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miércoles, 7 de marzo de 2012

EDICIÒN ELECTRÓNICA DE LIBRO


Ya está a la disposición la edición electrónica de mi libro sobre la nación.

En el libro "LAS AGUAS REFLEJANTES, EL ESPEJO DE LA NACIÓN. ENSAYOS SOBRE LA NACIÓN EN MÉXICO Y EL MUNDO" están contenidos mis principales ensayos sobre el tema nacional. Destaca el texto que da nombre al libro. Son 250 páginas disponibles en el sistema Kindle de Amazon. Sin no tienen un aparato lector de libros Kindle, no hay problema, en ese mismo sitio se puede descargar la versión para computadora PC, para Ipod, etc, que son gratis. También se ver las primeras hojas gratis, y si ya están en el programa Kindle también hay opción para compartir el libro.

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viernes, 24 de febrero de 2012

TRAMPAS INVOLUNTARIAS PARA LA FE


Por Carlos Valdés Martín


Avanzaba optimista el año de 1926, según recordó en el relato de su juventud. Lo primero fue un susto, esa sensación que venía cuando se precipitaba el recuerdo del volantazo ante un animal que se cruzaba en el camino, luego la volcadura y el humo, además la sensación sorpresiva de descubrir que alguien estaba en el maletero, pero el humo y la confusión dificultaban sacarlo. Intentaba abrir la puerta atorada, mientras el fuego amenazaba con extenderse.

Tomó distancia en su mente, se alejó del momento desagradable y se contentó con el lado agradable, por donde empezaba lo lindo ese recuerdo. El orgullo familiar creció con un nuevo automóvil. El afamado Ford T de figura graciosa, contornos suaves y color negro brillante, corría veloz y dócil bajo sol tropical y la guía del volante de fina madera. Las miradas de los lugareños convergían hacia ese nuevo vehículo: los carretoneros lo ojeaban con envidia; los jinetes, con respeto; los peatones, con reverencia y sólo los ferrocarrileros se mantenían indiferentes como los representantes dogmáticos de mastodontes mecánicos, lejanos y orgullosos. Esa posesión señalaba el nuevo clímax de la elegancia para la gente acomodada.

El año anterior, un afortunado nombramiento como gobernador provisional y el pago en efectivo por méritos políticos se combinaron para Francisco Solórzano Bélar. Este flamante jefe del gobierno provisional obtuvo tan codiciado vehículo, cuando por las calles de la ciudad provincial circulaban únicamente otros cinco de ese tipo.

Subirse a un auto reluciente traído desde Estados Unidos era el sueño dorado de los jóvenes y muchachas de la ciudad de Colima, pero pocos privilegiados lograban ese objetivo. Si el paseo dominical montados en tales artefactos era motivo de envidia, el convertirse en su manejador dibujaba una meta suprema. Alcanzar esa propiedad sería prenda digna para la jerarquía del gobernador y del puñado de elegidos del dinero y el poder.

Don Francisco Solórzano por su jerarquía como general del ejército mexicano tenía a su disposición un cabo destinado para chofer. Y además del cabo, gustaba acompañarse de un teniente, que le servía de escolta disimulada.

La guerra cristera comenzó hostilidades un poco después, en enero de 1927, centrada en la región del Bajío, pero desde antes existió agitación de ánimos y opiniones, con distintos tonos en cada rincón del país. El ambiente nacional estaba caldeado por el conflicto entre la Iglesia católica y el grupo del Presidente Plutarco Elías Calles, electo en 1924. Desde 1925 ocurrieron atentados y alzamientos aislados promovidos por católicos radicales en la región del Bajío. La fracción más fanática del catolicismo incitó a una insurrección, que se denominó la guerra cristera y entonces sí hasta esa zona costera de Colima se vio envuelta en la parte activa y cruda de ese conflicto. Cuando, en la vorágine del conflicto, la jerarquía católica hizo una “huelga” de oficios religiosos y el gobierno prohibió los actos de fe “pública” en represalia contra los levantiscos, el conflicto retumbó hasta Colima.

El ambiente militarista y agitado de la post-revolución mexicana permeó a Colima, pero la ciudad provincial se mantuvo atemperada y casi apaciguada por un carácter más dulce y recatado entre la población. Ese carácter local debo atribuirlo a los frescos vientos costeros y a una relativa prosperidad fluyendo de sus plantaciones de cocos, plátanos y limones. La región permaneció a la orilla de los conflictos militares, pero sometida al caudillaje de las facciones triunfadoras de la Revolución Mexicana. Aún así, la evidencia práctica de que el poder se obtenía por vía de las armas, alteró las aspiraciones y una parte de la población colimense se inclinó por la carrera militar. Salieron algunos jóvenes para integrarse en las filas revolucionarias, y unos cuantos sobrevivientes exitosos, regresaron con grados militares y medallas al pecho, consentidos con privilegios de mando. El general Francisco Solórzano Bélar era uno de esos afortunados colimenses que regresaron invictos de la guerra revolucionaria. La gran mayoría del pueblo observaba a esos próceres militares con veneración, pero tras la admiración se escondían rastros de envidia, ese sentimiento agazapado del pequeño esperando la revancha contra el grande, murmurando alguna maledicencia y anhelando el cambio de la diosa fortuna.

En un ambiente cargado de conflictos, el gobierno provisional duró hasta el invierno siendo reemplazado por un político más dispuesto a enfrentarse con la iglesia local, y a Don Francisco le quedaron únicamente importantes atribuciones militares, que seguía despachando desde el Palacio de Gobierno.

Si bien, Don Francisco era un católico practicante, no por ello entorpeció las órdenes provenientes desde la lejana capital, la ciudad de México. Incluso, con doble razón obedeció, porque siendo católico y deseoso de no contagiar a su provincia con la agitación religiosa (que ya se convertía en la guerra cristera) imprimía un sello de cortesía y delicadeza en sus acciones. Siguiendo órdenes superiores, sus soldados cerraron algunos templos durante sermones agitadores y un seminario católico donde había propaganda cristera; pero se cuidaron para evitar cualquier violencia y tratando de explicar a los feligreses y a los sacerdotes la situación tan delicada en que caía el país entero. Gran parte de la feligresía quedó indignada, por lo que Don Francisco intentó diversas medidas de apaciguamiento y realizó reuniones privadas con los jerarcas del clero, para negociar discretamente la reapertura de las iglesias cerradas. Pero fue en vano y las negociaciones no contuvieron una mala imagen del gobierno local. Fue detectada la agitación de un cabecilla local, quien juntaba armas para la causa cristera; entonces el Jefe de la Policía local organizó una redada para detenerlo junto con una docena de partidarios.

Tras esta detención el ambiente en la ciudad se saturó de temores y sospechas. Los sacerdotes católicos acusaban a los socialistas, masones y agraristas en el gobierno y recordaban con rencor, las medidas del Presidente Juárez, cuando los despojó de las riquezas del país. Radicalizados por las ofensas, algunos políticos del gobierno ya estaban dispuestos a reprimir la insurrección católica que se anunciaba en el horizonte y pedían mano dura contra las intervenciones ilegales del clero en la política. El gobierno nacional tomó las medidas más astutas contra la agitación religiosa, pues promovió el reparto agrario. El reparto de tierras (ofrecido por la Revolución desde el año 1915 con la Ley Agraria y vuelto a prometer en 1917 por la Constitución) superó la etapa de puras promesas y fueron creciendo las entregas; pero orientadas por una brújula política, y, en particular, se repartían ejidos donde la agitación clerical parecía más agresiva.

Otras regiones del país, casi a la luz del día, organizaban una sublevación con el abierto apoyo de la jerarquía religiosa local, pero el obispo de Colima permanecía contrario a una rebelión armada. Esta actitud del obispo era más debida a un intenso temor personal ante una cruel guerra interior que por convicción pacifista; incluso, en sus homilías dominicales condenó públicamente al cabecilla sedicioso descubierto y llamó a la reconciliación. Sin embargo, a mediados del año 1926 la jerarquía católica del país ordenó cesar los oficios religiosos públicos en todo el país como protesta y desafío contra la llamada Ley Calles, la cual les obligaba a someterse al poder del gobierno.

El gobernador de la región ofrecía a los curas y católicos las garantías civiles posibles en medio de una hostilidad creciente y ordenó al Jefe de Policía que no extendiera las detenciones, pues preveía que un acto de fuerza adicional encendería los ánimos hasta el extremo. La guarnición de la cuidad fue reforzada en cantidad de tropas y armamento, y el manejo de una logística compleja mantuvo ocupado al exgobernador y general Francisco Solórzano. En algunos pueblos y rancherías aislados de Colima los cristeros se estaban armando, y pronto llegarían grupos desde el vecino estado de Jalisco para avivar la flama de la insurrección. En sus pesadillas, don Francisco imaginaba que una guerra fratricida e insensata bañaba en sangre su terruño.

* *
A Constantino Bélar le enorgullecía que su tío segundo (primo carnal muy cercano a los afectos de su padre) hubiera sido gobernador y luego manejara la plaza militar. En su despreocupación, Constantino no encontraba que esa situación implicara un riesgo. La juventud no observa los nubarrones de guerra como un conflicto trágico sino como una fiesta de balas. Los relatos sangrientos de la Revolución Mexicana que lo inquietaron en la infancia, para esa juventud ya estaban cicatrizados y olvidados para cualquier efecto práctico.

Ciertamente, la ciudad estaba dividida entre los partidarios del gobierno y los fieles de la iglesia, pero una mayoría no se interesaba en temas políticos. Además, en cuestiones políticas, él era instintivamente neutral, por completo ajeno a partidarismos y extremismos. Se sentía tan a gusto compartiendo con los abogados liberales, los administradores del Palacio de Gobierno y los sacerdotes del seminario. Aficionado a los deportes, le gustaba inscribirse a los juegos de futbol, según una moda recién importada.

