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viernes, 19 de agosto de 2011

FAUSTO Y LAS PARADOJAS DEL MUNDO MODERNO











Por Carlos Valdés Martín






El agudo análisis de Fausto permite a Marshall Berman revelar las paradojas del presente para actualizar las sensibilidades y orientar el filo crítico hacia las sutilezas de un movimiento perpetuo, tan prometedor y desgarrador que ha sido la modernidad. El Fausto es, en sí mismo, un emblema por crear un mito moderno, donde el personaje cobra tal altura que se convierte en un punto de referencia hasta el presente, aunque sea vulgarizado, transformado y distorsionado. Además su autor, Goethe fue el genio notable de sus tiempos, que procuró también hacer de su vida una magna obra de arte, donde la prolongadísima elaboración de la obra literaria marca también el sello de intimidad, ir pensando y revisando todos los problemas cruciales de la existencia.

El motivo humano que anima a Fausto es revelado como desarrollo, pero no en el sentido económico que resuena en la palabra, sino como un movimiento humano de expansión vital. La ambición que desea cumplir Fausto por intermediación de Mefisto resulta muy compleja, le dice: "Ya lo oyes no se trata de gozar. Yo me entrego al torbellino, al placer más doloroso, al odio predilecto, al sedante enojo. Mi pecho, curado ya del afán de saber, no ha de cerrarse en adelante a ningún dolor, y en mi ser íntimo, quiero gozar lo que de toda la Humanidad es patrimonio, aprender con mi espíritu así lo más alto como lo más bajo, en mi pecho hacinar sus bienes y sus males, y dilatar así mi propio yo hasta el suyo y al fin, como ella misma, estrellarme también"[1]. En este proceso hasta la autodestrucción integra parte del deseo, busca abarcar las posibilidades, para lo cual deben liberarse enormes fuerzas dormidas, potencias titánicas que abarcan los diversos órdenes humanos. No pretende lograr esto o aquello sino moverse, despertarse activamente, transformar la potencia en acto de tal modo que el mundo mismo cambie. Pero la conquista de mayores potencialidades finalmente exigirá un gran costo social, el resultado es trágico, implica, también la aniquilación y destrucción, por eso define una obra trágica. Marshall Berman opina que, en la historia de la literatura, Fausto representa la primera tragedia del desarrollo. Donde también es muy importante considerar la vinculación interior entre el autodesarrollo individual multifacético con el movimiento social del desarrollo económico, porque el ser humano para transformarse (acento reflexivo) debe de transformar (acento expansivo) su mundo (acento súper expansivo). La transformación interior fáustica exige la liberación de las enormes energías, que deberán de arrasar con su entorno.

La metamorfosis del soñador y del amante
El paso de la fría torre del estudio (la metafórica caverna del filósofo Ateniense) hasta el mundo marca el primer pasaje de Fausto. El paso inicial decisivo lo compromete con el cosmos, él sabe que puede perderse, pero tiene que encontrar el camino de la perdición y por eso reescribe el principio divino: "En el principio fue la acción", y entonces ese es el nuevo Génesis: el credo del hacer o la productividad. En términos religiosos eso se encuentra en el lado oscuro, como tentación abierta en el camino hacia el poderío. Este poder empieza como una extensión de la fuerza propia, de tal manera que son seis yeguas las que ofrecen la imagen de la velocidad ilimitada. Esa imaginación literaria está siendo guiada por la mano de la realidad social: es la capacidad de compra, el efecto del dinero lo que genera ese efecto de poderío, porque el sujeto alcanza por medio de esa facilidad, ambicionar más allá del potencial de su cuerpo[2]. Ese terreno de las acciones inmediatamente extendidas es propio del dinero, sexo, velocidad y poder que sin embargo queda vacío de finalidad. Como pensador perspicaz, Goethe apunta hacia la necesidad de mantener o restablecer un sentido para el individuo poderoso.
En busca de una finalidad Fausto se enfila por la senda de la pasión romántica. Margarita revela un ideal romántico de sencillez y pureza, pero para Marshall Berman también indica símbolo del mundo del pasado, la vida rural de la infancia de Fausto, que le atrae como nostalgia y le repele como circunstancia. Margarita describe a la pobre mujer símbolo de un pueblo tranquilo y sin mayores aspiraciones, saturado de religión y de pasividad, sometida a las inercias de la tradición y la continuidad de la mera repetición. Fausto se le presenta como la posibilidad de una huida, pero ante el fracaso de ese proyecto a Margarita sólo le queda en ese mundo provinciano una escapatoria de suicidio, representando una fuga extrema que no es ajena al nuevo periodo de las transformaciones.

La metamorfosis del desarrollista
Finalmente, en una cumbre de su abatimiento, Fausto decide emprender una gran obra por su libre iniciativa, una gran edificación que reúna lo mejor de sí mismo y busque abatir las fronteras de la miseria y la incertidumbre de los individuos. Su idea es transformar la materia amenazante, desafiar al mar creando grandes diques y canales; su mira exige domeñar a los elementos naturales dándoles protección y bienestar a los habitantes. Pero esta obra es concebida como un supremo esfuerzo transgresor, donde todas las barreras deben ser sobrepasadas. Las "fuerzas infernales" que invoca Fausto no son las magias de Mefisto sino las potencias infernales de la organización del trabajo, pues es la planeación sistemática y despiadada de las tareas lo que mueve la tierra. Los capataces obligan al sacrificio extremo, el trabajo se vuelve un suplicio, unos obreros caen muertos y otros los reemplazan: los límites morales tradicionales a la explotación del trabajo son rebasados. Conduce con mano de hierro a sus trabajadores, pero Fausto a sí mismo se ha impuesto también la pesada carga, solamente que para él esto es libertad, la ansiada unidad entre el pensamiento y la acción, pues usa su mente para cambiar el mundo. El corazón goza al ver su obra concluida donde no solamente es una materia, sino la creación de un pueblo elegido, que se mantiene vibrante al enfrentarse a los elementos. Dice Fausto: "Por entero me entrego a este designio, que esta es la última palabra de la sabiduría; sólo merece libertad y vida quien diariamente sabe conquistarlas. Transcurran aquí de ese modo sus activos años, cercados de peligro, el niño, el hombre adulto y el anciano. Un gentío así querría yo ver y hallarme en terreno libre con un libre pueblo"[3].
Goethe ve en la modernización del mundo material un sublime logro espiritual, la cristalización de las máximas tensiones interiores. Pero la tragedia la enfoca hacia el obstáculo de las personas, las cuales se convierten en obsoletas. Una pareja de ancianos que no se adaptan al designio desarrollista de Fausto, por lo mismo deben desaparecer y son eliminados[4]. Y para completar el círculo Fausto debe desaparecer, entonces el dinámico removedor de obstáculos, él mismo debe morir. Se ha saturado de vida y ahora acepta el final. Destruyó al mundo de su propia infancia, sus raíces, y lo único que lo llama es la noche, su propio final. El proceso debe continuar sin él. Esta situación es muy importante en la propia interpretación de Berman sobre la dialéctica de la modernidad, pues "todas las personas, cosas, instituciones y entornos que en un momento histórico son innovadores y vanguardistas, en el momento siguiente se quedan atrasados y obsoletos (...) si se detienen a descansar, a ser lo que son, son barridos del mapa"[5]. Bajo esa luz la modernidad es la paradoja de una vorágine que se devora mientras se desarrolla[6]. Eso fue hasta ahora y todavía queda la tarea de imaginar y crear una nueva modernidad donde el cambio no sea la muerte de sus premisas, sino un evento extraño y hasta inverosímil como "las bodas del cielo y el infierno"[7].


