Música


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jueves, 29 de mayo de 2014

DE UN SONIDO QUE NO EXISTE





Por Carlos Valdés Martín
Urrea era el mejor ingeniero de la empresa, excéntrico y reservado ante sus compañeros, aunque aceptó franquearse conmigo. Los colegas se burlaban de él, pero acudían para simples arreglos y preguntas de mantenimiento. Ellos se mofaban a sus espaldas con doble motivo: unas tapaorejas ostentosas que lo aislaban del ruido y la necesidad de agitar la mano frente a su vista para que prestara atención.
Al principio, respondí a sus finezas por interés, pues, donde laborábamos, nadie más resolvía problemas de instalación eléctrica y aire acondicionado. El ingeniero lucía ropa con apariencia antigua y elegante: siempre corbata y traje a la medida, contrastando con el detalle irrisorio sobre la cabeza. A primera impresión imaginé un concertista clásico protegido con feas tapaorejas para cruzar una nevada, mientras disfrutaba su música.

Más allá de las reparaciones menudas, el reto para Urrea ha sido mantener aislado nuestro alto edificio respecto de máquinas del bombeo hidráulico instaladas en enormes sótanos. El resultado es excelente al compararlo con otras viejas dependencias del sistema de aguas, donde los edificios también se posan sobre voluminosas centrales de bombeo. Allá los usuarios y empleados sufren la molestia de esos motores subterráneos al vibrar y chirriar veinticuatro horas al día. Los he visitado y acostumbran tapones de oídos. Así, salvarnos de tamañas molestias se lo debemos a él y su profesionalismo. La ley del confort es esa: nadie observa lo bien instalado, las maravillas de la ingeniería se disimulan en su propia eficacia.

Con el paso de los meses, Urrea me consideró su mejor amigo de trabajo y acudía en horas de comida para compartir un sándwich magro que le enviaba su señora. Su plática era interesante a ratos, pero difícil seguir el hilo pues acostumbraba a bajar la voz, incluso juraría que susurraba para sí.
Con un mes de anticipación me invitó a su hogar, pues deseaba presentarme; decía que su señora estaba impresionada por mi sagacidad y amabilidad. Eso significaba que Urrea hablaba demasiado bien de mí y sobrestimaba las gentilezas. Además, sentí curiosidad por visitar la remodelación de su vieja residencia —datada del siglo XIX—, sobre la cual él presumía de vez en cuando.

La invitación fue en fin de semana y confieso que, al transitar hacia su casa, me extravié de modo extraño. Las calles próximas carecían de letreros y el mapa electrónico no coincidía con el trazado del vecindario, lo cual es inusual. Las vueltas sin sentido por aquéllas calles me crisparon los nervios y sentí gran alivio al toparme con mi destino.
La casa era amplia y a sus costados sobresalían unos detalles barrocos en cantera que indicaban las intenciones de convertirla en mansión. ¿La diferencia estricta entre casa grande y mansión? No me la pregunten, sin embargo, en la actitud orgullosa de los anfitriones ese sitio sí lo era.
La amabilidad de Urrea y su señora —de nombre Altagracia— compensaron mi prisa. De inmediato me sentaron entre los cojines aterciopelados de un mullido sofá y sirvieron con delicadeza un licor dulce, traído desde alguna lejana provincia de Indochina. La seriedad con que el ingeniero insistió en que había importado esa bebida para agasajarme subió rubor a mis mejillas.
Debí acercar la cabeza hacia la pareja y aguzar el oído, pues su tono de plática era de suave susurro. En la sala reinaba orden y mesura, las luces indirectas se escurrían entre lámparas que disimulaban cualquier contraste entre los colores pastel. La disposición de adornos y suavidad de matices obligaban a imaginar una cuidadosa composición de óleos renacentistas. Más curioso que sincero, alabé su gusto:
—Es una decoración hermosa, todos los muebles encajan.
La esposa era rubia y nerviosa, con ojos verdes expresivos, coronados con ojeras cenizas, como si la tristeza hubiera depositado un polvillo centenario en ellas. Con certeza era más joven que él, pero su aire pertenecía al siglo de nuestras abuelas. Era vejez anticipada y la edad no provenía tanto de arrugas prematuras, que sí dibujaban la comisuras de sus ojos, sino de su ropa con brocados demodé, cubriendo hasta las muñecas y la extensión del cuello. El peinado alto y rígido merecía denominarse un tocado, acosado por la espesa capa de maquillaje sobre el cutis. Adornos de perlitas en collar y aretes completaban esa imitación de retratos de aristócratas antiguas.  
La señora Altagracia respondió:
—La decoración es nada frente al prodigio que ha cumplido el ingeniero. ¿Ya le presumió la protección de la casa completa contra cualquier ruido… el infame bullicio urbano?
Asentí con la cabeza: era comentario usual de los almuerzos. El ingeniero gustaba de explicar los mejores métodos para eliminar ruidos con forros y efectos de aire comprimido entre las comisuras y grietas. Revelaba las dificultades especiales para silenciar sutiles ecos que avanzan entre conductos del cableado eléctrico y aire acondicionado. También había indicado cómo abatir el zumbido de lámparas: juro nunca antes haber notado que algunas bombillas emiten un sutil zumbido… Claro, cuando el ambiente ha sido silenciado por entero, entonces los pequeños murmullos brincan al primer plano, como en noches de insomnio cuando el propio latido resuena.
La señora hablaba con respeto y admiración del marido, sin embargo, su corazón evocaba tristeza, como si el pozo de amor estuviera contaminado por angustia y acritud. Mientras platicábamos, ella se emocionaba al indicar los logros para abatir cualquier grieta de “ruido”, entonces esa palabra la pronunciaba con gestos de asco y hasta parecía mirar un bicho repulsivo.
Terminadas un par de copas de licor, Altagracia comenzó a platicar sobre su única hija y sus extraordinarias cualidades. Yo había supuesto un matrimonio sin hijos, pues el señor Urrea jamás informó sobre su retoño.
—No sabía nada.
—Es que mi marido es discreto y nuestra pequeña ahora mismo está delicadita; si no fuera por la enfermedad estaría aquí haciendo nuestras delicias pues canta, de hecho me ha pedido como favor especial deleitarle.
Yo traté de evitar la molestia, pues tampoco me interesaba escuchar ningún recital de una menor de ocho años.
La comida era por completo insípida, pero colmé con halagos a la anfitriona. No era hipocresía sino la retribución por el esmero evidente, mientras explicaba los cuidados durante la preparación y decoración de cada platillo. ¡Cuán diferente es el deseo de agradar y el resultado! Anticipé que debería retirarme pronto. Tras el postre bajo en calorías, la señora Altagracia insistió en que la menor nos deleitaría con una única pieza musical, pero desde la seguridad clínica de su habitación cerrada.
Por un corredor alfombrado la señora se perdió de vista y regresó un minuto después. Con redoblado sigilo nos indicó seguirla y explicó que a la niña le hacía mal el ruido, pues sufría horribles dolores de oídos. Advirtió que desde su recámara nos deleitaría con un fragmento de ópera. La puerta permanecería cerrada y yo debía colocar el oído sobre la misma. Urrea, explicó que parecía madera, pero contenía una aleación especial: el sonido traspasaba suavemente. Al principio me sentí ridículo poniendo la oreja contra la superficie fría y esforzándome en escuchar. La madre me clavaba la vista y sonreía con insistencia; mientras su mirada se tornaba más verde y enérgica. Sin decir palabras movía la cabeza como transportada por un ritmo suave.
Pasaron minutos en la misma posición incómoda y los ojos de la señora esperaban algún comentario elogioso. Yo escuchaba el ruido de mi respiración y corazón palpitando, nada más. Cerré los ojos para concentrarme, era de suponerse que mi oído jamás sería tan fino como el de ellos, acostumbrados a su mansión hermética y acolchada. Seguí esforzándome hasta que percibí leves acordes como de violín y murmullos, supuse un aparato musical acompañando a la infanta dentro de su habitación. Sonreí y dije con satisfecha suavidad:
—Sí…
Con gestos Altagracia mandó callar y meció la cabeza como arrebatada por un vals de Strauss. Formé un aro con los dedos para dar una señal de excelencia y la madre brilló orgullosa. Un minuto después Altagracia con mímica mandó a que regresásemos a la sala y ahí se disculpó:
—Es solamente una pieza con la cual nos deleitó. Compréndanla está enferma, de buen agrado ella seguiría hasta la medianoche.
Agradecí la brevedad y me despedí.

