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viernes, 30 de enero de 2026

PUNTO GEOMÉTRICO, CENTRO Y MÓNADA

 

Por Carlos Valdés Martín 

Lo más pequeño es una fuente de maravillas y de constantes sorpresas.

En geometría el punto es lo más pequeño y su entendimiento es fácil para la intuición, pero su comprensión ha dado oportunidad a sorprenderse, a importantes reflexiones y hasta al desarrollo de las ciencias.

No resulta fácil de entender lo más pequeño y la geometría ha mostrado una manera muy fructífera de abordarlo.

Por ser tan mínimo, parece por completo fácil comprender el punto, pero no y no. Nunca es tan sencillo alcanzar a comprender el punto.

Comencemos por algo fácil.

De hecho, el libro fundamental de la antigua geometría, se llamó Elementos de Euclides y comienza con su definición y, por entender lo importancia, lo estoy denominando axioma[1], por ser una base que se evidencia como verdadera y que no requiere demostración, con la cual se construye el conocimiento posterior.

El geómetra Euclides era genial y toda la geometría antigua se siguió basando en sus ideas. Así que Euclides señala al punto como "aquello que no tiene partes"[2]. Esa definición es potente por sencilla y por dirigirse con certeza.

Hay otra manera geométrica de definir al punto como aquello que “tiene posición, pero no dimensión”, aunque eso de encontrarle posición al punto se perfeccionó hasta la época moderna —muchos siglos después de Euclides—. Ese perfeccionarse sucedió con Descartes a partir de las coordenadas cartesianas y su plano que se obtuvo esa otra definición.  

Incluso si tu mente no define con palabras qué es un punto, comprendemos bien de qué se trata.

Una vez que lo captamos, con nuestra mente al punto geométrico lo desplazamos hacia otras realidades y, de esa manera, desborda en conexiones sorpresivas y maravillosas.

El “punto” es un tema tan amplio y versátil como lo demuestran las 43 definiciones contenidas en el Diccionario de la Real Academia. ¿Por qué esa amplitud y productividad? Una respuesta es que cualquier pensamiento ha de comenzar, transitar y terminar en lo más pequeño.

El aquí y ahora, base de toda percepción, es el cruce en el punto del presente. La existencia misma es un pequeño punto entre dos eternidades, el pasado que ya no es actual y el futuro aún puede ser.

Geometría sagrada

Dicen los que saben y hasta fotos se encuentran, que los filósofos y geómetras antiguos definieron una “geometría sagrada”, relacionada con el diseño de los tempos antiguos.

Para mantenernos dentro del tema, quedó establecido un punto peculiar y de importancia para definir en ese caso. Se trata de algo que se relaciona con una cualidad que se encuentra en un punto y se denomina el centro. La geometría sagrada se refiere a un centro.  

Comprender qué es un centro se capta con mucha facilidad, pero preguntarnos por qué es tan tremendamente importante el centro ya no es tan intuitivo.

En geometría el centro es el punto equidistante de los límites de una línea, superficie o cuerpo. Y no me refiero al cuerpo de alguien, sino a un cuerpo geométrico. Así, hay centro para una línea, una superficie y un cuerpo.

Lo más intuitivo es comprender que una línea que miramos tenga un centro y bastaría doblar las mitades que tiene o poner una regla para comprobar. Encontrar el centro no es fácil o resultaría imposible a nuestra intuición en cuanto hay líneas sinuosas y con varias curvas, cuando la superficie es irregular o cuando el cuerpo es rugoso como una piedra en bruto.

Devoción del centro

Para reducir la explicación, diré que para el devoto su lugar más sagrado es el centro de su mundo y quizá de toda la Creación. Por eso los Cruzados se arriesgaron tanto para conquistar la llamada Tierra Santa, pues donde vivió y murió Cristo les parecía el centro de su Fe y hasta del mundo. Hay mapas medievales que colocan a Jerusalén en el centro efectivo del mapa.

Eso de poner a un mismo sitio como centro para más de una religión monoteísta nos explica esa locura bélica por poseer a Jerusalén.

En mi actual interpretación, considero erróneo colocar un sitio geográfico de importancia histórica o religiosa como el centro. Lo importante es entender el sentido conceptual: todo sitio sagrado implica un centro.

La mirada individual es un centro

Sin necesidad de cálculos, basta mover la cabeza alrededor de uno para darse cuenta de que espontáneamente miramos desde un centro y, ese mirar hacia la periferia, nos coloca en el centro.

