Música


Vistas de página en total

jueves, 12 de enero de 2012

ONCE FALSEDADES DEL NEOLIBERALISMO


Por Carlos Valdés Martín

Hasta el peor error cuando es repetido sin descanso se parece a la verdad y la fantasía cuando es reiterada sin tregua parece un hecho. Además un error ordinario repetido como si fuera verdad resulta más perjudicial que una mentira intencional. Eso sucede con el neoliberalismo que, por coincidir con los intereses económicos dominantes, recibe publicidad como si fuera un arcoiris de ideas triunfadoras, sin embargo, son teorías incorrectas. Los hechos muestran que son visiones incorrectas, pero sus temas son repetidos sin descanso hasta que se disfrazan de verdades. Por lo mismo, es tan importante desmontar las falsedades principales del neoliberalismo, pues al disipar la niebla mental se empieza a interpretar la realidad económica actual.

1) Es falso que el mercado sea el método perfecto de regulación económica. El mercado es simplemente un medio de distribución que une producción y consumo cuando estas actividades se separan entre productores privados, que se reúnen por medio de actos de compra y venta. El mercado es un modo antiguo de operación económica y mediante su funcionamiento se creó el dinero, pero no existe ninguna prueba concreta de “perfección” para esta actividad. Los economistas neoclásicos se han esforzado en demostrar que la acción del mercado se trata del modo más eficiente (posible) de asignación de recursos, donde se premia la eficiencia y se castiga a la ineficiencia; de tal modo que la naturaleza del mercado generaría el pleno empleo de recursos, asignándolos a las manos más eficientes y retirándolas de donde se desperdician. Pero el esfuerzo neoclásico por convertir una situación en una perfección resulta vano y lo quieren repetir los neoliberales.
El regreso de las crisis económicas indica que periódicamente los recursos no están asignados óptimamente, pues de un lado pueden estar ociosos los trabajadores y del otro los capitales, sin que esta falta de empleo la resuelva esa distribución mediante el mercado. Es decir, durante la crisis el mercado no asigna bien los recursos y no garantiza su empleo.
Los defensores de la perfección del mercado también afirman que genera equilibrio entre producción y consumo, llegando a afirmar que los productores crean a sus consumidores. Esta falacia también la desbarata la crisis. Sin embargo, sí acontece un equilibrio mercantil imperfecto, porque todo lo que se produce sin venderse se frustra y sale del mercado, y toda la necesidad que no se convierte en demanda efectiva se convierte en una cruz privada de su dueño, quien no se convierte en comprador. Y esto último nos recuerda una de las imperfecciones esenciales del mercado: cada necesidad (privada o social, pequeña o grande, urgente o irrelevante) que no se convierte en demanda efectiva y dotada de dinero está destinada a sufrir una “muerte silenciosa”. Esto es grave pues la necesidad de comer o sanar (y cualquier otra básica) no la resuelve en automático el mercado, y entonces debe intervenir el poder social (como Estado o grupos diversos), pero el neoliberalismo impide esa acción de corrección.
Debido a lo anterior el mercado tampoco regula la totalidad del proceso económico, dejando de lado (o abarcando de modo muy limitado): la reproducción de los trabajadores, la creación y regulación del dinero, la seguridad (física o legal), y una parte económica implicada en la legislación y la justicia .

2) Falso que la libre empresa sea tierra de oportunidades económicas para todos. Cuando domina una (falsa) apariencia de la igualdad se expande una desigualdad real. La situación idónea del mercado es cuando los oferentes y demandantes actúan por separado (sin coordinación, atomizados), de tal modo que ninguno (por su lado) influya decisivamente en las definiciones económicas claves, como establecer el nivel de precios. Sin embargo, en la situación real y ordinaria ya existen grandes empresas, incluso con poder monopólico (o casi) por todo el planeta, de tal modo que la competencia mercantil raramente ocurre entre iguales.
Por lo anterior, las oportunidades de competencia entre empresas están muy limitadas, los casos en contrario son tan notables, que causan una noticia glamorosa, donde se alaba el genio individual de los empresarios que se convierten en millonarios casi a partir de la nada, como lo ocurrido con Bill Gates y su Microsoft.
Lo verdaderamente restringido es esa oportunidad para la gente común, pues los simples trabajadores no escapan de un mundo pequeño y rutinario. Ellos como grupo no escapan de su condición. La oportunidad individual, aunque ideológicamente sea exaltada, es tan rara, que se comenta como un evento de celebridades. El ideal es contar con un horizonte de oportunidades al alcance de la mano para las mayorías; la realidad ha marcado una escasa movilidad de ascenso y una enorme carga de frustraciones por un abismo entre el grupo privilegiado y las masas olvidadas.

3) Falso que el Estado siempre es económicamente ineficiente. Esta tesis típicamente neoliberal tiene dos matices de falsedad y dos fondos de obviedad. Si la empresa estatal se mide con las reglas (costo-beneficio) de la empresa privada entonces debe de ser siempre ineficiente, porque la medida de su lucro está frenada en una “camisa de fuerza estatal”. Por ejemplo, cuando se evalúa la medicina pública con el patrón de la utilidad reportada por paciente, esa medida desvirtúa la misma finalidad de la medicina pública. Es decir, un hospital privado debe usar mejor sus recursos económicos, gastando menos y ganando más por cada paciente atendido que un hospital público, pero eso no significa que con la existencia de solamente hospitales privados se atenderá a más pacientes y de mejor manera, porque la medicina privada es elitista y dejará de atender a la mayoría de los enfermos. El costo-beneficio será mejor para el hospital privado, y, más aún, el hospital público nunca debería reportar ganancias, sino obtener un resultado de más pacientes curados. Este ejemplo nos debe dejar muy claro que el objetivo de una intervención del Estado en la economía jamás busca la mejor relación costo-beneficio, sino un objetivo que sea importante para la sociedad; en este ejemplo, lograr una mayor cobertura de salud, donde el ideal es brindar salud a toda la población.
El fondo de obviedad es que muchas empresas e instituciones estatales no tienen eficiencia comercial, porque los fines del Estado se valoran bajo los resultados (definidos por leyes y políticas) que buscan y no con el funcionamiento comercial. Un banco para financiar a los campesinos pobres deberá obtener utilidades nulas (próxima a cero); aunque formalmente esa empresa estatal tenga una contabilidad financiera de sus operaciones. Históricamente, la épocas de mayor crecimiento de la economía capitalista han sido de mucha intervención estatal en la economía.
La otra obviedad son los dispendios y los fraudes de las empresas del Estado, generando situaciones tan notables y criticables. El remedio obvio es la fiscalización (pública y privada) y la transparencia de esas empresas estatales, pero los neoliberales han propuesto dar el salto hacia la privatización ¿No ha sido eso un paso hacía el abismo?

4) Es falso que la mejor solución para corregir el mal funcionamiento de las empresas estatales es privatizarlas. El primer problema a examinar es la finalidad de la empresa pública y el segundo es su origen. La finalidad de la empresa pública es la generación de un bien común, generando un resultado para el conjunto de la comunidad política, su finalidad no es "hacer negocios" o "ganar dinero". La intervención del Estado en medicina por medio del sistema de seguridad pública no es porque la medicina sea negocio (que también lo es), sino porque existe una importante necesidad social (imposible de atenderse mediante el mercado) que ha presionado para su atención estatal; de tal modo que se construyó un enorme conjunto de instituciones de medicina pública. Pero la medicina también es negocio y bajo esa óptica existen inversionistas que desean convertir ese servicio público en un negocio médico privado. Además lo dicho encierra un problema grave, porque las carencias públicas que dieron origen a empresas estatales resultarían desatendidas y desvirtuadas por el capital privado que tiene sus fines: se debe regir primero por la ganancia.
Se puede objetar que la falla estatal a que se refieren los neoliberales no es la falta de rentabilidad, sino a una ineficiencia técnica en el servicio prestado al consumidor, que siendo consumidor-comprador puede castigar la ineficiencia de la empresa privada por medio de cesar de comprar. El argumento mencionado se ha demostrado falso por la existencia de monopolios de áreas definidas, lo cual se comprueba perfectamente con el caso de Teléfonos de México, que luego de la privatización siguió siendo la empresa con mayor número de quejas ante la Procuraduría para la Defensa del Consumidor, y que su costo en el servicio siguió subiendo hasta el (muy lento) surgimiento de competidores. Los resultados modernizadores de la telefonía (fija y tradicional) en manos privadas no son espectaculares, sino que resultó más o menos lo mismo que con el monopolio telefónico en manos del Estado.
El segundo problema está en el origen de las empresas estatales, pues deberíamos de ser concientes que se han pagado íntegramente con los recursos de toda la nación. Si la empresa está en malas condiciones económicas eso no autoriza su venta, porque simplemente se trata de una mala gestión de su administrador temporal, que fue el gobernante en turno, pero que sobre esa mala gestión está la soberanía última del pueblo. Si el gobernante decide rematar las empresas estatales, el capital privado las adquiere bajo un supuesto endeble, porque el gobierno detenta temporalmente la decisión (nunca la soberanía), y un siguiente gobierno mandatado por el pueblo puede retomar las empresas privatizadas. El dinero del pueblo creó tales empresas, y especialmente, si son empresas con pérdidas económicas, entonces han sido subsidiadas por impuestos. La privatización está entregando las empresas a las manos de quienes no las crearon ni mantuvieron, por lo mismo se podría reclamar posteriormente la “des-privatización” de las empresas. Porque esa privatización no nace de un derecho, sino de un privilegio, pues su compra-venta no es una operación comercial normal, sino pacto anormal entre un detentador temporal y un agente privado.