NOTAS




[1] GOETHE, Johannes, Fausto, líneas 1765-75, Cit. BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, p. 31.
[2] La crítica de Marx en los Manuscritos Económico-Filosóficos se ceba en esta fantasiosa expansión de capacidades a partir del dinero, porque genera una dualidad entre la imposibilidad directa del sujeto y su poder mediado, de tal modo que bajo el juicio de la conciencia, finalmente el rico sabe que él está más lisiado con su dinero que sin él. Esto es especialmente claro si se aplica a las capacidades relacionadas con los vínculos subjetivos como el amor. Pero esta crítica no va en contra de la expansión material de las posibilidades, digamos que no es un socialismo ascético.
[3] GOETHE, Johannes, Fausto, líneas 11563-11580, Cit. BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, p. 57.
[4] Para que esta paradoja sea más profunda debe de interpretarse en términos interiores, como lo hace Berman, los ancianos no son una barrera exterior sino un signo interior. El desarrollismo genera su propia sombra, crea su atraso de tal modo, que los males de la miseria surgen estructuralmente del mundo de la opulencia. Ese es el efecto económico pernicioso del capitalismo que ha sido objeto de la crítica de izquierda.
[5] BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, p. 71.
[6] En efecto así sucede porque el hombre está al servicio del desarrollo (producto) y no el desarrollo al servicio del hombre. BERMAN, Marshall, op. cit., p. 80.
[7] Bajo este título William Blake imaginaba posibilidades inexploradas de religión (mítica), arte (poesía), vida (divinidad) y ética (resurrección) donde los tradicionales contrarios se unifican.


miércoles, 10 de agosto de 2011

DEVALUACIÓN MONETARIA DE LAS PERSONAS



Por Carlos Valdés Martín

Potencia social del dinero

Sobre las doradas arenas de Lidia, se acuñó el primer dinero metálico con una singular aleación de oro y plata. Con el dinero se anunciaba un nuevo mundo, acarreando nuevas exigencias, indicadas con la anécdota de que también nació la práctica de la prostitución en esas tierras (1).
En el presente la potencia del dinero se ha vuelto avasalladora y la moda del neoliberalismo empuja a que todo se convierta en negocio y mercancía. Mientras más mercantilista se vuelve el mundo más importancia adquiere el efectivo. En este planeta dominado por el dinero una persona por completo carente de éste queda más marginada que un paria hindú y su destino es perecer por hambre.

Identificación con su moneda
Contar con dinero en el bolsillo marca la diferencia entre la vida y la muerte, entonces la seguridad material de los ciudadanos depende de poseer dinero. Una función económica de la moneda es servir como medida del valor de las mercancías, así en cada acto de compra y venta se compara un producto o servicio respecto de una cantidad de dinero. Para servir de modo adecuado en esas operaciones las unidades monetarias y sus sistemas deben contar con homogeneidad y estabilidad. Si en siglos anteriores los metales se prefirieron a las conchas o al cacao fue por su homogeneidad, divisibilidad, incorruptibilidad y alto valor unitario. Pero las naciones han optado por dinero fiduciario, trozos de metal y billetes que representan un valor.
Cada país cuenta con un diferente sistema monetario. El dinero que cada persona obtiene es la llave de su seguridad, el medio cotidiano por el cual compra los medios de su vida. Los billetes que se mantienen como la medida de todas las compras, se convierten en una llave de certeza emotiva de cada cual, y se le transporta en bolsas, lo más cerca del cuerpo posible, e incluso los desheredados se identifican con su moneda nacional. Por ejemplo, la estabilidad de la libra esterlina y la fortaleza del dólar han sido motivos de orgullo nacional para británicos y norteamericanos. En fin, los individuos también relacionan su valer personal con ese dinero que reciben (2).

Los príncipes falsificadores
Junto con la moneda metálica nació la falsificación, pero también surgió el modo más sencillo para que los gobernantes esquilmen al público. Ya algunos príncipes griegos obtuvieron mala fama por mezclar mucho cobre a las monedas que deberían de ser oro y agregarle plomo a las de plata. En el año 540 A. de C. cobró fama el gobernante Polícrates de Samos por estafar a los espartanos con monedas de oro falsas. En algunos casos, los príncipes simplemente pretendían de manera burda sustituir las monedas de metales preciosos por otras de cobre, que emitidas en gran cantidad generaban una pavorosa inflación, pues ningún ciudadano sensato aceptaba las monedas adulteradas como buenas.


El invento de la inflación racionalizada como depreciación de los trabajadores
La situación cobra un tinte más complejo y dramático con la instauración del dinero fiduciario moderno. Debido a los altos costos de millones de monedas metálicas que por el mero roce iban perdiendo su material precioso, los metales preciosos han salido de la circulación, quedando como lejano resguardo de los bancos centrales y dejando su lugar en el teatro cotidiano a sus representantes, como billetes y monedas carentes de metal precioso (3). Con la moneda fiduciaria todo el proceso pasa a depender del Estado, como regulador de la emisión y flujo del efectivo. Y con estas funciones crecidas del Estado la tentación falsificadora de los príncipes cobra una dimensión terrorífica. Una de las situaciones más recordadas fue la terrible inflación Alemana, cuando en 1922 los alemanes debía soportar cambios diarios de los precios, que llegaban a duplicarse y entonces eran necesarias carretillas para transportar el dinero para compras. En el otoño se usaron todas las prensas disponibles del Estado alemán para imprimir dinero y resultaba difícil usar cheques pues se devaluaban en el tránsito al banco. Hasta apareció una enfermedad nerviosa conocida como el “ataque de números”, cuando las personas no soportaban estar contando tantos billones de marcos y sufrían colapsos por sus nervios. (4)
No fue casual que un inglés inventara un método económico para manipular la inflación con destreza y hasta cierto cinismo. De manera explícita John M. Keynes aseveró que la mejor manera de bajar el salario real a los obreros era generando una inflación controlada, que surgía por un mayor gasto público. El objetivo directo de esa política económica era superar una crisis muy grave y lograr un “pleno empleo” de recursos, y el medio implicaba depreciar la moneda en una pequeña cantidad medida, compensada por grandes inversiones para emplear a los pobladores de un país, y entonces funcionara mejor la economía, en su ciclo de inversiones y ganancias. Ese mecanismo devaluador del dinero que de la mano reduce el ingreso de los trabajadores se ha perpetuado. Si bien, los neoliberales afirman que ellos combaten la inflación, a fin de cuentas la aceptan como algo normal mientras no rebase un dígito y la utilizan sus gobiernos para devaluar los salarios.

