por la literatura de Kafka la fatalidad adquiere un tinte cercano a lo sobrenatural y casi religioso. La autoridad que persigue a Josef K., el personaje de El proceso, flota más allá de cualquier apelación terrestre y su nimbo brilla casi sobrenatural. También la autoridad que habita en El Castillo se amuralla inaccesible para los mortales, pero un Dios oscuro implica la nada, porque los personajes carnales nunca acceden hasta el secreto de esos poderes inaccesibles, al mismo tiempo que su existencia depende de lograr acceso a tan evanescente secreto. La vida de Josef K. depende de que acceda ante los jueces, para que su inocencia se reconozca hasta esa altura, pero jamás lo logra. El agrimensor busca salir de su laberinto de equívocos ascendiendo hasta la comprensión de la verdadera administración del castillo y nunca lo logrará. "Así, el ‘Dios' oculto e inexistente de Kafka obtiene un colorido espectral porque como inexistente es la base de lo que existe: de ese modo la verdadera realidad revelada en detalle se vuelve espectral a causa de la sombra de una dependencia semejante"[11]. Aunque Kafka muestre un entorno realista presente en cada detalle, según vivencias diarias bajo el Imperio Austro-húngaro, Lukács afirma contundente que se ha vuelto fantasma[12]. Las descripciones efectuadas no bordan un simple naturalismo, detalles elegidos al azar o una materialidad en bruto, sino que precisamente se eligen para demostrar una trascendencia, un sentido, que invariablemente es la anulación del individuo, mediante la alegoría estética que lleva hasta la profundidad de la nada; porque en Kafka cualquier escena cotidiana contribuye a informar sobre un presente de pesadilla.
En ese horizonte, descrito por Kafka —no solamente como una ficción que magnifica al extremo cierto aspecto, sino como su realidad— no hay lugar para la esperanza y el sentido. Cuando Lukács dice que la nada es la trascendencia que explica las razones y relaciones de sus personajes, indica que el escritor ha vivido la experiencia del sinsentido a profundidad.[13] Si la explicación del proceso judicial que conduce hasta la muerte a un personaje es su trascendencia hacia la nada, entonces no hay explicación, sino nihilización. La vida real de los condenados o la burocracia ciega dominando a la sociedad son los canales comunicantes que hacen de esa literatura una llamada al insomnio.
Las moscas sobre el papel engomado se agitan sin lograr zafarse, la agitación febril de las alitas es una vana ilusión, que indica más patéticamente su proximidad con la inmovilidad de la muerte. De igual forma, las tareas sin sentido son verdaderamente una íntima inmovilidad, como el condenado que se pasea nerviosamente en su celda antes de ser ejecutado o como el funcionario que visita afanosamente la oficina equivocada entregando una petición improcedente. Este sin sentido de la actividad inhumana se acentuó por efecto de la más activa de las sociedades, desde la modernidad hasta la actual, pues el auténtico dinamismo de la actividad depende de una perspectiva. Afirma Lukács: "todo dinamismo auténtico del hombre presupone un significado, al menos subjetivo, de su actividad: mientras que la falta de una orientación, la pérdida de sentido, como concepción del mundo, reduce todo dinamismo a mera apariencia e imprime al conjunto un sello de la pura estaticidad (sic)"[14], aunque cabría objetar que la experiencia estética salta las barreras del tiempo y se permite señalar su inexistencia mediante las paradojas señaladas por Borges.[15] En efecto, el microcosmos literario de Kafka transcurre como paralizado en el calendario, el transcurso de sus narraciones recorre una pesadilla, donde la fatalidad quedó sellada desde un inicio; así, el inocente Josef K. por principio es detenido, ya es un condenado y su proceso es inapelable[16].