Lo más apasionante para ese joven de casi veinte fue que su tío compró un nuevo automóvil. Él era casi un hijo para su tío, el cual únicamente procreó mujeres y, en situación del sobrino de mayor edad gozaba de consideraciones. Así, que la petición de aprender a manejar fue aceptada sin regateos y el chofer militar se encargó de dar lecciones de conducción al sobrino, pues en esos días, no existían escuelas de manejo ni a la autoridad se le había ocurrido expedir licencia de manejo alguna.

El sobrino Bélar encontró un uso vistoso para ese vehículo dando paseíllos por la ciudad, ofreciendo aventones a sus amigos y amigas cercanos. El auto Ford T lo pedía en préstamo regularmente los sábados y lo aprovechaba con intensidad: primero para pequeñas vueltas hacia la plaza principal, pero con los meses, obtuvo permiso para visitar las ciudades y rancherías aledañas.

* *
Esa tarde viajó hacia la ciudad de Tecomán, distante menos de treinta kilómetros y lo acompañaron cinco amigos (Ruperto González y sus tres hermanas), completando las plazas de la unidad automotriz.
En Tecomán acudieron a una boda religiosa, donde la hija de un hacendado contrajo matrimonio con un licenciado nacido en el puerto de Manzanillo. Recordemos que a Constantino no le incomodaba departir con las gentes piadosas y, si bien, los vecinos lo identificaban como gobiernista y sospechoso de ateísmo por causa de sus parientes, eso no lo incomodaba. En la fiesta departió con la familia Rivas, mayordomos en ese sitio; escuchó al músico local, tomó el licor de reserva de la casa, degustó guajolotes cocinados al mole y se enteró de chismes. Un joven sacristán de la ciudad de Colima, de nombre Nicodemo, se pasó de copas y debía volver a la ciudad.
Debido al sobrecupo Constantino no quería llevar al sacristán en el automóvil, pero la señora Rivas y un vecino le sugirieron transportarlo en el maletero de equipajes. También el sacristán, de nombre Nicodemo, rogó viajar en ese automóvil tan lujoso. Con ojos lloros y las manos cruzadas se hincaba y repetía: —Aunque sea en la cajuelita abierta, lo ruego, lo ruego encarecidamente.

* *
El sacristán Nicodemo, era bajito y bromista. Hijo tercero de una viuda joven que viajó desde Comala, escapando de la miseria y las incursiones de bandoleros que azotaron esa zona durante los años de la Revolución. La señora fue recibida como refugiada en un anexo de la Iglesia de la Conchita, dedicándose al servicio de limpieza y la alimentación de los sacerdotes. Su hijo creció en el ambiente eclesiástico y aspiraba a convertirse en un verdadero fraile, así que laboraba infatigable en el auxilio de los sacerdotes.
Al principio viajó sentado, manteniendo abierta la cajuela con su cabeza, pero al rato le ganó el cansancio y se recostó de lado, encogiendo el cuerpo dentro del maletero y se quedó dormido.

* *
Constantino no compartía el volante con nadie, pero su amigo compartía la bebida con él. Las chicas ponían la boca en la botella y se quejaban de la sensación quemante sin tragar, pues era aguardiente.

La tarde caía con frescura; los tonos dorados del sol aproximándose al horizonte bañaban las colinas del semitrópico colimense. Los jóvenes pasajeros continuaban con sus pláticas risueñas, con los chismes de la alta sociedad de Tecomán, cuando un toro negro cruzó y bloqueó la carretera. Ante la amenaza del animal, Bélar dio un volantazo intempestivo, evitando la colisión; pero el vehículo salió del camino hacia la cuneta y pegó contra una roca que dañó el motor. La velocidad del vehiculo descaminado no era excesiva, pero en el movimiento del impacto la cajuela quedó cerrada con el sacristán adentro.
Cuando el Ford T impactó contra la piedra también el tubo de la gasolina que alimenta el motor sufrió una fisura y un pequeño hilo de combustible empezó a quemarse, al inicio con una flama imperceptible.
Confusos y mareados, cuando bajaron del vehículo volcado se quejaban de golpes. Constantino y sus amigos estaban lastimados, pero sin huesos rotos sólo se ocuparon del sangrado de brazo de María de la Luz. Impresionados por las gruesas gotas de sangre precipitándose por el codo, ellos intentaron evitar el flujo de la sangre.
—Me duele mucho— Chillaba y soltaba lágrimas.
Rompiendo la manga de su camisa, Ruperto, el otro pasajero, improvisó un torniquete sobre el brazo herido.

Debieron transcurrir unos minutos cuando el torniquete detuvo el sangrado, pero mientras tanto la gasolina había encendido los asientos traseros. Ante las llamas el grupo retrocedió con temor.

En ese momento Constantino se dio cuenta: —¡El sacristán está en la cajuela!
Todos se alarmaron al comprender que el sacristán no hacía ruido y la cajuela estaba cerrada.

Y Constantino buscó las llaves de la cajuela y no las encontraba en sus bolsillos.
La evidencia indicaba que se habían caído las llaves durante la colisión, y ya oscurecía.

Se acercó y golpeó la cajuela con el puño. Repitió en tres ocasiones el intento, respirando humo y calor. Desde el interior nadie respondía y desde afuera Bélar le gritaba con más fuerza, ordenándole –¡Salte de ahí!– sin obtener respuesta.
Con horror las mujeres miraron que las flamas avanzaban entre los asientos también hacia la cajuela donde yacía el sacristán. Constantino debió retroceder ante el fuego avanzando.
— ¡Avienten arena, la arena apaga la lumbre! –Gritó Ruperto—. Y con efusión participaron todos menos Luz; con desesperación lanzaron arena suelta que abundaba junto al camino.
Ocho puños lanzaron arena hacia el auto y las flamas se redujeron, no así el humo que siguió saliendo negro y denso, torciendo remolinos contra el cielo y las últimas claridades del atardecer.
Siguieron lanzando arena con más ánimo al sentir que bajaban las flamas y Constantino observó que estaba apagándose ya el auto, y recordó una barra de metal junto al asiento delantero.
Se ampolló la palma de la mano derecha cuando jaló una portezuela quemada, pero con la agitación no se percató con claridad de su quemadura y obtuvo la barreta de acero. Esa herramienta era perfecta para forzar la cajuela, pues su punta delgada permitía atacar la hendidura de la cajuela.
En cuestión de instantes Constantino encajó la barreta y gracias al efecto de palanca, recargando el cuerpo en el extremo, logró abrir el cofre al segundo empujón.
Emergió una oscura bocanada de humo, recordatorio del infierno para los pecadores. Después la humareda amainó y, entonces, miró el interior de la cajuela.
Entre emanaciones de calor y hollín jaló el cuerpo flácido del sacristán. Al jalarlo sintió una sensación extraña. Se juntó Ruperto para arrastrarlo por el suelo, cuando ya el sacristán parecía un bulto inerte.
Fue vano cualquier esfuerzo por reanimarlo: el humo lo asfixió.
Las tres mujeres, a pesar de sus heridas, lloraron desconsoladas ante la imagen del sacristán.

* *

El humo subiendo en columna alertó a unos rancheros que acudieron, más curiosos que alarmados, desde una milpa situada a considerable distancia. Ante la tragedia consumada prestaron sus caballos para conducir a los jóvenes accidentados hasta la cuidad, y ellos mismos se ofrecieron para mover el cadáver sobre una rústica carreta.

Luego del largo camino a caballo, sucios y golpeados entraron a la ciudad de Colima en procesión de silencios.
Bélar conocía de vista a la madre del sacristán y en su cabeza daban vuelta las escenas del vehículo humeando ¿Cómo explicar esa combinación de situaciones adversas? ¿Lo perdonaría la madre al ver sus manos quemadas y su rostro manchado por el hollín? ¿Dios no protegía a sus servidores más devotos como el sacristán?
Intentó salvarlo, quedó lastimado y su gesto noble fracasó. Pensó que el gesto de salvarlo había puesto en riesgo, imaginó que la gasolina pudo también atraparlo. La bebida del aguardiente era un fallo en su contra y la propia familia lo tacharía de irresponsable, su tío seguramente se pondría furioso por el automóvil dañado.
Pero, sin otra idea mejor, el sobrino se dirigió al Palacio de Gobierno para explicar lo sucedido y pedir la asistencia de un doctor para su amiga herida.

* *
Los presentes en el Palacio de Gobierno se alarmaron de inmediato, por la patética apariencia de Constantino. El semblante manchado con hollín y las manos ampolladas preocuparon al general. Ante la desgracia abrumadora, el regaño quedó para otro día.

