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domingo, 7 de septiembre de 2014

UNA CAPITAL: EJE MAGNÉTICO





Por Carlos Valdés Martín

Dicen que al construir los muros —prefiguración de murallas inviolables— de la futura Roma, uno de los hermanos fundadores saltó sobre ellas, así que Rómulo lo mató. Antes de que exista cualquier capital, el suponer su previsión y augurio resultaría un misterio casi insondable. Para el nómada moverse es lo natural, así es para el cazador de especies migratorias y para el pastor de manadas emigrantes. Con una mirada acostumbrada a la planicie (pastizales, estepas, desiertos…) la ciudad es inconcebible; más aún para los jinetes errantes es inaceptable asentarse[1]. Esa cosmovisión del nómada resulta extraña ante nuestra mentalidad tan acostumbrada a las grandes ciudades y la existencia de capitales. Por si fuera poco, también para el pequeño agricultor en el amanecer de la historia, las ciudades resultaban sitios extraños, llenos de gente desconocida y sometidos a reglas ajenas a la siembra. El pequeño agricultor de esos lejanos días se contentaba con lo que hacían sus manos y casi nada más, no recurría a extraños para intercambiar productos[2] ni se plegaba ante el mando exótico de reyes.
Sí hubo tal situación, donde imperó el pequeño grupo humano, delimitado a hordas o tribus.  Hoy en los exámenes de geografía, no encontramos países sin capital, pero conozcámoslo: hubo un tiempo sin capitales, cuando las reglas de la existencia eran otras.
La capital es mucho más que gran ciudad, pues además es el eje para un conglomerado extenso. Ella engloba una relación entre la ciudad y su entorno, con un espacio concentrado y distinto de su ambiente. La capital estabiliza y define, por tanto, una transitoria no es tal en sentido estricto. La definición de diccionario implica que una ciudad capital es donde se asienta un gobierno y desde ese punto de vista es la principal de un país o región. Esa sería la característica más sencilla, pero ¿es cosa sencilla dicho Poder? No lo es. ¿Siempre se asienta el Poder? No siempre, pues según una afortunada frase de Bonaparte, el gobernante no se sienta sobre bayonetas.

Aspiración al sitio privilegiado: el templo y el palacio, espacio de poder frente al sagrado
Pretender ubicarse en un sitio bueno, con rasgos agradables o benéficos es una aspiración muy comprensible. En las culturas de tendencia religiosa el sitio privilegiado es un templo, lo cual no es tampoco una visión espontánea. Según la Biblia pasaron muchos siglos hasta que los judíos diseñaron un sitio fijo que fuera un recinto digno de su Dios con el Templo de Salomón; pues antes se llevaba a cuestas el Tabernáculo para custodiar el Arca de la Alianza, corazón móvil de su fe errante. Antes no existe tal aspiración al edificio sacro, no hay un instante de previsión sino en la retrospectiva; pero ya concebido y logrado, el Templo permanece en la mente y la fibra íntima de una religión. Una vez creado el Templo de Salomón se mantiene cual modelo de cualquier edificación religiosa del pueblo judío, lo cual también consagró a la ciudad de Jerusalén, como eje de sus creencias. Los templos separan el espacio entre lo profano y sagrado, convirtiendo un sitio en ubicación central, siendo el eje —axis mundi— de la geografía mítica y del fenómeno religioso[3].  
Dicen las crónicas que Tenochtitlán era una ciudad con un diseño de geometría perfecta, que sus grandes calzadas sobrepasaban el espacio de los lagos que la rodeaban, para dirigirse hacia el centro de la ciudad, dominado por las construcciones gemelas del Templo Mayor y el de Tláloc, combinación de guerra y producción agrícola. La bella configuración de la capital mexica se admiraba desde grandes distancias, pues el Valle de México era apreciado por ser una región de aire transparente; desde las laderas de las montañas circundantes se apreciaban las grandes pirámides[4]. Las grandes montañas marcaban el paralelo natural frente a ese modelo de edificio sagrado.
El palacio es un espacio privilegiado para amparar al poder, por tanto su elaboración es tan funcional como decorativa. Funciona para albergar y proteger al gobernante o a sus representantes, se decora para mostrar atributos de mando según sea la circunstancia social: oscilando desde la agresividad militar hasta la elegancia sofisticada. La variación de estilos depende de cada contexto, pero alrededor del sitio el mensaje debe ser indudable para la población: un palacio se impone sobre su entorno.