Volviendo a la definición geométrica, el centro es el punto que está equidistante de una periferia, que son los límites.

Ese mirar alrededor que nos resulta tan espontáneo es lo que organiza el punto de vista. Sin procurarlo ni esforzarnos, nuestro cerebro organiza la información del alrededor y nos desplazamos manteniendo ese punto de vista y sus perspectivas.

De manera espontánea funcionamos como el punto dentro del círculo, aunque nos desplacemos. En otras palabras, mientras miramos y nos desplazamos mantenemos una perspectiva central como organización espontánea del espacio.

 

La mónada

¿Cómo relacionar el punto, la geometría sagrada y la perspectiva central espontánea?

El filósofo Leibniz se adelantó y dio su propia idea al concebir que el mundo está organizado en base a unidades mínimas que llamó mónadas. Las cuales son una especie de átomos que organizan tanto a la materia como la vida y el espíritu.

Para Leibniz el alma es una mónada. Y él no inventó esa palabra, sino que la adaptó y, entre los griegos significaba lo mismo que átomo. Además, este filósofo le agrega un matiz, entonces la mónada es lo que no se divide, por eso es lo unificado, lo que no tiene partes.


NOTAS: 



[1] Siendo más técnicos, Euclides lo llama definición, a otro grupo lo llama axiomas y a otros lo llama proposiciones. En el sentido, que comento todos son proposiciones axiomáticas.

[2] Euclides, Elementos, Al punto lo define como "aquello de lo que nada es parte".

sábado, 30 de diciembre de 2023

DIOS ES EL PUNTO INFINITESIMAL

 



Por Carlos Valdés Martín

 

Un antiguo genio de la geometría tuvo la audacia de representar a Dios como un mínimo punto, el cual asemeja a cualquier humilde punto (con posición, pero sin dimensión diría un euclidiano), pero con un rasgo sobre saliente y primer paso de una geometría sagrada[1]. Ese rasgo único es que está al centro de una circunferencia y sin más indicaciones, quien mira debe adivinar por la intuición que desde ese punto se refiere todo el círculo, así como cada posible círculo que se traza desde ese único punto. Así, que el punto central del círculo equivale a un “hágase la Luz” del Génesis y con ello queda establecida la más radical de las jerarquías entre un creador y lo creado.

El diminuto punto que está rodeado de un círculo para el geómetra práctico es un resulta necesario cuando utiliza el compás, por lo mismo el astuto William Blake imaginó al Creador barbón y desnudo como un geómetra supremo, un “anciano de los días” con su compás en la mano[2].

Visto lo anterior, resulta indispensable que los devotos constructores de catedrales divinizaran a la herramienta del compás y señalaron a los demás instrumentos como sus acompañantes, a manera de una cohorte de seguidores del Padre Celestial.

 

Inquietante expansión

Que en la actualidad seamos capaces de encontrar la maravilla en lo infinitesimalmente pequeño resulta hasta una costumbre. De mirar lo pequeño nació la ciencia química y luego desde los primeros microscopios creció la medicina que salva vidas. Así, que mirar lo diminuto lo aceptamos como un acto de humildad y cuidado por cada existencia mínima.

Quien es aficionado a la piroctecnia —y cualquier niño lo es— acepta que un crecimiento súbito y escandaloso trae una gran alegría, siempre y cuando resulte sin daños colaterales. Sin embargo, el saber que algo pequeño explota debe contener una tensión, porque aún no estalla, pero en algún momento surgirá ese crecimiento súbito, que cuando resulta inoportuno sí provoca los daños colaterales.

Los antiguos no conocieron la pólvora, en cambio con las lluvias observaban el rayo y al mirar su ímpetu incontrolado, intuyeron al dios supremo lanzándolos para expulsar a los Titanes de la Tierra. La tormenta recuerda esa inquietud tan antigua del rayo que cae sin propósito, por mera muestra de la superioridad de los cielos.

La caja de Oppenheimer

Despertó el temor ante la energía infinita que se esconde en el átomo. De ahí la evidente inquietud por las fuerzas encerradas en espacios pequeños, sin embargo, no ha sido parte del diseño originario eso de soltar los rayos y las tempestades sin provocación. De la misma manera, las potencias dañinas fueron confinadas, mientras una curiosidad insana no las altere. A cambio de los dones del fuego, en afán de equilibrar, al hermano de Prometeo le regalaron una caja conteniendo los males a repartir. La ingenua Pandora no era la destinataria de tantos males, sino el personaje pasivo, que debía abrir una caja de regalos funesta. Que al fondo de la caja de los males que aquejan a la humanidad, haya quedado la Esperanza revoloteando, no implica una calificación negativa de tal virtud.