* *

En el velorio, decenas de miradas secas acusaban a Constantino sin decir palabras. Aunque él estaba conmocionado y platicó sinceramente con la madre por un largo rato, la opinión pública de Colima no lo perdonó.
El veredicto de los ciudadanos lo condenaba amargamente. El periódico conservador local en su nota matutina exigió cárcel inmediata para el sobrino del exgobernador.
Los jerarcas de la iglesia católica local estaban tristes y hasta ofendidos (imaginando alguna intención perversa del joven Bélar), pero también alarmados por un conflicto potencial contra la autoridad local. El obispo citó en privado a don Francisco para solicitar cien pesos como indemnización a la madre del fallecido y, también explicar que ambos estaban entre la espada y la pared, presionados por los rumores y el conflicto político inminente.
En otra reunión privada, el juez local Obdulio Pérez le explicó al padre de Constantino Bélar que su hijo iría a prisión, pues muy pronto las autoridades competentes deberían ordenar la aprehensión por el asesinato del sacristán. No importaba la falta de intención en el accidente, el juez uso las palabras: “homicidio imprudencial”.
En ese turbulento panorama, la única opción para no ir a la cárcel seria una huida sigilosa hasta Estados Unidos, con la esperanza de calmar el escándalo y resolver el proceso legal.
La huida le perecía indigna al joven Bélar y estaba dispuesto a recluirse en prisión, pero su familia le exigió que escapara. Su padre y madre lo incitaron, juntaron dinero y le dieron la bendición. Detrás de ellos don Francisco, presionaba para que el sobrino escapara de inmediato, el caso del sacristán mostraba trazos de complicarse políticamente. El general también debía cuidar en su propia carrera política, pues el sobrino en desgracia afectaba su imagen y contribuía a encender los ánimos en la plaza.
En un mismo día, entre el padre y la madre juntaron una considerable suma. Y además su papá con el dinero del general Solórzano rentó (con opción a compra) un automóvil gris y usado a un rico farmacéutico de la ciudad.


* *
La escapatoria se acordó para la madrugada siguiente y Constantino escribió para su pretendida una breve nota de disculpa, con una explicación lacónica en dos líneas: “Respetada y querida Guadalupe: Me veo obligado a alejarme. Al menos un año estaré fuera. No es mi voluntad, sino obligación por la desgracia del sacristán. Mi afectuoso saludo.”

* *
Como confidente de la madre, la tía Estela Martínez de Bélar, estaba al tanto de la fecha y hora exacta de la salida, así que decidió aprovechar ese viaje por un motivo urgente.
En la madrugada, Estela (quien era esposa del primo carnal del padre y recibía el tratamiento genérico de “tía”), acudió furtivamente al zaguán de la casa de Constantino. El resto de la familia dormía o fingía dormir para evitar culpas legales en la investigación policiaca, así nadie despidió a Constantino. Sin embargo, la tía Estela acudió pero no para despedirlo sino como compañera de viaje. Con una maleta pequeña esa parienta esperaba afuera de la casa desde las tres de la mañana, y media hora después se trepó al vehículo.

* *
Ella le explicó el motivo de tanta premura en la urgencia de viajar a Texas: comprar medicinas para una comadre enferma.
La tía Estela fue una compañía agradable de viaje. Sabía anécdotas familiares y de la ciudad, además adornaba o mezclaba las hablillas para hacerlas más entretenidas.
“Sin embargo, por las prisas del viaje –decía Estela Martínez de Bélar—olvidé traer dinero, así pues debo abusar de la gentileza, de usted, querido sobrino”
Y además del dinero olvidó zapatos, medias, pasadores para el pelo, etc.
La tía olvidadiza convenció al sobrino para detenerse en Guadalajara para hacer compras y abastecerse.
“Debo abusar de su gentileza, pero mi marido me enviará un giro telegráfico cobrable –decía Estela Martínez de Bélar— mediante el cual compensaré la gentileza, de usted, querido sobrino”
Las tiendas de la progresista ciudad de Guadalajara eran grandes y mucho mejor surtidas que las de Colima, así Constantino encontró maravillas poco usuales. Descubrió nuevas navajas y rastrillos para afeitarse; lociones de aromas exóticos; una crema para su piel delicada; unas camisas con dibujos tramados de moda. La tía lo alentó para comprar y en las adquisiciones también la tía fue “in crescendo” conforme observaba que el sobrino disponía de dinero y generosidad para prestárselo.
“Aprovechemos esta tienda con magníficos precios de esta capital –decía Estela— y no te preocupes sobrino, si hoy abuso de tu gentileza, mañana te compensaré.”
También compraron una maleta nueva de cuero para cada uno donde transportar mercancías adquiridas.


* *
En esos días la ciudad fronteriza de Juárez en Chihuahua tenía un paso franco para los mexicanos. Del otro lado de la frontera estaba El Paso, Texas.
Trasladarse a Estados Unidos estaba permitido sin restricciones para los mexicanos, pero el tema del vehículo era distinto. Ese aspecto lo debía averiguar Bélar, por eso debió detenerse unos días en la frontera.
Esos días de estancia los aprovechó también la tía saliendo de paseos para hacer más compras con dinero prestado.

* *
Al tercer día en Ciudad Juárez, Bélar por fin logró una llamada telefónica de cabina a Colima. Como en su ciudad natal no existían teléfonos en las casas se usaban las cabinas telefónicas públicas, pero se requería citar al pariente para platicar mediante un primer aviso, que se cargaba al usuario. En esa conversación con su padre Bélar se enteró, que su tía Estela estaba desaparecida y nadie se había imaginado que ella hubiera salido de la ciudad con él. Con candor Constantino le explicó a su padre que la tía le había solicitado un “aventón” en la madrugada, y además llevaba una semana manteniéndola, comprándole y prestándole mucho dinero. De modo tajante, el padre le indicó: —Dile a tu tía que se regrese, pero ya, dile que se lo ordena su marido, tu tío.


Constantino no se sentía con autoridad para obligar o exigirle a la tía, y entonces le rogó a la Estela que regresara a Colima lo antes posible. Pero la pariente negó cualquier cargo, explicó que sucedía un simple malentendido:
“Por la urgencia de mi salida es que tu señor padre no está enterado de la situación, pero mi marido conoce la urgencia de este viaje –decía Estela Martínez de Bélar— y creo que por delicadeza no ha comentado con sus señores padres de usted, pero yo le compensaré la gentileza, de usted, querido sobrino”
Por más que el joven Bélar intentaba explicar un reclamo de parte de su padre para regresar a la tía prófuga, ella insistía en que la situación se debía a un malentendido. Para tranquilizarlo dijo: —Mañana mismo le llamo a mi marido y a tu papá, verás que todo es como te digo.
Constantino se sintió confundido, no supo si las promesas de su tía devolvían la confianza o era el último clavo para el ataúd de una confianza que se perdía.
Ella prometió telefonear, pero no lo hizo.
A la noche siguiente la tía Estela se ausentó sin despedirse; se esfumó y ni sobrino ni el resto de la familia recibió noticias de ella durante los siguientes veinte años. Bélar extrañó el dinero y la fe ciega que había tenido en los adultos.


* *
El padre le confirmó que la tía Estela había mentido descaradamente, pues simplemente se escapó de su esposo en Colima para inventarse una otra vida.
A pesar de la penosa huída de la tía Estela, Constantino recibió pocas amonestaciones y regaños, pues nadie le había prevenido sobre la tía. Los adultos de la familia conocían del grave conflicto matrimonial de la tía Estela, pero ese tipo de temas nunca los comunicaban al joven.

* *
A los pocos días, otra vez en la cabina telefónica de Ciudad Juárez, Constantino avisó a sus padres que obtuvo un permiso para internarse en Estados Unidos con el automóvil, entonces la madre de Bélar le envió una bendición triste. La despedida fue melancólica, la madre sollozó constantemente, mientras mencionaba a los santos del cielo, invocándolos para que bajaran a proteger a su primogénito, tan urgido de guardianes celestiales luego del infortunado accidente. La madre murmuró una plegaria mitad inventada, semejante a las oraciones que prodigaban las viudas a los marineros al zarpar.

* *
Cuando Constantino se montó en el carro gris, miró por última vez el horizonte que se llamaba México: en la línea imaginaria que divide el cielo y la tierra también se volvía diminuta la fe en su buena fortuna y en las tías simpáticas.