Luego de esa visita el bullicio de la calle resultó diferente. Uno se acostumbra al zumbido de motores y frenos chirriando, hasta los bocinazos se alían con el paisaje urbano. Confieso que resultó molesto el típico caos de sonidos entrecortados y agonías de disonancias. Incluso cuando la ciudad se va hundiendo en la somnolencia, comprendí que no desaparece la nata de sonidos, permanece un ambiente difuso y fragmentario más ligero, sin desaparecer jamás. Oteé la gran urbe con desdén mientras la atravesaba: desprecio por la basura sonora que surge desde cada rincón y termina desvaneciéndose en ningún sitio, queda una amalgama pastosa que ensucia los oídos tanto o más que el polvo a nuestra epidermis. Pero el remedio casi milagroso contra ruidos y malos olores es ignorarlos, insensibilizarse hasta que la conciencia adquiere su coraza y, así amurallados, nos acompañan pensamientos apacibles. De modo intencionado me concentré en recuerdos agradables y pendientes del trabajo hasta que se alejó esa amalgama pastosa. Al anochecer, otra vez, sentí esa mezcla irritante de ruidos lejanos. Empecé, de modo práctico, a encender la radio en cualquier estación igual que un perfume de segunda sirve de valladar contra el tufo de establos y alcantarillas. Al fin dormí y procuré olvidar.
Una semana después, en la oficina, con gesto travieso el ingeniero me introdujo a su cubículo privado ubicado en un sótano del edificio. Evoqué la frialdad de la empresa colosal que no sabe confortar a sus gerentes, pero él parecía cómodo en un sitio apartado de las miradas. Como era de esperarse, las paredes, puertas, ventanas y conexiones de aire acondicionado aislaban su sitio. Quería mostrarme una litografía con apariencia antigua que acababa de adquirir, donde se plasmaba una escena bucólica. Unos pastorcitos han hurtado el nido de un águila en un acantilado y se alejan divertidos; sobre el cielo del atardecer se perfila el contorno majestuoso del ave. El trazo fino y los contrastes de sombras recordaban a los grabados de Doré. Lo felicité por su adquisición y aclaró:
—No va con el ambiente de mi residencia. Fue una adquisición costosa, que me recuerda cuando Altagracia y yo nos enamoramos.
Lo animé a platicarme cómo sucedió. Ella era la hija mayor de un hacendado tradicionalista y mandón que seguía preceptos señoriales. Las mujeres estaban sometidas a estrictas reglas y devociones religiosas, pero Altagracia era rebelde y se las ingeniaba para escurrirse de la vigilancia parental. De Urrea la madre era sirvienta y soltera, aunque protegida y estigmatizada a la vez, trabajaba en la hacienda y debía mantener la distancia ante los amos. El futuro ingeniero consiguió una beca para quedar internado en la escuela pública de una ciudad próxima y, al regresar durante el invierno, Altagracia se fijó en él. Ambos adolescentes congeniaron muy rápido. A ella se le ocurrió que visitar, según una leyenda local, los restos del Arca de Noé en una montaña, llamada el Cofre. El plan era salir tempranísimo, encontrar el sitio, comer allá y regresar en una jornada, pero sus cálculos fueron equivocados. Salieron en la madrugada, aprovechando pequeños privilegios como hija del patrón. Inventaron una historia falsa para cruzar entre los sembradíos poco poblados y subir hacia el macizo del Cofre. El vigor de la juventud les permitió avanzar entre labrantíos, dejarlos atrás para internarse entre los bosques y luego alcanzar el pie del monte para seguir hacia los primeros despeñaderos. Ese viaje fue increíblemente entretenido y audaz para el joven Urrea, que estuvo absorto entre las pláticas inocentes y las dificultades de senderos ocultos. El atardecer los sorprendió con nubes cargadas de lluvia. A mitad del macizo rocoso, atravesaron una hondonada y comenzó un aguacero que levantó un arroyo impetuoso a sus espaldas: la vía de regreso quedó vedada. Esa tarde, seguir la ruta de regreso resultó imposible. El atardecer lluvioso se convirtió en noche; mojados y cansados buscaron un hueco sobre las paredes rocosas. Sin más medios para resistir la noche se acomodaron en una oquedad descampada. Miraron la luna salir y brotar las estrellas, compartieron sus temores y se juraron una amistad eterna mientras se abrazaban para combatir el frío. Ese abrazo encerraba una dosis de prohibición y traería un sentimiento definitivo entre dos almas que todavía desconocían los misterios del sexo. Al amanecer buscaron el camino de regreso, aunque el relieve del sitio los obligó a continuar subiendo y en el primer ascenso descubrieron un nido de águila.
—Esa mañana a media montaña observé a Altagracia, sonriendo contra el vacío infinito del cielo y atrás el nido del águila sobre una roca aislada. Entonces empecé a amarla, ya no fue la amistad de muchachos y pronto supe que era correspondido.

Transcurrieron semanas y una mala tarde salió el tema de la niña. Le inquirí por una fotografía, entonces con parsimonia y hasta reticencia sacó una diminuta de su cartera, mostrando rasgos de muñeca antigua que en nada recordaban al propio Urrea. El diminuto rectángulo en nada semejaba al ingeniero. Hablando a la ligera, la curiosidad me empujó hasta la descortesía y, sin advertencia, le pregunte:
—Ya dígame ¿qué no es hija suya?
Pareció espantarse pero ni así levantó la voz:
—No es eso, no, el tema es delicado.
Terminó eludiendo el asunto y se apresuró a despedirse.

Días después vi a Urrea triste y desaliñado: la corbata fuera de sitio, sin tapaorejas y mal peinado. Nunca antes apareció en tales fachas; le pregunté qué sucedía y contestó que su mujer quedó contagiada por una peste nerviosa. El término “peste” me escalofrió. Lo abracé con sinceridad y ofrecí ayuda, pero él no dio detalles. Ese día quedé muy ocupado bajo un montón de trabajo. Quedé tentado a buscarle por teléfono, pero lo hice hasta la noche y la respuesta que obtuve fue un susurro contristado:
—Estoy ocupándome del problema de mi señora, pediré unos días de vacaciones… debo gestionar para librarla del hospital psiquiátrico.
Pretextó que estaba apresurado y me dejó preso de la curiosidad.
Con las súbitas vacaciones de Urrea los colegas empezaron a quejarse del ruidoso bombeo bajo el edificio. El sindicato se inconformó, el director administrativo giró oficios y hasta se rumoró que el director general levantaría sanciones administrativas. El tema de la ausencia del ingeniero creció junto con las molestas vibraciones y la venta furtiva de tapones para oídos. El jefe de recursos humanos, de súbito, comprendió que había sido un error darle tanto asueto a su ingeniero estrella; incluso corrió el cotilleo sobre aumento y recompensas a quien interrumpiera sus vacaciones.