A la fecha seguimos con la Esperanza de que las potencias de la bomba nuclear nunca se desaten de un modo homicida. A la lista tradicional de los males de la humanidad se agregó la amenaza de conflagración mundial. En vez de que el rey tenga la Espada de Damocles sobre su cabeza, la humanidad entera quedamos ante esa amarga amenaza. Y no es que el tiempo disponible sea eterno; cada quien posee sus días contados en esta tierra… a menos que no tengas tiempo en absoluto.

Llegar a lo mínimo y volver

Para no tener ningún miedo a la muerte, también deberías no tener tiempo. La vida biológica está sometida a una ley de ciclos con nacimiento, crecimiento, plenitud, decadencia y muerte. Para otro tipo de existencias, más sencillas esa legalidad biológica no existe. Así, las agitaciones de materias más elementales están bajo un signo de interrogación. Quizá una partícula elemental sí sea ajena al tiempo (o se relativiza tanto que no importa el tiempo). En ese sentido, si el antiguo místico pensó a Dios como un punto es porque está siempre más allá del tiempo y la muerte.

En la pequeñez imaginada del punto, la divinidad absoluta pensada como un punto es invulnerable pero inalcanzable. Cuando ese punto se convierte en el círculo del universo, por una potencia explosiva, esa potencia es la omnipotencia. La expansión hasta el círculo final del universo es la omnipresencia.  El gran problema es que los seres humanos estamos en una dimensión intermedia, ni tan pequeños como el instante del punto ni tan grandes como el espacio sideral y el universo.

Nuestro cuerpo tiene tamaño y apetitos, fue creado para disfrutarse en nuestra escala terrenal, pero la mente está disponible para viajar más allá. Un gran viaje —odisea del espíritu despierto— puede comenzar buscando el punto mínimo que en realidad es...

NOTAS:

[1] Bien sabido que en el Timeo de Platón hay una amplia interpretación de una geometría sagrada.

[2] William Blake, The Ancient of Days setting a Compass to the Earth ("el anciano de los días mide la Tierra con un compás"), portada en el libro Europe a Prophecy, 1821.

miércoles, 17 de marzo de 2021

PENTALFA Y LA PROPORCIÓN ÁUREA


 

 

 

Por Carlos Valdés Martín

 

 

Las estrellas inspiran y, al despertar ese estado inspirado, relacionan la lejanía con lo íntimo.[1] Aquí consideramos una forma de estrella que desde la antigüedad llamó poderosamente la atención pues era relacionada con el cuerpo humano y sus atributos. A la estrella de cinco puntas, inscrita dentro de un pentágono regular, los pitagóricos la llamaron penta-alfa, cinco veces la primera letra del alfabeto, colocada en opuestas direcciones. La figura geométrica de la letra alfa de los griegos es igual a nuestra letra A mayúscula, de tal manera que corresponde con semejanza exacta, porque cinco letras “A” mayúsculas colocadas en torno a un centro, dibujan una estrella característica.

 


 

La relación entre esta estrella y el pentágono aparece en la construcción geométrica, y basta unir con diagonales los puntos opuestos dentro del pentágono para formar la estrella pentalfa. Como los griegos fueron creadores de la ciencia geométrica antigua, encontraron múltiples relaciones entre estas figuras y con otras más. Según nos recuerda la historia, este pueblo de filósofos y geómetras, prefería utilizar sólo regla y compás para sus diseños.[2]

En este caso, la inscripción de la estrella dentro del pentágono, también tiene otras implicaciones. La diagonal desde un punto hacia sus opuestos forma un triángulo isósceles, de tal manera se crean tres triángulos mayores, que van desde la base del pentágono hasta su punto más lejano. Y también se forman cinco triángulos más pequeños desde el pentágono interior hacia el pentágono más grande, además se complementan con otros cinco triángulos señalando desde el pentágono externo hacia el interno. Al interior se forma un pentágono más pequeño por lo que existe un principio de generación (o reproducción) en el trazado de esta figura. Esta generación fue considerada una maravilla misteriosa, la cual posibilita que dentro del pentágono interior se repita la formación de otra estrella interior, la cual será completamente proporcional, pero se formará de cabeza o invertida, de ahí una interpretación moralizante.[3]