5) Falso que mediante la elevación de la productividad de las empresas se elevará directamente el nivel de ingresos de los trabajadores. Esta es una de las falsedades más dolorosas del discurso neoliberal. Está documentado con hechos y probado estadísticamente que creció la productividad en el mundo, sin embargo, el salario aumentó en pocos países y en muchos bajó. Esta es una verdad dolorosa que no alcanzan a entender los creyentes del libre mercado, aunque la estén viviendo a diario, incluso en sus propios bolsillos.
La idea de las ofertas de acuerdos de productividad de las empresas se basa en que los patrones pueden premiar a los trabajadores si éstos cooperan aumentando su eficiencia. Esto podría suceder, porque si el pastel crece, el empresario puede repartir tajadas más grandes a los trabajadores.
Por desgracia una ciega ley económica opera en sentido contrario. El acelerado crecimiento de la productividad también se convierte en desempleo, y hablamos de un desempleo masivo (acelerado por las erróneas políticas económicas neoliberales) y permanente (hasta en las naciones más poderosas). Y ese desempleo es la fuerza que reduce el nivel de salarios.
Esto representa una falla estructural del mercado que debe ser paliada por la intervención concertada de los actores sociales (empresas, trabajadores, desempleados, sindicatos, sociedad civil, gobierno), pues la acción automática del mercado, puede (tristemente) trasladar las grandes empresas (en parte o todo) hacia zonas de salarios bajas. A eso se le debería llamar desplazamiento a “inframundos” maquiladores y debe ser evitado con políticas públicas y concertaciones internacionales .

6) Falso que la regulación económica del Estado únicamente entorpece el funcionamiento de la economía por lo que la única solución es desregular todo. Quien parte de la idea ingenua y falsa de que el mercado reparte eficientemente los recursos económicos en la sociedad puede imaginar que toda acción reguladora del Estado es perniciosa. Para el neoliberal lo mejor que hace el Estado es permitir que los agentes económicos privados actúen conforme a su racionalidad privada.
Ciertamente, una parte de la intervención estatal por medio de reglamentos y leyes contiene irracionalidad, abuso burocrático y control absurdo. Pero a los cantores de la desregulación les interesa específicamente el cumplimiento de sus demandas, que permiten ventajas a grupos específicos (grandes bancos, empresas proveedoras de servicios estatales y compradoras de empresas privatizadas) y actuaciones irresponsables del capitalismo. Plantean desregular el mercado de trabajo, tirando a los sindicatos como trastos viejos, retirando los reglamentos que impiden hacer y deshacer con el trabajador, limitan los despidos o la reducción de los salarios, impiden el trabajo de los niños y obligan a pagar vacaciones. Con lo anterior, la desregulación plena no genera un paraíso económico, sino un campo de batalla donde las grandes empresas son ganadoras, mientras los trabajadores y las pequeñas empresas son los perdedores.
La opción es una buena regulación y que sea delgada (en menor cantidad), de tal manera que sea aliada de los derechos de particulares y facilite la actividad económica. Regulación de calidad y en poca cantidad, pero no anulada.

7) Falso que el único causante de la inflación sea el financiamiento con déficit público. El caballo de Troya del neoliberalismo ha sido la lucha en contra de la inflación, ofreciendo así un objetivo noble, con el cual coinciden las diferentes teorías económicas. Aunque cualquier economista estará de acuerdo con evitar la inflación, éste es un objetivo bastante neutral, porque se refiere al dinero circulante y al nivel de precios, que son los indicadores técnicos de una economía.
El neoliberalismo ha reducido la complejidad de las causas de la inflación a una única condición: emisión excesiva de dinero causada por el déficit público. Es verdad que la hiper-inflación exclusivamente proviene de la acción desmedida del Estado, ante la cual la teoría económica debe mantenerse en guardia. Sin embargo, la acción del Estado no es el único factor en la inflación, pues los algunos desequilibrios espontáneos de los mercados y el funcionamiento “normal” del sector financiero también generan inflación . El neoliberalismo señala una causa real de la inflación, pero de esta premisa saca una conclusión falsa, que es la exigencia del presupuesto del Estado sin ningún déficit, al que llaman “equilibrado”. El keynesianismo descubrió que un déficit público controlado reactiva la economía y permite salir de una crisis.

8) Falso que la inversión extrajera sólo favorece el desarrollo del país porque trae recursos financieros y tecnológicos. En primer lugar, la inversión privada trae a los países, precisamente, la inversión de capitales, pero la intención es conocida: ganar más que en otras latitudes. El objetivo no es que se generen beneficios en los países que reciben las inversiones, sino hacer mejores negocios.
A pesar de las intenciones, los neoliberales creen que existe un resultado neto de beneficios (incluso sin pagar), porque, sea como sea, llegan al país recursos frescos. Por el lado financiero, se integran con el circuito económico, y en primera instancia tenemos una demanda adicional, que contribuye a un efecto multiplicador de la economía. Al mismo tiempo, las nuevas inversiones y tecnologías desplazan empresas y actividades establecidas, la cuales se deterioran o desaparecen. Se suma en un lado y en el otro se resta, pero el efecto neto y la consecuencia global es la unión de efectos contradictorios, un balance realista es la unión de todos los efectos. Ya han pasado dos siglos de capitalismo, y el resultado para las regiones “en desarrollo” ni siquiera es mediocre.
La transferencia de tecnología por inversión extranjera encierra inconvenientes, porque existe un diseño donde las empresas sistemáticamente importan mercancías con alto componente de investigación tecnológica, mientras que el desarrollo tecnológico local se corta desde su raíz. Esto es un sistema y no una casualidad, la inversión extranjera más moderna requiere de importar su base tecnológica, el país huésped no recibe un aliento tecnológico importante, si lo recibe es de manera marginal o hasta casual. Esto crea una dependencia tecnológica de empresas subsidiarias que obligan a que el país receptor de inversiones se mantenga como comprador de tecnología extrajera, lo cual dificulta la modernización de un país atrasado.
Por el lado de los recursos financieros los efectos resultan peores, porque una inversión sensata es siempre la que obtiene mayores ingresos líquidos para el inversionista. Si el inversionista radica en el extranjero, esto debe cobrarse en divisas internacionales. Por si fuera poco, además muchas empresas extrajeras se convierten en importadoras “compulsivas” o excesivas que colocan su producto final en un mercado interno, y así contribuyen al desequilibrio en la balanza comercial. Cuando inicialmente se creyó que la inversión extranjera era una solución a la balanza de pagos, debido a las aportaciones de capitales extranjeros, también puede convertirse en una cadena del déficit permanente, que luego presiona para desplomar el tipo de cambio.

9) Falso que el desempleo del país se soluciona con un incremento en las inversiones y, en especial, de las extranjeras. Cuando se proponen las grandes inversiones (en especial las extrajeras) como una panacea para los problemas económicos, se genera un pensamiento parcial, que mira las situaciones estáticamente, sin considerar los efectos globales. Por ejemplo, cuando se instala una gran empresa genera una cantidad interesante de empleos directos y hasta indirectos; sin embargo, su actividad puede arruinar competidores nacionales y destruir directa e indirectamente empleos. Entonces queda abierta la pregunta de la cantidad de empleos directos e indirectos que destruirá esta nueva empresa, y así como el caso, también debemos considerar el concierto de las empresas trasnacionales.
Por un lado, las inversiones generan empleo y, por el otro, desempleo. Queda la tarea de hacer un balance, pero el pensamiento neoliberal evita el balance objetivo y sólo canta los beneficios del gran capital.
Sin entrar a detalles, es evidente que el efecto multiplicador de capitales extranjeros en un país receptor siempre será menor a la implantación de empresas naciones con cadenas de compras integradas. En ese sentido, la promoción indiscriminada de la inversión extranjera resulta ser una promoción ingenua del desempleo.

10) Falso que el libre comercio internacional es por completo benéfico y la única salida al atraso económico. La adoración por el comercio internacional es otra cara de las ideas ingenuas y equivocadas sobre la perfección del mercado. El neoliberalismo cree que la única salida para los problemas económicos es arrasar las aduanas y entonces cancelar definitivamente el antiguo derecho a defender el mercado interno. Se basa en la hipótesis que con puertas abiertas al comercio mundial la eficiencia será premiada, de tal modo que las regiones atrasadas poco a poco se irán especializando de acuerdo a sus condiciones naturales, hasta volverse eficientes.
El neoliberalismo ignora las pruebas de la historia, por la cual está escrito de manera contundente, que las grandes potencias económicas se han levantado sobre los hombros del proteccionismo, y que después de fortalecer sus capitales y burguesías a un primer plano mundial han pasado a promover el librecambismo para sus vecinos. Inglaterra levantó su poderío sobre un proteccionismo industrial bastante extremista, hasta que se convirtió en el principal taller de mundo empezó a difundir teorías partidarias del levantamiento de los aranceles. Desde su Independencia los Estados Unidos se mantuvo proteccionista, especialmente frente a sus competidores europeos, y hasta dos siglos después modifica sus lineamientos, pero solamente con quienes considera que aventaja, porque frente a Japón y Europa mantiene diversos y variados aranceles.
El crecimiento del comercio internacional no narra la feliz historia de que todos están cada vez mejor, en el mejor de los mundos posibles como sermoneaba el personaje Pangloss, filósofo del optimismo pueril hasta cuando lo torturaban en el “potro” . Otra vez la historia ha demostrado que depender del mercado mundial es ingenuo y, a final de cuentas, hasta peligroso. En el pasado muchas naciones o regiones le apostaron todo al mercado mundial y perdieron. Por ejemplo, durante los siglos XIX y XX extensas regiones se especializaron en proveer al mercado mundial mediante plantaciones de azúcar, café o cacao. La apuesta de las economías de plantaciones ha sido un “neoliberalismo primitivo”, devoto de los precios internacionales. Como resultado de la dependencia hacia el mercado mundial (en el enfoque paleo-neo-liberal si se permite la ironía) las naciones de África y Latinoamérica se hundieron en la miseria y el atraso. Desde el final del siglo XX, Latinoamérica ha sufrido sus “décadas perdidas”, es decir, largos periodos sin crecimiento ni reparto de riqueza, durante los periodos en que se ha aplicado las recetas neoliberales. Ahora, las crisis financieras mundiales del siglo XXI afectando a la metrópoli norteamericana y la zona del euro, vuelven a demostrar los riesgos del mercado capitalista des-regulado y sin “paracaídas” ante sus desequilibrios “naturales”.