A la semana siguiente Urrea apareció y su pelo había encanecido; además del pelo blanco destacaban ojeras azulosas y barba mal rasurada. Sin las tapaorejas distintivas y con la usual ropa elegante pero arrugada. Existen personas a quienes los sufrimientos hacen envejecer y trastornan con rapidez asombrosa. Cuando lo abordé en un pasillo, dijo a modo de disculpa por su premura:
—Agradezco tus preocupaciones, pero los directores me urgen para controlar el rugido que acompaña al bombeo subterráneo; en cuando me desocupe visitaré tu oficina.
Antes de terminar esa jornada las molestas vibraciones sonoras habían desaparecido. Al atardecer, Urrea visiblemente cansado, se sentó ante mi escritorio, cruzó las manos y comenzó a hablar con la urgencia de una confesión largamente postergada:
—Ha sido una serie de acontecimientos insufribles. Empezó con una explosión cerca de nuestra residencia y la construcción retumbó. Todas las precauciones para aislarnos del ruido de la calle resultaron inútiles. Usaron dinamita para abrir un boquete en una propiedad vecina, ahí estaban cavando cimientos y se encontraron con roca sólida. Al encargado le pareció sencillo demolerla. ¡Por Dios, dinamitar en pleno barrio residencial! —por primera vez, desde que lo conocí, levantó la voz y quedé sorprendido— No solo retumbó la casa sino que hasta las repisas se cayeron y el frasco de la niña rodó al piso. La alfombra no sirvió de nada y el recipiente se hizo añicos. Mi señora no estaba en el cuarto sino cocinando, corrió temiendo lo peor y al entrar en la habitación tropezó con ese tiradero del frasco en el suelo y el líquido desparramado. Ante la situación patética, comenzó a clamar desconsolada, cuando en tantos años jamás la escuché gritar de ningún modo. Ella jamás lo hacía, así que su llamada a gritos me alarmó y manejé como un salvaje, atravesé la ciudad y casi choco. Cuando entré al cuarto infantil ella seguía arrodillada y sollozando por la desgracia. Intenté abrazarla, le dije palabras tiernas y hasta juré que pegaría los pedazos del frasco. Era mentira, pero intenté frases para consolarla. En un arranque de ira se levantó, tomó otro jarrón viejo que había rodado sin romperse en el mismo accidente y con agilidad de gato lo estrelló en mi cabeza. No percibí ese movimiento, pero sentí el golpe. De momento no me di cuenta de qué estaba sucediendo. Ella gritó que me había matado y se espantó tanto cuando vio correr un hilito de sangre desde mi cabeza. El golpe casi ni lo sentí, la porcelana era ligera y apenas una astilla se clavó entre el pelo. Me alarmó más ella cuando entró en otra crisis de nervios: era peor, lloraba y temblaba sin cesar. De momento se olvidó de la pequeña y accedió a visitar a un doctor. Supuse que solamente había sido el susto, pero al final el galeno insistió en internarla en un siquiátrico.
—¿Y la niña?
—La puse en una bandeja, mientras regresaba.
—No entiendo, ¿en una bandeja?... ¿tu hija?
—Perdona, no te lo había explicado. Eres la única persona que de verdad aprecio en esta empresa; me dio pena y temí fueras a suponer que soy un desequilibrado. Esta hija es nonata. Altagracia tuvo un aborto espontáneo tras un embarazo de meses. Le entró una obsesión con esa niña, que sí es una, o digo un feto, y es nuestra, —conforme avanzaba el relato Urrea comenzó a carraspear, a atorarse un poco y humedecer los ojos— pero nunca vivió. Fue hace ocho años, en el hospital Altagracia exigió se la entregasen y, con insistencia, lo ganó. Primero sugerí enterrarla con un funeral solemne, pero ella no consintió. La dejó ahí en el cuarto infantil que ya habíamos decorado. La conservamos en un frasco con químicos y la fantasía de ser madre creció en esa damajuana. Al principio intenté convencerla y fueron pleitos sin fin, se enfurecía y reclamaba que yo era insensible, que no comprendía del dolor de madre. El tema fue más ríspido cuando nos enteramos que ella nunca se embarazaría de nuevo. La única manera de rehacer nuestra vida de pareja fue dejándole fantasear un poco y conservar el cuerpecito. Cada vez Altagracia se fue convenciendo más que existía comunicación entre ellas. Con los años fue inventando más que la niña crecía, o desde el frasco murmuraba y hasta cantaba con suavidad. De ahí le vino su fobia para los ruidos externos, convencida de que los sonidos bruscos impedían su comunicación con el cuerpito en el frasco.
—Y ¿cómo enloqueció?
—Altagracia era fantasiosa y jugábamos a esa frontera entre lo imposible y su deseo de ser madre. Los ginecólogos la revisaron una y otra vez, pero era inútil. Nunca más un embarazo. El juego fue creciendo de a poco. Al comienzo el frasco estuvo bien escondido, yo no me atrevía a mirarlo. Con los años y la frustración, Altagracia fue sacándolo a la luz, hasta que pareció aceptable colocarlo en una repisa del cuarto infantil.
—En la habitación cerrada, supongo.
—Sentí pena cuando quedaste obligado a poner el oído en la puerta, pero miré tu cara y supuse habías sido amable. Altagracia quedó feliz con tu visita, luego insistió en que la gente ya debía presentarse ante nuestra niña, pues ya entonaba melodías en susurros. Casi nunca le llevaba la contra, pero esa vez sí lo hice. Pareció aceptar mi opinión sensata para resignarse, pero después insistió en que el feto no era juego, que la niña sí cantaba y bastaría con el silencio perfecto. No llegamos a un acuerdo, Altagracia quedó molesta y nerviosa, lo disimulaba pero en eso vino la explosión.
El ingeniero extendió las manos en una mímica para indicar las ondas expansivas; movió la cabeza, miró al cielo raso y guardó silencio, así que seguí interrogando.
—¿Y cómo terminó el asunto en un siquiátrico?
—Una cosa trajo a la otra. En el pequeño hospital, donde atendieron su crisis de nervios, Altagracia se enfureció cuando el doctor no dio importancia al frasco roto y a que la niña se hubiera quedado así en casa, mucho peor que encuerada y sobre una bandeja. Ella le contó al médico y exigió que cumpliera sus exigencias. Ese doctor luego trajo a un psiquiatra quien habló con dureza, exigió interrogarla y la desgracia se precipitó. Conforme esos doctores a dúo la contradecían, ella se alteró hasta que estalló en furia y la discusión dio paso a algo peor: rasguñó y mordió al psiquiatra, mientras gritaba que la soltaran para salvar a nuestra hija.
Volvió a guardar silencio, mientras bajaba la cabeza. De nuevo interrogué:
—¿La hospitalizaron a la fuerza?
—En cuanto se calmó, ella misma aceptó la internación. Ya estando adentro suplicó salir, y no sé si sepas, pero esos internados psiquiátricos son patéticos y los trámites de salida, un calvario. Fueron unos días, mientras se calmaba; no había otro remedio y el psiquiatra me obligó a entregarle el feto, pues insistió en que ella nunca más viera al “fetiche”; porque conservarlo atoraba el proceso de duelo por pérdida. Resonó tan extraña la palabra “fetiche”, incluso repugnante para referirse al cuerpo de la pequeña muerta, aunque sea una “nonata”. Esa palabra suena mejor, más a terminología médica: non-nacer. Antes de envolverla en una bolsa de plástico negra dije: “Eres una nonata, y tu madre nunca lo aceptó ni aceptará, así lo mejor es decirte adiós en soledad.” Me di cuenta que si un extraño lo hubiera presenciado también creería que yo estaba medio loco. Después, me sentí ridículo entregando la bolsa negra al psiquiatra y que él mirara adentro para cerciorarse, como si yo fuera capaz de sustituirla con una muñeca de juguete.
A esas alturas el ingeniero de pelo blanco comenzó a llorar. Lo abracé y cesó su llanto de inmediato, levantó la cara y terminó:
—No siento tanta pena por la nonata, pero ahora que Altagracia está en casa nunca lo perdonará.
Busqué palabras de consuelo para finalizar esa plática y regresar a nuestras labores:
—El olvido cierra las heridas y su señora sanará, dele tiempo.
Urrea suspiró negando con el gesto, abrió mucho sus ojos cafés y levantó despacio la cabeza. Se quedó mirando al techo, su estampa era la del soldado que perdió la guerra, pero sonreía como si junto a las lámparas habitaran ángeles del cielo. Hizo un gesto lento, indicando que se sentía mejor. Volvió a suspirar más hondo, concluyó:

—Las heridas de nuestras fantasías son tan difíciles de curar… nadie encuentra cómo protegernos de un sonido que no existe.  

lunes, 26 de mayo de 2014

FAVOR DE NO PISAR LA LÍNEA DEL TIEMPO



Por Carlos Valdés Martín


La simpleza de mis primeros…
En mis días de secundaria imaginaba que no existía otra manera para concebir el tiempo distinta a la lineal. Este asunto lo miraba tan recto como la regla escolar. En algún momento había comenzado a existir el tiempo, era un instante tan lejano que se volvía completamente nebuloso, pero seguramente se trataba del origen mismo del universo. El universo debía de haber empezado con su propio cronómetro, ajustado a mi reloj mesurable con las horas, minutos y segundos que se dibujaban entre las manecillas. En efecto yo suponía que debió de existir un primer segundo de la creación, tan pequeño como el breve espacio que existía en ese reloj de pulsera con la marca desaparecida de una fábrica: Diesel Nacional[1]. Mucho después me di cuenta que esa ingenuidad era compartida por importantes científicos y filósofos en su estructura esencial. Se trata del modelo newtoniano del tiempo con su medida absoluta y eterna de la simultaneidad. Cuando encontré tanta afinidad con importantes pensadores supuse que mi intuición adolecente fue perspicaz. Poco a poco me enteré de que existen otros modos de captar el asunto y que en las ciencias físicas impera el relativismo o la explicación cuántica, en donde casi nadie cree en ese sencillo, concepto lineal y homogéneo del tiempo, de una simpleza casi estética.

Aunque se conciba una imagen sencilla no por eso deja de contener sus complejidades. Si se afirma la infinitud y entonces el tiempo no tiene inicio ni termina, de tal modo que no existiría un principio del mundo sino una continuidad incontable de las transformaciones del universo, de tal modo que la fantasía vagaría sin punto de terminación en torno a la interrogación de lo que existió antes que antes. En una velada platicaba con el amigo Sergio sobre esa línea de regreso interminable. Antes de nosotros existió el hombre antiguo, antes que éste el hombre primitivo, antes el mono, antes el mamífero, el dinosaurio, antes el reptil, antes el pez, antes el trilobite, antes el microorganismo, antes un caldo de aminoácidos, antes un planeta incandescente, antes un sistema solar en formación, antes una nebulosa, y antes que ésta ¿qué encontraremos? El pasado de lo supuestamente conocido sobre la línea recta del infinito pretérito nos lleva por caminos tortuosos, adecuados a la imaginación y la ansiedad. Por eso es preferible, para evitar el riesgo de la especulación excesiva, definir un inicio un corte, como principio de todo tiempo, y dejar la infinitud como propiedad exclusiva del futuro. Los creadores de todos los calendarios humanos actuaron de modo semejante, definiendo un año inicial y siguiendo la cuenta. Pero esa simplificación administrativa de la línea infinita le reduce encanto, porque la cuerda de la imaginación queda más tensa sin asideras ni al principio ni al final y, sobre esa prolongación sin fin, posee cierta hermosura intangible.

El otro lado elegante de la simple recta infinita se conecta con el tema del movimiento. Para medir el efecto temporal está el movimiento, y desde la antigüedad se buscaba medidas más precisas de tiempo en base a procesos regulares de caída de cuerpos, como la arena y el agua, Galileo encontró que el péndulo manifiesta mayor regularidad. En la actualidad, el paso de los electrones por los circuitos integrados es la medida que se impone. La siguiente pregunta ingenua y obligada es si transcurre el tiempo sin movimiento alguno. Bajo la visión sencilla deberá de existir una especie de reloj absoluto para todo el universo, lo estimado por los deístas como un cronómetro de Dios[2]. Pero si hubiera un estado de reposo absoluto entonces no transcurriría eficazmente el tiempo para el objeto de inmovilidad perfecta. Con ese argumento la juventud adquiere la idea más simple para un viaje al futuro: congelarse. Para los demás seguiría la ley del tiempo y para un objeto congelado cesaría. Este argumento suena a injusticia. Sobre todo debería de existir algún registro aún dentro de tal congelamiento, para que entonces el transcurrir ineludible no sea una mera idea. Me imaginaba en una cápsula de  congelamiento incrustado dentro de una oscuridad interestelar, condenado para siempre al estancamiento perpetuo, y de alguna manera imaginar a las estrellas prisioneras de un tal maleficio, donde precisamente el desprendimiento de la luz era el camino de la separación de su corazón de estrella, de tal modo que ese corazón profundo vivía enterrado dentro de la luz, congelado y separado del resto del universo. Recurriendo a una metafísica más convencional la muerte es una escapatoria del reino de Cronos, una vía de escape hacia lo inmutable o trasmundo de eternidades.


La esfera de la época agrícola
Ya la primera diferencia entre dos iniciadores griegos de la filosofía implicaba una radical oposición sobre este asunto. La separación radical entre el estático Parménides y el fluido Heráclito estaba en su sensibilidad frente al transcurrir. El primero, prefería las definiciones claras y el sentido estático, para definir que "lo que es, es y lo que no es, no es", por lo que el cosmos debía de ser una esfera, representación geométrica de lo estable e inmutable. Por su parte Heráclito prefería zambullirse en las aguas del río, y quedaba contento de que nunca se bañaba con la misma agua, porque todo cambia y todo pasa.

Entre los pueblos agrícolas existía la convicción de que el movimiento cronológico era firmemente circular, que los ciclos anuales regresaban al mismo punto calendario de manera plena y estricta. De tal modo el movimiento en espiral de la existencia era más aparente que real; pues predominaba, a final de cuentas, la esfera como resultado de transformaciones ilusorias. Las narraciones y los ritos se repetían sin cesar: gestos idénticos. Los dramas griegos cuando apelaban a un Destino, lo hacían en sentido estricto: repetición humana de un designio divino pero oculto. En un concepto como el hinduismo esta existencia debía de ser un reencarnación de otra: copia mejor o peor del pasado. Las ideas de Platón como arquetipos repetían en la material al trasmundo ideal: más repeticiones. Al recordarse los mitos de lejanas épocas, la narración decía: antes existieron otras humanidades caídas en una rueda, pero renacidas durante el siguiente giro. La serpiente Odradeg, que sostiene a la tierra en algunas mitologías germanas representa esa repetición, cuando se muerde la cola, demostrando que su final es también su principio. Las diversas mitologías y religiones estudiadas por Mircea Eliade insisten en esta idea de la circularidad del tiempo[3]. El viejo ritual del año nuevo describe una renovación del tiempo, los rituales de romper vajillas y estrenar ropa el 31 de diciembre tienen su raíz en la convicción ancestral: reinaugurar el tiempo o presenciar su renacer, es decir, su última natividad.