martes, 21 de febrero de 2012

DEL “YA MERITO” DEPORTIVO Y LA TOMA DEL ALMACÉN-BASTILLA EN BAUDRILLARD















Por Carlos Valdés Martín

Causa una sonrisa cómplice enterarse que los deportistas de Francia, la patria de la cultura universal, padecen también un síndrome de no alcanzar la meta. De modo festivo, y como para cerrar su colección de textos, Jean Baudrillard nos regala una interpretación ante eventos curiosos. El ensayo final en la Crítica de la economía política del signo marca un parentesco extraño con la mentalidad típicamente derrotista del subdesarrollo. Describe a un deportista que desfallece estando próximo a la meta y se queda atónito, por la injusta causa de que al saberse próximo a ganar le flaquean las fuerzas. Esta aversión al triunfo la creí una anti-cualidad de latitudes que sufrieron el colonialismo, pero veo que está más extendido. De entrada existe una incredulidad, pues el largo camino del entrenamiento y la disciplina define la dificultad mayor; unos pocos metros que separan a un puntero de su meta parecen ya pocos. Exigen una explicación esos casos de quienes colocados en la proximidad de la meta caen derrotados por un enemigo oculto en su mente. Esa vocación al fracaso en el último tramo parecería una inclinación inexplicable y excéntrica, contraria a las actitudes explícitas de las personas. De modo explícito un deportista se prepara para ganar y dedica sus fuerzas a una meta exclusiva. Para la competencia deportiva el triunfo lo representa todo, se eliminan las demás consideraciones para que el atleta se enfoque hacia la competencia y lograr adelantar a sus competidores. El “fracaso en el tramo último” resulta en extremo curioso, y más intrigante es la repetición de esa actitud.
La frase “ya merito” se usa de manera popular para indicar el “ya casi”; donde la palabra “mero” se emplea en diminutivo, convertida en “merito”, implica tanto la noción de disminución, la de simpatía y suceso en el pasado. Ya mero indica una situación más tajante y clara, “ya merito” se abre a connotaciones más inciertas, pero quien las relata muestra simpatía. El iluso dice: “ya merito me sacaba la lotería”, “ya merito me daba un aumento el jefe, pero no lo hizo”. El irresponsable mecánico dice: “ya merito me entregan las piezas para componer su auto y se lo arreglo”, pero todavía no compra las piezas mencionadas. El escéptico le reclama al incumplido: “vives en el ya merito”. De manera curiosa, la frase permite un juego de palabras, entre “merito” (pronunciada con acento grave) y “mérito” (en su uso normal de esdrújula), donde el acento es la diferencia entre lo que nunca sucede y un éxito, porque el mérito se desprende del logro.
Esa frase coloquial del “ya merito” sirve como un lema para indicar esas situaciones, donde “ya merito” ganaba un competidor, usando la frase en diminutivo, que existe algún afecto hacia esa situación. Quedarse en la orilla, no solamente perder, sino mantenerse alejados por la mínima distancia, describe una situación en extremo dramática y de tensión extrema. Ese fracaso no es cualquiera ni ordinario, sino que expresa un fracaso mayúsculo y una indicación de un misterio humano.
Por un lado, Baudrillard nos convence que esa situación se repite, al menos entre los franceses, y hasta muestra una frase que describe esa situación. Por otro lado, el autor se siente intrigado y nos conduce hacia hipótesis de “sociología y psicología” profundas. La interpretación psicológica nos debe remitir a una imposibilidad de satisfacer el deseo, y esa es la discusión hacia donde se dirige Jean Baudrillard. En la frontera de esa imposibilidad de realización, encuentra una pérdida en la intersección del deseo y el signo-valor, el cual sufre un fenómeno de pérdida de satisfacción. ¿A qué se refiere? Braudillar ensaya una crítica de la economía política del signo que continúa y redondea el proyecto del Marx, denominado la crítica de la economía política. El esfuerzo de Baudrillard compagina la teoría crítica de Marx referente al mundo de la mercancía y el capital con una teoría semiótica del valor-signo, que unifica a la “ley del valor” económica, con la sociología de Veblen (el signo como composición de jerarquía entre las clases sociales) y una semiótica (teoría del signo) derivada de Ferdinand de Sassure y Roland Barthes. Esta extraña y compleja mezcla (economía, sociología y semiótica) está armada, en la mayor medida, sobre la crítica de la economía política, pues esta última ya era una tentativa de interpretar la totalidad social y poseedora de una compleja estructura teórica.
De hecho, los estudios de este joven Baudrillard surgen en un periodo cuando se recuperó la complejidad de la obra de Marx, mediante las aportaciones de Sartre y los “halagos” de Althusser, junto con otras tesis . Antes de ese periodo únicamente se miró al marxismo como una economía (de modo sencillo y casi “positivista”) unida a una teoría social y una política revolucionaria, pero los estudios marxológicos del periodo generaron una nueva visión, en la cual la crítica de la economía política mostraba un cariz más profundo, a manera de un “estructuralismo” (en Althusser), una teoría crítica total (Sartre), etc. En la parte de teorías no marxistas se levantaba una oleada de visiones “estructuralistas” de diverso tipo, como las emanadas de la antropología (Levi-Strauss) o la lingüística estructuralistas (Ferdinand de Sassure), además de reinterpretaciones post-estructuralistas como Foucault. Según el balance de Perry Anderson, en la batalla de las ideas la familia de teorías estructuralistas y post, terminó por derrotar al marxismo , como una abanico de interpretaciones, sin que esa opinión del marxista inglés implicase aceptación de alguna superioridad de las obras, sino una constatación de hechos: al terminar el siglo XX predominó la corriente estructuralista y postestructuralista sobre el marxismo. Sin embargo, Baudrillar transpira el “espíritu del 68”, donde la rebelión juvenil parece indicar una revolución radical a las puertas. Sin embargo, ese nuevo estilo de pensamiento radical, también dejó cuestionado al marxismo, y no por su teoría, sino por la actuación conservadora de los partidos comunistas y la sociedad opresiva de los países llamados comunistas. A disgusto con los frutos del marxismo, el ala juvenil rebelde busca un discurso radical, para una acción aún más honda que sus predecesores. Y sobre ese estilo radical piensa Baudrillard.
El francés retoma la plataforma de la crítica de la economía política, la cual considera relativamente válida, para actualizarla con dos perspectivas principales: una simbólico social derivada de Veblen, donde se explica el valor simbólico de los intercambios (teoría de la clase ociosa), y otra semiótico social derivada de Sassure y Batres, donde se explica el “habla” de los intercambios materiales, y la irrupción de una “realidad simbólica” sobreponiéndose a la economía de mercado-capital puras. Plantea una “evolución” del capitalismo que termina derivando hacia una realidad modificada, aunque en esta obra no es enfático, pero en las posteriores Baudrillard hablará más de una “sociedad de consumo”, entendida como un consumir símbolos de estatus más que de mercancías-materia, donde importa más la calidad jerárquica creada que el circuito de valor de cambio y uso. El instrumental teórico Baudrillard lo aplica a aspectos “marginales” del conjunto económico-social como el mercado del arte , que presenta situaciones curiosas en las subastas y que no parecen quedar explicados con las teorías del valor trabajo (mediante el tiempo de trabajo socialmente necesario contenido en las mercancías modificado por la oferta-demanda y factores de capital), sino por paradójicas interpretaciones de jerarquía social aplicadas a los objetos raros. Por ejemplo, un autor célebre por su tendencia a exaltar el aspecto mórbido de la figura ha sido el mexicano José Luis Cuevas, en un grabado emblemático de 1965, donde presenta una cabeza en el suelo en proceso de descomposición, logró un impacto singular. El artista mediante trazos temblorosos y una paleta de grises exalta la desgracia: es una cabeza que se ha perdido. El creador titula esta serie de grabados “La muerte de Justine” (1965) y se conservan en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México y en la colección del museo José Luis Cuevas. La pregunta de la teoría de Jean Baudrillard escapa de la estética y se adelanta la interrogación del valor, ¿cómo una pieza que exalta la fealdad en trazos de (falsa) apariencia torpe se convierte en un valor comercial y perdura como valor estético? La compleja respuesta del francés no parece contundente, pero abre más interrogaciones. Si no ese una acumulación de valor, ni una significación estética, entonces ¿de dónde proviene ese valor incrementado? Esta teoría nos habla de circuitos sociales donde los intercambios simbólicos se cruzan con los intercambios de valor para crear objetos de “arte” valiosos. En el extremo pareciera que la respuesta de Baudrillad es que el objeto es valioso porque se gasta en él , definiendo una especie de círculo (para mí quizá “vicioso” y para Baudrillard una espiral de fuga) forjador de las convenciones sociales; una vez que se ha pagado mucho por una obra o autor, estos se vuelven valiosos. El gasto suntuario, por sí mismo, genera un significado de estatus y por tanto otorga valor.
El eje de su discurso para sobrepasar la crítica de la economía política marxista y, de esa manera obtener una nueva crítica de la economía política del signo (radical), está en la sobre-posición de una nueva realidad social, generada por la densa costra del signo-jerarquía, la cual ha ahogado al valor de uso y valor de cambio como los niveles subordinados. En algunos de los artículos pareciera que proponen una tríada en equivalencia, de hecho propone ecuaciones para correlacionar estos tres elementos; pero termina concluyendo en un “más allá”. Este libro de la Crítica de la economía política del signo se vincula a El espejo de la producción y El sistema de los objetos, en los cuales insiste con igual énfasis que se han sobrepuesto las dimensiones del signo-consumo sobre la producción material y sus códigos, establecidos en la ley del valor-trabajo .