11) Falso que el neoliberalismo responde a los retos de la modernidad mejor que otros modelos. El neoliberalismo no responde a los retos de la modernidad, para empezar, porque su base es una noción elemental creada en la alborada del sistema capitalista. El fundador de la economía política, Adam Smith creía en la superioridad del mercado por una sana convicción, porque era un descubrimiento y una alternativa contra siglos anteriores de un sistema dominado por reyes, reinos, caballería, castillos y oscurantismo.
La modernidad significa la constante alteración de las condiciones técnicas que sustentan la vida humana. El neoliberalismo se congratula del avance científico técnico, pero él mismo emplea una ideología sustentada sobre bases antiguas, con cimientos sometidos a la ley de la obsolescencia.
El neoliberalismo acepta (deja pasar) fuerzas desencadenadas de la época, que están llevando la pauta de la innovación técnica. Sin embargo, él mismo encarna una ideología anticuada, cuyos orígenes ya resultan casi legendarios. En efecto, los individuos y las empresas generan innovaciones sin pedir permiso y modifican al sistema. El capitalismo maduro se hincha en la “sociedad de consumo”, pero anuncia el advenimiento de una “sociedad del conocimiento” , incomprensible en términos de puro mercado, pues lo que está cambiando es la condición humana y sus medios.
Pero el reto para una teoría económica no es “dejar pasar” a la nueva modernidad, sino comprenderla y expresarla. Y comprender es también aceptar que la economía empieza y termina en los grandes problemas humanos y sociales que encontramos, hoy día, sin redención. En ese terreno, vemos que el neoliberalismo padece una severa miopía, y además su posición intransigente anuncia su caducidad. Ante el estallido de crisis escandalosas desde 2008, han demostrado en lo hechos, las falsas teorías de la perfección de los mercados. La crisis y su complejidad, nos invita a superar esa ideología neoliberal como arcaica, y entrar en una teoría económica más compleja y realista, capaz de lidiar con las contradicciones de las personas en un mundo cambiante.


Post Data y síntesis conceptual
La esencia del problema es que el neoliberalismo más crudo dejó de ser una teoría económica que entiende el mercado, para convertirse en una “religión de mercado”. Resulta curioso que con ello resulte una polaridad, entre una “religión del Estado” (versión monárquica, tiránica o hasta comunista), y su contrario con una religión del mercado con el neoliberalismo burdo. Los extremos del pensamiento se convierten en absurdos, así pretender que todo se cure con mercado o, al contrario, con exclusiva con el Estados. Lo que sabe la ciencia médica, que la dosis lo es todo, lo pretende ignorar la tesis socio-económico-política. Ni todo lo remedia el mercado ni todo lo alcanza el Estado, incluso los regímenes mediocres utilizan mezclas de ambos principios contradictorios. Intentar desaparecer al mercado o al Estado son fantasías pueriles.

NOTAS:
1 De ordinario, la reflexión deja de lado el aspecto legal y de “justicia” de la actividad económica, pero cada contrato económico no se limita a una “espontánea” voluntad de partes, pues contiene una trama legal. Lo mismo sucede, con la controversia de justicia y la exigencia de un poder que arregle los desacuerdos entre partes.
2 En ese sentido, apuntan las denuncias de la OIT y de sindicatos en países desarrollados sobre el desplazamiento de las plantas hacia zonas de explotación salvaje de mano de obra.
3 Cf. Galbraith, John Kenneth, El dinero.
4 Anécdota satírica en la novela Cándido de Voltaire.
5 El término de “sociedad de conocimiento” se ha popularizado en los medios para expresar el complejo cambio que trae aparejado la presente oleada de revoluciones tecno-científicas y su aplicación en la vida cotidiana. La “sociedad del conocimiento” representa la profundización de la “tercera ola” del siglo XXI. Cf. TOFFLER, Alvin y Heidi, El cambio del poder.

jueves, 5 de enero de 2012

FUNDAMENTALISMO Y CONSUMISMO ENFRENTADOS A LA FELIZ NAVIDAD















Por Carlos Valdés Martín



Los marineros que viajaban a la Sicilia romana, debían pasar entre dos torbellinos que devoraban sus barcos ante la mínima falla del timonel; así, la única dirección cruzaba por un justo medio. Las experiencias del consumo se mueven entre dos extremos: inanición y despilfarro, por eso dos ideologías resumen este dilema mediante el fundamentalismo y el consumismo. Las ideologías, por definición son mitad verdad con error y mentira, así que no poseen una ciencia completa, entonces ninguna presenta una visión de fondo al problema humano del consumo, pero veamos qué ofrecen en cada caso.

Inanición casual y voluntaria
La adaptación natural del cuerpo humano resulta paradójica; de un lado, es débil e inadaptado al medioambiente, especialmente durante su larga infancia, y del otro, es la especie más exitosa en base a su mecanismo de adaptación, mediante la inteligencia aplicada al trabajo. Debido a esa acomodación singular al entorno natural, entonces la escasez —incluso, hasta el extremo de inanición— es una posibilidad para cualquier historia. Una escasez desastrosa pudiera suceder: a escala de un país por una sequía y a escala personal por la orfandad o un accidente.

Ascetismo de cuerpo: pobreza natural y artificial
Hay un abismo entre el hambre casual y el ayuno, porque el hambre supone la derrota del individuo . La pobreza del ambiente humano, para las mayorías ha significado una serie de privaciones de distinto tipo, aunque a nivel mundial se supera el hambre estricta, quedan insatisfechas muchas necesidades. En especial, la estructura de concentración de riqueza hace que en el capitalismo, por primera vez en la historia, se genere una aguda miseria artificial; una miseria donde no decide la falta de recursos, sino la mala distribución de bienes y factores productivos abundantes . Los pueblos sumidos en la miseria se convierten en los ascetas involuntarios, población amenazada con la desaparición .
El ayuno en su versión ligera es muy popular a manera de dieta; en su versión rigurosa, el ayuno es un recuerdo de la falta de alimentos y una demostración de la capacidad para afrontarla; con la ventaja adicional de que ayunar es rechazar una situación, y controlar el escenario voluntariamente. El hambre es derrota ante el medioambiente; el ayuno es un triunfo de la voluntad.

Ascetismo de la existencia y tabú parcial
El ascetismo estricto en la alimentación, ejemplificado en un régimen de hambre y desnutrición autoimpuesto es una curiosidad o un desorden psíquico, pero culturalmente se ha extendido sobre la dimensión crucial, que es la misma existencia . Para restringir de un modo ascético la existencia la palanca es limitar la libertad sobre aspectos clave. El caso típico de ascesis sobre la existencia opera contra el sexo y, por asociación, el deseo. La noción de que cualquier erotismo es desperdicio, y su condena como pecaminoso, resulta crucial en las religiones antiguas de sello represivo; en esa ideología religiosa el sexo debería anularse y sólo permitirse cuando era consagrado para una finalidad útil y filtrada por una purificación . En el pensamiento monoteísta dominante el placer se consideró un pecado y hasta asunto diabólico, por lo que fue condenado . Entonces, por extensión las religiones condenaron cualquier terreno de disfrute, levantando gran cantidad de tabúes y favoreciendo un ascetismo sobre la existencia. Sin embargo, el deseo mismo (el placer más allá del acto sexual) es incontrolable, y las restricciones generan intensificaciones ; por tanto, el ascetismo moral recomendaba anular el cuerpo y la existencia, vaciándolo de placer y deseo, como si fueran el enemigo de la salvación. La fórmula arquetípica fue el ermitaño, escondido de las tentaciones, incrustado en una caverna o una ermita aislada, para vaciarse de sí mismo y entregarse a un único dios, mediante el abandono de él. Sin embargo, el ascetismo material y moral decayó con la sociedad mercantil; y las posiciones religiosas más importantes sobre el tema están modificándose .
La proliferación de tabúes no sólo se basa en una condena al placer . ¿Por qué proliferan los tabúes? Una respuesta es que la libertad (potencialmente extrema) es encausada estrechamente por el camino de los códigos de prohibiciones, medio económico que simplifica las decisiones y estabiliza una forma en la vida social .