La norma de lo anormal
Lukács encuentra en el vanguardismo literario una preferencia notable por lo patológico. Se reconoce que hay patología en el mundo, que surgen las respuestas desesperadas y los gritos hacia el vacío de la locura. En muchos vanguardistas, Lukács mira una predilección por lo excéntrico y lo anormal; el sufrimiento de la soledad, y la situación del personaje arrojado en el mundo (estado "yecto" de Heidegger[17]) se convierte en el principio de selección. La obra vanguardista buscará sus Raskólnikov como tipos literarios adecuados para recrear su realidad.
Esto pareciera un matiz de mera preferencia, porque el escritor realista aceptado por Lukács deberá incluir en su mundo literario los casos extremos, es decir, a los desquiciados de su mundo. Pero el asunto toma un sesgo distinto cuando, en afán de tocar fondo, Lukács ataca a Freud tomando partido por Pavlov. Reprocha a la psicología freudiana basar su modelo sobre lo patológico para explicar la vida psíquica normal, cuando debería obrar al revés, según plantea el conductista ruso Pavlov. Claro, que se objetaría que el modelo del conductista ruso menos describe al hombre normal, sino un nivel inferior (mecanismo, biologismo) como sus famosos perros y que Freud obtiene una mejor perspectiva para explicar al sujeto normal en base a un neurótico, en vez de intentarlo con el líquido gástrico del perro. También se rebate directamente la objeción de Lukács, diciendo que la base clínica sustentada en las deformaciones, afecciones, dolencias, ha sido trascendida por el psicoanálisis para crear conceptos generales, que corresponden tanto al estado normal como al anormal de la conciencia.
Dejando de lado el cuadro general de la psicología, en algo acierta Lukács, pues existe un campo ideológico de sustento para una fascinación por lo patológico. Los modernos tenemos la costumbre de solazarnos en el pensamiento de los locos, con una mezcla de sentimientos que capta una atención hipnotizada. La situación de un artista loco llama poderosamente la atención y contribuye a su popularidad, por ejemplo la locura de Van Gogh se ha convertido en mención honorífica. Esa “locura genial” tiene su imán y elogio, pero no sucede igual ante la locura simple y escasea la simpatía directa ante los perturbados ordinarios. A los lunáticos reales se les sigue encerrando en manicomios, sin que al gran público le cause sentimientos de incomodidad. Se le otorga simpatía a una imagen nebulosa del loco, un juego romántico sobre lo “cool” que sería salirse de las casillas y donde el lunático simboliza un deseo de escapar del orden. Por ese lado Lukács presenta una argumentación importante, él dice que existe una polaridad entre la banalización de la vida cotidiana y la excentricidad. La vida cotidiana de la sociedad capitalista, en efecto, para millones de desafortunados, significa un desierto sin oasis, en un espacio de repeticiones tan aburridas y sin incentivos. Como contraparte al “desierto”, se busca una salida, aunque sea ilusa, en la excentricidad que en su modalidad radical alcanza a la excentricidad mental de la patología. En ese sentido, la huida hacia la psicosis (y admirarla) implica una protesta contra la abyecta cotidianeidad, aunque incluso la protesta se narraría como borrada en una expresión literaria, donde simplemente así son las situaciones: de un lado son tediosas y, del otro, desquiciadas, como en El extranjero de Camus[18].