La crítica de Baudrillard a la economía política de Marx parece discreta, pero enfocada a algunas cuestiones de fondo, en especial, plantea una confrontación contra el valor de uso, la visión de la “necesidad” y su fondo antropológico, el primado de la producción, la escasez como fundamento de la opresión social, etc. El debate más de fondo contra el “valor de uso” está en el artículo “La génesis ideológica de las necesidades” . El valor de uso ha sido aceptado como una plataforma material, sobre la cual se levanta la estructura parasitaria del valor de cambio (valor, capital, sistema de relaciones capitalistas), pero que permanece intocado conforme la objeción de fondo de Baudrillard. Con Marx mantiene Jean Baudrillard una enorme afinidad formal y de pretensiones; el proyecto del libro parece una “actualización” del discurso teórico de Marx, y por eso importa tanto anotar las diferencias esenciales y las críticas de fondo. El valor de uso es el concepto más confrontado, y, obligatoriamente, Baudrillard lo cuestiona más porque parece más inocente y está a un nivel generalizado del sistema teórico, como el “cuerpo material” de cada mercancía.
En El capital , Marx hace la definición general de la mercancía como un objeto de una doble naturaleza: un aspecto es su cuerpo material, respecto del cual se satisface una necesidad y lo denomina valor de uso; el otro aspecto es resultado del mercado, el cual denomina valor de cambio, que corresponde a su intercambio, su referencia a que un objeto vale tanto. Esta definición de la dualidad entre valor de uso y valor de cambio implica una dualidad de la mercancía y se mantiene a lo largo de la obra. Incluso, respecto de la obra económica, existe la impresión de que el valor de uso queda fuera de cualquier consideración de la teoría económica, permaneciendo como una naturaleza previa, lo cual no es exacto, como lo establece Rosdolsky , ya que sí importa la estructura material de las mercancías en algunos casos, como la diferencia entre capital fijo y circulante o capital mercantil y productivo. Es cierto, que el tema del cuerpo concreto de las mercancías se mantiene relativamente al margen del discurso teórico marxista y tiende a presentarse como una materialidad primera que sustenta materialmente el metabolismo entre humanidad y naturaleza. En vista de esa posible simplificación, aunque no resulta una consecuencia indispensable del sistema teórico, es que Baudrillard objeta de este modo al concepto de valor de uso marxista: “Todo esto, como hemos visto, equivale rasgo por rasgo al valor de uso como función denotativa de los objetos. ¿No ofrece el objeto, al ‘servir’, el aspecto de decir algo objetivo? Este discurso manifiesto es la más sutil de sus mitologías. Falsa ingenuidad, perversión de la objetividad. La utilidad (…) no es una naturaleza, es un código de la evidencia natural” Con esto Jean Baudrillard plantea que la definición de Marx sobre el valor de uso es una ilusión naturalista o de naturaleza, porque le parece que no existe esa “cosa objetiva”, sobre la cual parasita el valor-capital. Insiste en su punto Baudrillard: “Hemos visto cómo las necesidades (el VU (valor de uso)) no constituyen una realidad concreta, incomparable, externa a la economía política, sino un sistema inducido él mismo por el sistema del VC (valor de cambio) y funcionando según la misma lógica” . En enfoque de Baudrillard es presentar el aspecto de signo contenido en la mercancía, hacer una crítica de su cuerpo material para descubrir que no es una materia, sino un código complejo. En especial, en este libro de Crítica de la economía política del signo se enfoca a criticar al diseño, en particular a la corriente de la Bahaus, como un código desarrollado sobre el cuerpo de las mercancías, que las convierte en cosas doblemente sociales. Marx descubrió el lado social del valor de cambio de la mercancía (como cosa de comercio y relaciones sociales capitalistas), y Baudrillard pretende criticar para descubrir un segundo nivel social, que se define como el nivel del signo, expresado en la complejidad de los significados sociales que encierra la “forma mercancía”, la cual el autor encuentra que transporta también una relación social. La colección de ensayos de Baudrillard se dedica a revelar ese aspecto social de las mercancías, que traen una “forma general” de comunicación y de jerarquías sociales en su cuerpo mismo, por tanto, ya no hay naturaleza inocente en los intercambios mercantiles, sino un código de enajenación. Esta posición va mucho más allá del llamado fetichismo de la mercancía descubierto por Marx. Este fetichismo es una enajenación en la cual los sujetos sociales siguen las pautas de las mercancías, sin saber que son los productos de su trabajo. Este nuevo nivel de fetichismo planteado por Baudrillard es la formación de un lenguaje social que se “come” en cada objeto, el cual le asigna posiciones sociales y actitudes a los sujetos. Este “otro nivel” de socialidad enajenada lo encuentra Baudrillard a partir de las aportaciones de la semiótica-lingüística estructuralista derivada de Ferdinand de Sassure y sus intérpretes, en especial, de Roland Barthres . Esto implica, que la interpretación de Baudrillard es una especie de post-estructuralismo donde un nuevo código habla por el sujeto, la socialidad es más radical por cuanto también un sistema de signos está obligando al sujeto a comportarse de cierta manera. Su búsqueda de radicalización comparte enfoque con el psicoanálisis y el estructuralismo que encuentra nuevas determinaciones que obligan a los sujetos a actuar, y por tanto los obliga a ser menos sujetos unitarios, caracterizándolos más como fragmentaciones de estructuras convergentes. Para Baudrillard el fetichismo de la mercancía de la sociedad capitalista post-1968 manifiesta diversos niveles de actuación que limitan la libertad de las personas, y ya no basta un impulso o una acción ideológica tradicional (el partido, los comunistas conscientes, la clase obrera revolucionaria) para generar un cambio . En ese sentido, de una extraña parálisis revolucionaria está un ejemplo de una acción “revolucionaria” de un grupo radical, el cual se apoderó de un almacén supermercado y con los altavoces incitó a los presentes para que tomaran libremente cualquier mercancía a su alcance, como si la masa revolucionaria de Francia tomara la Bastilla (o mejor todavía un Palacio de Invierno ) y sus líderes invitara a apoderarse de lo que se encuentre a su paso. El resultado fue que los consumidores del almacén asaltado, cual moderna Bastilla, se conformaron con apoderarse de simples baratijas. La conclusión, alarmada y decepcionante para Baudrillard, es que los sujetos no son libres ante las mercancías del almacén, que existe una ilusión de libertad, pero que sin la presión de precio las mercancías pierden su interés para la compra, y se cae en un estado de modestia o de falta de deseo. Siguiendo la especulación resulta importante indicar, que Baudrillard supone que sin la mercancía codificada con sus signos, el deseo de su adquisición desaparece. Este argumento se relaciona con su rechazo al valor de uso, pues él supone que no existe un cuerpo material de la mercancía que se busque para satisfacer un deseo, sino que el deseo surge desde la mercancía marcada con un precio y con un signo, que la unidad de esa doble envoltura glamorosa, es el secreto de su atracción y deseo. La teoría del fetichismo de la mercancía de Marx es distinta, donde sí hay un atractivo oculto en la mercancía, pero su fulgor se debe a la relación social oculta, una socialidad extraviada; mientras que para Baudrillard es un envoltorio de doble enajenación, por la unidad del sistema valor de cambio y el sistema de valor de la forma signo. El relato del almacén-Bastilla tomado por una “célula radical” y despreciado por los consumidores resulta ejemplar para el modelo de Baudrillard, quien afirma que entre los consumidores domina un nivel distinto de “sistema de valores”, el cual no ha sido descifrado por la acción radical clásica, la cual se convierte en inútil o conservadora, candidata perpetua a las derrotas. Por tanto, plantea desechar los métodos revolucionarios tradicionales y luego revolucionarlos con una nueva radicalidad, sostenida por el ataque al sistema del signo. El modo operativo o su propuesta crítica no quedan claros, basta el enunciado de que la acción debe de alcanzar un más allá, que no se contente con la “toma de la fábrica”, sino que reinvente el significado de las cosas.
A manera de efecto secundario, esta alegoría de la toma de la Bastilla-almacén revela un razonamiento muy importante en el discurso de Baudrillard que lo diferencia de Marx. Para la teoría marxista, las sociedades hasta el capitalismo son de “escasez” y esto significa que las necesidades esenciales son oprimidas mediante un mecanismo de explotación económica; basado en que no se produce suficiente (miseria absoluta, pobreza universal) o se produce de manera segmentada (la miseria para el proletariado, la riqueza para el capital, mediante la extracción de plusvalor). Por su parte, el francés plantea un esquema alternativo, donde la “necesidad” básica y su producción no “existe” como tal, sino que se define primero la parte excedente de un sistema social, y, a partir, de ese excedente, se define la parte necesaria. Plantea: “De hecho ‘el mínimo antropológico vital’ no existe: en todas las sociedades está determinado residualmente por la urgencia fundamental de un excedente: la parte de Dios, la parte del sacrificio, el gasto suntuario, el provecho económico. Es esta deducción del lujo lo que determina negativamente el nivel de supervivencia y no lo inverso (…) Jamás ha habido ‘sociedades de penuria’ ni ‘sociedades de abundancia’, puesto que los gastos de una sociedad se articulan, cualquiera que sea el volumen objetivo de recursos, en función de un excedente estructural y de un déficit igualmente estructural (…) es la producción de ese sobrante la que rige el conjunto” . En ese sentido, cuando planteo descubrir que el “gran almacén” tomado en el ejemplo es una Bastilla o un Palacio de Invierno simbólicos nos remite a esa visión, porque el acto no se ejerce sobre una enorme serie de mercancías individuales, sino que se apodera de un objeto magno (el almacén supermercado), por tanto se trastoca el exceso mediante su gran cosa de lujo. Ya he cuestionado la posición de Baudrillard , pareciéndome que está limitada, sin embargo, queda el tema del protagonismo del código y el simbolismo de lo importante, aquello que denominamos como lujo o esplendor.