Tabú total: fundamentalismo
El tabú parcial es un medio para encausar la libertad y establecer una forma social determinada, como ejemplifican las reglas de parentesco ; en contraste, el tabú total es un medio para encorsetar por completo la libertad personal, ya que impone un código entero del comportamiento, que define todos los actos y subjetividades aceptables. La organización del tabú total a veces es sistemática y asfixiante, de tal manera que únicamente es adecuada para sociedades relativamente inmóviles, como las tribus o comunidades agrarias; incluso, es casi indispensable para inventar una micro-sociedad inmóvil, como sucedió con las comunidades en monasterios católicos . Pero en la vida urbana y, especialmente, en la sociedad capitalista la expresión moral, religiosa o política del tabú total es contradictoria con el movimiento social y también con la estructura de la praxis . El código global de restricciones rápidamente es desbordado por el movimiento social, ante lo cual los adeptos a tales sistemas-tabú encuentran esta disyuntiva: ignorar la realidad o combatirla. Ignorar la realidad social o contentarse con rozarla es una orientación adecuada a las religiones, que prefieren dedicarse al más allá y mantenerse dentro de una prédica moral tradicional, como ha sido la interpretación católica esencial. Pero en ocasiones, los portadores de tales tabúes toman una línea militante en contra del mundo y empiezan a convertirse en fundamentalistas, decididos a que sus códigos religiosos se impongan e, incluso, para intentar imponerse los convierten en sistemas-tabú más rígidos.
El fundamentalismo islámico se ha politizado, pero como movimiento conservador anti-occidental ha acentuado sus tabúes (arreglo personal, alimentación, costumbres) y actividades militantes contra un mundo que devalúan como infiel o satánico. Sin embargo, la batalla del fundamentalismo es una causa perdida, pues quieren detener la agitación de la vida moderna, cuando ellos mismos representan otra convulsión y nunca serán la reencarnación de antiguos jeques .

El ahorro y la riqueza
La limitación del consumo y la costumbre del ahorro han tenido una importante justificación práctica por el beneficio económico que reportan. En los albores del capitalismo, cuando amasar fortunas y crear negocios presentó una relevancia social inusitada, las obras de economía recomendaban encarecidamente abstenerse de placeres mundanos como el camino directo para la riqueza. Incluso Malthuss explicaba el origen del capitalista exitoso, en base a una virtud moral que, al evitar embarazos, generaba ahorros y permitía una acumulación originaria .
La posibilidad misma del ahorro indica la estructura de la sociedad mercantil, donde la riqueza se acumula como dinero. Desde el punto de vista individual es importante contar con recursos para contingencias o lograr un ingreso garantizado para la vejez. Pero el culto al tesoro por el tesoro mismo encierra una fantasía, pues la verdadera riqueza no está en el atesoramiento (valor de cambio) sino en el disfrute (valor de uso) .

Capitalismo actual y ahorro
En el capitalismo, el esfuerzo para lograr un ahorro personal pierde relevancia desde inicios del siglo XX. El volumen global de ahorro de las naciones no depende de la frugalidad del ciudadano sino del sistema financiero y las grandes empresas productivas, las cuales renuevan capitales (amortizaciones) e invierten en expansión. El ahorro es clave para acumular capitales, pero rebasa las costumbres individuales; en vez de la frugalidad ahorradora, una legislación sustituye y obliga a convertir en ahorro una parte del consumo o previsión. Los fondos de pensiones se integran a la tecnología financiera para que el movimiento del capital nacional se beneficie de esos ahorros forzosos de los ciudadanos, y ese mecanismo legal-financiero no depende de la vieja narración del infante que ahorró su primer dólar para jubilarse rico. Por ese lado, en la economía actual la alabanza del ascetismo convertido en ahorro mantiene un espacio muy reducido, se queda en el espacio del individuo .

El trabajo como sufrimiento y el gasto como disfrute
En una economía dominada por limitaciones de las fuerzas productivas —y todas hasta el presente lo han sido— el trabajo contiene la negación del trabajador, contiene enajenación. Aunque el trabajo sea el núcleo afirmativo de la vida humana, su rasgo enajenado implica que trabajar sea un sufrimiento, una limitación de la existencia. Ya que el rasgo enajenado está acentuado en la sociedad, las personas se sienten más a sus anchas fuera de la actividad laboral. De ese modo se acentúa el contraste entre empleo obligatorio y aburrido frente al consumo voluntario y divertido. El consumo se presenta como compensación de las condiciones adversas del proceso de trabajo y los vacíos emocionales de la cotidianeidad, de tal modo que a la sociedad se la tilda como “de consumo” .

La obligación de consumir, producción de necesidades
El producto se debe vender y luego consumirse para mantener el ciclo productivo, por lo que el aumento de las fuerzas productivas capitalistas impele al crecimiento del consumo. En alguna medida, las empresas pueden promover un crecimiento de las necesidades, manipulando los apetitos por medio de la publicidad, que alteran el concepto de lo que se ha considerado la "necesidad humana".
El economista Galbraith ha insistido en la creación autónoma de necesidades desde la producción como un fenómeno de gran alcance . Si la producción es la creadora de necesidades, éstas pueden crecer indefinidamente, alentadas por una tendencia al aumento del producto global. Pero si es una fuerza exterior la que crea las necesidades de los sujetos, entonces hay un vaciamiento, una maleabilidad indiferente de la persona . Desde esta consideración el consumo personal no es una limitación al sistema económico, lo que limita es su restricción presupuestaria, y hasta ésta se relativiza con el aumento del crédito.

El consumismo como compulsión psicológica y compensación
Si las necesidades iniciales (originales o básicas) se moldean, esto se debe a un proceso de sustitución o alteración de necesidades, para adecuar nuevos consumos más ad oc a los requerimientos de la producción.
Mientras el carácter psicológico ahorrativo y metódico era el más apropiado para la adaptación social del individuo en los albores del capitalismo, en la fase madura del capitalismo es menester apoyar una compulsión por consumir; es la llamada tendencia oral, receptiva la más adecuada a repetir los rituales del centro comercial. La boca como órgano y eje del placer lactante es la más adecuada representación de esta actitud .
Las necesidades son un sistema, la deformación de un extremo empuja en direcciones diversas . La psicología clínica ha demostrado que la insatisfacción (erótica y sexual) favorece las compulsiones de consumo. Una represión en el sistema individual de necesidades inicial del sujeto provoca y mantiene un sistema de sustitución de necesidades; por ejemplo, la compra compulsiva de adornos y vestidos nunca satisface las necesidades de amor y reconocimiento insatisfechas. Para la retórica o discurso de la publicidad lo ofrecido en los comerciales visuales necesita de protagonistas hermosos, modelos que exponen su físico y sirve de un sucedáneo del erotismo, una sustitución del contacto directo con personas bellas.
La retórica comercial de la mercadotecnia es altamente incitante, pero poco satisfactoria. El vouyerismo light (en el sentido de mirar rostros y cuerpos bellos) no satisface , pero sí incita, por eso sirve y se ha convertido la retórica masiva, que puebla los espacios publicitarios. La sociedad se convierte en un gigantesco centro comercial, sin embargo, no se favorece la satisfacción de erotismo mostrado de mil maneras, crece la ansiedad erótica.

La carencia desmedida
La mesura para el consumo debería de resultar evidente, definiéndola el cuerpo humano y los objetos consumibles; sin embargo, como derivación de una estructura (el requerimiento del capital) el consumismo pierde su medida . Por ejemplo, el zapato sirve para cubrir los pies y adaptarse a distintas superficies; pero la medida se extravía en una ansiedad consumista, porque el objeto está sometido a condiciones del mercado. ¿Para qué unos zapatos útiles cuando se pueden estrenar y poseer cientos en variedades y marcas diferentes? Bastan unos pocos para separar al zapato de uso, de trabajo, de fiesta, deportivo y descanso. Pero un guardarropa suntuario puede reunir cientos de zapatos con variedades de formas y colores, incluso habrá los que jamás se usen. La variedad de estilos y modas de zapatos es casi ilimitada, pero sus usos no lo son.
Esa desmesura del consumo lo aleja de las necesidades básicas para aliarlo a la imaginación insatisfecha y el poder de compra. ¿Cuántos zapatos son consumidos? Los que se puedan comprar y hasta donde el comprador se imagine que le agradan. Incluso los rasgos de utilidad (comodidad del calzado, protección al ambiente) se alteran y se generan modelos caprichosos. El otro lado de la desmedida del consumo, proviene de las operaciones mercantiles, pues las ventas deben seguir para que se mantengan los negocios, sin importar si los pies de los consumidores ya están calzados, la venta requiere encontrar nuevos productos que adquiera el comprador.

El fundamentalismo: reacción irracionalista ante el consumismo
En más de un sentido el consumismo es ansiedad ante el aparador, porque el consumismo es vértigo frente a la variedad de objetos, el abanico de posibilidades, semejante al vértigo de Soren Kiérkegaard ante la nada. Porque para el fundador del existencialismo la conciencia (en libertad) es un vértigo entre posibilidades incumplidas, por tanto, desesperación entre respuestas que no han recibido su pregunta.
En su extremo, el fundamentalismo es repetir una respuesta única frente a la infinidad de preguntas, porque procura reducir las opciones existentes a una sola, a la monótona indicación de "no". Su código está plagado de la palabra "no" porque intenta abatir las tentaciones y turbaciones del alma, alejándola del “sí”. El fundamentalismo imagina alcanzar un camino hacia la pureza; pero se vuelve el sendero más angosto; pues lo tentador y deseable está afuera y adentro de la conciencia.
La economía y cultura del consumismo traen la multiplicación de focos de atracción y la invasión de las seducciones tentadoras. Frente a la eficacia psicológica de las imágenes publicitarias, lo que imaginaban los cristianos medioevales como tentación de Satanás, resulta juego de niños.
La seducción del consumismo, para la perspectiva de los marginados, presenta imágenes de lo inalcanzable, que traducidas en un lenguaje pseudo-religioso son una emanación con tintes demoníacos. Algunos códigos religiosos cerrados son un antídoto contra el consumismo sin brújula; pero esta cura encierra su lado tóxico cuando impiden percibir y comprender el mundo en que se vive. Quizá sirven para adaptarse a un destino cruel, pero la respuesta fundamentalista desconoce cuál es el motivo de su dolor, ignora cómo curarlo y, en suma, ignora qué es el mundo.