La obligación realista y el callejón sin salida
Lukács apela a una objetividad estética como el límite propio e interior de la creación artística. Lo importante de ese argumento es que tal objetividad estética correspondería con la objetividad del mundo y sus categorías, situación que Lukács considera imposible de rebasar. El elemento lúdico del arte queda subordinado al elemento racional, de reflejo real del mundo real, donde afirma: "Ni el carácter social ni la historicidad de los momentos de la vida, ni sus nexos dinámicos, son aspectos meramente subjetivos que el escritor pueda aceptar o rechazar a voluntad (...) sin poner en peligro el ser y el devenir que les pertenece (...) las formas y contenidos objetivos de los objetos de la obra literaria, llegarán a marchitarse, a deformarse, si esos aspectos precisos y concretos se disuelven subjetivamente"[19]. Por ese medio él ha establecido una identidad (fuerte, absoluta, indisoluble) entre las categorías generales del ser y las sustancias de la historicidad con la objetividad del arte. Esa “objetividad del arte”, entonces requiere de fidelidad con la esencia de la historia definida en el cambio. Por eso, él le exige perspectiva al arte, un movimiento dinámico de cambio, una dirección y una respuesta a la pregunta de ¿hacia dónde?
Para que esta argumentación de Lukács sea sostenible, aunque sujeta a cualquier dosis de cuestionamientos, debe de existir una dimensión estética lista para que el artista la refleje. No es casual que Lukács use el término de "reflejo" para referirse a la actividad estética. Pregona una teoría del reflejo "dialécticamente habilitada"[20], donde su polémica con el naturalismo nos previene de un exceso hasta una interpretación fotográfica del arte. La premisa de esto implica que la belleza ya habita en el mundo. Lukács considera que la gran obra no debe perder los detalles y los personajes típicos adecuados reflejarán un canon de riqueza expresiva. Por eso, no acepta la disolución del nivel estético con sus detalles concretos bajo la óptica de la subjetividad. Por eso en la literatura, Lukács se declara partidario decidido de dos tipos de realismo: es realismo socialista para el Este de Europa y realismo crítico para los países capitalistas. Queda suficientemente claro que su punto importante gravita alrededor la relación de la obra con la realidad del mundo y con su verdad objetiva. ¿Es un criterio adecuado a la estética poner el eje en el grado de verdad expresado como "realismo"? La respuesta deben encontrar una disyuntiva directa: ¿sí o no? De entrada, cabe perfectamente pensar que el filósofo emplea un criterio ajeno a la esfera del arte. Utiliza un criterio de verdad y, si consideramos la cronología que ha enturbiado el asunto, nos encontraremos que bajo la clasificación de literatura del "realismo socialista" existió una pretensión gubernamental de clasificar la “verdad”[21] en la esfera del arte, como mecanismo burocrático para controlar a los artistas y, en especial, contar con el derecho de perseguir y censurar los elementos literarios cuando criticaban al sistema estalinista. En ese aspecto Lukács denuncia los excesos y las persecuciones contra artistas por motivos de divergencias de opinión, ataques que él explica como un sectarismo de los burócratas, dirigentes del Partido Comunista en el poder. Rechaza Lukács las resoluciones fáciles de los conflictos expresados en las obras literarias sobre el socialismo; rechaza la obligación del "happy end" en el llamado realismo socialista. A pesar de esas críticas, Lukács se manifiesta convencido de la superioridad intrínseca del realismo socialista respecto de cualesquiera corrientes literarias y dice: "Estas consideraciones parten siempre de la superioridad artística, condicionada históricamente, del realismo socialista"[22]. Esta superioridad parecería argumentarse como definición a priori, aunque para Lukács no queda corroborada en toda y cada obra particular, sino como la posibilidad de principio de una perspectiva más rica, más totalizadora y más concreta. Dicho de manera cruda, el argumento desemboca en lo siguiente: como Lukács está convencido de la superioridad del régimen social socialista, y suponía que la U.R.S.S. encarnaba ese régimen, entonces su expresión literaria poseería la superioridad literaria por principio (potencia). Así, la sociedad socialista con una proyección hacia el futuro debía de expresar un valor literario positivo y superior. Define un principio literario positivo porque afirma a los proletarios, quienes construirían su porvenir bajo un marco sin antagonismos, por ello deben prevalecer las cualidades humanas positivas. Así, Lukács habla favorablemente de los prototipos positivos que presentan esas obras en contraposición con el patético cuadro de la narrativa que él llama literatura decadente, donde su personaje típico encarna al individuo solitario que destila espantosas angustias. Comentemos desde nuestra perspectiva, que esa literatura del llamado realismo socialista facturó falsos héroes positivos, tipos acartonados que cumplían función semejante a cómics del mercantilismo, como proyección fantástica para endulzar las miserias presentes o la irradiación melosa de un más allá ideológico[23]. Si algo alarma del balance del llamado realismo socialista es una carencia de realismo, por su mezcla indigesta entre el naturalismo y la propaganda, con predominio de la última. Adicionalmente, en el motivo de la superioridad del realismo socialista sobre las demás corrientes Lukács presenta una argumentación interesante sobre el trasfondo filosófico de las obras. Un realismo con sello crítico de entrada se oponente al ambiente que describe, su labor de un bisturí atravesando un tejido social al cual contraviene. El realismo socialista debió de implicar, un contenido positivo y de afirmación del ser que nacía, reduciendo las críticas a la esterilidad. Algunas críticas deberían subsistir bajo ese realismo socialista porque esa sociedad arrastraba contradicciones (se creían herencias del pasado), pero la crítica jamás debía ser medular, pues el filósofo miraba "contradicciones no antagónicas". El elemento de cuestionador del realismo crítico burgués Lukács lo destaca a un nivel más profundo, porque se ceba sobre contradicciones antagónicas, que únicamente se solventarán por vía revolucionaria. Para que la crítica del realismo burgués sea efectiva debe de contener una perspectiva superadora (un horizonte para ver más allá del capitalismo) o, al menos, no hostilizar contra una perspectiva de cambio.
Haciendo el balance final, concluimos que poner el eje del arte en ese criterio de lo realista falla por dos costados. Por el lado del crítico interior, cuando ese criterio desemboca en un asunto propio del teórico y no del artista. Son periodos delimitados cuando un interés por un reflejo verosímil de la realidad domina en el arte y no en todos los campos, sino exclusivamente en segmentos como la literatura, pero el predominio del realismo marca una singularidad y caso restringido. De plano resulta falsa la tesis de Lukács que todos los grandes literatos han sido realistas, y una prueba elocuente está en el mismo Kafka. Por un lado, Kafka recibe una ruda crítica y, por otro, el mismo Lukács lo alaba al considerarlo "espejismo fascinante"[24]. Y lo mismo se repite en las otras artes, donde hasta el tipo de debate propuesto por el filósofo es absurdo, incluso es descabellado preguntar si existe un criterio realista para la música sinfónica. La exageración de Lukács en favor del realismo nos convence —de manera marginal— que sí existe una función estética en descubrir la verdad, por ejemplo existe placer estético en la develación de misterios y la revelación misma opera bajo las leyes de belleza. En muchas novelas el interés intelectual integra parte de su encanto, donde la discusión con el lector es vivamente artística[25]. Obviamente, en la obra de arte concebida realistamente, los elementos de reflejo adecuado, como la descripción del medio social o la profundidad de la sicología del personaje, aportan parte integrante de su calidad; pero el argumento no aplica cuando el enfoque del artista es distinto y de ahí las “vanguardias” quedan justificadas. Resulta irónico que una mente tan brillante —porque Lukács es filósofo talentoso— se enfrasque en evidentes demostraciones de callejón sin salida. Ese atorón final no apunta a un caso único en la crónica del marxismo y lo han padecido otras variaciones de ciencia social aplicada al arte. En el fondo, Lukács utiliza la regla de la teoría social para medir un campo singular, forza una especie de esquematismo sobre la literatura y, entonces, desemboca en un callejón sin salida que su contrincante Sartre llamó “reduccionismo”[26].  