¿Frustración inflacionaria como preludio a la violencia?
La devaluación masiva de las personas y el cúmulo de infelicidad que se acumula con una súbita inflación genera un resentimiento enorme, un deseo violento de herir en masa. La Alemania de 1922 había sufrido una inflación explosiva, un proceso angustioso y continuo de rebajamiento del poder adquisitivo del marco: la pesadilla de dormir próspero y amanecer pobre. Pocos años después el trato de los nazis en contra de los judíos fue de aplicarles un rebajamiento sistemático. Mientras el dinero inflado rebaja sistemáticamente su valor alterando la mentalidad de los ciudadanos, pocos años después los fascistas imaginaron desquitar su frustración rebajando sistemáticamente la humanidad de sus víctimas hasta desvanecerlas en la cámara de gases.
El pueblo mexicano (como gran parte del Tercer Mundo) ha sufrido una degradación racionada y padecido las políticas económicas monetarias de signo neoliberal, lo cual dejó hondas huellas de miseria y de rencor. Un capital político que explotó hábilmente Salinas de Gortari fue la reducción de la inflación y este aspecto lo repitieron los siguientes sexenios tricolores y azules. En todo caso, ha sucedido una reducción del castigo inflacionario pero no ha desaparecido. Día a día, los precios suben más que los ingresos de la población y eso es un castigo al bolsillo, atenuado pero no inexistente. La nueva generación agraviada por crisis y devaluaciones parece haber despertado un demonio interior de violencia privada. La difusión de la violencia criminal señala una desmoralización generalizada, ya que ese tipo de actos surgen desde lo hondo de mentalidades devaluadas. Con mayor motivo el público cuestiona la falta de honestidad de las autoridades que fingen combatir la criminalidad (arriba de 50 mil asesinatos anuales en México), mientras se enriquecen con la ineficacia del sistema (aumentando escandalosamente sus propios sueldos y prestaciones). En ese contexto de violencia criminal regresamos al lema nihilista de las cantinas, y lo que antes fue una alegre canción de José Alfredo Jiménez, hoy se ha convertido en una terrible pesadilla cotidiana: “La vida no vale nada”

NOTAS:1) Cf. Galbraith, John K., El dinero, cap. II, Ed. Orbis, 1983.
2) Canetti, Elías, Masa y poder, Ed. Mushkin editores, 4a. ed., 1982, pp. 179-184..
3) La idea de restablecer la plata como moneda circulante, le parece atractiva al público pero resulta impráctica por las reglas del sistema de circulación monetaria. Cf. Mandel, Ernest, El capitalismo tardío.
4) Cf. Galbraith, John K., El dinero, cap. XII, Ed. Orbis, 1983.

sábado, 6 de agosto de 2011

CAMINO HASTA EL GRADO CERO (LA REVELACIÓN DEL CAMINANTE)








Por Carlos Valdés Martín








Después del Jardín de senderos que se bifurcan…
Esta frase inicial recuerda un cuento de Borges dedicado al tiempo fantástico que se abre y crea eventos duplicados en universos distintos. Antes del camino existió el sendero, simple repetición de pasos, que se condensan desde la huella fugaz hasta la permanencia; mediante la tenacidad de la repetición, incluso los insectos minúsculos, como las hormigas, producen senderos. Además queremos continuar hacia una ruta lejana, ascender desde el estrecho sendero hasta el ancho camino, subir las dificultades de lo frágil para alcanzar la fijeza de las amplias calzadas. Resulta más interesante la ruta claramente trazada que nos invita a recorrerla, con una superficie alisada y tersa, que nos promete una seguridad opuesta a las agrestes sierras y las regiones hostiles. El camino liso y suave, triunfo del ingenio sobre el paisaje natural, es una invitación al viaje.

Sino estelas en la mar…
El explorador y el artista rebelde invocan su sagrado derecho a descreer del camino, a salir de lo andado, ofreciéndonos el grito de las libertades desencaminadas, quizá recordando al salvaje quien no conoció camino alguno. En efecto, existió una vida primitiva sin caminos elaborados, atenida a senderos naturales, marcados por simples variaciones de terreno, o por las huellas de manadas; cuando, entonces, los senderos podían desaparecer tragados por la vegetación o los vientos. Fuera de los senderos conocidos, constantemente asechaban los peligros reales y los imaginarios, la fantasía poblaba de enemigos y potencias incontroladas a las zonas externas de los senderos[1]. El artista, en su rebeldía, regresa a lo básico y dice Machado: “caminante, no hay camino, sino estelas en la mar”. A diferencia del artista innovador, el ciudadano prefiere andar por el sendero, seguirlo del principio hasta el fin, escapando de las tentaciones de las brechas débiles que fenecen sin entroncar, amenazadas de invasión por selvas y bosques. Porque esa vía lisa y luminosa, mientras más amplia mejor, pues inspira confianza, y si avanzamos con velocidad, permite alcanzar destino.

Camino de Santiago, el sideral
La procesión de los astros y la línea de la Vía Láctea, son dos indicaciones de que a cada camino terrenal le corresponde una enorme contrapartida celeste, su modelo divino, y por lo mismo, incluso la más humilde vereda contiene una gran evocación: la imitación de una vía del reino celeste. Si cada sendero consolidado evoca al modelo de la Vía Láctea, entonces plasma un gran proyecto, una tentativa de movilizar enormes potencias, desplazar lo valioso desde su Origen hasta su Destino. Así, por humilde que parezca cada senderito abre una posibilidad: recorrerse desde el verdadero Origen hasta el Destino final.

Una de romanos…
Entre las obras más antiguas y conservadas descubrimos a las calzadas de los romanos. Sus constructores se esmeraron para realizarlas: primero cavaron dos zanjas laterales, luego horadando metro y medio la parte central, para rellenarla con piedra, después con arena, y terminando con piedra aplanada. Las más memorable se denomina la “Vía Appia” en honor a Claudio Appio, el dirigente que promovió su construcción, hacia el año 312 a. de C. Estos caminos romanos, además de la obra arquitectónica, representan la consolidación del imperio.
Dada la importancia de esta obra se cree que fue la primera carretera en la cual los romanos aportaron cemento para lograrla perfectamente plana y lisa, aunque la posterior erosión  destruyó el cemento original dejando únicamente las piedras[2]. ¿Podemos imaginar la sorpresa y maravilla que causó esa primera calzada perfectamente lisa, que conectaba a la victoriosa Roma con sus provincias? El camino plano es una conquista irreversible en la remodelación del espacio humano, una idea tan contundente que merece re-interpretarse.
De esta obra inicial, la Vía Apia, también destacan los enormes esfuerzos para cruzar montañas y el desafío para superar pantanos, con recorridos estratégicos para el abastecimiento militar de Roma.
También estas calzadas romanas poseyeron dos curiosas características. En los campos, a cada mil pasos se colocaba una loza de señalamiento, el indicador de distancia, llamado “miliario”, así con esta piedra el viaje se convirtió en un recorrido cuantificable. Y además dentro de las ciudades se instalaban una especie de topes, útiles para que el peatón pasara fácilmente la acera y los vehículos tirados por caballos no corrieran demasiado rápido.

Sacbé: de las rutas para civilizaciones perdidas
Devoradas por las selvas, actualmente dormitan las vías mayas. Desafío contra esas mismas selvas, requerimiento de caminantes ancestrales, fueron llamadas “sacbé”: la planicie blanca entre el verdor natural. Cuando mueren las civilizaciones que les daban vida, los caminos se adormecen, luego son tragados pausadamente por la naturaleza, que con polvo y hierba los van cubriendo de olvido. Después de siglos de esplendor, los señoríos mayas se hundieron en la inexistencia y sus ciudades abandonadas fueron cubiertas por la naturaleza del trópico, lo mismo ocurrió a sus “sacbés”, las rutas que unían los diferentes puntos del gran Yucatán. A la muerte silenciosa de una civilización le siguen sus blancos caminos, como los últimos testigos: huesos que despacio se postran bajo el humus de una selva que terminó devorándolos.