Cada filosofo contiene su…
Esta idea redonda del cronómetro trata de consolidarla otro filósofo, Nietzsche, reconocido por su explicación del eterno retorno. El tiempo antiguo es llevado al extremo por Nietzsche con esta eternidad a cuestas. No es tan fácil definir si retrata una visión de pesadilla o un deleite especulativo. El eterno retorno supondría la repetición exacta de lo ahora sucedido, lo cual lo podemos proyectar hacia el pasado y hacia el futuro. Al mismo tiempo quedaríamos atrapados en la fugacidad, pues todos los momentos particulares se repiten, de tal forma que son tan fugaces y eternos. Curiosa contradicción para un alma romántica, que cada segundo sea fugaz y eterno. El lado negro de tal repetición lo comenta Milan Kundera, imaginando la eternidad como el clavo de Cristo en la cruz, la reiteración de ese culpable gesto de crueldad[4]. Bajo la condena de la eternidad la vida obtendría una responsabilidad demasiado pesada, abrumadora, aplastante. El lado luminoso de tal idea está en la eternidad de todo lo significativo. Cada acontecimiento, clavado en la rueda de la eternidad adquiere la majestuosidad de lo perpetuo, la densidad de lo infinito. Bajo esta noción de que el tiempo es curvo, entonces el instante produce un encadenamiento completo, conduciendo hacia un torrente infinito, que conoce un camino de regreso siempre hacia atrás. El instante resulta todopoderoso porque se produce a sí mismo sobre esa cadena sin término, igual a la materia auto-engendrada y eterna que imagina Engels[5]. En fin, el eterno retorno es un pensamiento concebido en el libro Así hablaba Zaratustra para sorprender y anonadar a los espíritus de cortos vuelos [6].


La sensibilidad de Kant…
En base a las perplejidades tejidas en torno al tiempo, es simpático el esfuerzo de Emmanuel Kant por sacar las dimensiones del mundo real, y afirmar que tiempo y espacio son condiciones ideales de la sensibilidad humana. Según el alemán espacio-tiempo son unos moldes indispensables instalados dentro de la cabeza que permiten darle sentido a todo fenómeno percibido, como si nacieras con cronómetro y regla integrados. Esas coordenadas serían percepciones subjetivas y forzosas, que organizan el vasto mundo ante nuestros ojos y conciencia.
Al parecer a Kant no le resultaba convincente la existencia de un tiempo infinito lineal y de un espacio extenso infinito por problemas lógicos conocidos. Desde la antigüedad, se cuestionó ¿qué hay antes sobre la línea del tiempo? Siempre existe algún posible antes y esa posibilidad de una regresión infinita es problemática. El primer motor no se encuentra y se debe colocar en hipótesis arbitraria. A esas paradojas, Kant las llamó aporías y buscó una salida elegante. La salida elegante fue que no existían esas cosas contrarias a la lógica formal: tiempo y espacio.
En esencia, la manera de captar el asunto por este filósofo era plenamente newtoniana, con una ingenua y extrema fe en la bondad de los relojes. Por un lado, encontramos la majestuosa elegancia de los conceptos newtonianos, que mediante pocas premisas y mínimas relaciones cuantitativas (ley de gravedad) logra un conjunto de conceptos, que adicionalmente corresponde con infinidad de percepciones sensoriales. La continuidad, simultaneidad absoluta y homogeneidad del tiempo poseen su correlato sensorial en millones de acontecimientos cotidianos de nuestra escala personal que confirman ese sentido. Cualquier trabajador está convencido, que por muy tediosa que haya sido la jornada y por lento que sienta el paso de los minutos, en realidad, su horario de salida es el mismo. Son muy pocos los acontecimientos de percepción cotidiana que van en contra de tal idea y espontáneamente son agrupados en el terreno de lo misterioso, sospechoso o paranormal, como sucede con las llamadas premoniciones.


Big Bang pisa la cola…
El principio del tiempo sería la cola de la serpiente Odradeg si el mítico gigante existiera. Colocar un principio a una proyección infinita es detener la reflexión en un punto. ¿No existe un antes del Big Bang? Una entidad anterior al universo conocido es una puerta abierta a la fantasía. Si ya imaginar un segundo primero del universo es una puerta de ficciones, donde cabe argumentar casi cualquier principio de génesis. Según Paul Davies en esas fracciones de segundo iniciales se está creando el espacio-tiempo y todas las leyes junto con la materia, así que ahí ocurre una sucesión de edades del universo, lo cual ya es bastante extraño[7]. En esa cuestión extraña la “línea del tiempo” queda torcida y desmenuzada hasta convertirse en añicos y           quedar sustituida por otra noción extrema. ¿Qué de extremo tiene ese Big Bang? Es la génesis absoluta en un momento, lo significa una especie de Dios creando el universo[8], aunque el científico debe mirarlo como un acto material, pues el método no le permite salirse de su carril de materia probada y realidad probable.  


La pérdida de ímpetu…
En las leyendas de los pueblos antiguos era común encontrar épocas pasadas con más vigor, por ejemplo, indicadas como periodos de habitantes de oro o etapas de semidioses que nos precedieron. Entre los griegos en Los trabajos y los días[9] está reflejada esa creencia en periodos de humanidades superiores clasificadas en oro, plata, hierro y bronce. También entre el hinduismo plasmada en los Vedas existe una visión análoga desde los metales más finos, decayendo en una actualidad, de existencia más ruda y corrompida. Si esta noción de decadencia de los periodos se aplica al cronómetro universal, el relativismo también nos invita a especular con algún escepticismo, pues quienes indican que el tiempo depende de la velocidad, deben relacionar esto con la velocidad de expansión del universo. El Big Bang hace crecer el universo a una velocidad considerable y nuestra física del tiempo depende de ese movimiento. La tendencia a la expansión modifica ese tiempo relativo y dependiente de la velocidad de desplazamiento. En algunas ficciones se imagina que ese ímpetu se va perdiendo y hasta el avance temporal se convertiría en una cámara lenta y cada vez más pausada, hasta alcanzar una especie de parálisis. Bajo esa imagen de parálisis progresiva el universo entero cae en una enfermedad de entropía extrema, cae en depresión para terminar en catatonia, en una especie muerte de congelación perpetua. Aunque sea pura imaginería, no deja de ser curioso suponer un universo cayendo en la cámara lenta, hasta la sofocación paralítica bajo el hechizo de su cuerda de reloj moribunda. Un universo lento caería en una distinta y última paradoja de Aquiles y la tortuga[10], pues bajo esa cámara lenta, cualquier persecución sería inalcanzable. Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga, aunque no por la tradicional división en partes más pequeñas, sino por una pérdida de ímpetu que termina en inmovilidad.


NOTAS:


[1] Durante el periodo promotor de la industria local, el Estado mexicano patrocinó diversas empresas. En Ciudad Sahagún, Hidalgo, se integró un conjunto de empresas, entre las que destacaban Renault de México y Diesel Nacional, más conocida por su marca comercial DINA. El reloj contenía una publicidad de Diesel Nacional, que fabricaba motores y no cronómetros. 
[2] Esto parece estar incluido en la visión del tiempo de Descartes.
[3] ELIADE, Mircea, El mito del eterno retorno.
[4] KUNDERA, Milán, La insoportable levedad del ser, “Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada.”
[5] ENGELS, Friedrich, El anti-Dühring.
[6] NIETZSCHE, Friedrich, Así hablaba Zaratustra, "De la visión y el enigma", p. 177-182.
[7] DAVIS, Paul, El universo.
[8] Es un argumento de corte teológico encontrar una causa de todo que no posea causa, acto absoluto de Génesis y ante ese acto absoluto lo demás resulta efecto. Ese ha sido un argumento clásico para demostrar la “existencia” de Dios. Cf. DESCARTES, René, Meditaciones metafísicas.
[9] HESÍODO, Los trabajos y los días.
[10] BORGES, Jorge Luis, Borges oral, Emecé Ediciones, p. 22. Según recuerda el escritor argentino las aporías de Zenón han sido motivo de regocijo y especulación sobre el tiempo usado como espacio, como línea a recortar.

miércoles, 30 de abril de 2014

RESUMEN DE LA REPÚBLICA DE PLATÓN, Capítulo IX





Por Carlos Valdés Martín

En esta parte, Platón cambia de enfoque para centrarse de nuevo en el individuo y regresa al tema inicial de la justicia, respecto de los cuales se había alejado y cambiado de escala para considerar al Estado. Sin embargo, el Estado tiránico es adecuado al individuo tiránico, por tanto la escala debe empequeñecerse para descubrir la psicología individual y comprender esa moral de la polis, de ahí también la dificultad del análisis. Por tanto, los psicólogos se fascinan con Platón y encuentran pautas afines a Freud.