Las necesidades falsas y la recuperación de las esenciales
Cuando la falsa necesidad grita que ella es como el juramento judicial anglosajón “toda la verdad, nada más que la verdad y solamente que la verdad”, entonces el mundo está de cabeza, pues la máscara grita que es la cara. ¿La máscara es la verdad de rostro? Jamás. Más allá de la necesidad artificial está la falsificación . Sin embargo, la falsificación es una exigencia masiva que las empresas y los ciudadanos aceptan; tras un complejo proceso social y de publicidad aceptamos el extremo de necesidades falsificadas como una urgencia. La exigencia de un aroma agradable se convierte en deseos de marcas prestigiosas. ¿Importa la fragancia misma? No, lo importante es que sea una fragancia de marca, rodeada por una compleja mercadotecnia del glamour. La discusión se vuelve compleja, porque los testigos para la veracidad de necesidades se encuentran dentro del caracol de las incongruencias . El consumidor es acusado y jurado. ¿Necesidad falsa? Pero si el consumidor ha pagado por ella; entonces las críticas a las falsas necesidades parecen un capricho de los intelectuales. Los consumidores declaran sobre su "marca favorita", pero cambia la marca y el modelito cada temporada; el ejercicio de la moda es un juego de gustos momentáneos y, al final, aparece la frustración.
Claro, la batalla de cada quien por encontrar su necesidad verdadera es, en gran medida, sencilla y accesible. El poder del consumidor está cercano a su presupuesto. Basta usar la máxima socrática de “conócete a ti mismo” para restablecer el contacto con las necesidades auténticas. La mercadotecnia pone trampas y quien no está dispuesto a educarse y atender lo importante, seguirá metido en las urgencias de la moda, y casi siempre con el bolsillo vacío, porque ningún dinero alcanza para perseguir el ritmo de las modas caprichosas. Pero quien se dedique con interés y tiempo a reconocer sus relaciones con las personas y su propio cultivo personal, obtendrá satisfacción para las necesidades más esenciales.

El prójimo y ejemplo del jipismo
Por buena fortuna, el productos humano por excelencia está en la convivencia directa, y ésta carece de marca registrada. Las relaciones inter-personales implican saltarse las trancas de inter-mediaciones de cosas (el dinero, las mercancías), y aunque una relación personal comience en el mercado, la presencia personal logra encuentros cara a cara, persona a persona. El medio técnico de comunicación inmediata (telefonía, carta, email, videoconferencia, red-social) dispersan en aspectos (únicamente voz, texto, imagen), dan formas (formatos de cómputo) o saltan el espacio (en esencia, muchas son telecomunicaciones) pero no destruyen la relación persona a persona (o en grupos). Los otros medios reproductivos, como la representación de televisión, el videoclip musical o el comercial de propaganda forman los duplicados fantasmas de las relaciones interpersonales. La calidez y el efecto poderoso de las personas inmediatas nunca es superada por la duplicación técnica, aunque los televisores tengan perfección en las imágenes (como en la tercera dimensión audiovisual). Por eso reacciones culturales han tenido éxito en apelar a las relaciones humanas sencillas, directas y naturales, como ocurrió con el jipismo desde los sesentas. Apelar a las relaciones personales como una guía superior de los valores morales, implica rupturas importantes con el mundo del consumismo, enfrentarse contra alteración mercantil de las necesidades; porque para el consumismo asumir la moda se convierte en un valor práctico impresionante, obligando hasta agotarse en un estilo “workholic” (adicto al trabajo) y ganar lo que la moda exige. En un sentido moral la sencillez hippy se opone a la seudo sofisticación consumista, sumergida en las marcas y sus valores aparentes. Esa sencillez se dirige hacia lo básico, que son las personas. La necesidad del prójimo es una carencia que sí se sacia, mientras los apetitos de moda son insaciables y evanescentes. En las personas radica lo importante. Claro, se requiere de objetos modernos y nadie en su sano juicio propone deshacerse del agua y electricidad en los domicilios; las estufas y las licuadoras han permitido una alimentación abundante y sencilla. Pero nadie logra la felicidad al abrir el grifo del agua; la aportación de objetos consumidos es trascendente si el sistema de necesidades de cada quien está relacionado con las personas. El consumo por el consumo mismo es un círculo bordado en el vacío; y los mercadólogos se dan cuenta de ello, por eso nos incitan a vincular el consumo con nuestros seres queridos. Gran parte de la venta se sustenta en el amor filial o de pareja; por lo mismo, el concepto mismo de Navidad se relaciona en dos polos que confluyen en el regalo: consumo y relación generosa.

Regalos, Navidad y frustraciones
La gran fiesta era un largo regalo que duraba varios días hasta que se aniquilaban los recursos que el jefe local había aportado, porque el regalar era parte integral de la solidaridad entre las viejas comunidades. Era una práctica de democracia económica espontánea, porque por tradición los ricos debían aportar a la colectividad, de tal modo, que los gastos en ofrendas y fiestas ayudaban a mitigar las distancias sociales, pero a confirmar las jerarquías . Además, esta costumbre evitaba la acumulación de capitales, pues ciertos medios de consumo agrícolas y medios de producción eran sacrificados en aras de una alegría pasajera. El nivel de dilapidación de esos pueblos sería considerado una irracionalidad económica bajo los criterios capitalistas, por ejemplo, ciertos nobles aztecas para tomar posesión de un cargo debían de acumular alimentos (muy apreciados como guajolotes) por dos años hasta contar con la cantidad suficiente para invitar a la gran fiesta que debía acompañar a su solemne posesión.
Un gasto “en exceso” está incluido en la noción de dar regalos y eso es importante; porque en el regalo se supera el frío cálculo económico del tráfico de mercancías. Las normas de etiqueta del regalo incluyen borrar el rótulo del precio y nunca revelarlo al destinatario. La lógica última de reglar es unilateral, por eso contraría al sentido común de reciprocidad mercantil, que es un continuo doy para recibir. Incluso, cuando los regalos son estrictamente recíprocos, como en un intercambio de regalos, por otra norma de etiqueta se conviene en envolverlos y, así, ocultarlos. Una envoltura presta servicios tanto a la emoción por misterio, como a remachar la lejanía con el precio. El regalo escapa del circuito de las mercancías y, cuando se abre la envoltura, no contabilizamos dentro del PIB, sino que sumamos expansiones del ego.
La regla de expansión del ego dice que mientras más damos es mejor, porque eso demuestra nuestra potencia, el “dar” suena a generosidad. Y viceversa, también mientras más recibimos el ego crece, porque eso demuestra cuánto somos queridos. Esto sería idílico si no fuera porque la situación de regalo es excepcional, pues tras las fronteras del regalo sigue la restricción de presupuesto.
La carencia de medida objetiva del regalo se adapta y sirve para los fríos cálculos de mercadotecnia. La enorme producción industrial moderna requiere de un volumen impresionante de ventas, y las tradiciones del regalo están integradas a los requerimientos de mecanismos comerciales. La publicidad propone los objetos seductores, candidatos idóneos del regalo, y convierte la generosidad en una asfixiante presión sobre los bolsillos. Al amor por los "seres queridos" es ilimitado, el deseo de agradar a quien se ama no acepta restricciones presupuestales, y por lo mismo las tentaciones tras el aparador se convierten en un suplicio. ¿Un suplicio? Con frecuencia: la amorosa madre quiere que su niña reciba la más impresionante muñeca parlante; el tierno esposo quiere para su mujer un automóvil del año, y hasta los niños intentan regalar durante la euforia navideña. Por desgracia para la absoluta mayoría, el presupuesto de Navidad está limitado a un aguinaldo para repartirlo entre regalos, cena y (en ocasiones) viaje. Cada persona quisiera (también yo) dar y recibir los regalos más espectaculares, más sorpresivos, más inusitados, y darlos hasta el exceso y recibirlos sin merecerlos; dar y recibirlos en exceso gratuito, así nada más, regalados. Por desgracia ahí está la barrera final del presupuesto limitado y en esta frontera incluyo el crédito al consumo, donde ya no hay un más allá.
La mayoría no parece sufrir decepciones navideñas, pero es un hecho conocido la frustración invernal. Muchos deseos fracasan en Navidad. Quizá no aprendimos a convivir con la frustración y nos ponemos “de malas”. Y tras la frustración vienen las carotas. Las expectativas sin cumplir pasan del malogro al enojo. De ahí viene ese fenómeno tan curioso entre algunas familias cuando se reúnen a cenar al final del año. A la decepción y al enojo, debemos sumarle el efecto emocional del alcohol, que desinhibe y hace perder la templanza. No ha terminado la reunión familiar navideña cuando empieza, sin saberse cómo, un pleito familiar. A veces, tanto esfuerzo trabajando un año completo, para obtener un aguinaldo, usarlo en comprar regalos, dedicarse a buscar el adecuado para cada cual, envolverlo gratamente y preparar una cena que sea el marco adecuado a una fiesta. ¿Y todo para qué? Si antes no se han saneado las buenas relaciones entre los familiares, el ritual del regalo resulta hueco y es un gesto vacío. Cuando los familiares mantienen buenas relaciones y no guardan rencores ni “cuentas pendientes”, entonces los gestos de brindar regalos y comilonas resultan sinceros. Habrá mucho para festejar, aunque los objetos envueltos en celofán sean modestos, porque los entregan corazones honestos y deseosos de compartir.