En territorios sin caminos… cada viajero es un aventurero
Algunas geografías, carecen completamente de caminos. Caso típico, el mar: carente de caminos, exclusivamente posee direcciones navegables, y casi cualquier tramo es igualmente navegable, salvo algunos accidentes como vados y arrecifes. En principio el mar no ofrece guías, aparece igual en cualesquiera direcciones, además la ausencia de puntos de referencia levanta un desafío formidable para los inicios de las civilizaciones viajeras. El mar y otros territorios sin vías causan una profunda impresión en nuestra alma, sentimos una especie de hostilidad instintiva contra esa ausencia sin referencias fijas ni fronteras precisas.
Esta indeterminación del océano, para lo que nos interesa, se repite en las características de desiertos, selvas y polos. En estos lugares, la adversidad de la geografía impide el trazado de caminos, ni siquiera los senderos persisten, por lo que cada viajero muta en un aventurero e iniciador de rutas, quien sufre adversidades en carne viva. Algunos desiertos sostienen una paradoja: la ausencia del camino, pero con viajeros reiterando sus pasos sobre rutas fijas. En el territorio seco y sin vías trazadas, pero con rutas útiles por los beneficios comerciales, aparecen nómadas unidos en tareas comerciales, pero no surge el camino. Esta dificultad y contradicción debe superarse con destreza y el agrupamiento en caravanas. Este singular grupo de viajeros del desierto es capaz de distinguir su ruta con la ayuda de las estrellas y los escasos promontorios orográficos de la zona recorrida. Por su parte, la selva virgen y el hielo polar ofrecen otro tipo singular de resistencia al viajero, donde el entorno se opone ferozmente al avance, por lo que se crea la vía durante el avance, pero ese ambiente inhóspito borra las huellas casi de inmediato. Y, en fin, mientras esos territorios no permitan asentar caminos, para el ser humano seguirán siendo agrestes y hostiles.

El de los búfalos
No es indispensable ningún signo en los suelos, basta un movimiento real para que hablemos de camino, tal caso ocurre con las emigraciones de grandes mamíferos. Los indígenas norteamericanos seguían a su fuente móvil de vida: los búfalos durante sus emigraciones. También ese era el sendero esencial de la tribu: con la trashumancia y el nomadismo casi heroico de los cazadores. El gran mamífero avanzando en manadas construía el sendero con el cambio de las estaciones, mientras el humano era su seguidor. La modernidad ha invertido esa relación cuando las carreteras son vías exclusivas para humanos y sus vehículos artificiales, donde ningún animal debe cruzar atrevida o descuidadamente.

Un “perezoso” cruzando una carretera angosta
Esa carretera entre la selva de Venezuela era estrecha y bastante transitada, por tramos únicamente podía atravesar un camión a la vez, por lo que el contra flujo se obstruye. El perezoso es un animal arborícola característico por su lentitud en la tierra, que solamente baja una vez al mes de los árboles para descargar sus necesidades fisiológicas. Además el animalito pertenece a una especie en peligro de extinción y por eso protegida por la legislación y el deber moral. Baste decir que a un inocente perezoso se le ocurrió cruzar esa carretera, y por fortuna lo vio un camionero con sentido ecologista, quien decidió detenerse por completo y así previno que el siguiente vehículo aplastara al animalito. En la carretera angosta la circulación vehicular se detuvo y la fila de espera abarcó kilómetros en ambas direcciones, hasta que el perezoso terminó su paso al otro lado del camino para subir a  la copa de un árbol protector.

Las dos piernas para el camino vs otros animales
Es una singularidad humana este caminar erguido en dos piernas, efecto único, y primer peldaño en sentido resistente a las leyes de la gravedad. Al cuerpo que enfrenta la gravedad con dos pies le llamamos bípedo y lo comparamos favorablemente con el cuadrúpedo. De los dos pies y piernas podríamos generar el emblema del caminante. Mientras las otras especies se mueven rápido y los cuadrúpedos lo hacen con ventajas, incluso resultan los más veloces y fuertes. Ambos cuadrúpedos y bípedos se mueven con eficacia, pero el final emerge una enorme diferencia secundaria, porque la mirada del humano bípedo permanece al frente, con manos liberadas y mientras la mente indica la dirección elegida. El cuadrúpedo permanece cerca del suelo y cercano a la tierra en demasía, pues para desarrollar velocidad el uso de cuatro patas otorga eficiencia, pero esclaviza las manos (potenciales) que funcionan únicamente como patas (efectivas).

La imagen de tres piernas, por contradecirme
Las dos piernas indican la ingeniería verdadera del caminante, porque las dos extremidades simétricas son una compleja obra de ingeniería biológica que penosamente intentan descifrar los diseñadores de robots para alcanzar tal unión de simplicidad y equilibrio. Sin embargo, en la isla de Man, minúscula parcela de tierra atacada por un mar borrascoso, les gustó instaurar como su símbolo a tres piernas encontradas, integrando una espiral de tres extremidades. La observación de ese símbolo me parece revela el gusto por la contradicción, a un golpe de mirada convenimos que existe una invención o acontece un exceso; ese tri-pedal no puede simbolizar al caminante, sino gusto por las complicaciones. Las tres piernas originan una especie de rueda, un signo giratorio, que no indica al paseante, sino una rueda y así insinúa la conversión del paso peatonal hasta el vehículo. El símbolo de esta isla quizá esconde una profecía: la pierna cediendo su lugar a la rueda.

Supercarretera: un ideal moderno
En la idea de la súpercarretera convergen aspiraciones y exigencias modernas, donde el plano asfaltado marca una cúspide de su realización. La súpercarretera trae aparejadas a la velocidad, las grandes distancias, la seguridad del paso, las opciones de viaje… arrastra un cúmulo de ventajas que son distintivas de una civilización poderosa y caótica. La súpercarretera pareciera resolver el caos, darle un destino final, mientras los múltiples vehículos entrando y saliendo han conquistado un orden libre y difícil de comprender para quien lo observase desde fuera. La súpercarretera indica el triunfo de los ideales del capitalismo: desplazamientos en vez de transformaciones. La facilidad para acceder a súpercarreteras suena como el himno a la grandeza de un país, un canto a la potencia de los privilegiados de la modernidad. La ley del acostumbrarse con lo práctico utilitario indica que lo usado repetidamente deja de notarse[3], entonces una hazaña inicial queda sin testigos atentos. También, las supercarreteras caen bajo la ley de lo práctico utilitario, son útiles tan comunes que dejan de notarse, abundan tanto que se las subestima trivialmente con ojos anestesiados.

El tao: un idealismo religioso del camino
Para el concepto religioso de los chinos entender el camino conduce a trascender adentrándose en el territorio de lo sagrado. Con los chinos este sendero espiritual, llamado el tao, se convierte en la imagen de la esencia divina, ya que en su  interpretación abarcan la vastedad celestial por completo. El taoísmo entiende esta vía superior en tres sentidos esenciales. 1) Como Origen divino de las cosas, por lo tanto dibuja la imagen abstracta de Dios, es el verdadero inicio, destello fuente del universo y el destino final de las cosas. 2) Como la esencia secreta de todo lo presente y la ley que rige el Cosmos. Así, las cosas materiales y humanas transcurren bajo un designio, su manifestación siempre es un caminar: observaron que las aguas dibujan una ruta desde los cielos hasta los ríos, para alcanzar los lagos y mares, y, luego, convertidas en vapor retornan a los cielos. El ciclo de la naturaleza y la existencia se entiende como una ruta perpetua. 3) Como la vía que deben adoptar las personas sabias, aprendiendo a nunca forzar su existencia ni la de los demás, aceptando los designios naturales y divinos, en los ritmos evidentes o secretos. Eso significa vivir dentro del tao, promulgado como el modo de alcanzar la inmortalidad[4].
Finalmente, el taoísmo entiende el camino de cada persona como la unidad de estos tres aspectos, que se integran en el gran Tao sin nombre, del cual jamás podemos hablar directamente, porque trasciende más allá de las palabras.