Habrá que centrarse en el individuo tiránico (por cuanto define al enemigo por antonomasia[1]) ¿De dónde surge el individuo tiránico? El tema presupone analizar los deseos insaciables y a distinguir los deseos en necesarios, innecesarios y los que surgen del sueño. En ocasiones el sueño es desbocado y hasta bestial, por tanto debe procurar prevenirse tales fantaseos. El primer origen está en el niño, que en Las leyes incluso lo considera de naturaleza bestial, de tal modo que se emparenta con la psicología freudiana[2] y abre espacio a consideraciones muy interesantes, pues el problema de la filosofía política es ¿en qué naturaleza humana se sustenta la sociedad? Si el ladrillo ya está podrido y el individuo es malo por naturaleza, entonces la tarea será casi imposible o utópica. El planteamiento de Platón está a medio camino: existe el mal de origen, pero también están los remedios, mediante la corrección desde el niño hasta el ciudadano, aunque un cariz pesimista lleva hasta planteos extremos, como uno de vaciar la ciudad de mayores de diez años, para empezar una educación utópica.  

El problema político de fondo es controlar las pasiones desbordadas, ante las cuales el individuo tiránico cede y se enfrasca en satisfacerlas sin encontrar jamás contento, convertido en “borracho, erótico o tiránico”, empujado por las malas compañías. Considera al deseo la nodriza del tirano, con lo cual antagoniza con las teorías hedonistas, en especial cierto freudomarxismo que afirma a la represión sexual como la cuna de la tiranía, en especial con el interesante argumento iniciado con Reich[3] y seguido por Marcuse[4]. Para explicar la tarea nefanda de Eros[5], Platón usa la metáfora de un zángano enorme que clava el aguijón en el interior del individuo y se apodera de él, sometiéndolo a la locura amorosa; aunque sus apetitos directos pueden venir por “borracho, enamorado o loco”[6]

Tal individuo para satisfacerse quedará convertido en ladrón, comenzando por sus padres (donde Platón subraya la vileza originaria del tirano[7]), y siguiendo hacia cualquier clase de tropelías privadas y públicas. Si el pueblo se rebela contra el orden social es fácil que tales individuos se coloquen a la cabeza, y ya dueños del poder golpearán y robarán a todos traicionando a “la patria o matria como dicen los cretenses”[8]. Tal individuo tiránico en el poder se rodeará de esclavos y de aduladores, pues a los libres y honestos detestará. El adulador queda como peldaño del tirano, pudiendo ser él mismo un adulador que se “arrastra a sus pies”[9].  Así, el tirano rompe con el modelo de igualdad y amistad, para ser “siempre déspotas de alguno o esclavos de otros”.

A semejanza del individuo tirano, el Estado tiránico también será defectuoso y problemático provocando la mayoría infeliz.

Platón se esfuerza en demostrar que el individuo tiránico también es el más infeliz, aunque le sonría la fortuna aparente. Es infeliz porque los demás le odian y entonces deberá siempre tener miedo y precaverse contra todos[10]. Se tiraniza a sí mismo, creyéndose afortunado al gozar excesos que lo llevan a la intranquilidad y enfermedad, por eso en opinión de Platón, “el auténtico tirano  resulta ser el auténtico esclavo”[11]

En esta parte, expone con claridad su división de ser humano en tres campos, los cuales son base de su clasificación del Estado y el individuo político: inteligencia-filosofía-rey, ira[12]-honorabilidad-timocrático y concupiscencia-apetito-tirano. Cada uno es un tipo de placer (mental, emotivo, físico) que sirve para comprender la polis y su evolución, según esta visión de Platón, y donde el individuo democrático (modelo avaro) sería una variedad menos agresiva de la concupiscencia que la del tirano. Es evidente, que el modo de vida del filósofo que busca la verdad le parece el mejor a Platón, por tanto obtiene un placer más deleitoso, pues es perpetuo. En esta parte, emplea con elegancia la metáfora de tres escalones, donde el individuo se mueve entre ellos, pero sin alcanzar la cima, por el tipo de placeres limitados que se procura[13]. Con este argumento, Platón insiste en la calidad superior de la realidad encontrada por el pensamiento del filósofo, por tanto su placer más duradero y verdadero, que los del cuerpo[14].

El tirano al amar los placeres inferiores desconoce los goces del honor y, más todavía, los de la inteligencia que son los mejores, así que se atascará en su entorno de apetitos materiales. Argumenta que el exceso de placeres lleva hacia una resaca (o enfermedad)  y de regreso, que un punto intermedio lo llamamos placer y al otro dolor (la curación), lo cual posee su ficción. Ese exceso de placeres lo compara desfavorablemente con los placeres de la inteligencia que no tiene ningún regreso doloroso, por lo que utiliza una fórmula pitagórica para compararlos de 9 al cubo[15].

Para reforzar su argumento del tirano infeliz, emplea otra famosa metáfora de la bestia interior[16] que martiriza a un metafórico hombre interior más pequeño, cuando la bestia es fortalecida con las pasiones (lujo, molicie, irascibilidad, prepotencia…). Al notar esta contradicción interior, Platón recurre a un argumento aristocrático, al encontrar ahí que por eso se vitupera al artesano y operario, pues son gente incapaz de gobernar a la bestia interior, así que deben ser gobernados por otros. Este último argumento resulta cuestionable en la actualidad, claro que proviene de prejuicios sociales contra el trabajador manual y el esclavo.

Esta serie de principios, marcan el camino para que el individuo actúe en su ciudad interior, pero “no querrá actuar en política”[17], sino en su individualidad, lo que en otros términos es su templo íntimo.

NOTAS:



[1] Contra el tirano se canaliza el furor político de la corriente democrática y, se metamorfosea, en el rey santificado por el conservadurismo eclesiástico-aristocrático. Estudiando esta misma figura, de príncipe tiránico, hasta el Renacimiento se emancipa la ciencia política de la ética para configurarse más estrictamente como ciencia a partir de Maquiavelo.
[2] Considerando el sueño del incesto y la bestialidad como presentes y motivo de censura. “imaginación del intento de cohabitar con la propia madre o cualquier otro ser, humano, divino o bestial” La república, p. 307. Resulta significativo que también el contacto con lo divino esté presente en ese mundo onírico, por tanto, dando todos los colores de la escala valorativa y emocional.
[3] REICH, Wilhelm, La función del orgasmo y La psicología de masas del fascismo. Argumentos de especial interés, elaborados en el campo experimental del ascenso de Hitler, done se interpreta que una represión sexual de las masas (an-orgásmica) permite la manipulación política.
[4] Saliéndose un poco del plano de la psicología estricta le otorga una categoría social a la represión sicológica de las tendencias del ello. Cf. Marcuse, Herbert, El hombre unidimensional.
[5] Eros también es “llamado tirano” en el diálogo, La república, p. 309.
[6] La república, p. 311. Aunque en nuestra cultura de Occidente, el amor suele disculpar los excesos, pero no en la opinión de Platón.
[7] “pretende sobreponerse a su padre y a su madre, quitándoles lo que tienen” La república, p. 310.
[8] Curioso rescate del término “matria” es un audaz acierto de los traductores, que indican el carácter materno del vínculo patriótico. La república, p. 313.
[9] La república, p. 313.
[10] “así vive la mayor parte del tiempo metido en su casa como una mujer” La república, p. 315.
[11] La república, p. 317.
[12] Estima Platón que a ira conlleva el camino del mando y buscar la victoria, p. 320. Sin embargo, este desprendimiento valiente de la ira ¿no ocurre también en el amor sublime? En ese sentido, la función de la emoción es mucho más amplia a la signada en La república.
[13] La república, p. 325-326.
[14] La república, p. 327, “¿Así pues, en general, las especies de cosas que atañen al servicio del cuerpo participan menos de la verdad y de la realidad de las que atañen al servicio del alma? —Mucho menos”.
[15] Según esa cuenta es setecientas veintinueve veces más placentero el saber que lo corpóreo, La república, p. 330.
[16] Como la Quimera o el Cerbero en unidad de distintas figuras, La república, p. 331.
[17] P. 335.