NOTAS:


[1] La de Lukács fue una de las más brillantes defensas del punto de vista de la totalidad como clave para comprender bien la teoría social, tributaria de la escuela marxista y conectada con los diferentes organicismos (Spinoza, Hegel), donde el conjunto predomina en las partes, Cfr. LUKÁCS, Georg, “Cuestiones de método”, en Historia y conciencia de clase.   
[2] Posee una interesante interpretación teórica de la libertad, como práctica superando el horizonte cosificado, en Historia y conciencia de clase
[3] Siguiendo a Marx y tributando a Hegel, ningún “momento aislado” es verdad, pues exclusivamente el movimiento para alcanzar el todo se debe llamar verdadero; para Hegel “la verdad es sujeto” activo, movimiento sin cesar, Cfr. Fenomenología del Espíritu.
[4] Esto implica que asumiendo una “totalidad concreta” como modelo de lo real, no por ello la teoría del arte desemboca en el realismo, por ejemplo, existen otras opciones. De hecho, el marxismo “ordinario” intentó reducir el arte a su “equivalente social” como análisis. Compárese con la posición de Sartre, en La crítica de la razón dialéctica.
[5] LUKÁCS, Georg, Significación actual del realismo crítico, Ed. Era, 1963.
[6] "El marxismo (la propia posición de Lukács) sitúa el reflejo de la realidad objetiva en el centro de su estética de manera tan decidida y plena como nunca antes se hiciera", op. cit. p. 125. Además, el húngaro deja de lado que el discurso científico mismo (natural o social) debe establecer una narrativa que genere el efecto de realidad, de ahí que el “realismo” estilístico se aplica al sustrato de su propia obra. ¿De ahí el punto ciego de un autor tan inteligente? Véase a Gastón Bachelard en la revelación del estilo del científico.
[7] Casi siempre, la teoría literaria prefiere esa “totalidad intensiva”, pues el arte poético o literario se centra más en lo intenso de un caso singular, sin interesarse mucho en los universales directos. Así, la “imaginación material” no se desliza hacia un todo, sino que cada hallazgo es único. Cfr. BACHELARD, Gastón, La tierra y los ensueños de la voluntad, etc.
[8] LUKÁCS, Georg, Significación actual del realismo crítico, p. 123-124.
[9] Ibid., p. 27.
[10] Quizá ese fue el mayor mérito histórico del teórico Lukács al rescatar una teoría aguda de la enajenación olvidada en el cuerpo teórico marxista, como lo muestra uno de sus mejores sucesores directos. Cfr. MÉSZÁROS, Istvan, Teoría de la enajenación en Marx.
[11] Ibid., p. 56.
[12] Creaciones que convierten a la realidad en “fantasma” o “fantástica” se aclamaron en el Boom latinoamericano, como en Rulfo o García Márquez.
[13] Deleuze proporciona una interpretación muy completa que supera el planteo limitado, a inventar una categoría propia para Kafka, en su brillante Kafka: por una literatura menor.
[14] LUKÁCS, Georg, Significación actual del realismo crítico, p. 44.
[15] En sus Otras inquisiciones, Borges ejemplifica las maneras en que se niega estéticamente la temporalidad, ya sea con activismo, supresión del espacio, aceleración del tiempo, recurso a los sueños…
[16] En una cita de Theodor Adorno, se afirma que padeciendo una prisión Lukács reconsideró a Kafka como un autor de “realismo” y por tanto de valor literario: “If they took reality seriously enough they would eventually realize what Lukács condemned when during the days of his imprisonment in Romania he is reported to have said that he had finally realized that Kafka was a realist writer.” (“…finalmente él se dio cuenta que Kafka era un escritor realista”), ADORNO, Theodor, Aesthetic Theory, 1997
[17] HEIDEGGER, Martin, El ser y el tiempo.
[18]El aburrimiento, plásticamente expresado en la literatura, nos remite a la dialéctica entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre. El trabajo formal con su estilo particular es base material para determinar el tedio básico, pero su complemento en el tempo libre marca las posibilidades objetivas de entretenimiento y diversión. De lado subjetivo, está la estructura psicológica (con su complejos sistema de valoraciones) que indica el mundo de lo interesante, lo temas no aburridos y situaciones emocionantes. Si nos imaginamos al cazador primitivo, su trabajo es preferentemente difícil (seguir presas elusivas), peligroso (encuentro con presas físicamente más poderosas), pesado (llevar lo logrado a cuestas), pero no parece aburrido y rutinario. Cada huella tras una presa ofrece un reto, además la constante presencia de peligro no permite un camino rutinario, pues exige atención y tensión interior. La ubicación del primitivo cazador está en las antípodas del burócrata moderno, que mantiene un lugar fijo, con rutinas conocidas, pocos temas novedosos o sin desafíos mortales. Este punto retoma la visión de Lukács sobre la pasividad del trabajo febril bajo el capitalismo, donde todo trabajo artesanal o precapitalista presentaba una superioridad por su menor nivel de enajenación, el cazador como artesano de la caza es un ejemplo de sujeto activo, involucrado plenamente en su hacer, aunque totalmente limitado por sus medios técnicos y falta de conocimientos, que se suplen con creencias e intuiciones. Cf. LUKÁCS, Georg, “Cosificación y conciencia de clase del proletariado”, en Historia y conciencia de clase.
[19] LUKÁCS, Georg, Significación actual del realismo crítico, Ed. Era, 1963, p. 69.
[20] Cfr. LUKÁCS, Georg, Estética, T. 1.
[21] La decisión de Estado o de poder también colisiona con el concepto filosófico de verdad, lo cual no se relaciona con Marx sino con falsificaciones posteriores. Cf. KÓSIK, Karel, Dialéctica de lo concreto.
[22] LUKÁCS, Georg, Significación actual del realismo crítico, Ed. Era, 1963, p. 146.
[23] De modo preciso, Kundera arrincona al “realismo socialista” como un kitch (positivismo cursi y hueco) que ha aniquilado a la crítica junto con el contenido humano. Cfr. KUNDERA, Milan, La insoportable levedad del ser.
[24] Ibid. p. 102.
[25] Ejemplo menor, pero típico, es el género policíaco donde “descubrir” el caso o al criminal define su trama. Cfr. MANDEL, Ernest, El crimen delicioso.
[26] Sartre mantiene clara aversión contra la tentación del reduccionismo conforme él mismo fue artista; la teoría marxista que él mismo profesó se enfrentaba contra esa tentación. Cfr, SARTRE, Jean Paul, en La crítica de la razón dialéctica.