domingo, 19 de febrero de 2012

Sobre Crónicas del Vicio y la Virtud

El próximo año se cumple el cincuentenario de las Crónicas del Vicio y la Virtud. Considerada la obra más divertida de Carlos Valdés Vázquez. El tiraje inicial fue muy pequeño y no recibió reimpresión, debido a lo selecto de las producciones generadas por Editorial Alacena, proyecto juvenil derivado de Editorial Era, por tanto es una obra casi secreta de la literatura mexicana del siglo XX. Para los privilegiados de este blog les regalo páginas escaneadas, que contienen dos crónicas completas y muy entretenidas, una sobre los espejos y otra sobre las "colas". Estas crónicas contienen la mezcla exacta de ligereza e inteligencia que deja el mejor sabor de boca y provoca comentarios entre los lectores. La próxima vez que mires un espejo o hagas una "cola" los percibirás de otra manera.

LOS ESPEJOS DESDICHADOS






LAS COLAS








sábado, 18 de febrero de 2012

A MANO ALZADA


Por Carlos Valdés Martín

A la memoria de G.W.F. Hegel y sus discípulos aplicados

La mano derecha amaneció soberbia y se dijo: “Esta otra, la izquierda es una floja, siempre débil e impuntual, no merece mis servicios, si no es a cambio de una obediencia incondicional”
La mano izquierda indignada despertó y pensó: “No es justo, hay tantas obligaciones impuestas, hoy seguiré el lema ‘a cada quien según sus necesidades, de cada quien según sus capacidades’”.
El sol se levantó en el horizonte y llegó la hora del lavabo.
La extremidad derecha sin preguntar ni consultar, como acostumbraba, abrió el grifo: sonó el chorro frío, cristalino y fresco. Tomó la barra blanca de jabón, y le dijo a su compañera que se posaba tranquila sobre el borde del lavabo:
—Ea, tú floja, ya es hora de lavarse, parece que no estás despierta. Yo ya abrí el agua y sostengo el jabón, y tú ahí como si el lavabo fuera otra almohada.
—Me desperté antes que tú —repeló la zurda y levantado la voz, prosiguió—, pero no he tenido la gana de hablarte; pues hoy me has parecido más impertinente que otros días, y lo compruebo: ya me estás imponiendo tareas sin que nadie te lo pida.
—Es una buena costumbre lavarse ambas —enfatizó la palabra— manos antes de comenzar el día. Eso todo mundo lo acepta. ¡Nada peor que empezar mugrosos la jornada!
Contestó la izquierda: —¿Cuál “todo el mundo”? ¿Lo que te da la gana a ti lo llamas “todo el mundo”? Eres una mano caprichosa y te falta educación. No me has pedido con gentileza las cosas, ahora compruebo que me estás utilizando. Si eso de lavarse lo hace todo el mundo, ¿por qué no lo hace tú sola?
Respondió la diestra: —Que me quieres llevar la contra y te comportas de manera pueril. No recuerdo un día, desde el jardín de infantes, que nos la hayamos pasado un día entero sin lavarnos.
Repeló la izquierda: —Tu argumento, además de infantil es consuetudinario, pretendes que la costumbre sea una ley; pero la ley viene de los códigos legales, y éstos son superiores a las costumbres. Ahora me doy cuenta de que tú me quieres utilizar, pues he observado que, casi sin falta, cada día tú eres la primera que está sucia. Quizá no solamente seas sucia, sino que la mugre proviene de un interior corrupto.
Replicó la mano derecha: —¡Cómo me ofendes! Al contrario, siempre soy servicial y estoy atenta a las situaciones; como soy la mano derecha de un humano diestro yo hago más que tu, por mi destreza (redundancia etimológica del lado derecho). Descubro que además de maliciosa, olvidas la anatomía, pues bajo la piel todas las extremidades son iguales, no hay limpias, ni sucias. En última instancia, la utilizada soy yo, trabajo el doble que tú y cuando escribo a pluma tú te quedas mirando con placidez. Si termino con manchas oscuras es por la tinta escurrida que tú solamente miras.
—Si tú escribes y yo miro, no es por mi flojera, en realidad, tú eres una —y la extremidad izquierda buscó un término técnico y elegante, que le entregara redondo el trofeo en esta disputa— monopolista. ¡Sí, una monopolista! Desde que recuerdo nunca me has dejado escribir, siempre sostienes la pluma y ni siquiera me miras cuando te deslizas sobre la superficie blanca del papel. En efecto, eres la mano monopolista y yo soy la proletaria, únicamente me aceptas cuando no te agrada el trabajo.
Objetó la derecha: —Trabajo más que tú, no eres proletaria sino floja. Yo soy la mano trabajadora.
—Trabajas más por monopolista y pretenciosa. Tanta vanidad proviene de que sonríes y aplaudes cada vez que el humano dice “soy derecho”. Pero sin mí eres poca cosa, ahora mismo quédate con tu jabón y agua intentando lavarte, porque yo no voy a colaborar, para que te sigas llevando los honores.
La derecha encolerizada dijo: —Acepto el reto y me lavaré. Verás que te avergüenzas, en realidad demuestras que eres cochina e incapaz. Nunca te lavarás por ti misma y yo sí puedo.
La izquierda sonriendo con desdén: —En cuanto termines, mostraré que me basto por mí misma.
Rota la amistad entre las extremidades, la mano derecha con el jabón se colocó bajo el grifo. Su dueño todavía estaba somnoliento así que siguió como espectador lo que sucedía. Los dedos de la mano rotaban la barra de jabón desprendiendo un poco de mezcla, aunque sin obtener jabón espumoso. Ante las dificultades de la mano derecha, la izquierda comenzó con burlas: —No sacas espuma… ja… tu parte de arriba sigue sin conocer el jabón… entre los dedos sigue la mugre… ni siquiera estás medio limpia…ja, ja.
La izquierda no terminaba las frases porque atravesaba por un ataque de risa.
Mientras más molesta y avergonzada estaba la diestra, más torpe resultaba. Intentaba usar la superficie lisa del lavabo sin mayor sentido como si fuera su complemento para lavarse. Pasaron minutos de intentos inútiles y de burlas de su contraparte, hasta que se hartó y lanzó el jabón lejos, puso la mano bajo el glifo y se restregó más contra el lavabo. El agua estaba fría así que resultó molesta.
—Pues tú ni siquiera puedes hacer esto —gritó ofendida la mano derecha, mientras se restregaba torpemente contra la toalla—, demuéstrame que sirves para algo.
Picada en su orgullo, la izquierda cogió la barra de jabón. Su lucha para limpiarse fue una repetición de las torpezas de la otra.
Al principio, para el humano la discusión y los esfuerzos separados resultaron graciosos, pero terminó quejándose:
—Ya me duelen los dedos con esta agua fría. Basta de egoísmo manos mías, ya lo afirmó el filósofo Hegel: cuando hay conveniencia nada mejor que utilizarse unos a otros. El Edén vuelve a la tierra cada mañana que una mano lava a la otra y viceversa.

sábado, 21 de enero de 2012

INCENDIO DE BLANCOS



Por Carlos Valdés Martín

Pedroza despertó sudando y con una sensación de calor sofocante, pues sintió un mar de fuego en su centro de trabajo: la Gran Tienda de Blancos. Esa clase de sueño denso y realista lo desconcertaba, casi siempre olvidado con la prisa matinal pero en ocasiones lo recordaba. Conservaba detalles, mas la prisa por acudir puntual lo sacó del carril de los recuerdos y se vistió rápido para conservar un modesto premio mensual por puntualidad. Cuidaba con esmero su puesto como gerente del departamento de ropa para caballeros, así, corrió hasta su trabajo y luego, en el descanso del mediodía, recordó algo del sueño.

Recordar
En el pequeño televisor del supervisor de almacén aparecían las noticias y, como descuidado, se detuvo un minuto a saludar, cuando lo atrapó una nota. La noche anterior otra gran Tienda Departamental, parecida a donde él trabajaba, había sufrido la desgracia de un incendio y la tragedia consistió en que esa misma noche la Dirección decretó una auditoría urgente y seis empleadas anónimas quedaron encerradas para cumplir esa tarea. Cuando el evento se inició la tienda estaba cerrada por fuera y el sitio sin salidas se convirtió en trampa mortal para las empleadas y como el fuego creció paso a paso, una trabajadora alcanzó a telefonear a su madre suplicando auxilio. En el televisor se escuchaban los sollozos de la madre pues los bomberos llegaron demasiado tarde, y cuando forzaron las puertas cerradas las chicas ya habían fallecido. Los locutores de noticias comentaban escandalizados: seis jóvenes muertas por el estricto encierro durante una auditoria: ¿seguridad excesiva o avaricia pura?
Y el sueño de Pedroza tenía relación directa con lo acontecido, así, que intentó acordarse pero con dificultad, pues los sueños se alejan con el trajín diurno.

El incendio de la gran tienda departamental
Transcurría el atardecer, por lo demás mortecino e indolente, pero la flamas crecían hasta alcanzar el alto techo de la gran empresa. El edificio dibujando un rectángulo macizo de ladrillos y concreto, se lamentaba con crepitaciones y sudaba humo por sus ventanas superiores. Los gritos de unos transeúntes y las alarmas del camión de bomberos aproximándose definían el espacio de una desgracia, mientras las miradas se concentraban para descubrir la gravedad del suceso y los más precavidos se alejaban en dirección completamente opuesta. El vigilante de la entrada gritaba para alejar a los curiosos, temeroso pues las llamas avanzan sin un rumbo fijo y sentía una conflagración mayor. El subdirector general se había percatado desde un inicio del avance de las flamas, y revisaba febrilmente a los clientes, para evitar una fuga de mercaderías en mitad del pánico. Las cajeras se abrazaban y lloraba ya afuera del inmueble, mientras clamaban: —¡Hay gente adentro!

Perfil de caricatura
Le decían Pica-piedra porque Pedroza parecía un personaje de caricatura, de talante rudo y robusto. Había salido unos minutos del local por su privilegio de gerente de departamento y cuando regresó con su almuerzo bajo el brazo se desesperó porque los bomberos estaban acordonando “su” Tienda, la Grande de Blancos donde hacía responsablemente su vida laboral desde hacía 30 años. Lo contrataron siendo un mocito, antes de la mayoría de edad, y ganó las simpatías de todos los empleados, incluso la confianza del dueño anterior, don Jacinto, quien falleció hace cinco años. Sin mayores ambiciones Pedroza se conformó y sintió realizado con el mejor puesto para su mínima educación y manejó esa gerencia de la ropa de caballeros durante dos décadas.
Cinco años antes falleció el dueño original y desde entonces Federico, el hijo mayor manejó el negocio, abandonando el estilo de una diaria supervisión personal. El nuevo propietario prefería no involucrarse con la operación diaria del negocio y aprovechar el aspecto financiero de la empresa, así que mandaba traer periódicamente a su mansión a los empleados de más confianza. Entre otros empleados de gerencia, a Pedroza lo mandaban a llamar esporádicamente para informar de detalles insignificantes y de los chismes, tomándolo como termómetro de las actitudes de los empleados.
Y Pedroza se sentía muy honrado por las eventuales y breves asistencias a esa mansión en las Lomas de Chapultepec.