NOTAS:

martes, 3 de enero de 2012

EL REGRESO DEL PRÍNCIPE KAN-BALAM








Por Carlos Valdés Martín






El sacerdote Kuk’bo era un anciano arrugado y de gestos recios; incluso sin verlo su presencia imponía respeto o temor. No habitaba en una casa sino en la oscuridad de una caverna; no disfrutaba de comodidades, pues su rigurosa tarea era mantener contentas a divinidades del inframundo. Por mandato se mantenía en el húmedo subsuelo y únicamente acudía hasta lo alto de la pirámide en las celebraciones rituales. Viajaba solitario en las noches sin luna hasta la ciudad. Sobre la pirámide había un pequeño templo rectangular y él mandaba a tapar todas las ventanas y puertas para mantener la más espesa penumbra. Al interior del recinto, sólo permitía la entrada de un enviado cada vez, incluso el rey acudía en solitario. El poder del sacerdote Kuk’bo dependía de su misterio y la fama que lo rodeaba: el único capaz de congeniar con los espíritus del subsuelo, temidos por ser vengadores de la noche y dueños de la muerte. Por si fuera poco, él tenía potestad para decidir quién sería sacrificado para satisfacer a esos inquietos dioses mayas; aunque ese poderío no lo ensoberbecía, sino lo hizo humilde y reservado.
Esa noche Kuk’bo estaba más tenso que de costumbre. Pensaba: “Dudo que el príncipe Kan-Balam sea digno sucesor de su padre. Tiene la madurez de los años y experiencia como líder en las guerras, pero no es amado por el pueblo. La gente sencilla desconfía de él; al compararlo con Pakal, a él lo desprecian. Pero si él no es aceptado por los dioses entonces la ciudad caerá en un abismo de luchas por el poder. El resto de los aspirantes son inútiles. Los reyes del territorio enemigo nos atacarán tarde o temprano y no sobreviviremos sin un guía fuerte. Debo comunicarme con los señores del inframundo y quizá acepten a Kan-Balam. Pero mi deber es someterlo a la rigurosa prueba sin importar su edad.”
El viejo maya aspiró el humo sagrado durante horas. En su mente, poco a poco, abría una puerta ominosa. El cuarto cerrado y oscuro del templo se saturaba de los vapores del tabaco y el cáñamo de manera alternativa. Tantas veces había probado las plantas de los dioses, que no temía a las falsas imaginaciones ni a los miedos exaltados de las personas comunes. Cuando se sintió listo aplicó una púa para sangrarse y ofrecer varias gotas en sacrificio. En una vasija consagrada mezcló su sangre y las cenizas del incienso copal. Ya estaba listo, gritó y su voz traspasó el umbral ordenando apurar la presencia del príncipe. Un mensajero que esperaba en el umbral del templo salió a la carrera para traer al posible heredero.

El príncipe, en su situación de heredero y primer pretendiente del trono, llevaba una semana haciendo ayunos y ofrendas de purificación. Kinich-Kan-Balam sabía, por anuncio del concilio de los otros sacerdotes, que las pruebas de Kuk’bo eran las definitivas para obtener el reino, pero, en caso de fallar, el reino seguiría sin un gobernante definitivo. El concilio de sacerdotes no parecía estar incómodo por esa carencia de un rey definitivo, pues ellos funcionaban como regidores de la ciudad cuando faltaba el gobernante.
El ayuno consistía en néctares de frutas y agua diáfana de un cenote mezclados con yerbas de olores. Además de evitar contacto con sus esposas y las distracciones de cualquier género, la purificación se complementaba con plegarias. Durante la cuarta parte de la luna mensual el príncipe habitó dentro de una pequeña choza de paja y carrizos en las afueras de la ciudad.
La última noche antes de su gran prueba Kan-Balam tuvo un sueño vívido. Un enorme jaguar de pelaje naranja y motas negras salió de la selva; estaba asechando la urbe y él recibía de Pakal un puñal de pedernal con forma de serpiente para enfrentarlo. Le pareció extraño que dos partes de su nombre entraran en conflicto. Los religiosos citaban en el espacio del juego de pelota ritual de Baakal (hoy conocida como Palenque). El jaguar miraba a corta distancia y hablaba como persona, retándolo y burlándose de su cobardía. Conforme al animal se acercó, un calambre de temor lo paralizó y el felino lo devoró en un parpadeo. Atrapado en las tripas del animal, él pidió otra oportunidad a su padre y una voz le respondió: —¿Mereces otra oportunidad? ¿La mereces de verdad?
El príncipe despertó temblando confundido y suplicando a sus dioses que lo hicieran digno de su herencia y buen nombre. Pues el rey Pakal, una vez muerto, se había convertido en una leyenda. Luego de un año de ausencia, el pueblo lo reverenciaba como su salvador en las crueles guerras y los sacerdotes lo añoraban, como guía y protector. Los ancianos decían que al atardecer las nubes tomaban la figura del gobernante muerto y algunas doncellas soñaban que regresaba para salvarlas de los enemigos que asechan entre los bosques.
Al amanecer, Kan-Balam lamentó que nadie le pudiera revelar en qué consistían las pruebas; el pueblo por desconocerlas y los sacerdotes por tenerlo prohibido. La única instrucción era la purificación estricta y vestirse con un ropaje doble; abajo el calzón sencillo del pueblo y arriba un atavío esplendoroso de realeza, con taparrabos bordado, sandalias finas, muñequeras de jade, collares de piedras preciosas y penachos de pluma de quetzal.
Al pie de la pirámide el príncipe arribó caminando, acompañado de una pequeña comitiva de guerreros y sacerdotes. Silenciosa y expectante la multitud rodeaba el sitio ceremonial. Kan-Balam se mantuvo callado hasta alcanzar el pie de la pirámide y entonces saludó levantando la mano. Los pobladores habían acudido antes del amanecer para observar algo del evento, por mínimo que fuera, pues la ceremonia sería dentro de un recinto cerrado. Ante el saludo le respondieron con gritos desordenados y alegres. En cuanto se calmaron los clamores, el príncipe suplicó se retiraran, y no empezó a subir las escaleras hasta que la mayoría no se retiró, entre murmullos de contrariedad.
Cuando Kan-Balam pisó los escalones corrió un rumor y muchos pobladores empezaron a regresar. A mitad del ascenso de nuevo el príncipe pidió que los aldeanos se retiraran y que permaneciera, en exclusiva, el grupo selecto para decir plegarias y sonar los ritmos ceremoniales.
El sacerdote Kuk’bo dentro del recinto superior estaba protegido, pero escuchaba con claridad las arengas del príncipe y los murmullos de los pobladores. La presencia de tanta gente curiosa, la había adivinado mucho antes, durante una visión: la multitud aclamaba desesperada por un ser superior encarnado, un retoño de las divinidades, el cual salvaría a la ciudad, pero el precio sería terrible. Así, que el sacerdote estaba muy alerta, con el sahumerio y el primer brebaje listo, y, al escuchar que el príncipe había alcanzado el nivel superior de la pirámide, le gritó para advertirlo: —No te atrevas a traspasar el umbral, y ¡espérate a que yo te dé las órdenes!
La voz del sacerdote aguda y clara, atravesó las cortinas rituales que cubrían la entrada del recinto. Desde afuera se veía el bordado que asemejaba serpientes, unas descendiendo y otras subiendo, en la mitad se encontraban con las fauces abiertas y chorreando sangre por las comisuras. La cortina, además de adorno, era una advertencia de castigos a quien violara esa entrada sin permiso. Varios pliegos de tela formaban el conjunto de la cortina y por sus junturas se escapaba humo penetrante y perfumado.
Pasaron los minutos y el príncipe seguía parado frente a la cortina. Arrastró una sandalia hacia delante y volvió a salir la voz del sacerdote: —Que te esperes, he dicho; aún no es el momento.
La idea del sacerdote oculto deteniendo su movimiento antes de avanzar, sorprendió a Kan-Balam, quien perdió el aplomo ganado en esos días de ayuno. Los instantes se acumulaban y le parecían eternos; su mente divagaba, mientras escuchaba movimientos y palabras sueltas, las cuales parecían tejer plegarias. Cansado de la inmovilidad, el príncipe intentó desplazarse hacia un lado, pero de nuevo fue reconvenido: —Es preciso que te estés quieto, me turba esa inquietud como si permanecieras en la edad juvenil.
Sospechó que el sacerdote lo observaba por alguna rendija, pero no era así, simplemente el viejo se mantenía en una especie de trance, atento al mínimo sonido o emanación a la distancia. El sacerdote se inquietó también por unos curiosos que estaban acercándose con sigilo hacia la pirámide: —Sirve de algo, príncipe, diles a los sacerdotes que se deshagan de los curiosos que vienen desde el juego de pelota, son cinco familias que se sienten intrigadas por tu destino.
Kan-Balam sintió alivio de moverse y gritarles con autoridad a los sacerdotes que esperaban sentados en la base de la pirámide: —Kuk’bo ordena alejar a unos curiosos que vienen desde esa dirección.
Kan-Balam señaló con el índice extendido, abajo los sacerdotes comprendieron su obligación. La voz desde el interior dijo: —Es mejor que te acerques frente a las cortinas. Resulta inútil esperar más, tantas interrupciones van a turbar a los dioses. Adentro está todo preparado, pero debes ingresar con suavidad. Debes tocar con tu mano izquierda el centro de la cortina, pero hazlo suave, suavemente.
Kan-Balam entró siguiendo las minuciosas instrucciones, para evitar la entrada de los rayos de luz del mediodía. De inmediato una humareda lo sofocó y la oscuridad detuvo sus pasos. El recinto era de unos pocos metros y al centro una columna cuadrada, y detrás de ésta una loza que conducía hacia catacumbas. El sacerdote le indicó: —Primero una reverencia; lo principal es agradecer a los dioses y a nuestros antepasados que nos miran por fuera y por dentro.
Y siguió indicándole a Kan-Balam los movimientos precisos para abandonar los vestigios del mundo exterior. En cada paso abandonaba una prenda lujosa; primero, el penacho y al final, las sandalias, hasta quedar sólo en posesión del humilde calzoncillo de los campesinos de la región.
Mientras se desprendía con cuidado de cada prenda y adorno ritual, el humo denso de las plantas sagradas aletargó a Kan-Balam.
Al fondo de la habitación el sacerdote estaba sentado en cuclillas y explicó en qué consistía la prueba, ya que en la catacumba estaban depositados una estatuilla del dios Hun-Came, la empuñadura del bastón de mando de la ciudad y una serpiente venenosa a la que debe de cazar. Debía regresar de la catacumba victorioso o mantenerse como huésped perpetuo del subsuelo. Le advirtió: —Bajarás en cuanto estés listo; pues tus ojos deben vencer en la oscuridad; en la catacumba no existe ninguna luz. Yo sería capaz de lograrlo, pero ninguno de los aldeanos lo haría, ni siquiera los otros sacerdotes son capaces. La serpiente posee veneno mortal. Si no estás listo, puedes retirarte, pero vivirás deshonrado si huyes.
—¿Cómo atrapar una serpiente venenosa en la oscuridad?
—Solamente siendo un príncipe de verdad. En su momento, tu padre lo hizo. Me consta.
—Sin ver es imposible.
—Yo te miro sin luz, no es indispensable.
—No sigas, sacerdote, aquí he venido por ese objetivo. Estoy dispuesto a morir si no logro mi propósito.
El sacerdote tomó de la mano a Kan-Balam para escoltarlo a la orilla donde se abría la catacumba, con unas escaleras descendentes.
—En cuanto bajes taparé la entrada con una loza de piedra, no debe escaparse la serpiente. Si cumples tu prueba, al regresar estaré listo para que removamos la loza, no tengas desconfianza.
De la mano lo condujo hasta unas escaleras estrechas y descendentes.
A tientas, usando las manos para descubrir el perfil de cada escalón, Kan-Balam bajó hasta encontrar piso firme. Lo último que escuchó fue el ruido de la gran loza deslizándose y se quedó sentado en el último escalón, intentando adaptarse a una negrura absoluta.
Mientras se adaptaba al ambiente una calma alegre inundó su corazón y el príncipe se imaginó como un rey triunfador, así imaginó como si mirara a la distancia desde su futuro: “El rey Kan-Balam conoce la envidia humana, pero nada importaba más que conservar la memoria del rey Pakal, su padre. A fin de cuentas, el nuevo rey recuperó las fronteras del reino y, ganada la paz, ha encargado grandes retablos con los artistas de la ciudad, que recuerdan sus hazañas. Los artistas de la piedra retratan el viaje del príncipe al inframundo con detalle. La guerra ganada contra los señores de Calakmul, rivales permanentes, no merece ser esculpida en los monumentos, pues terminó con un pacto diplomático. Aunque respetan el pacto, esos enemigos de Calakmul siguen esperando una oportunidad para derrotar a rey Kan-Balam y vengarse de la rica ciudad.”
Le sonreía a la oscuridad mientras se imaginaba ataviado con los ricos penachos de quetzal y los collares de jade, en mitad de consejo de líderes y sacerdotes de la ciudad, mientras blandía el bastón de mando enjoyado. Pero un eco lejano, quizá el sonido profundo de un caracol ceremonial, rescató al príncipe de sus ensoñaciones de futuro. El aire húmedo y terroso de la catacumba estaba mezclado con el sahumerio de hierbas agradables y también con un humo que aprieta la garganta. El príncipe intentaba urdir un plan para lograr sus objetivos, pero no encontraba ninguna idea de utilidad. El temperamento del líder guerrero maduro y acostumbrado a los enfrentamientos, se asqueó de la pasividad en que se sumía, y, entonces, contrariado intentó avanzar con la idea de atrapar a la serpiente mortal. Palpó el suelo con las manos y descubrió que era de rocas pulidas con tierra suelta en las hendiduras; igual que el resto de la pirámide, así que no era una caverna natural bajo la construcción, sino otra parte del edificio. La idea de estar en una edificación especial para ponerse a prueba lo calmó. Siguió avanzando muy lento, buscando una dirección con las palmas en el suelo, como un cuadrúpedo. Había recorrido pocos codos cuando sintió una pared construida; era lisa como el exterior de las pirámides y el acabado seco indicaba el estuco, especie de yeso con argamasa, útil como base de los murales que adornan los sitios públicos. Sobó la superficie, se acercó los dedos a la boca y confirmó su idea de un mural. Recorrió con suavidad la pared imaginando un gran mural, con las escenas de ceremonias festivas y guerras, casi los únicos temas de los murales en la ciudad. Avanzó sobre la pared y luego encontró un relieve en roca, sin duda un monolito esculpido. Los relieves se podían interpretar en la oscuridad. Las figuras en relieve eran aristócratas y sacerdotes, el resto eran jeroglíficos relatando un evento. Interpretó los grifos siguiendo una y otra vez con el dedo los relieves. No era fácil entender, en cambio resultaba sencillo confundirse. Se detuvo en la parte inferior pues dudaba de su interpretación, así que lo repitió hasta que no tuvo dudas: “El gran Pakal entrega su corazón ante la gran Ceiba sagrada”. Eso tenía un único sentido: era la tumba secreta de Pakal. La otra tumba pública donde se lloraba al rey muerto era un engaño, una estrategia para despistar a sus enemigos. La verdadera era esa, oculta en una catacumba dentro de la pirámide.
La piedra interior eran dos monolitos, los cuales servían de sarcófago para el monarca muerto. Siguió interpretando la piedra y descubrió un texto explicando la grandeza de Pakal y las hazañas de guerra contra los vecinos. En la parte contraria estaba la pared lisa y con pinturas, que el príncipe hubiera querido mirar con una antorcha.