 


El punto y el origen

Luego esa estrella más pequeña tendrá un pentágono todavía menor e invertido. Por este camino sería viable que imaginemos arribar hasta un sencillo punto (unidad elemental) que carece de dimensión y únicamente tiene posición. Recordemos que para la geometría euclidiana la mínima definición (axioma) se inicia con el punto: con posición, pero sin dimensión.[4]

Ahora bien, esta progresión de una figura hacia un punto la podríamos imaginar en cualquier figura, pero la existencia del punto como lo mínimo nos trae a la memoria dos relaciones. Una es la discusión sobre la naturaleza, que ya aconteció entre los griegos, y que derivó hacia la teoría atómica (Demócrito), la cual indicaba que existía un nivel indivisible en la naturaleza. Ese nivel indivisible se conoció como el átomo y su expresión posterior es la teoría atómica. En otro aspecto este proceso recuerda la hipótesis del primer origen. La teoría cosmogónica del Bigbang nos remite hacia una compresión originaria del universo, y esta compresión todavía no es cuantificada. Esta compresión de la materia comprimida por efecto de una gravedad sumada de toda la materia existente en el universo, nos arroja hasta la falta de dimensión, precepto similar a lo que ocurre con el punto geométrico. Por ambos lados, el punto encierra el concepto que remite al origen del universo.

 

Microcosmos humano

Al mismo tiempo, la pentalfa era considerada la representación geométrica del humano, y una de las gráficas más importantes de esta estrella explica su relación con el cuerpo. Las puntas representan las extremidades, y la punta superior es la cabeza. Esta relación era considerada como clave para la medicina antigua, y también la estrella se utilizaba para un talismán relacionado con la salud, o la protección mágica.

 

Esta figura humana se relacionaba con una concepción de los elementos distribuidos en un conjunto de cinco. Los grecolatinos utilizaban el sistema de cuatro elementos, con tierra, agua, aire y fuego, pero también empleaban un sistema de cinco elementos o esencias componentes de la naturaleza completa. Por medio de esos elementos se estructuraban los remedios médicos y de salud. Mediante la farmacopea tradicional montada sobre esos elementos se combatían los excesos y las carencias, de fuego o de enfriamiento, se compensaban los elementos desordenados y se utilizaban las características de las plantas y alimentos, para sanar cada órgano. En esta visión, resultaba esencial la integración del humano como un microcosmos. Para pensar con orden al microcosmos de los griegos, resultaba esencial el acomodo geométrico del cosmos y la correspondencia armónica del individuo dentro de ese ordenamiento.[5]

Los sólidos geométricos planteados por Platón,[6] fueron una herramienta esencial para comprender ese orden, de tal manera que desde la astronomía se comprendía con  ese orden, y así se creía que las circunvoluciones planetarias estaban relacionadas con los sólidos estructurados en el espacio. Todavía Kepler, quien encontró por primera vez la verdadera trayectoria elíptica de las órbitas planetarias, primero buscó formas que estuvieran relacionados con la inscripción dentro de los sólidos platónicos, las figuras regulares capaces de llenar el espacio.[7]


 

Estas bellas construcciones de sólidos dentro de sólidos, para encontrar una regularidad incluían al ser humano. Que mediante esta estrella pentalfa el cuerpo se relacionaba con el pentágono y su construcción de un sólido en base a pentágonos, formado por doce lados, el dodecaedro. Digamos que dentro del pentágono se inscribe la estrella del ser humano, que está ligada con la lejana órbita planetaria adecuada al dodecaedro dibujado por pentágonos. Y este vínculo es indispensable para captar una visión coherente de microcosmos. La teoría del microcosmos afirma que cada ser humano implica el cosmos completo pero en miniatura, no solamente un ejemplo o una analogía, sino su reproducción a escala terrestre. Para los antiguos esta no fue una visión metafórica (literaria, estética), sino una guía práctica para unificar la religión, la moral, la alimentación, la salud, la astronomía, la astrología, la geometría, la arquitectura, etc. El Renacimiento recuperó esta visión al indicar que “el hombre es la medida de todas las cosas”, pero este término después no lo interpretamos en un sentido radical, sino como una operación de semejanza. Por lo mismo, esta unidad entre el microcosmos y el macrocosmos para una vista moderna se interpreta como semejanzas superficiales y no como la llave maestra del pensamiento.[8] Hasta antes de la irrupción del cartesianismo, esta relación entre macro y microcosmos se tiene que interpretar como una unidad verdadera y absoluta, tal como la religión cristiana interpreta la unidad entre el devoto y su Dios, en una completa fusión.