sábado, 19 de abril de 2014

GILBERTO BOSQUES A RIESGO DE SU VIDA


                                   Por Carlos Valdés Martín

En lo que sigue transcribo el pasaje que dediqué al librepensador y diplomático mexicano Gilberto Bosques, quien rebasando los límites de su deber como embajador arriesgó su vida, la de su familia y del personal de su embajada para salvar de una muerte segura a decenas de miles de personas, perseguidas tras la derrota del bando republicano español y el principio de la Segunda Guerra mundial. La acción de este personaje (cada vez más reconocido y comparado ventajosamente con Schindler, el empresario que salvó cientos de judíos) merece grandes elogios y reconocimientos, pues sin utilizar armas y en condiciones extremadamente peligrosas, salvó a decenas de miles de las garras del franquismo y del nazismo. El escrito está en el libro El poder de la masonería en México, el símbolo del liderazgo de Editorial Romel, siendo una obra colectiva donde participamos 29 escritores y librepensadores. 

El fragmento pertenece al artículo: "Líderes en la edificación de la nación." 

El texto es el siguiente: 

"Al comenzar la Guerra Civil en España, una parte de la opinión pública mexicana sigue con mucho interés la situación y da muestras de solidaridad con el bando republicano. El bando fascista, apoyado militarmente por sus afines de Alemania e Italia derrota al republicanismo. Hacia el final de esa Guerra Civil el bando franquista se cubre de oprobio al perseguir despiadadamente a todos quienes tuvieran relación con los republicanos derrotados. En ese trance la actividad solidaria del gobierno y muchos mexicanos destaca para buscar alternativas humanitarias para el sector derrotado.

"El político Gilberto Bosques expresa de la mejor manera y en las situaciones más adversas, cómo el ideal de respeto a las naciones se convierte en visión humanista, ajena a falsos nacionalismos, donde se reconoce a cualquier persona como a un igual, digno y merecedor de las máximas consideraciones. En 1939 cuando 
España había caído bajo la dictadura del franquismo es enviado como jefe de la delegación diplomática mexicana en Francia con la misión principal de atender el delicado problema de los refugiados, que escapaban por miles en la frontera franco-española.

"El diplomático se encuentra en la situación adversa y desesperada, pues pronto Francia es gobernada por Vichy, con un régimen hostil y sometido a los militares nazis alemanes que ocupaban el país. Inducido por los fascistas españoles y alemanes, el régimen francés hostiliza a los refugiados y la riesgosa tarea de Gilberto Bosques es lograr la protección temporal y la pronta salida de la mayor cantidad de refugiados posible. En mitad de un ambiente cargado por el avance de la Segunda Guerra Mundial, esta tarea es una carrera contra el tiempo. La delegación diplomática cumple con un deber de humanidad, mostrando decisión y arrojo ante el peligro inminente. Entre 1939 y 1944 esta delegación mexicana logra sacar de Francia a decenas de miles de refugiados, incluidos centenares de españoles huérfanos, libaneses, judíos, franceses y de otras nacionalidades. Algunas de las acciones necesarias para defender refugiados eran consideradas ilegales por el régimen pro fascista de Francia y un desafío para los nazis. A esas alturas el mundo estaba en guerra y México participaba en el bando contrario de Alemania. Los nazis deciden apresar al cónsul general Gilberto Bosques junto con su familia y toda la delegación diplomática, de tal modo que terminan siendo deportados a Alemania en calidad de prisioneros. Esta detención era violatoria de las normas de legalidad diplomática y de los más elementales derechos, lo cual refleja la hostilidad y peligrosidad de ese periodo. Ellos no son los únicos, otros diplomáticos también quedan confinados en un pequeño pueblo alemán en un hotelito habilitado como prisión. Durante un año quedan incomunicados y sometidos a la vigilancia militar alemana, y luego de ese periodo, son canjeados por prisioneros alemanes mediante una negociación internacional.

"Este ejemplo de Gilberto Bosques, por su fraternidad sin restricciones hacia los europeos en desgracia muestra que el idealismo de la masonería en la práctica no conoce fronteras, y sí reconoce a las personas sin detenerse ante los rótulos nacionales." (Fin del Texto)





sábado, 8 de marzo de 2014

RESEÑA DE "LA MASONERÍA EN MÉXICO EN EL SIGLO XIX" PARTE FINAL



Por Carlos Valdés Martín

Del Plan de Ayutla, la Reforma
La figura terrible y anticlimática del periodo había sido López de Santa Anna, resultando sorprendente su último regreso a la presidencia, sin embargo, también parecía redondear el ciclo de los golpes de Estado y batallas de facciones sin base ideológica ni de proyectos. El último periodo presidencial de ese personaje aglutinó a su alrededor al conservadurismo católico y concentró los vicios del gobierno tiránico, con una persecución contra los opositores, bajo el lema de “o encierro, o destierro o entierro.”[1]

Frente a ese Santa Anna oprobioso debió surgir un adalid que lo derrotara, y ese fue Juan Álvarez, un caudillo del Sur, quien reunió todos los méritos de heroísmo en la Independencia y guerras patrias, sufrimiento personal, entrega de su patrimonio personal a la causa, y hasta terminar sus días sin riqueza alguna pero rodeado de honorabilidad y respeto. Así, el libro reivindica la figura de Juan Álvarez, personaje dominante en el periodo y clave para comprender la situación regional y el nuevo salto cuántico en el proceso del país, al establecer la Constitución de 1857. La última presidencia de Antonio López de Santa Anna aglutinó al conservadurismo y adquirió el cariz más odioso, cuando se autoproclamó “alteza serenísima”, de tal modo que Álvarez logró sublevar al país con el Plan de Ayutla, reuniendo a la pléyade de masones y liberales, entre los que destacaban Ocampo, Altamirano y Juárez. Tras ese movimiento, Juan Álvarez tuvo una breve presidencia interina, que abrió el camino hacia el legislativo crucial, que elaboró la Constitución de 1857, y además estableció algunas de las llamadas Leyes de Reforma, que rompieron los diques para establecer un Estado laico en el país[2].

En este periodo surge con plena fuerza la generación de masones liberales que mejor marcó el rumbo del siglo XIX. En un ambiente de tantas agitaciones y de aspiraciones frustradas se formó el ideario y carácter de esa generación. El ideario liberal del periodo se centró en el respeto a las libertades, igualdad ante las leyes, superar las inercias coloniales, independencia nacional y formación de instituciones republicanas. El carácter de esa generación liberal —casi por completo masónica— fue combativo a riesgo de sus vidas y patrimonios, honesto hasta el extremo y esclarecido, abrevando de corrientes intelectuales avanzadas de la época —lo cual se estudiaba en los talleres masónicos. A modo de comparación, recordemos que Europa todavía estaba dividida bajo Estados monárquicos, atrasados y despóticos que coartaban las mínimas libertades a sus países, lo cual nos muestra el ambiente internacional que precipitó la Segunda Intervención Francesa.
El fruto legal de esa generación cumbre de los masones del siglo XIX fue la Constitución de 1857, donde se expresó el respeto a las libertades y un republicanismo, que compuso la separación del poder civil frente al eclesiástico como su piedra clave, para sostener el edificio de la convivencia nacional[3]. Con esa Constitución se saldaba gran parte de la herencia colonial y se facilitaba el camino para una segunda modernización del país.