Al rodear por completo el sarcófago funerario Kan-Balam pisó un algo sinuoso. Palpó y sintió la estatuilla y la empuñadura del bastón de mando. Alegre por el encuentro, sintiendo que estaba próximo a vencer, guardó entre el pliegue del calzoncillo las dos piezas. Luego escuchó un silbido. Quedó muy alerta. ¡Era la serpiente! Estaba muy cerca. ¿Cómo cazarla en plena oscuridad? Quizá provocándola, para atraparla cuando lo mordiera: una idea desesperada y peligrosa. Él sería la carnada a riesgo de su vida. ¿Había otra salida? Lo pensó y lo imaginó muchas veces. Pensó: “Esto es una prueba suprema; salir con vida tras la mordedura de la serpiente debe ser el testimonio de la volunta de Pakal y de los dioses.” En silencio empezó un diálogo con su padre: —¿Me crees digno de sucederte? ¿La muerte te sorprendió? Poco esfuerzo hubiera sido dejar las instrucciones a los sacerdotes, pero no hubo tal. Imposible arreglar el pasado. Envíame una señal. Si es tu deseo que yo sucumba o que pruebe mi valor frente a la muerte. Antes lo hice, en la guerra. Pero esta oscuridad es distinta, aquí puede observarnos el Hun-Came, Señor del Inframundo, debe oler mi miedo y marcar el sendero. Si estoy condenado, resulta inútil retrazar mi decisión.
Respiró Kan-Balam y se acercó hacia el sitio del ruido. Empezó a sudar profusamente y se dio cuenta que el sitio estaba húmedo y caliente. Avanzaba despacio arrastrando los pies y con las manos tensas, imaginándolas garras de jaguar capaces de atrapar a su enemiga.
Se acercó más y más hacia el sonido.
El ruido ya estaba junto a su pie.
Sudó un poco más, agachó el cuerpo como disponiéndose a coger un arbusto.
De pronto un golpe agudo en el tobillo, como una flecha dolorosa. Era la serpiente mordiendo, y a la máxima velocidad Kan-Balam acercó su mano.
Con toda su fuerza tomó un extremo de escamas retorciéndose. La serpiente se revolvió y mordió en el mismo brazo derecho que la atrapaba. Mientras el animal lo mordía, con la mano contraria, el príncipe palpó la cabeza y la apresó con toda su furia y miedo unidos. La boca del ofidio quedó cerrada y Kan-Balam insistió en apretarla hasta que la aplastó.
El animal dejó de forcejear.
El príncipe sintió euforia y se arrastró a tientas hacia la salida bloqueada. Golpeó varias veces llamando afuera.
Quedaba un pequeño orificio por donde explicó al sacerdote su hazaña y sus dos heridas.
El viejo maya se admiró. En silencio arrastró un madero para apalancar la piedra y desplazarla lentamente.
Abierto un espacio suficiente el príncipe emergió, sudoroso y tiznado por todo el cuerpo con la tierra de la catacumba. Finos rayos de luna como telas de araña traspasaban las cortinas bordadas e iluminaban el sitio. Un hilo de sangre escurría por su brazo y la mirada estaba inyectada de color amarillo vidrioso y las venas finas tan hinchadas que se distinguían a la distancia. El sacerdote habló y reconoció que el hijo de Pakal había pasado una prueba casi imposible en tres días de cautiverio.
¿Tres días y sus respectivas noches? El tiempo estaba alterado en la mente del heredero. Para él solamente transcurrieron unas horas.
—Levántate que te curaré; tengo el remedio contra las secuelas del veneno.
—¡Abajo está la casa de Pakal! ¿Cómo es que nade lo sabe?
—Así, lo decidió él. Nadie se opondría a su voluntad. Los constructores de la tumba y el sarcófago murieron después, en las guerras. Un puñado que sabemos el secreto de este recinto estamos obligados a callar. Para los demás sacerdotes este sitio solamente es la puerta del inframundo, así que lo evitan, porque es peligroso.
—Tu remedio duele —se quejó con suavidad el príncipe cuando sintió un líquido espeso en el tobillo— ¿de qué está hecho?
—De hierbas lunares y barro de la cantera Pek-Te.
—Escucho un ruido afuera ¿qué es?
—Son los tambores y cascabeles ceremoniales. Al pié de la pirámide está velando un grupo de sacerdotes y tamborileros; los bailarines no han cesado de girar y lanzar sus plegarias para que regreses con los vivos. Lograron su cometido.
—Había olvidado a la gente de la ciudad. Abajo únicamente existían Pakal y los espíritus.
—Pronto estarás listo. Si no mueres antes del amanecer superaste la prueba.
—¿El remedio no es infalible?
—Los puros de corazón sobreviven al veneno de serpiente. El remedio no salva a los impuros.
—Esperaré al amanecer, confiando en la voluntad de Pakal y del espíritu de Kan, la gran serpiente. ¿Me puedo recostar? Tengo sueño.
Un súbito cansancio invadió a Kan-Balam. Una pesadez inmediata invadió su cabeza en cuanto la posó en el suelo de piedra.
—Antes de dormir bebe de este vaso —apuró el sacerdote, aproximando un elixir.