viernes, 8 de febrero de 2013

LA ÚLTIMA LECCIÓN DEL MAESTRO FLORES




Por Carlos Valdés Martín

Por tejer recuerdos, Alberto Flores compraba cactus pequeños y arbolitos bonsái para colocarlos junto a las ventanas del minúsculo departamento. Desde la muerte de su esposa necesitaba distraer a la nostalgia. Además, entre la jubilación y el pago de su pensión faltaba un año o más. Escribió en su diario con perfecta letra manuscrita: “Esos trámites tardan, como dijo el abuelo: —Las cosas en palacio, caminan despacio”.  
Unas horas sueltas conseguidas en una escuela particular no resultaban suficientes en ocupación ni en ingreso, pero representaban una especie de láudano para un maratonista cansado. Antes estuvo dedicado de tiempo completo en una escuela pública, pero eso era asunto del pasado. Debía ocuparse sin mujer y con sus hijas casadas y emigradas hasta una lejana provincia. Sembraba diminutas macetas agregando tierra y fertilizante, dibujaba los órganos botánicos y pronosticaba las fechas de florecimiento. Arreglaba sus pequeñas macetas, las rotulaba con nombres de sus mejores alumnos y fantaseaba que alguno de ellos ganase un premio Nobel en el futuro. Sin su señora, el reloj se movía despacio y los hombros le pesaban más; pero aún sumaba fuerzas para persignarse ante el viejo retrato de bodas y salir cada madrugada rumbo al otro colegio.
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Era un veterano, pero en mi escuela era bisoño. El rostro moreno y casi lampiño con unos escasos pelillos sobre el labio causó revuelo entre los adolescentes de la secundaria. A mitad del año escolar, una graciosa caricatura de su cara circuló con sigilo;  el dibujante fue elogiado mientras su creación circulaba de mano en mano, pero prefirió el anonimato a una reprimenda.
Con sesenta años sobre la espalda, despegaba muy poco los pies al andar. Esa imagen cansina y falta de vigor se compensaban con paciencia de santo y experiencia en su materia de biología. Sin duda era el más modesto entre los profesores de ese colegio y parecía que siempre usaba lo mismo o copias del modelo: traje gris lustroso, zapatos negros lustrados y un raído portafolio azabache. Para completar, ese invierno, utilizaba suéter gris con unos cubre codos de cuero añejo. Ante la mayoría de los alumnos era un “prietito en el arroz”, motivo de burlas a sus espaldas y pretextos para no atender en clase.
Cada martes y jueves, abría el mismo cuaderno de orillas gastadas y empezaba: en el pizarrón colocaba dibujos de factura respetable y preguntaba sobre extraños nombres como fanerógamas y pedúnculos. Los más inquietos y distraídos murmuraban; luego, los callaba con dulzura. En ocasiones presentaba rompecabezas creados por sus manos con dibujos de anatomía celular, órganos de plantas y animales disecados; no faltaba el que se sentía en un grado de kínder con ese material didáctico, pero a la mayoría le entretenía. Antes del final, presentaba un breve cuadro de resumen para que recordáramos lo más importante de la sesión. Al terminar dejaba tareas cortas, casi siempre basadas en dos preguntas, aunque no faltaba el alumno que protestase por ese supuesto exceso. Alberto Flores se disculpaba con cortesía por solicitar esas tareas, pero no negociaba rebajas.
Conforme avanzaba el curso explicó la reproducción unicelular y una semana después la humana. Su exposición resultó oportuna, por mi parte comprendí que era imprudente ceder al impulso de encamar a una vecina. Resultó frustrante pero aleccionador y lo agradecí, aunque mantuve en secreto esa gratitud. Otros chicos, al contrario, lo culparon de frustrar sus fantasías adolescentes. Visto en retrospectiva, era de esperarse que el relajo estudiantil se tornara intenso y surgieran sanciones disciplinaras. El Chabelo no paraba de hablar en la parte de atrás; el Febo lanzaba sin cesar clips a la fila de enfrente; Vicentico prendía cigarros en el pasillo camino al baño…
Luego de agotar las reconvenciones y consejos —que buen resultado le dieron en la escuela pública— el tranquilo profesor Flores presentó una cara adusta. Al  director le solicitó sanciones disciplinarias para sus alumnos. El director sólo amonestó a los rebeldes y la tormenta de indisciplina en las siguientes clases de biología pareció amainar.