El “llamado de la naturaleza”
En el orden natural existen llamados misteriosos e imperativos, cuando entre la parte que se mueve y viaja la distancia o la dificultad por alcanzar su destino nos parece absurda o difícil de concebir, nos sentimos maravillados. Esta clase de viajes lejanos o difíciles son bastante comunes, pero nos siguen maravillando, tal cual lo ejemplifican las mariposas monarca migrando y los salmones a contracorriente. De ahí que los seres biológicos cumplen esa tarea de perseguir un sitio desconocido por un llamado imperioso y definitivo.
En cambio, las leyendas sobre la fundación de capitales son misteriosas si se colocan en un periodo previo a la experiencia de tales ciudades. Ese es el caso misterioso de Roma, la cual se suponía fundada en un periodo donde las ciudades eran escasas y, menos claro sería pensar en una gran capital, una urbe plena. Por eso la narración usa el lenguaje de la metáfora, cuando se encontró una “cabeza” en la construcción del Capitolio romano como augurio[5]. Es viable suponer que esa “cabeza” futura del mundo comenzara en una visión más sencilla de simple “polis”, la ciudad que ya estaba en la tradición griega, considerada como un evento superior. ¿Rómulo era empujado por un llamado lejano del futuro con grandeza? También es posible la retrospectiva y acomodar lo previo según el resultado futuro, colocando un tinte de duda sobre la bella narración.

La gravedad atrayendo hacia el centro
La gravedad física empuja los objetos hacia un centro hipotético, por más que eso sea una descripción aproximada del evento físico más exacto; ese empuje es invisible y efectivo. La entera actividad natural depende de esa presión uniforme y graduada en sentido de la gravedad. Cuando algunas capitales comienzan a crecer pareciera continuar un impulso para perpetuar ese movimiento, a manera de una inercia de crecimiento.
Si vemos con detalle ese impulso no siempre permanece, en especial, entre las sociedades antiguas las guerras, epidemias y hambrunas podías demoler a las grandes ciudades y hasta desaparecerlas. Algunas perduraron por siglos o hasta ahora continúan, tal como sucede con Roma.
Ese permanecer de las grandes urbes, en especial las capitales, implica un movimiento centrípeto, hacia el centro. Porque la gente podría alejarse de esos grandes recintos y dejarlos vacíos. Poseemos pies, no raíces y somos capaces de desplazarnos; al mismo tiempo, el ser humano es social, por tanto el grupo del que depende lo atrapa con facilidad y no le permite un desgarramiento fácil.

Transición desde moverse hasta residir: del nómada al ciudadano
El nómada tradicional no es un ente solitario, está ligado a un pequeño grupo, pero no a una tierra fija. Queda ligado también a un medio de producción móvil que son las manadas viajeras y, ligado también, con cambios de las estaciones. El aldeano agricultor fue el primero que se ligó a la tierra de un modo fijo y le dio sentido distinto al término habitar. Ese desplazamiento constante posee su encanto, y la literatura posterior lo ha encomiado y hasta visto en un sentido heroico, como se trasluce en la poesía gauchesca[6]. El aldeano se arraiga a la tierra y el campesino por tradición no acepta desplazarse de su terruño. El habitante de la ciudad, además de fijarse, también se empieza a aproximar mucho, a entrar en contacto estrecho. Junto con esa contigüidad estrecha de la ciudad, vienen muchos cambios en el modo de vida y las perspectivas. Los griegos fueron los primeros en trasmitirnos esa pertenencia intensa a una ciudad, ejemplificada en la disposición de Sócrates a una muerte injusta, antes que abandonar Atenas[7]. Esto no significa la imposibilidad de moverse entre ciudades, de hecho existen diversos estilos de desplazamiento en las sociedades, que rondan los extremos, por ejemplo, el feudalismo clásico que ataba campesinos a la tierra.

Eficacia económica del centro: el mercado donde confluyen...
Gran parte del éxito y atractivo de las ciudades depende de su éxito económico, basando en más eficiencia y productividad, favoreciendo una división de trabajo más intenso, la integración de técnicas o la confluencia de mercados. De hecho los primeros mercados exitosos perfilaron muchas de las ciudades de la antigüedad, cuando el desplazar mercancías e intercambiarla todavía era una novedad, algunas ciudades cifraron su éxito en favorecer ese tipo de prácticas. Otras urbes dependieron de ser centros de poder político o de ejercicios religiosos, pero necesitaban de alimento y sustento suficiente.
El mero aglomerar personas y actividades en poco espacio implica importantes cambios en la actividad económica, imponiendo exigencias de abasto y servicios. Muchas actividades que miramos con naturalidad serían inconcebibles si no contamos con una suficiente concentración de personas: transportes, educación, sanidad, etc.
El transcurso del tiempo mostró que las ciudades eran eficientes como centros de intercambio económico, de tal manera que algunas actividades especializadas se colocaban en urbes, como grandes talleres de artesanía de cerámica o telas. Lo cual también implicó un metabolismo económico entre las ciudades y el campo, que no siempre funcionó igual.