Del nómada por historia al nómada por vocación
Antes existió un nomadismo de pueblos obligados a desplazarse con sus animales por el influjo cambiante de las estaciones del año o a seguir a las manadas que cazaban. Ahora la proliferación de caminos ha generado una nueva clase de nómada, el fanático de la carretera, el vagabundo por decisión propia. Esas preciosas carreteras invitan a seguir su pista, y algunas personas la recorren nítidamente, con pasión. Viajar aceleradamente hacia el siguiente punto, sin mayor ambición que dejarse arrastrar por placenteras sensaciones de velocidad y coleccionar kilómetros de asfalto devorados: eso revela un peculiar nomadismo moderno.
En el caso extremo, alimentarse con kilómetros recorridos se vuelve una droga, una ansiedad de seguir manejando sin parar. Si es afortunado, el moderno nómada disimula su pasión bajo una profesión honorable y útil de transportista, quien día con día aborda una carretera hasta un sitio lejano. Esta de transportista clase apasionado convierte a la carretera asfaltada en su amada ideal. Una querida siempre dispuesta y complaciente, curveada y suave, recatada y silenciosa, pasiva hasta la sumisión y dispuesta al capricho o la aventuralo recibe cada jornada, mientras su robusto camión alardea como el signo de su virilidad avasalladora. Para que día a día esta amada cumpla con la cita, el asfalto exige seguir siendo devorado con suavidad.

Al vagabundo encantador…
Cuando el nómada voluntario deambula sin rumbo nos parece un vagabundo, otro personaje ahora errante y frágil, sin los medios (o las aspiraciones) para echar raíces en ningún lugar, por lo que queda obligado a derivar sobre cualquier ruta. Existen dos actitudes históricas opuestas ante el vagabundo. Durante la Edad Media descubrimos el aspecto brutal: era práctica común que reyes y príncipes invocaran un odio feroz contra los vagabundos y así promovieron leyes contra el vagabundaje, castigándolo con penas tan severas como la muerte. Infeliz del vagabundo capturado en esos viejos reinos europeos porque podía caer sacrificado sin miramientos. En efecto, los príncipes feudales odiaban con ferocidad a cualquier vago errabundo. Pero más recientemente, el vagabundo ha sido idealizado por la cinematografía, y recordemos que el personaje más exitoso del cine mudo lo protagonizó Charles Chaplin. El alegre trotamundos de bombín y bastón era un imán para el público, pues atestaba las salas cinematográficas y arrancaba las carcajadas cómplices entre todos los estratos sociales. El vagabundo moderno quedó convertido en un personaje mágico y encantador, digno de la compasión y la admiración simultánea, indicando que el termómetro de los sentimientos modernos había cambiado en un sentido radical.

Del escoltado por montañas
Un macizo montañoso a cada lado le confiere a cualquier camino una dignidad tan notoria, que ninguno debiera construirse sin esos blasones. Cuando los trazados de rutas se dibujan sobre una enorme planicie, con motivo nos podemos preguntar si ese trazado contiene su acierto o fue el capricho del constructor. En cambio, cuando el trazo carretero emerge dignamente custodiado por dos hileras de montañas no cabe duda del acierto: ni falta ni sobra su posición. Además de la dignidad, las cumbres confieren una visibilidad elegante a las carreteras, situación imposible de repetir en las planicies y llanuras. En las planicies, una carretera carece de tanta jerarquía, pues la igualdad de las planicies disimula su dignidad.

Del escarpado enorme
Sin duda, somos sensibles a las elevaciones y rápidamente notamos cuando un plano se inclina hacia arriba. La elevación hacia una montaña nos rememora la penosa construcción de cada tramo, si al subirlo nosotros mismos sentimos un hostil frenado debido a la fuerza de gravedad, con más razón lo sufrieron sus constructores. Esta dificultad obliga a apreciar doblemente el trazado; la rápida elevación nos obliga a mirar el camino que se levanta sobre la altura de nuestros ojos, mientras, cansados, dudamos dos veces antes de recorrer esa senda.
Ocasionalmente, vencemos el cansancio o disfrutamos de un ascensor artificial, entonces en la medida que sentimos la facilidad del ascenso repetimos la visión de las escaleras sublimes. En el extremo ideal de estos ascensos triunfales debería existir, un desdoblamiento mágico, que los poetas místicos denominaron la escalera al cielo. Esa rápida ascensión habrá de conducir a los afortunados hasta el plano sublime, hasta la jerarquía de las regiones celestes. Cuando la geografía escarpada de una carretera nos conduce alcanzando zonas de nubes nos evoca, como un sueño, la entrada al reino celeste.

Enganchado del cielo (el puente)
En regiones agrestes de precipicios y cañadas la continuidad de las rutas exigió la creación de puentes, esas vías donde el caminante, mientras dure el recorrido, avanza como colgado del cielo. Me deslumbran los puentes colocados a enormes alturas, atravesando el vacío y permitiendo una experiencia completamente aérea. Mientras se avanza sobre el puente colgante la tierra se inunda de aire, los vientos menean suavemente nuestro cuerpo, las ropas cuelan un aire de cumbre, y estamos pisando el elemento aéreo. Los incas fueron maestros en ese arte de levantar puentes colgantes. Obras generosas y útiles para demostrar que el aire puede atrapar al caminante, envolverlo entre sus brazos aéreos y cobijarlo entre nubes. En esos puentes el camino se convierte en una especie de quimera, casi una imposibilidad sostenida sobre nubes. La típica construcción para el andariego se armoniza con notas exclusivamente terrestres, pero durante unos cuantos metros, el camino metamorfosea de elemento y cambia de entidad terrestre a existencia aérea. En la extensión de cada puente colgante podemos recordar el trazado de la Vía Láctea, y nos preguntamos sobre el material etéreo de un camino fabricado para el talón leve de los dioses.

Ir de bajada
El mismo trazo en una dirección resulta dificultosa elevación, y en el sentido contrario es descenso fácil. Bajar siempre resulta fácil, descender aligera el cuerpo, nos confiere un grado de ligereza. La ligereza corporal, momentáneo descanso, nos alegra y ofrece una fuerza complementaria. Quizá contenga una ilusión esta sensación de fuerza adicional del movimiento descendente, pero cualquiera lo aprovecha. Incluso se goza el arrastre por la pendiente que confiere ligereza.
No es casualidad que los niños adoren el jugar en carritos para bajar las pendientes, ese movimiento trae el sentimiento espontáneo deleitoso y juguetón. La naturaleza opera completamente a nuestro favor cuando elegimos esa dirección descendente. La gravedad juega a favor del carro bajando, el viento sopla en la cara… pero somos unos adultos insensatos si olvidamos que la aceleración de la gravedad contiene el principio de la caída.

El encuentro en mitad de la nada
Dicen los coleccionistas de costumbres que los pueblos lejanos recurrían a saludos elaborados y no se debe imaginar que esa sofisticación fue fruto de la ociosidad. En especial los pueblos bereberes, habitantes del desierto, iniciaban un complicado ritual de cortesías desde la distancia, empezando desde el momento que distinguían a otros viajeros sólo como un pequeño puntito en la lejanía. En regiones desoladas resulta tan comprensible la sana desconfianza ante potenciales enemigos, como una euforia difícil de contener ante la presencia de amigos. Escoltado por la soledad de las dunas, este saludo largo se intensificaba conforme a una cautelosa aproximación, cuando la cercanía aumentaba crecía la intensidad, hasta terminar con un complejo ritual de gestos amigables, alabanzas, caravanas y genuflexiones. En ese desierto del Sahara, casi despoblado, cada encuentro de viajeros resultaba un evento extraordinario, saturado de saludos benditos y pacificadores.