Entonces, basta mirar con cuidado a la pentalfa para descubrir la primera clave geométrica para entender que el individuo está inscrito en un orden geométrico divino, que más recientemente se está denominando “geometría sagrada”. Debajo de las curvas relativas de la carne y la gran variedad de extremidades reales, el geómetra griego observó una regularidad maravillosa, y creyó estrictamente que el individuo correspondía con esa estrella, ligada a la generación.

 La proporción áurea

La proporción áurea quedó al descubierto con la geometría griega, esa ciencia indispensable para ingresar a la Academia de Platón.[9] Entre las tesis resueltas por Euclides está la idea de dos segmentos que guardan una relación proporcional, adecuada a un crecimiento. Esta proporción significa que entre el segmento mayor y el segmento menor la proporción es la misma que entre el segmento mayor y la suma de los dos segmentos. Esta relación la crearon de forma visual y sencilla, mediante una operación geométrica, antes de que se desarrollara en forma matemática.

En la figura de abajo se muestra cómo hacían los geómetras griegos para encontrar una proporción áurea con regla y compás, sin requerir de mediciones, con la simple observación.


 


 

La literatura nos describe el procedimiento: “El segmento de partida es AB. Para aplicarle la Sección Áurea se le coloca perpendicularmente en un extremo (B) otro segmento que mida exactamente la mitad. Se define así un triángulo rectángulo con los catetos en proporción 1:2. Pues bien, a la hipotenusa se le resta el cateto menor (arco de la derecha) y la diferencia, que llevamos al segmento AB con otro arco, es la sección áurea de éste. La parte menor Bfi es a la mayor Afi como ésta es a la suma AB.”

Con la letra griega phi se indica la proporción áurea. Fue descrita por Euclides, que ya tenía resuelto ese problema en sus textos, pero todavía faltaba adentrarse en la interpretación matemática. Su interpretación matemática se enriqueció con el italiano renacentista Fibonacci y se divulgó con Paccioli. En términos numéricos se encontró que ciertas series tenían que llegar a un número, a la cifra 1.618033939. Y este número contiene una sucesión que se ilustra en la tabla de abajo.

 

 



 

La característica de estas cifras que es la suma de los dos anteriores resulta el valor de la derecha, que además es una progresión de potencias. Con este singular valor del número de Fibonacci sucede que la adición y la potenciación numérica se mantienen en identidad.

En fin, para no ahondar demasiado en procesos matemáticos, baste comentar que esta proporción áurea arroja una relación de variación específica, adecuada a procesos de crecimiento que en matemáticas son series.

 

La pentalfa y la proporción áurea

Existe una curiosa relación entre la pentalfa y esta particular cifra de la proporción áurea, que es su presencia múltiple. En las relaciones numéricas de la estrella pentalfa encontramos reiteradamente las proporciones áureas de la cifra 1.618... Y esto resulta en interesantes evocaciones. El gráfico de abajo indica las relaciones áureas entre los brazos y los segmentos.


Además ya habíamos comentado, que en la construcción geométrica de esta figura se trazan dos tipos del triángulo isósceles, el cual también está marcado por la proporción áurea. El tipo de isósceles esbelto posee ángulos interiores dos de 72 grados y uno de 36 en su parte aguda.

 



 

Finalmente, en la construcción de la estrella, fuera de la misma se dibuja otro tipo de triángulo isósceles, de tal forma que es ancho en su base, con los ángulos internos dos de 36 grados y uno de 108 grados. Esta figura también está marcada con las relaciones de la cifra de Fibonacci.


Crecimiento infinito

La relación entre la proporción áurea y el pentagrama no resulta casual, cuando observamos la condición indispensable para el proceso del crecimiento. La pentalfa dibuja una figura tal que es perfecta para crecer o decrecerse. Observemos que a partir del pentágono la estrella decrece al inscribirse en su interior y viceversa con su exterior. Este crecer o decrecer sigue una regla de proporcionalidad exacta porque se reproduce, a partir del nuevo pentágono interior y su formación de otra estrella interna. Estos tipos de relaciones están implicadas en el concepto inicial de la proporción dorada, ya que es una relación entre dos segmentos de espacio, de tal modo que la mayor siga la misma proporción con la totalidad. Esto implica una pauta completamente regular, dada por que la suma de dos partes nos lleva hacia una tercera, que puede duplicar el proceso. Pauta de crecimiento tan regular como potencialmente infinita hacia lo grande (cosmos) como hacia lo pequeño (el punto o individuo).  