El Imperio de Maximiliano y la restauración de la República
Si el influjo ideológico de los masones mexicanos hubiera culminado con la Constitución de 1857 su tarea histórica hubiera resultado ejemplar, pero todavía surgiría una prueba más difícil.
Para comprender esa coyuntura el libro reseña con elegancia la trayectoria personal y masónica de Benito Juárez, y sobre este personaje existe reconocimiento general de su pertenencia masónica, pero resulta poco divulgada su trayectoria dentro de la masonería mexicana.
El conjunto de circunstancias que traen a Maximiliano al país resultan conocidas por lo que no detallaré; baste mencionar que su gobierno no cumplió las expectativas del conservadurismo extremo. Se ha discutido la posible pertenencia del emperador a la masonería[4], y, en caso de haberse integrado, nunca lo hizo a la mexicana y, de modo patente traicionó los principios seguidos por la masonería moderna de respeto y afecto por la patria. El autor nos recuerda que Maximiliano “traicionó” este principio masónico: “Se buen ciudadano porque la patria es necesaria a tu seguridad, a tus placeres y a tu bienestar. Defiende a tu país, porque es el que te hace dichoso y porque encierra todos los lazos y todos los seres queridos a tu corazón; pero no olvides que la humanidad tiene derechos.”[5] En ese sentido, las especulaciones sobre el fusilamiento del emperador, como si existiese alguna obligación metafísica del Presidente Juárez para perdonarle, son vanas y sin fundamento de análisis. Resulta sumamente curioso que todavía existan “partidarios” de un hipotético perdón a Maximiliano, cuando tras la derrota un emperador extranjero no tenía más destino que el destino fatal.
En la defensa de México contra la intervención francesa y la ocupación, también resalta una enorme lista de masones que cayeron en la batalla o sufrieron persecuciones sin fin. Por eso cuando se exalta tan repetidamente la figura de Juárez, en sentido amplio, se reconoce la contribución de esa generación de patriotas y sus familias —ellos también sufriendo la persecución y la pérdida irreparable— que levantaron al país de las cenizas de la guerra de intervención.

El porfiriato
Pese al triunfo que representó rescatar a México de la intervención extranjera, el país estaba colmado de contradicciones y el gobierno en condiciones de suma debilidad. La muerte de Juárez dejó un vacío en el sistema de poder que pronto se hizo patente. El sucesor Lerdo de Tejada gobernó cuatro años, pero al intentar relegirse despertó una fuerte oposición y el militar Porfirio Díaz lo derrotó en una sublevación. Este personaje dominó la escena del país y se convirtió en dictador de facto mediante un sistema de reelección. El inicio de su trayectoria había sido notable como patriota contra la Intervención francesa y, desde su juventud, participó en logias masónicas.
Desde el inicio de su mandato, el Presidente Díaz tuvo capacidad para conciliar fuerzas y pacificar al país, además de promover una modernización en muchos aspectos. La obra material del periodo con nueva infraestructura como ferrocarriles, carreteras y telégrafos, el inicio de la red eléctrica y un mejor abasto en el mercado interior, puso las bases para una modernización del país; pero dejó una gran deuda de injusticia social, al permitir toda clase de abusos contra campesinos (favoreciendo el despojo a favor de los hacendados), obreros (reprimiendo con violencia cualquier reivindicación) y confiscando las libertades públicas consagradas en la Constitución de 1857. El general gobernante favoreció la centralización del poder, minimizando la autonomía de las regiones y estados federados. Esa centralización fue de la mano con la pacificación definitiva del país, en contraste con el turbulento siglo XIX. Asimismo, el contexto internacional significó el final del peligro extranjero para nuestro país, con fronteras aseguradas y relaciones comerciales estables en el exterior.
En la crónica particular de la masonería, ese periodo fue de florecimiento de organizaciones y cambio en su composición. El rito nacional mexicano perdió protagonismo y decayó[6], entonces las logias se desplazaron hacia el rito escocés, que tuvo gran expansión. Al estabilizarse el sistema político, desde entonces las logias mexicanas dejaron de funcionar directamente como organizaciones de poder, aunque siguieron educando a nuevas generaciones comprometidas con su país. Con ese cambio, se perfiló con más claridad la nueva relación entre los masones y la cuestión nacional, tal como ocurrió en el siguiente siglo, cuando ya no se fundirían los términos de logia y partido. 
La figura ideológica y de contrapunto que elige el autor para representar a la masonería en el periodo porfirista es a Ignacio M. Altamirano, quien estuvo a la cabeza de algunas organizaciones. Este personaje dejó un gran legado conceptual y literario, mantuvo en alto el principio de libertad intelectual característico de la masonería, cuando polemizó con los poderes políticos, aunque fueran afines[7].

Habiendo sido su trayectoria masónica tan conocida, al final de su periodo Porfirio Díaz llegó a renegar de su filiación de masón para contentarse con la iglesia católica, cuando fue presionado y chantajeado inmoralmente para que su esposa recibiera la extremaunción[8]. La anécdota pinta un matiz más dentro del juicio de la historia, según sucedió con Díaz, quien tras acaparar el poder quedó preso de su propia maquinaria; entonces su triunfo se convirtió en el fracaso ético. En su ocaso el dictador quedó arrinconado y desterrado por el proceso revolucionario, donde la joven generación, liderada por el también masón Francisco I. Madero, abrió el nuevo rumbo del país.

NOTAS: 


[1] LEYVA, Mauricio, La masonería en el siglo XIX en México, p. 156.
[2] “la creación de un estado laico (…) se hizo realidad en México de manera contundente y ejemplar, en una época en la que la ideología de la Santa Alianza se imponía en el mundo occidental, afirmando la unidad de los poderes políticos terrenales bajo el poder espiritual del Estado Vaticano” LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 162-163.
[3] La contradicción palpable entre el avance de la superestructura jurídica y el atraso de la estructura nacional en ese periodo, ha motivado reflexiones paradójicas sobre el tema nacional, como la contenida en Samuel Ramos, quien asevera que el alto nivel de nuestros valores, marcaban un modelo ideal que contradecía nuestra realidad. De modo equívoco, Ramos no capta que el constitucionalismo mexicano se adelantaba al reloj de Europa. Cf. RAMOS, Samuel, El perfil del hombre y la cultura en México, y VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.
[4] Casi existe consenso popular sobre la pertenencia de Maximiliano a alguna orden masónica, pero aquí presento un testimonio en contra, encontrado por el historiados Konrad Ratz autor de Nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo (Siglo XXI-Conaculta-INAH, 2008), el cual se sustenta en documentos hallados en archivos austriacos y escritos en alemán: “Un aristócrata alemán que fue muy buen amigo de Juárez, aunque no siempre se llevaran bien: Carlos von Gagern, oficial republicano, fue a visitar a Maximiliano cuando estaba preso porque quería saber si era masón o no. “Empezó a realizar señas de masones, Maximiliano no reaccionó y sacó la conclusión de que no lo era. ¿Qué hubiera significado?: se dice, aunque es un rumor, que un masón no puede matar a otro masón”. También existen más indicios en contra, como su rechazo a recibir el reconocimiento de la masonería de rito escocés.
[5] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 176.
[6] El libro nos anota un factor de división interna en ese rito, y también un desconocimiento de los supremos consejos en los principales países europeos. LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 182 .
[7] Por ejemplo, reclama al Presidente Díaz sus concesiones al clero y, en particular, una carta de denegación de su filiación masónica, LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 184.
[8] La anécdota rescatada por Leyva muestra las contradicciones y fragilidad de las opiniones en ese contexto. Cf. LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 184.