La encrucijada
Un encuentro entre caminos aparece tan fabuloso como problemático, por eso el término de “encrucijada” resulta significativo por sí mismo. Cuando dos vías topan en un cruce puede ocurrir lo extraordinario, tanto en el sentido de éxito como de catástrofe. Esta duplicación del camino mediante la encrucijada nos invita a descubrir la complejidad de la vida, las disyuntivas y las oposiciones entre elecciones diferentes. En la equis dibujada por el cruce de vías se representa gráficamente las trayectorias opuestas-convergentes de las personas. La equis cruzada indica la posibilidad de que cada vida suceda distinta, que la ruta contenga una contra-ruta. Esta posibilidad, para las mayorías transcurre invisible y transitan insensibles en cada encrucijada, solamente, en el momento preciso, para pocas personas esa convergencia representa su verdadero dilema, entonces descubren que la encrucijada es suya, su oportunidad para desviar completamente la ruta esperada. Eso significa “encontrar una encrucijada”: la oportunidad para reinventar una existencia.

Los dos tipos de transeúntes: del pie al vehículo
Si establecemos con solidez la diferencia esencial entre quienes transitan por caminos podemos reducirlos a sólo dos tipos: el peatón y el transportado. El peatón emplea su cuerpo, y quienes gatean, saltan o cojean representa sencillas variaciones del mismo tema. El vehículo terrestre originario es una especie animal: la monta del caballo inicia la gran diferencia. Esta distancia entre peatón y jinete es abismal, incluso excesiva, por eso los antiguos en su imaginación veían emerger una especie nueva, la de los centauros, alejada de la especie humana. Ese salto enorme, arranca con un medio técnicamente sencillo, un animal domesticado, y continua con la última moda tecnológica de vuelos, incluso el viaje interplanetario, donde hasta el espacio estelar se convierte en camino andado. A mitad de la escala, encontramos máquinas ligadas al empleo del propio cuerpo, como son las bicicletas, patinetas, barcas de remos, sillas de ruedas, etc.
Los vehículos más apreciados minimizan el uso del cuerpo, reduciendo la conducción a pequeños y sutiles movimientos de pies y manos, o universalizando el servicio de transportes mientras se permanece cómodamente sentado. La minimización del uso del cuerpo como medio del movimiento nos coloca en un plano distinto de existencia, en un territorio mágico donde la instantaneidad infantil de los deseos renace, porque cerramos los ojos, ponemos en suspenso la mente, y ya aparecemos lejísimos, alcanzando sitios deseados de la geografía más remota. Valdría la pena abundar en la psicología mágica del desplazamiento espacial, que se expresa en al pasión moderna por los automóviles y los aviones, industrias gigantescas y necesidad básica para el ciudadano pudiente, que obliga al diseño completo de las ciudades para transitarlas con vehículos. Ya no se pueden diseñar ciudades modernas sin alisadas calles y avenidas dedicadas al uso y abuso de los automóviles. Las ciudades peatonales (con sus callejuelas estrechas y sinuosas) desaparecen en el horizonte futuro: pertenecen al recuerdo y a las inercias rurales de las campiñas atrasadas.

El secreto antropológico del peatón
El camino inicia con el peatón, y nos preguntamos por qué importa tanto este arranque: por el lanzamiento de la humanidad misma. Para el antropólogo histórico unos pocos rasgos constituyen el salto del simio primate hacia el humano, la transición de animalidad a humanidad. Entre esos pocos rasgos enlista la simultánea liberación de las manos con pulgares opuestos y la vista periférica. Estos dos rasgos dependen de una postura erecta, la cual solamente la posee un animal que camina sobre sus pies, ya no usa las manos para caminar y se levanta erguido para mirar a su alrededor. Levantarse erguido requiere de un gasto físico adicional, un esfuerzo peculiar en el que el cuerpo combate la atracción gravitacional. Los animales no se levantan erguidos sobre dos pies, pero algunas especies lo hacen parcialmente, por momentos. Los lemures y primates inician ese proceso, que es incompleto; los canguros adoptan una posición mixta, parcialmente apoyada con la cola. La posición erguida es una excepción de la naturaleza y estamos, incluso inconscientemente, orgullosos de ella. Nos agrada y enaltece la tarea anti-gravedad de la posición erguida.
El peatón moviliza esa posición, la encausa y la aprovecha porque permanecer simplemente parados cansa, pues implica un esfuerzo excesivo como de guardia militar. El caminar exige un desequilibrio dinámico, implica adelantar el cuerpo, balancear rítmicamente los pies, mantener un compás preciso, para aprovechar la inercia de movimiento hacia adelante. Y una calzada lisa o de suaves pendientes maximiza ese desequilibrio dinámico, sin embargo, nuestras facultades caminadoras también están perfectamente adaptadas a la ausencia de caminos, como avanzar a entre escollos, a campo traviesa o escalar montes. Para el peatón no resulta indispensable el camino alisado, ya que sus piernas son versátiles; el terreno plano le es sumamente agradable y conveniente, pero no indispensable; para el vehículo de ruedas el camino plano sí, en definitiva sí, le resulta indispensable.

Pasión por lo plano
Aunque el caminante no requiere, a diferencia del vehículo rodante, de un sendero plano, ciertamente que lo prefiere, y esta tendencia nos revela otra extraña predilección del ser humano. Seguramente con esta afirmación de “una preferencia extraña”, encontraré amplia oposición porque aparece tan difundida la preferencia, tan recurrente, que pasa desapercibida. Las superficies planas motivan suficiente deleite y preferencia, hasta suponemos que los materiales planos siempre han estado ahí, dispuestos a tomarlos, cuando la naturaleza es harto diferente. Busquemos en nuestro propio cuerpo y nada verdaderamente plano encontramos, ni el omóplato ni el esternón son efectivamente planos, y fuera de estos huesos aproximadamente planos, ya nada semeja a la superficie plana. Muy pocos objetos del reino animal y vegetal encontraremos planos y lisos; en cambio lo contrario es la norma: por cada rincón natural surgen las curvas y las volutas adornando y conformando los organismos de cualquier especie. Por momentos, una diminuta área semeja la forma plana, como la superficie de una hoja o el costado de la celdilla de la abeja, y cuando nos acercamos a mirar descubrimos las suaves curvas, las irregularidades rugosas, los poros salpicando la superficie. Situación parecida acontece en la naturaleza inorgánica, que se satura de curvas y rugosidades, accidentes y grietas por doquier. Unas pocas excepciones encontramos en espacios breves, por ejemplo, las caras de algunos cristales de roca y minerales naturales, que por supuesto, podían pasar desapercibidos. A la distancia podemos observar fenómenos naturales lineales, como el nivel de aguas de un lago tranquilo, la caída de las gotas de lluvia o de algún objeto, como lo indica la plomada del albañil. Ahora bien, a este sentido excepcional de la línea recta y el plano liso en la naturaleza debemos agregar un par de leyes enormes: la luz y su visión nos parece que avanza en línea recta, la perspectiva de la mirada es una convergencia de líneas rectas hacia un punto focal, así como la inercia de los cuerpos sigue una línea recta. En el terreno intelectual, la geometría revela al plano como una primera figura de las superficies y la más sencilla para trazar mentalmente. 