Si observamos en un gráfico de la relación entre los brazos de la estrella con las cifras de la proporción dorada encontramos las repeticiones. En la totalidad del brazo, de punta a punta está la relación de φ, y la podemos separar en dos segmentos, que serán el equivalente a 1 y el que corresponde a 1/ φ, así que la suma de 1 con 1/ φ , no da el valor de φ. Luego todavía nos encontraremos con otro segmento, que es algo más pequeño, el cual sumado con 1/ φ,  nos dará el valor de 1, y se define como 1/ φ². Mi argumento consiste en que esta serie posee un proceso de crecimiento, conforme a la lógica de la progresión dorada. Además de la pentalfa, hay más modelos de crecimiento geométrico asociados con la proporción áurea, por ejemplo, permitiendo espirales típicas.

 

El doble cuadrado y la “geometría sagrada”

Según se observó la primera manera para obtener la proporción áurea es mediante el triángulo rectángulo con proporción 2 a 1 entre sus catetos. Su elaboración resulta sencilla e intuitiva y su duplicación ofrece un “cuadrilongo” (también llamado doble cuadro) tan popular para las construcciones, incluso para los templos. Ese doble cuadro también usual en los lienzos de arte había sido descifrado por los geómetras como la vía rápida para obtener la proporción áurea, base de una visión especial sobre las propiedades de la geometría.

Entonces basta colocar dos cuadrados formando el cuadrilongo para encontrar la proporción aérea y establecer las diversas evoluciones que se generan en el arte y el diseño a partir de tal correlación. No por esto anterior se piense que toda planta de templos y catedrales requiera esta base arquitectónica, por más que sea una plataforma útil para establecer correlaciones para una “geometría sagrada”.

Uniendo el “cuadrilongo” con la proporción áurea se traza con relativa facilidad la pentalfa, con lo cual esta familia de relaciones geométricas se plasma. Esta correlación en ocasiones ha sido explícita, pero comúnmente se perderá de la observación inmediata y se requiere de una cuidadosa revisión de planos para darse cuenta de esa coincidencia, o bien contar con la experiencia de los geómetras de compás y regla (o escuadra) de la antigüedad.

 

NOTAS



[1] La representación más constante de las estrellas señala hacia la esperanza.

[2] En parte para minimizar la intervención de los dispositivos manuales, llevando esta operación a la mínima expresión. En Asimov, Los números y su historia.

[3] La identificación entre la geometría y la ética resulta infrecuente entre los pensadores, sin embargo, cabe anotar algunos fulgores, como el rasgo euclidiano de la Ética de Spinoza. Además, esta correlación pasa desapercibida para los modernos y posmodernos cuando miran al pasado, quizá con excepción de algunos como Deleuze y Guattari, por ejemplo, en Lógica del sentido.  

[4] La ausencia de dimensión apunta hacia una perfección paradójica, como si le minimización nos llevara hacia un ámbito distinto, hacia lo inmaterial, cuna del idealismo. Platón, La República.

[5] Esta visión de la correspondencia entre el hombre y el universo recobró fuerza en el Renacimiento y siguió siendo relevante en algunas concepciones, por más que la ilustración tendió a desantropomorfizar los conceptos. El hermetismo se mantiene dentro de tal concepto de correspondencia entre humano-mundo-Dios como el espejo de que “como es arriba es abajo” y viceversa. El Kybalión muestra un resurgir popular de tal visión armónica.

[6] En especial el Timeo de Platón.

[7] “…Kepler (…) Pensó que en la geometría de Euclides vislumbraba una imagen de la

perfección y del esplendor cósmico. Más tarde escribió: La Geometría existía antes de la Creación. La Geometría ofreció a Dios un modelo para la Creación... La Geometría es Dios mismo.” En Cosmos de Carl Sagan.

[8] Con claridad y hasta radicalismo, Foucault señala la separación entre la “episteme” del Renacimiento y lo que él llama la “Època Clásica”, donde ubica a la revolución del racionalismo cartesiano. En Las palabras y las cosas.

[9] En la Academia de Platón «está prohibida la entrada a toda persona que no sepa Geometría». González Urbaneja, Pedro Miguel - Platón. Matemática en la filosofía y filosofía en la matemática