Una semana antes de terminar el ciclo escolar venía el cumpleaños del profesor Flores. Dos niñas, atemorizadas con la proximidad del examen final, propusieron cooperar para obsequiarle un regalo. En la asamblea informal del recreo, la aportación fue tacaña, pero entre varios alcanzaba para un regalo. El Febo, insistió en él comprar el obsequio. Las niñas de la idea querían mantener en propiedad su iniciativa, y ante la resistencia él ofreció contribuir con más dinero. Con esa oferta, el grupo aceptó sin dudarlo más.  Al día siguiente, el Febo comentó que el regalo era una fragancia de moda.
En la fecha señalada, la jovencita Maricela fue la encargada de entregar el presente. Ella despuntaba para convertirse en oradora política, así que solicitó la palabra antes de comenzar la clase y lanzó una arenga breve pero levantaba la voz, que temblaba emotiva, y movía las manos como si rompiera tablas. El discurso de Maricela no reveló el contenido, —que para eso son los envoltorios: para provocar una sorpresa— pero sí bordó una intrigante explicación para relacionar las flores, aromas y ciencias biológicas. Concluida su presentación, la aplaudimos y ella misma extendió las manos para entregar una cajita cubierta de reluciente celofán dorado y atada con un moño rojo.
Los ojos del maestro asomaron humedad por la emoción. Con el obsequio entre los dedos Alberto Flores solicitó silencio. El educador respondió con un agradecimiento cálido: —¡Qué lindos son chicos! Jamás lo hubiera imaginado. Siempre enseñé en un ambiente de pobreza, los alumnos no solían regalar nada material, sólo conté con su cariño y respeto como su mejor obsequio. Ustedes no saben cuántos alumnos viven en mi corazón y hasta algunos envían mensajes de agradecimiento por los años escolares que pasamos juntos. Incluso, muchos de ellos ya son hombres y mujeres de provecho… Pero me estoy alargando. Gracias, muchas gracias, chicas y chicos.
Como un niño en Navidad, el maestro abrió el envoltorio con rapidez nerviosa, pero su cara alegre se congeló cuando miró el contenido: era un rastrillo barato escondido en una caja de loción fina. Unos pocos chicos que ya sabían de la broma del Febo irrumpieron en carcajadas. Los demás no entendimos con rapidez, así, aplaudimos de modo automático por formulismo o sinceridad. Los más distraídos ni siquiera observaron lo que contenía la cajita. El aplauso chocaba con la risotada que se reprimía; cuando terminó el aplauso, algunos todavía se tapaban la boca para contener la risa.
Por un momento, el profesor Flores quedó atónito; miraba hacia el suelo para buscar una explicación extraviada. Varios lentos y distraídos empezamos a entender. Surgió un silencio expectante. El maestro seguía callado y miraba hacia cualquier dirección excepto hacia el grupo. Tuve la impresión de que salían gotas de sudor por su frente…
Dijo en voz baja y temblorosa: —Disculpen.
Abandonó el salón y se dirigió hacia el baño exclusivo de los maestros, la ruta era indudable pero algún curioso se asomó hacia el pasillo para comprobarlo.
En el salón comenzó un maremágnum de discusión y risas colectivas. Los orquestadores de la broma no paraban de carcajearse y celebrar su triunfo. Otros exigíamos explicaciones. Había enojo entre las niñas promotoras del regalo, quienes amenazaron con acusaciones ante el director. Creció un barullo y el salón se enfrentó intercambiando reclamos, burlas y molestias; unos a otros nos interrumpíamos en un caos de palabras. Desde el salón de junto mandaron a un emisario para acallarnos. Bajamos el volumen y siguieron las discusiones, evaluaciones y sermones improvisados.
Después de las discusiones me coloqué del lado de los indignados.
Faltaban escasos minutos para la finalización del horario de clase, cuando escuchamos pasos en el pasillo y regresó el orden. Por curiosidad no perdimos detalle desde que el profesor Flores abrió la puerta con suavidad.
En lugar de saludar con la cortesía habitual, soltó un graznido y avanzó hacia su sitio. Con voz temblorosa sentenció: —Ya es tarde, se termina el año… quizá no nos veremos más, ya pueden retirarse.
Sin mirar a nadie recogió con lentitud sus cosas y las puso dentro del portafolio raído que lo acompañaba a diario. En el bolso de su saco se adivinaba la envoltura de su “regalo”. Todos guardamos silencio mientras se alejaba; unos callamos por perplejidad y otros por culpables.