Debemos argumentar que la pasión por los elementos planos inunda las obras de construcción, generando elementos planos en los pisos, paredes y techos, por lo que la historia de la arquitectura merece un gran apartado: la pasión por los espacios aplanados. Ciertamente algunos estilos arquitectónicos prefieren las curvas, pero existen muy pocos que procuren eliminar los trazos planos y propongan un culto a la curva, limitándose a dos: la excepcional obra de Gaudí y el periodo del barroco extremo. Claro, que esto acontece en la cuestión mudable de los gustos y se señalará un extremismo a favor del espacio plano y liso: el modernismo cuando el gusto por lo plano domina como un soberano.

Del camino a la brecha, de la brecha a…
Abandonar la improvisación que nos proporciona la naturaleza es la marca del camino, dicho con propiedad. La palabra brecha nos indica la improvisación, la apertura difícil del movimiento entre los accidentes de una geografía sin conquistar. La brecha es la permanencia de una dificultad, pues el avance dentro de ésta siempre resulta dificultado, y en cada tramo se emplea una habilidad excedente (o hasta una proeza innecesaria en sitios demasiado agrestes). Los habitantes primitivos se movieron entre brechas y los modernos transitan por caminos, y el paso del camino a la brecha nos indica el nivel descendente de la comodidad a la dificultad improvisada. Los viajeros por brechas son los aventureros voluntarios, quienes escapan del confort y la tranquilidad. Quien entra a la brecha se aventura; quien sobrepasa las adversidades, queda convertido en caminante osado, e incluso resulta imposible de bloquearlo con la ausencia absoluta de rutas. Debajo de la escala de la brecha volvemos a las tierras ignotas e inexploradas que ni resquicios ofrecen, entonces sucede que se “hace camino al andar”. Sin una brecha siquiera el caminante trasmuta en aventurero, y el simple tránsito, en proeza.

El ilusorio del laberinto
En la esencia de los caminos yace la exigencia de alcanzar un destino, gravita la urgencia de lograr un destino, por lo mismo una vía truncada marca una paradoja. Todavía encontramos una paradoja mayor, cuando el camino resulta una trampa y lo que parece una vía de tránsito, en realidad, integra un laberinto.
El laberinto, como dispositivo de trampa, debe extraviar sin remedio al caminante y debe atraerle esa fatalidad de la telaraña derrotando a la mosca. El laberinto esconde la trampa y el desastre, no invita al viajero en su calidad de caminante sino de víctima. Cuando un falso camino resulta un verdadero laberinto entonces el destino desaparece, el cierre final implica la trama de un engaño trágico. El suelo engañoso del laberinto que atrapa al caminante es antagónico del verdadero camino, fabricado para permitir al viajero su tránsito y, así, salvaguardarlo.
En contados casos, surge el héroe y aniquila al laberinto, entonces el enigma resuelto se desvanece como las tinieblas al amanecer y un héroe como Teseo se convierte en protector de los verdaderos caminos.

El grado cero
Si hay falso camino representado por el laberinto, también existe el Génesis de las rutas. La resolución del héroe convierte al laberinto en camino, pues una vez descifrado y derrotado, el nudo se metamorfosea en vía franca. Cada caminante representa el inicio de lo existente, porque la vida empieza cada día y cada viajero puede innovar la senda más estrecha que al ensancharse resultará supercarretera.

Semejante al artista rebelde, también el caminante posee la inspiración, pues sus pasos sin sombra del mediodía o sin ecos de la medianoche, le proporcionan el modelo para desplazarse hacia espacios virginales. Sobre caminos inexistentes cada quien simboliza la hazaña del aventurero: viajero en el desierto o marinero entre los oleajes desconocidos. Incluso si ya fueron trazados, el caminante mismo es motor y motivo de los caminos; él es su fuente primera y su efectivo Origen para apropiarse de un Destino.


NOTAS:

[1] Cf. CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil máscaras, cap. I.
[2] La vía Apia fue la primera calzada romana cuya construcción incluyó cemento de cal, además de piedra volcánica. Una sección de la época romana todavía existe y el cemento ha desaparecido de las uniones mostrando una superficie áspera
[3] KOSIK, Karel, Dialéctica de lo concreto, Ed. Grijalbo.
[4] Ejemplo de esta triple unidad versificados en este pasaje: El retorno es el movimiento del Tao/
La debilidad es su método. /El Cielo, la Tierra y los Diez mil seres/Surgen del Ser/El Ser surge del No-Ser.

jueves, 2 de junio de 2011

ENSAYO SOBRE EL COGNITARIADO O DISERTACIÓN HERÉTICA SOBRE EL SUJETO REVOLUCIONARIO, 1a Parte


Por Carlos Valdés Martín

0.- EL CONCEPTO DE COGNITARIADO
0) El círculo vicioso y el círculo virtuoso. La importancia de la función intelectual en el curso de la historia concreta y su trascendencia para el movimiento político general, me llevó a resaltar la figura del “intelectual orgánico” al final de la década del 70 y ahora, al concepto de cognitariado. La relación externa con una colectividad positiva, que sea la encarnación de las bondades es una tendencia tanto histórica como sociológica, pero no resulta finalmente viable sino desgastante sociológicamente y perversa políticamente (mera filantropía o un equivoco sobre el altruismo). Por desgracia la historia del socialismo, el movimiento de emancipación mejor intencionado desde el siglo XIX, se monta sobre una alianza equívoca entre las masas semiproletarias, principalmente campesinas, y una intelectualidad dinámica, pero marcada por una negatividad originaria, pues para esa intelectualidad revolucionaria el “otro” es la fuente de la libertad, pero como otro radical y no como concreción humana. Cuando la ideología socialista era directamente encarnada por el sujeto proletario mismo, entonces ocurría el circulo virtuoso, de una idea de que alimenta un sujeto colectivo que alimenta su idea materializada (ideología de clase) tal como lo señala Anderson en Tras las huellas del materialismo histórico ; además este mismo circulo virtuoso entre un sujeto colectivo y la ideología que lo afirma está diáfanamente presente también en el feminismo y otros movimientos sociales. Por círculo virtuoso entiendo esta relación entre una ideología avanzada que busca ser la forma consciente de un sujeto colectivo y ese sujeto colectivo que se fortalece o mueve conforme a esa misma ideología; el sujeto colectivo al moverse refuerza esa ideología y la vitaliza. El círculo virtuoso es un ciclo de identidad afirmada, en que las ideas encarnan en personas y las personas se alimentan de esas ideas. La virtud de esta circularidad no solamente está en la fuerza constitutiva sino en la claridad de la relación entre la teoría y la práctica, y por desgracia en la historia del socialismo marxista existe una tensión perpetua entre teoría y práctica. Esta tensión la demuestra Lukács en Historia y conciencia de clase , porque él siempre señala que debe de estar indisolublemente unida la teoría y la práctica, pero evidentemente, cuando existe el deber es porque no existe una realidad (kantismo), hasta (paradoja de paradojas) señala que con el marxismo no debe haber la separación entre realidad y deber ser, entre acción y moralidad, tal como le parece ocurría en la comunidad precapitalista).
Pero particularmente la relación histórica entre la intelectualidad revolucionaria y el proletariado en la acción política revolucionaria ha sido conflictiva, de tal modo que esa tensión se ha elevado hasta los tonos de la tragedia histórica: ausencia absoluta de dirección revolucionaria. Esta cuestión también está muy presente en los debates teóricos en torno a la teoría del partido político, desde antes de Lenin y fuertemente en los setentas, la solución leninista de que el partido es una conciencia externa que se integra al proletariado, además de contener sus problemas teóricos, también expresó su problema práctico . En su esquema la conciencia externa de los intelectuales inyectándoles saber revolucionario al proletariado es una forma de círculo vicioso, porque si un sujeto colectivo está impermeable a ciertas ideas, los portadores de estas ideas tendrán que forzarlas para justificar permanentemente su no aplicación práctica.
No es que me moleste hablar en nombre de otros o que la maldición de la pequeña burguesía me pese moralmente, sino que la acción más auténtica es la que se hace por cuenta propia y no por terceros proletarios a los que se tiene que decir constantemente lo que ellos deben ser y pensar. Incluso existe algo sicológicamente turbio en la reiteración de revelarles (los intelectuales) a “otros” (los proletarios) lo que deben hacer, ser y pensar.