Escena interior
Al regresar con su almuerzo en mano, Pedroza miró a los bomberos lanzando un chorro de agua contra un costado humeante de la tienda, y también una cinta plástica para impedir el paso hacia la puerta principal. Confundido entre su sueño y el shock del presente Pedroza no pensó en las consecuencias, así que aventó su almuerzo y chaqueta al otro lado de la cinta de seguridad como el héroe que lanza su espada tras las filas del enemigo. En ágil silencio simplemente se escurrió bajo la cinta de seguridad y sin pedir permiso, se metió por la puerta principal donde salía algo de humo y se dirigió hacia la zona de almacenes donde estaba concentrado el fuego.
Adentro Pedroza avanza y grita pidiendo a los demás empleados que salgan. El vocerío no es escuchado, porque ya se han escapado los empleados y clientes, excepto Juan Canto, quien sufrió una intoxicación al conducir a la encargada de costuras fuera del departamento de caballeros, entre sacos y pantalones finos de casimir. Juan Canto permanece tendido en el suelo, perdido en un duermevela de gases negros, sin capacidad para moverse, pero alcanza a emitir un quejido

Interior de la “escena interior”
El fuego baila y hace su festejo, con lenguas rojas y tornasoles convierte en humo y crepitaciones lo que fueron contenedores de ropa y telas amontonadas. La máxima alegría de las flamas es contonearse rápidas sobre los encortinados, que vencidos por el arrebato del calor, se desprenden como hojas muertas de un árbol volcánico. Y la belleza de las flamas hipnotiza, pero el calor agresivo engendra miedo y pánico en el espectador; el humo resulta repulsivo y picante. Espectáculo distinto al televisivo, pues las flamas avanzan hacia Pedroza, y la sensación terrible del calor convirtiéndose en quemadura lo invade. Y no resultan heridas efectivas, pues varios metros lo separan de esas llamas vivas, pero el aire transmite el calor y avisa la proximidad de la quemadura. Así, Pedroza invoca a la osadía para alcanzar al amigo caído y rescatarlo con ágiles arrastradas, hasta cubrir los pocos metros que lo separan de la salida de la Gran Tienda de Blancos.

Instante de heroísmo
Por el destino ese leve quejido de Juan Canto traspasa el crepitar de las llamas y entonces con agilidad Pedroza acude con él y lo arrastra rápido hasta la salida, donde acuden los bomberos. En cuanto los profesionales contra incendio se percatan, cuestionan a Pedroza por su imprudencia y atienden al intoxicado, quien con los primeros auxilios recupera la salud.
En sincronía, los otros empleados y los bomberos se dan cuenta del acto de Pedroza. La afanadora de limpieza, Martha, abraza con ternura al héroe del día y le susurra al oído palabras de admiración. Con la adrenalina hasta los huesos, Pedroza se siente purificado como recién nacido y no quiere aplausos ni cariños sino seguir corriendo y volver al interior, pero los bomberos ya alertas se lo impiden junto con un policía, mandándole que se aleje.
El primer periodista en acudir al sitio, con una pequeña grabadora le pide una declaración y sofocado por el esfuerzo y bocanadas de humo, Pedroza sólo alcanza a articular “fue difícil, difícil”. Entonces cruza por su mente que en unos instantes quizá llegarán reporteros de la televisión y siente temor por su cara sin gracia como de caricatura; mira sus manos y las descubre cubiertas de hollín, luego ve la ropa también salpicada con pequeñas manchas. Siente vergüenza anticipada y se imagina que los parientes y amigos se burlarán de su apariencia terrosa en un noticiero de cadena nacional, entonces se aleja con pasos apresurados.

Al escaparse se detiene y descubre que él único un motivo válido para alejarse sería avisarle a su patrón. Se dirige a una cabina telefónica y ahí marca, pero como no recibe una respuesta rápida sino surge la voz de la grabación de contestadota, decide ir a dar un reporte personal con el dueño.

Escena posterior
Por su mente el viaje desapareció, pues angustiosamente imaginaba escenas de incendio, donde el personal quedaba encerrado por causa de un inventario. En efecto, los inventarios se hacían en las noches, y se procedía a encerrar el establecimiento por completo, para evitar que nadie pudiera alterar el estado de las cosas auditadas. Imaginaba una caja cerrada con candados, que se incendiaba desde el interior, y adentro perecían las obreras y las cajeras. Las oleadas de imágenes fuertes hasta con olores a leña sobrepasada se le agolpaban incesantemente. Tenía ganas de gritar, y abría la boca para tragar aire imaginando la sofocación de un encierro entre humo y llamas quemantes: el evento no terminaba en su cabeza.

Al tocar la puerta de la mansión lo recibió un hada madrina del aseo, y lo pasó. Se habían visto antes y la señora con timidez le mandó pasar al baño para lavarse antes de entrevistarse con el patrón. ¡Qué fresca se siente el agua en la cara luego de un incendio! Para Pedroza es mejor que un bautismo y percibe una alegría contenida entrando por cada poro refrescado. Luego la mucama lo dejó sentado una sencilla salita de recepciones, la primera de tres habitaciones que separaban a la verdadera sala de visitas del dueño.
Pedroza esperaba un recibimiento efusivo o alarmado, pero Federico vestía una bata y con señales de dormido, el pelo malplanchado por la almohada, y emanado el calor conservado por las cobijas. La hora no ameritaba esa somnolencia, pues ya transcurría la hora de comer. En fin, Pedroza lamentó sin palabras las extrañas costumbres del rico y, al menos, esperaba alguna efusividad del dueño, pero las explicaciones nerviosas y breves de Pedroza cayeron en una red de molicie. El dueño bostezaba insistentemente, cerraba los ojos lagañosos, no miraba a los ojos del visitante sino hacia la lejanía y bostezó tanto que hasta se disculpó por su narcolepsia evidente.
Al terminar las explicaciones, Federico Robles Junior sonríe como un heredero de fortuna logra hacerlo: con una mezcla de satisfacción y vacío existencial. ¿Por qué algunas fortunas oscurecen el alma de los sucesores? Y al comentar Federico recupera el humor: — Por esto hecho van a bajar las acciones de la empresa, pero antes con una operación financiera tengo unas 24 horas de margen para ventas en la bolsa de valores de Nueva York; luego de que la mala noticia haga efecto, auto-compro en la bolsa mexicana mediante un tercero; pero si cae más allá incluso me apalanco, compenso con una campaña publicitaria para recuperar la confianza de los inversionistas, y así sobre-compenso las pérdidas de inventarios con las ganancias bursátiles, además de cobrar el seguro también compensando inventarios y el tiempo de inactividad de la tienda; al final, ganancias dobles o triples.
Esa explicación, surgida de los magníficos textos de econometría estudiados durante la licenciatura en una escuela privada en el extranjero, Pedroza no la entendió, pero sintió un alacrán vaporoso en el estómago. La sonrisa autocomplaciente y de superioridad de Federico le causó una nausea, que intentó contener mientras duraba la conversación.
Notando la turbación de Pedroza pero sin adivinar el motivo, Federico preguntó si no había heridos graves por el evento, un tanto por cortesía y otro poco por una chispa de humanidad. Luego volvió a su extraña sonrisa al recibir la noticia de que hubo un herido leve y comentó: —El tarugo de mi competidor, tenía encerradas a sus auditoras con el otro incendio de antier, y los noticieros lo están haciendo polvo aunque sin afectar su economía, pero nuestra cadena comercial con un herido leve saldrá beneficiada por las noticias, pues son publicidad gratis.
Y cuando dijo “publicidad gratis” puso cara de niño recibiendo un regalo navideño, pero sólo fue un momento, pues sin disculparse salió corriendo hasta su recámara y en menos de un minuto regresó muy excitado y con la nariz manchada de polvo blanco. Luego, en una especie de monólogo, Federico desvarió sobre los efectos de las acciones bursátiles y las noticias en el stockmarket. En pocos segundos, Federico hablaba a gritos y gesticulaba con las manos, fantaseando con un auge de sus valores bursátiles.
Pedroza descubrió asombrado que no escuchaba más desde una posición inferior, ahora miraba a un igual; por un súbito desgarrón se cayó ese telón social que lo confinaba a su posición inferior de empleadito semi-ignorante y temeroso de perder su sueldo. Estallaba su revolución interior, en silencio desfilaba el igualitarismo de las Revoluciones Francesa, Mexicana y Rusa alimentando los glóbulos vitales de sus arterias, para empujar el resorte inconciente de sus piernas y manos fuertes. Desde esa posición no estaba para aguantar las voces y casi chillidos que lanzaba Federico, además a su descubrimiento se unía una nausea y adrenalina subidas, así que se precipitó y saltó para callar al dueño.
Sin intención violenta ni mediar advertencia Pedroza se abalanzó intentando taparle la boca y como encontró resistencia buscó también atrapar los brazos de Federico, quien se espantó y forcejeó con simples reflejos de juventud, cayendo ambos sobre una elegante mesita de caoba. Esa súbita energía corporal no encerraba violencia ni malicia, al contrario él sentía su acto como un beneficio para el joven dueño pues evitaba el ridículo de más palabras atolondradas. Pedroza manoteaba, jalaba un brazo y empujaba para poner su manaza sobre la boca del anfitrión, quien empezó a gemir para pedir auxilio. Apurado por imponer su decisión y acallar rápido al oponente, Pedroza lanzó una bofetada tan sólida que dejó noqueado a Federico, quien quedó flácido como paralizado sin sentir su humanidad.
Espantado por el cuerpo flácido, el empleado sólo alcanzó a lanzar un tibio “disculpe usted” y depositó rápido a Federico en el sofá, para luego alejarse casi corriendo.
En el siguiente instante, Federico caía en un súbito cansancio mezclado de tristeza con sorpresa, y cuando acudió la mucama por el ruido, él seguía sentado y la despidió con un gesto de mano. Sin comprender lo sucedido se sobaba la mejilla, con vaguedad recordaba la lucha bíblica de Abraham contra el Ángel, mientras ampliaba una estratagema bursátil para sacar provecho del incendio y lamentaba lo que interpretó como una misteriosa ingratitud.
Cuando salió casi corriendo de esa mansión, Pedroza se detuvo y escupió para vaciar un bocado de bilis amarilla.