El espíritu del príncipe regresó a la catacumba; volvió a leer con las manos las inscripciones de piedra y las comprendió con más claridad. En el sueño, una suave luz de amanecer hacía visible cada parte de la tumba. En el interior de la piedra-sarcófago, veía al cadáver enjoyado del rey muerto, con la máscara funeraria y los pesados collares de jade; espolvoreado del polvo rojo de cinabrio, que recuerda a la sangre en los funerales. Entre las paredes cavernosas salió un cuerpo descarnado y con huesos asomando por los costados; era el díos Hum-Came, escoltado por acompañantes pequeños pero robustos, sus chaneques de las cuevas y los cenotes. Más que un muerto viviente, el dios parecía un anciano muy arrugado, con algunos huesos fuera de su sitio, y fumaba el tabaco ritual. La vejez física del dios contrastaba con su mirada de fuego y furia, las uñas convertidas en garras y su voz imponente. Pakal, como espíritu, se levantó de su tumba. El rey muerto era brillante y esplendoroso, emitiendo una luz ambarina, pero de tamaño pequeño como chaneque. El príncipe hizo elegantes reverencias ante el dios y Pakal, jurando honrar el recuerdo de su progenitor y los designios secretos de sus dioses.

Cuando despertó, Kan-Balam sentía el calor del sol escapándose entre las cortinas del templo y veía unas chispas de luz contrastando con la oscuridad del recinto. Los tambores y cascabeles se escuchaban jubilosos a la distancia; ya no había miedo ni zozobra en la música, sino una serena alegría, signo de un regreso triunfal.
La mente del sucesor estaba alerta y despejada, pero una sensación extraña lo dominaba, como si se mantuviera sumergido dentro de un pozo de agua y las cosas fueran a disolverse en cuanto intentara tocarlas.
En el piso estaba la representación del dios del inframundo y la empuñadura de un bastón de mando. El príncipe comprendió: había triunfado en su prueba.
—Tengo hambre y sed; consígueme algo comestible, sacerdote —dijo con tono de mando y pleno de ímpetu.
El sacerdote no se inmutó, molesto por una petición tan directa, como si el príncipe ya estuviera investido de rey; pero todavía faltaban los ceremoniales y la aclamación del pueblo.
Sin decir palabra alguna, el sacerdote Kuk’bo se dirigió hacia una ventana lateral y movió la cortina para que una catarata de luz entrara al recinto. Él mismo volteó la cara y entrecerró los ojos. El príncipe sintió como si recibiera un golpe en el cuerpo y se arrastró hacia el rincón más lejano del templo, desconcertado y sin comprender lo que sucedía. Sus ojos lloraban y sentía dificultad para respirar como si ese flujo resplandeciente atenazara al aire.
—Todavía necesitas aprender a escuchar a los sacerdotes y a cuidarte de las potencias contrarias. El Sol no es enemigo de la oscuridad, pero un avance demasiado impetuoso —continuó el sacerdote mientras cerraba la cortina y dejaba una pequeña abertura—enviaría tu espíritu al inframundo de modo definitivo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

EXTREMIDADES DE UNA AMISTAD


Por Carlos Valdés Martín

Cuando recibí la noticia salí como enloquecido para encontrar a un amigo de la infancia. Un telefonazo anónimo me había alarmado indicando su accidente: “No sé bien, pero creo fue una quemadura gravísima, al parecer”. Pregunté con ansiedad, sin embargo la mujer ignoraba cualquier detalle relevante, así que abandoné mi trabajo habitual y tomé el vehículo aguijoneado por la urgencia. Luego de una lejanía de varias décadas el aguijón de la preocupación me impulsó. El frío de la mañana y el aire entrando por las ventilas calaba los huesos, aún así bajé más la ventanilla para despertar de un mal sueño. Entre mil ocupaciones y el tráfico de la gran ciudad no nos habíamos frecuentado durante años, sin embargo, la amistad venía de la infancia, anclada a esos sentimientos enterrados que reviven con el mínimo soplo de una adversidad.
La distancia hasta su domicilio era pequeña; el tiempo se hizo agua entre la preocupación y algún recuerdo de esa casa, que brindó tanta hospitalidad en los días de infancia y juventud.
De pronto ya estaba frente a ese portón de madera y herrería oxidada que permanecía entreabierto, así que sin llamar pisé el patio. El olor intenso a vegetación y el crujido leve de las hojas del otoño abrían una máquina del tiempo que me transportaba a días lejanos. Hoy las copas de los árboles parecían mucho más altas.
También la puerta principal estaba entreabierta, así que continué sin detenerme, mientras temía una fatalidad y pronunciaba su nombre en voz baja. Procurando descartar lo peor, imaginaba que él convalecía en su cama, así que no me detuve en la sala, donde el vistazo de reojo revelaba un desorden de libros empolvados; como si el Doctor Fausto hubiera pasado los últimos meses revolviendo y hurgando entre la biblioteca del abuelo. Repetí su nombre como cuando un centinela levanta un salvoconducto para cruzar un país extranjero y lo dije con un poco más de fuerza, esperando despertarlo.
Escuché el sonido de una respuesta en su cuarto y sentí algún alivio, pues reconocí su voz, que decía: “Por acá, disculpa ese tiradero, estoy adentro”.
Tras la puerta de su cuarto ese sonido era indudable. La manija parecía atorada, y forcejé contra ella, dando pequeños jalones. Del otro lado escuché: “Disculpa, ya me muevo”. La manija cedía poco a poco y comprendí que del otro lado existía un bulto que dificultaba el paso. La voz del amigo seguía reiterando: “Disculpa ya me muevo”.
Poco a poco, la rendija fue creciendo y la penumbra de su cuarto dio entrada a una fotografía de los años pasados. Miré su perfil a nivel de mis rodillas. Estaba sentado en el piso, pero sonreía con pena, como disculpándose por el tiradero, mientras seguía jalando la puerta. Me extrañó mirarlo sentado en el suelo y la mitad del cuerpo cubierto con una alfombra persa.
Reiteró sus palabras: “Disculpa si te atiendo aquí sentado, la cirugía está reciente”.
En ese golpe de vista, la situación resultó clara. La informante se confundió eso era una amputación de las dos piernas a nivel de muslo.
Esa visita resultaba por completo lastimera y la plática embarazosa. Después de años de ausencia, encontrar al amigo ahí tirado, en el suelo ocultando las piernas faltantes con un tapetillo, como si esconder las piernas inexistentes hiciera menos patética la situación. El tapete sólo cubría en parte, se asomaban vendas blancas y la silueta caída de la alfombra señalaba la carencia de los pies.
Un candor de juventud salió de sus ojos cuando aclaró que me mandó el mensaje con una vecina pues le apuraba emprender una acción muy importante. Repitió e insistió que su idea era urgente. No presté completa atención a sus explicaciones, pues mi mente se distraía imaginando a un ferrocarril enorme que pudo arrancarle las piernas o si otro evento había obligado a la amputación.
Asomó con sigilo una señora de blanco, identificándose como enfermera y se alejó para no distraer. Continuaron las explicaciones. Luego de muchos minutos le pedí al amigo una síntesis de sus planes. Él deseaba deshacerse de una herencia y adquirir un terreno para construir una cancha deportiva en beneficio de los niños pobres de la zona. Siempre tuvo un alma generosa y, en vez de lamentarse, el amigo ahora sentía deseos de ayudar. Asentí ante cada petición, con culpa y nostalgia; lo hice con el corazón acongojado y sin comprender porqué yo era el destinatario de esas peticiones.
Sus peticiones me resultaron imposibles de rechazar y una gran pesadez creció en mi estómago. Una llamada urgente al celular exigiendo que acudiera al trabajo me sacó del trance. Nos despedimos y prometí visitarlo pronto, en cuanto fuera posible.
Esa casa sin alteraciones como fotografía de sí misma y la urgente petición se mezclaron en mi recuerdo. Cuando me alejé comprendí que esas no eran peticiones, sino el testamento de quien permanecerá eternamente bajo los álamos del hogar que lo vio nacer.