0.1) Primer concepto de cognitariado. El cognitariado es la síntesis entre la intelectualidad y el proletariado, los conceptos de los grupos de avanzada del siglo XVIII y XIX, con un término que devela Alvin Toffler en El cambio del poder, aunque en esta interpretación existen diferencias respecto del concepto inaugural . La revelación del cognitariado como el corazón del proletariado, puede entenderse como un baño de pureza, sobre un concepto que antes estuviera desprestigiado injustamente, pero también contiene su verdad en el sentido de práctica: con lo que hago me identifico, el círculo de la acción afirmativa, que parece ser el único camino del trabajo que nos conduce hacia el bienestar de la vida. Cognitariado integra la unidad de la condición del trabajador y el intelectual, de tal modo que la parte dominante es el conocimiento, porque ahí está la fuerza productiva más poderosa, mientras que la parte trabajo material es la más tangible. Si se toma a la ligera, podría parecer una idea ómnibus que solamente ha pescado dos partes sin integrarlas a manera de un ornitorrinco conceptual, pero no me parece así, creo que la realidad de las fuerzas productivas ya nos ha indicado contundentemente que su vanguardia radica en el conocimiento que se aplica. El trabajo es la base de la vida, y en el sentido general el conocimiento también es un trabajo, precisamente forma el trabajo intelectual, sin embargo, en Marx lo dominante en el desarrollo de la historia es el trabajo acumulativo, su mera cantidad, su masa convertida en productos. En el fondo contuvo un acierto, pero al seguir el tiempo histórico el acento varió en un cambio de calidad, cada vez menos cantidad y más calidad, cada vez más conocimiento puro (o como calificación del trabajo) y menos cantidad de trabajo; ya no debemos pensar en la herrería y la manufactura como el eje del desarrollo sino en la escuela y el laboratorio de investigaciones. Podemos decir, que las fuerzas productivas pensadas por Marx indican a la gran industria como su máxima expresión , mientras ahora debemos enfocar el laboratorio de computación como la máxima expresión de potencias productivas materiales más que en las manualidades industriales. El técnico en computación no debe parecernos un héroe dispuesto a romper sus cadenas radicales tal como nos pareció un prospecto de héroe el proletariado industrial, pero el técnico en computación cristaliza la punta de lanza del cambio material. El curso de la historia ya no depende de laboriosas manos, y la liberación no viene de la fuerza de las masas, de una acumulación de concentración y de sudores, enojados y enajenados.
Resulta esperanzador sobremanera que el vértice del cambio, de las posibilidades y de la historia esté centrado en el conocimiento, porque esto abre un horizonte de posibilidades inmensas para humanidad entera.
El cognitariado solamente indica donde está la vanguardia del cambio objetivo de las fuerzas productivas, todavía no resuelve el tema de las cadenas radicales de los sujetos. De hecho la política sigue marcada ahora por el tema de las alianzas entre las clases que son aptas para continuar con el cambio de las fuerzas productivas.
Esto no implica dejar de lado la preocupación por la miseria de las masas proletarias y semiproletarias, pero implica un cambio importante de prioridades. La miseria misma se convierte en un tema más de justicia y no tanto de la estructura interna de la revolución en curso y por venir.

0.2) La tripolaridad de las clases fundamentales. La interpretación del cognitariado implica también que el antagonismo básico no es la relación entre capital y trabajo asalariado, de tal modo que la polaridad queda sesgada, aunque sí hay polaridades. La imagen de la oposición entre capital y proletariado dibuja una pareja dual, es una polaridad sistemática, que marca una dinámica totalizadora, que implica que el conjunto de la totalidad social está ya marcada por esa polaridad, de hecho fuera de las dos clases fundamentales de Marx las demás son intermedias, restos de estructuras agrícolas en proceso de proletarización, una pequeña burguesía condenada a caer en una de las dos clases fundamentales, clases subalternas condenadas a someterse a la lógica implacable de las clases fundamentales, etc. Es decir que la polaridad entre dos clases retotaliza a todas las clases, lo demás le resulta no esencial para la contradicción fundamental. La contradicción fundamental está primero y también al último, para que los demás grupos humanos sean peones dentro del juego esencial. La observación de la existencia de clases sociales ya la encontraron los historiadores previos a Marx, y en ese sentido, no implica un hecho específico de su concepción, sino que la historiografía materialista previa ya aceptaba la existencia de la determinación de los grupos humanos por sus intereses materiales y por su posición en la producción, con antecedentes tales como Condorcet, Michelet, etc.). En ese sentido la interpretación por clases sociales es universal y lo comparte mucho de la sociología posterior también, incluso lo comparte hasta el sentido inmediato de la realidad.
Ahora bien, la interpretación del cognitariado implica que esta definición no está basada en un antagonismo esencial como el eje de la interpretación completa de la sociedad humana, sino que se basa en la especificidad de los grupos humanos respecto de la producción. Hay un proceso de cambio esencial en curso, que es positivo pero contradictorio, ya que el incremento de trabajo intelectual en el proceso de trabajo lo altera constantemente, tanto en la naturaleza del trabajador social, sus diferenciaciones internas y en el capital social. Las fuerzas productivas mismas no son pensadas bajo el eje polar de trabajo acumulado y convertido en capital contra trabajo vivo siendo explotado, sino que se basan en su productividad inherente y su desarrollo cualitativo positivo (a mayor conocimiento menos uso de recursos, incluyendo el tiempo). Las fuerzas productivas no son pensadas como una masa de tiempo creada por una masa de sujetos sino una cualidad única y novedosa, que ha manado del trabajo en general, pero del cual solamente una parte puede hacer el milagro: el conocimiento y su aplicación. La conexión entre el trabajo en general y el conocimiento es directa, su relación con el capital es indirecta, porque el capital es una forma histórica de acumulación de trabajo, es la forma de la propiedad privada mercantil. En ese sentido, la acumulación (en el sentido de calidad y no cantidad) de conocimiento social es la premisa de la productividad general del trabajo y por tanto es la condición material que puede hacer obsoleta cierta forma social, que es la gestión de la producción por medio del mercado y del capital.
Bajo la interpretación del cognitariado, lo que está presentándose no es la variación bipolar de capital-trabajo, sino una tripolaridad, en donde el curso del desarrollo de las fuerzas productivas está marcando el curso de los acontecimientos, de tal modo que la relación es trilateral. El cognitariado se tiene que identificar con el avance del conocimiento, con la vanguardia de las fuerzas productivas, de tal manera que puede tener algunas contradicciones con el proletariado y con el capital, con ambas polaridades del contexto social, esto es claro en Toffler en El cambio... Sin embargo, la contradicción que pueda tener el cognitariado con el proletariado es dentro de un campo de continuidad, simplemente son las contradicciones entre el trabajo intelectual y el manual. Esta tripolarización es compleja, pero ¿acaso la realidad no es compleja?