Retorno al estado de vigilia
En el viaje de regreso ¿a dónde? Pedroza intentaba mezclar el incendio con la imagen ilusa de un ruidoso salón principal en la bolsa de valores: por un altavoz se escuchaba la noticia de una conflagración y se imaginaba a operadores de la bolsa brincando en bandos opuestos de alegría o tristeza, luego ellos sonriendo con muecas extrañas como si fueran propietarios de algo grande pero desconocieran por completo su valor. El gerente de ropa como visitante en un país extranjero cavilaba desconsolado: ¿si en el incendio mueren los empleados afecta al mercado de valores pero si quedan heridos entonces no? En el onírico camino de regreso a la Gran Tienda de Blancos empezó a sonar un timbre como de despertador y le extrañó ese ruido, porque en el transporte público no existen esos aparatos. Procuró ignorar el sonido de la alarma, pero no pudo y al terminar esas ensoñaciones lo levantó un sonido terco de la alarma-reloj junto a su cama.

Alzó el aparato despertador y abajo miró unos recortes de periódico doblados. Por séptimo día consecutivo leyó el recorte de periódico donde anunciaban la noticia de las jóvenes fallecidas en la otra empresa, ahí decía: “el 9 de noviembre de 2011 en la ciudad de Culiacán, México, se incendió el almacén Coppel y murieron 6 empleadas pues esa noche estaban encerradas para efectuar la auditoría de inventarios”. Al terminar la relectura soltaba una lágrima furtiva y recordaba su acción de salvavidas desinteresado. Ahora sí, ya se acordaba del lado oscuro: él contaba una semana desempleado por abofetear al dueño, la ilusión de un empleo vitalicio hasta jubilase se esfumó y ya no tenía sentido ese reloj despertador tan temprano. Luego pensó que sería ese el tiempo justo para comenzar un cambio libre de ataduras, quizá una verdadera iniciación que traspasara otro fuego, uno más sublime.

martes, 17 de enero de 2012

LOS RINCONES Y EL PERRO DE BARRO















Por Carlos Valdés Martín

Ante la noticia de que demolerían mi casa de la infancia volé para salvar el recuerdo y fotografiarla. El boleto de avión no fue en vano; con alivio comprobé que todavía no llegaban los buldózer a esa esquina. Entre una calle grande y otra angosta, ahí, más empequeñecida que nunca, se levantaba la casita que mi madre compró tras años de ahorros.
Una casa propia era la ilusión de las familias en la capital; pero la mayoría se conformó con un departamento, más amontonado y económico. A mi madre, el destino le señaló una casa pequeña. Sumó la liquidación de su último empleo con unas ventas de mi padre, y así le alcanzó el dinero.
La primera vez que miré esa vivienda me pareció un sitio enorme. Yo acudí en avanzada junto con mi abuela. ¿Qué relación existía entre la abuela y esa casa? En estricto sentido, ninguna; pero su decisión de habitarla antes que nosotros representó el “visto bueno”. La soledad de la abuela inaugurando la casita duró pocos meses y, durante las vacaciones de verano, que entonces abarcaban dos meses, también me quedé ahí, a modo de otra avanzada, mientras mis padres decidían la mudanza.
Esa casita resultaba grande en extremo para mi visión de pocos años. Era una construcción delgada, como una lengüeta, hasta parecía más una fachada sin respaldos que una casa normal, pero lo que faltaba en profundidad se compensaba con un piso adicional. De hecho, fue la edificación de un arquitecto para sí mismo, aprovechando al máximo el terrenito sobre una pequeña esquina que se desdoblaba como una letra “L” mayúscula para dibujar una mínima cochera. Resultaba evidente que la construcción se fue armando a pedazos y adaptando materiales de ofertas o remates, por eso el arquitecto —a la vez ingenioso y de recursos escasos— utilizó tabiques y pisos diferentes para cada habitación. El efecto era armónico, aunque con aspectos engañosos; pues lo sencillo parecía elegante, lo mínimo, espacioso y lo angosto, amplio.
La casa albergaba muchos rincones, como haciendo eco del alma infantil que se embelesa con lo pequeño y cree en las enormes diferencias entre cada trozo del espacio. La azotea, plana y silenciosa, bajo el tinaco tenía un escondite semejante a un desierto de concreto: periscopio para observar las otras terrazas o mirar con desdén los objetos reducidos por la distancia, como sucedía con los automóviles ajenos. Los rincones más interesantes eran las partes bajas de dos escaleras; una de hierro forjado, colocada casi a fuerzas para subir al piso final; la otra escala de granítica piedra, marcando una curva desde la misma entrada, que generaba un espacio cerrado y fuerte: casi una gruta adecuada al primitivo Cromañón. El sitio idóneo del resguardo oscuro eran los closets hechos de maderas gruesas y olorosas, adornando cada habitación. Y, en ocasiones, casi cualquier sitio pequeño o acotado por una variación de arquitectura, se convierte en rincón; basta que un niño ponga la espalda contra una pared y baje la mirada al piso para encerrar un espacio y colocar el alma sobre las “cosas pequeñas”, que en esa edad son portentosas: muñecos, cartas, postales, canicas...
La casa contenía algunos regalos inesperados, herencia del habitante previo, un personaje curioso y distante, al cual jamás conocí. A la distancia, imagino que ahí habitó un profesionista ingenioso que gustaba de armar pequeñas colecciones. De entre esas curiosidades de coleccionista, el inquilino anterior abandonó unas piezas terrosas, semejantes a vestigios de los aztecas. Objetos pequeños y de barro, sin valor comercial alguno, sobre los cuales recayó la duda si eran antigüedades o, ingeniosas falsificaciones, porque hasta la actualidad, los hábiles campesinos mexicanos hacen artesanías imitando el glorioso pasado, y las venden como si fuesen piezas recuperadas bajo una pirámide enterrada. La mayoría de las piezas eran comunes, simples caritas y cacharros de barro, pero una llamó poderosamente mi atención: un perro serio y con una pata baldada. El animal había sido reproducido de manera distante, faltaban detalles pero se reconocía. No había lugar a dudas, los aztecas conocieron cuatro variedades de perros, algunos servían de mascotas y otros de alimento. A la pieza le faltaba la representación del pelo, pero eso se explica bien: la variedad más popular entre los aztecas carecía de pelo y lo llamaban Xoloescuincle. Me extrañó la pata baldada de la figurilla y su estilo abstracto, rechazando los detalles y concentrado únicamente en lo importante: el cuerpo y la mirada del animal. A diferencia de mi colección usual de soldaditos de plástico y carritos para empujar, esta pieza quedaba invitada como un extraño entre la tribu de juguetes. La piezas de barro, a las cuales suponía entonces como antiguas, las dejaba como espectadoras de las batallas épicas entre los soldaditos verdes y los rojos, los cuales se lanzaban sobre los burós y se empantanaban entre una alfombra hirsuta, de ribetes verdes. Los carritos de metal y plástico desfilaban sus ralis desde la recámara hasta el corredor, pero las caras de barro y el perro baldado quedaban a la distancia, como testigos autoritarios de una diversión que les resultaba ajena.
Una tarde de junio mi padre, luego de mirar el resultado caótico de la batalla entre los soldaditos verdes y rojos, quienes usaron papel de baño mojado para crearse heridas más artificiosas, dijo: —Estas pequeñas piezas de barro podrían lastimarse; es mejor que las guardes bien; nunca encontraremos otras  —mientras sonreía, buscando que mi mirada aceptara su propuesta de inmediato— en el mercado de la cuidad.
Interrumpí el juego y me puse a buscar una caja adecuada. Primero usé una caja de cartón, vacía tras la compra de unos zapatos; pero no daba un refugio seguro. Después se presentó una oportunidad, cuando mi madre se deshizo de un neceser de plástico duro y con un espejito interior, que en su origen fue el maletín idóneo para transportar maquillajes durante un viaje. Por fuera de color rojo ladrillo, un asa de plástico semitransparente y adentro acolchonado de color beige. Ninguna caja resultaría más elegante, era el recinto perfecto para guardar pertenencias delicadas por su exterior rígido y su interior acolchonado. Cuando puse al perrito junto con las demás piezas de barro parecía que sonreían. Ahí estaba su lugar, su rincón definitivo, aunque sobraba espacio pues, al mover el neceser, las piezas bailoteaba peligrosamente; así, también puse estampas de futbolistas y trapos suaves.
El perro de barro y sus compañeros quedaron guardados y a la sombra. En ocasiones, cuando quedaba solitario en la casita y una gran batalla de soldaditos seguía indecisa; entonces se requería de un juez imparcial y, con cuidado, sacaba el perro del neceser y lo ponía en un extremo de la habitación. Le preguntaba:
—¿Quiénes han sido mejores: los verdes o los rojos?
Miraba en silencio y, con su lenguaje de siglos extraviados, me contaba sus cuentos:
—En una ocasión el príncipe de Texcoco estaba rodeado de fieros enemigos, pero llamó con el sonido del gran caracol de mando, para que lo rescataran. Al escucharlo desde la lejanía, los guerreros verdes y rojos echaron suertes para obtener el honor de lanzarse a una misión suicida, pues el cerco militar del enemigo parecía impenetrable…
Después de alejarme de la ciudad, volviendo a labores urgentes que exigían el regreso inmediato, recogí las instantáneas tomadas en esa casa. En mi cartera, guardé una fotografía en miniatura de la fachada, como se atesora la imagen de un hijo. Recordé bien, que el perro de barro se extravió entre los descuidos de mi adolescencia y quizá, de manera definitiva, se alejó en mitad de la última mudanza. He soñado que, por obra de una voluntad misteriosa, el animalito se entierra al pie de una enorme pirámide para —al final de su propio relato— convertirse en vestigio arqueológico, pero luego de otro milenio, abrirse paso y regresar a la superficie para rescatar otra infancia extraviada.