El examen final lo aplicó la maestra de matemáticas y por explicación indicó que el señor Flores estaba indispuesto. ¿Enfermo o molesto? Nadie lo sabía, todos le temíamos a esa maestra, así que ninguno solicitó aclaraciones.

Las vacaciones interanuales son aguas del Leteo, cuando el olvido renueva las almas. Al año siguiente, como era de esperarse, no recibimos noticias del maestro Flores que debía haber terminado con su proceso de jubilación.
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Dos años después, recurría al servicio de transporte escolar en una camioneta con la profesora Alma Lilia, esposa del director. Un viernes nos sacó una hora antes de la terminación de las clases, porque tenía un compromiso. Ya montados en su camioneta, los seis jóvenes ocupantes recibimos una indicación: —Espero y no les moleste, pasaré un momento al servicio funerario del maestro Flores. ¿Lo conocieron? Dio clases aquí, hace dos años.
Lo recordé. La autoridad de la “directora”, como la llamaban todos,  era incuestionable, así que nadie objetó esa breve parada.
Pocos minutos después, ya en el estacionamiento de la funeraria, también nos dio opción de permanecer en el vehículo. Todos sentimos curiosidad y descendimos.

En la funeraria nos sorprendió una multitud que se arremolinaba en la entrada a la sala de velación. Cientos de jóvenes mayores que nosotros y adultos que intentaban acercarse para la última despedida del profesor Flores. Nos acercamos con timidez e intentamos ver sobre los hombros. Era imposible pasar a esa multitud compacta. La muralla de espaldas parecía indiferente ante algunos los esfuerzos de la “directora”.
Escuché murmullos y comentarios aislados:
—De él aprendí a…
—Cuidadoso...
—Lo quise como…
—Enseñó con...
Casi todos los rostros eran morenos, curtidos por el sol de la cordillera próxima. Cuerpos agolpados y presionando como abejas en dirección de la colmena. Quedé sorprendido, jamás imaginé que tantas personas se ocuparan en dejarle un tributo final a un maestro.

Ante la dificultad para mirar el féretro, la “directora” nos dio orden de retirada inmediata y, sin cuestionar, cumplimos la decisión.
Mientras conducía la camioneta comentó: —Es increíble, ese maestro no tenía parientes en esta ciudad, toda esa gente eran alumnos y padres de familia que lo conocieron.

Es curioso, en estos últimos años he tratado de descubrir el nombre del Febo, pero nadie ha podido recordarlo.

lunes, 4 de febrero de 2013

PARQUÍMETROS Y PEAJE A CAMBIO DE NADA




Por Carlos Valdés Martín



Este texto es la 3a. parte de "AUTOMOVILISTAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN"

Parquímetros y peaje a cambio de nada. En la llamada “época dorada” las carreteras fueron “freeways”, es decir, caminos libres de verdad, sin pago de ninguna cuota. Sobre esa vía franca al automóvil se construyó el sueño americano. La oleada privatizadora (mejor dicho: oleada “compadrizadora”) nos trajo el auge de las carreteras de cuota. Como la ambición humana no tiene límite, después de las carreteras surge el invento de cobrar en vialidades internas de la ciudad.

El extremo del cobro que no genera ningún servicio para el automovilista es el parquímetro. Una operación típica de las dictaduras es un impuesto sin servicio alguno. Instrumento pensado para sacar ventaja sobre el espacio de estacionamiento libre, tan disputado en algunas zonas, se caracteriza por ser impuesto sin contraprestación (pues no crea lugares de estacionamiento ni servicio alguno) y sin medida (pues el usuario no recibe un comprobante acumulado de sus pagos y no se compensa con los otros impuestos). Además se complementa por: caos en su diseño. En la Ciudad de México cada zona utiliza un tipo distinto de dispositivo y, con el dispensador de esquina, se alcanza el extremo de que el chofer cae en una trampa, pues no existen avisos de ese sistema. Como se aplica inmovilizador y una multa cuantiosa, pareciera que el interés de la autoridad no es cobrar unos pocos pesos por hora, sino provocar errores en los usuarios y multarlos.

El pariente desamparado del parquímetro  es el “franelero”, el cual se apodera de pequeñas fracciones de la calle, para establecer un mínimo impuesto privado sobre el automóvil. Ya que con el parquímetro la autoridad da legitimidad al cobro del espacio de calle, nos preguntamos ¿cómo se atreve a insinuar que está deshaciéndose de los franeleros? Más bien, ella legitima a esos parientes desamparados. 

Respecto de parquímetro queda un concepto clave, que nos muestra que se ha diseñado sin pensar en la productividad y, sin buscarlo, están hundiéndola. La riqueza depende de la productividad y para crearse el trabajador debe estar libre de distracciones, consagrado a su labor. El parquímetro, como está diseñado en varias ciudades, apunta en la dirección contraria, pues es imposible aparcar tranquilamente un vehículo durante la jornada legal. La disposición establece un máximo de cuatro horas para estacionarse. Así, que los diseñadores de este impuesto desconocen que la jornada legal es de ocho horas y que el vehículo se suele usar para transportar trabajadores. La elevada multa y la tardanza para liberar al vehículo inmovilizado, además provoca un “nerviosismo” evidente en quien deja su vehículo. En fin, el resultado es una baja de productividad directa entre los empleados que deben salir periódicamente a colocarle más monedas al parquímetro y adquieren un pretexto más para no ser productivos.

sábado, 2 de febrero de 2013

PREMIO LIDERAZGO SOCIAL EN EL ESTADO DE MÉXICO




Por Carlos Valdés Martín


Sorprendido y contento recibí la noticia… obtendría un reconocimiento de liderazgo por el desempeño reciente. El año pasado me colmó de satisfacciones al lograr colocar mi primer libro y, además, participar en una importante creación colectiva. Creo que sacar a flote el tema nacional en México, combinando campos del saber ha sido exitoso, de modo que ya está próxima a agotarse la primera edición de Las aguas reflejantes, el espejo de la nación. Las presentaciones del libro en varias Ferias Internacionales del Libro Politécnico han resultado muy gratas. La participación en el libro El poder de la masonería en México también ha resultado satisfactoria, pues ha contribuido a un conocimiento más preciso de este tema, al que solía accederse solamente por referencias de novelas y rumores de Internet. Asimismo, el año que termina fue de constante participación en organizaciones para la difusión de la cultura y fraternidad como el Foro Ave Fénix, o en grupos en favor de los derechos para todos como Avanzada Liberal Democrática. Además de que he contribuido también en revistas como Razones y que recibo una importante retroalimentación en nuestro blog: http://www.carlosvaldesmartin.blogspot.mx/ En fin, ha sido un año interesante.

            Para hacer esta satisfacción mayor, también mi mujer Lucía Gual quedó considerada para este premio. Ella siguió una trayectoria muy intensa, con contribuciones intelectuales y, sobre todo políticas, al ser reconocida como Coordinadora de la campaña para Jefa de Gobierno de Rosario Guerra Díaz. Asimismo, como consultora ella presentó una gran cantidad de propuestas para la mejora de la normatividad del país; es la única autora con un libro sobre las Normas turísticas en México, que ya está agotado; proyectos ecoturísticos novedosos; etc.

            ¿Un premio de liderazgo? Esto del liderazgo, a veces parece un término tan manoseado que pierde claridad su significado. El liderazgo lo entiendo como colocarse adelante en los procesos, abrir camino, señalar una dirección posible, moverse hacia lo mejor o atreverse a algo distinto. No me considero a mí mismo un líder, sino quien facilita el camino a recorrer, porque tengo interés en esa línea de eventos que abre la puerta del futuro. Este último periodo ofreció algo distinto y mejor, aunque mi tema favorito parecería que cualquiera lo domina. ¿No somos mexicanos o de alguna otra nacionalidad? Como todos poseemos nacionalidad la deberíamos conocer, pero la moda de la globalización ha enturbiado este tema, al mismo tiempo que surgen visiones más claras[1]. Descubrir nuestras raíces y ubicarnos en la encrucijada del tiempo (la intersección de presente, pasado y futuro) es el tema de mi obra reciente, la cual ya está disponible en versión electrónica en Amazon.

            La entrega de premios fue en la plaza principal de San Salvador Atenco. Al sitio llegamos curiosos y con un poquitín de nervios, por la fama que tuvo el lugar en relación al Aeropuerto fallido. La ciudad está en plena calma y los habitantes son sumamente hospitalarios. Nos recibieron miembros de organizaciones de artesanos, deportistas, artistas y dirigentes locales. Una modesta comida en la Casa de Cultura del lugar fue el prólogo al evento.

            La plaza se llenó con cerca de un millar de personas en su momento más concurrido. Entre los personajes que recibieron este premio se contaban algunos Presidentes Municipales y ex, Regidores, líderes sociales, jóvenes destacados, el artista Pedro Ramírez Ponzanelli. Una mención especial merece Candy Raygoza, regidora del municipio Othón Blanco (conocido como Chetumal, capital de Quintana Roo) por su viaje tan lejano para recibir el reconocimiento y elogiada también por su libro Expresiones del liberalismo femenino en el siglo XXI

            El tiempo transcurrió como suave viento entre las manos y, en un abrir y cerrar de ojos, la noche terminaba. Aplausos y risas, felicitaciones y un recuerdo que conservaremos. Con un buen sabor de boca termina la jornada, la compartimos con los amigos y nos vamos con nuevas metas para este año.

NOTAS:


[1] El historiador inglés Erick Hobsbawm en su libro clave sobre el tema, Naciones y nacionalismo desde 1780, estima que al fin se estaba estudiando más a fondo esto.