La maravilla de habitar en una ciudad: la polis utópica
Sin duda no fueron los primeros en quedar encantados por las ciudades, pero sí fueron los griegos quienes primero nos dejaron ese legado de amor por la urbe. En el extremo, la misteriosa y lapidara frase de Aristóteles que clasifica al ser humano como “zoón politikón” mostraba que el humano era social, pero el enfoque está en la “polis”, que era el término para las ciudades griegas. Ese agruparse en ciudades, gusta y embelesa tanto a los pensadores griegos que así imaginan a su mundo ideal, porque la utópica República que imagina Platón, es eso: una ciudad de medianas dimensiones, en donde se logre un tipo de sociedad perfecto.
También es cierto que, en diferentes visiones, se ha exaltado el campo y hasta la vida salvaje[8], pero no es sino con el crecimiento de la civilización (derivado de civitas, la ciudad) y cuando se incrementado la nostalgia por el entorno natural. Sin embargo, esa búsqueda de escapar de la ciudad y lo civilizado, es la corriente secundaria o reacción en contra de la tendencia básica: urbanizar. Por si fuera poco, a partir de la revolución industrial, la concentración en grandes ciudades se ha catapultado. Que a mediados del siglo XIX Londres rebasara los tres millones de habitantes era un escándalo y los relatos sobre la masificación del sitio, causaban revuelo y conmoción[9]. Ahora, ese tamaño de ciudad no es extraordinario; la escala urbana se ha vuelto gigantesca. Además, la mayoría de la humanidad habita en ciudades y, una gran parte, en las capitales saturadas.

La ruda y solitaria geometría del poder
La diferencia conceptual entre una ciudad importante y una capital es el asentamiento del poder, porque es la centralización política la que define ese rango. Una capital concentra los hilos del poder de un país, estableciendo el “centro de mando”. Las formas de comunismo primitivo desconocieron la existencia de capitales (en sentido estricto), pues entre el grupo social entero se encontraba repartido el poder y sin periferia no existía centro ni viceversa. Pero después del comunismo primitivo, los sistemas sociales han tendido a establecer capitales únicas[10], incluso durante periodos de continuidad sorprendentemente prolongados (nótese este uso de palabras largas, que identifica la duración).
En su ensayo Posdata, Octavio Paz señala la autoritaria jerarquía política encerrada en la figura de la pirámide, indicándonos que la reverencia hacia la cúspide se ha convertido en una costumbre y casi un reflejo de pleitesía inconsciente. Pero ese acierto del intelectual no se limita al ámbito prehispánico y a una tradición mexicana. El Poder centralizado en sus muchas figuras recurre a la pirámide ideal y sus variaciones. Las figuras políticas unipersonales como rey, presidente, jerarca, dictador, tirano, caudillo, Papa, secretario general y puestos similares apuntan en un mismo sentido: el encumbramiento de un personaje único. La democracia moderna implica un balance entre el aparato bajo poder unipersonal y los principios contrarios (división de poderes, periodos de mandato, contralorías de poderes opuestos, etc.) buscando un balance lo cual también es una aspiración manifiesta desde lejanos tiempos[11].

Efecto multifactorial y sistémico de las capitales
La centralización del Poder al asentarse en la geografía urbana define a la ciudad capital. Ya sabemos que son grandes urbes donde se establece “la cabeza” del cuerpo político. La permanencia de la capital no es mala, porque no acapara por sí poder, sino que muestra la continuidad de un sistema a lo largo del tiempo, incluso los grandes monarcas llegan a desconfiar de las capitales tradicionales y optan por desplazar el recinto del gobierno[12]. Esa permanencia depende de una coincidencia entre la viabilidad del sistema de poderes, el económico, el cultural, las comunicaciones y hasta la logística en tiempo de guerra. Porque las capitales, para mantenerse en periodos bélicos, también deben ser inexpugnables ante el enemigo, por eso lo que hace Rómulo es levantar una muralla inexpugnable y debe matar a su hermano por violar ese designio. Por lo mismo, la presencia y sostenimiento de las capitales es un fenómeno bastante complejo, que debería llamar más la atención de los historiadores, politólogos, urbanistas y hasta artistas. La confluencia exitosa de factores hace de las capitales, los centros clave o neurálgicos de diversos desarrollos, como se ejemplifica en la formación de algunas “lenguas nacionales”.
Vistas en retrospectiva, los inicios de algunas de las capitales de grandes imperios y naciones son interpretadas a manera de mitos fundacionales, lo cual es sumamente atractivo en términos de ideología y relato romántico tan notables en el caso de Roma y México. La efectiva preponderancia de las capitales y su duración de largo plazo, implica comprender la complejidad de la sociedad humana, para empezar, debemos entender el éxito de la centralización del poder y su viabilidad en el espacio: la geografía y geometría del centro.


NOTAS:


[1] De ahí que el imperio mongol levantado sobre la horda nómada no estableciera una capital relevante y estable, según testimonios Karakorum no rebasó la situación de un campamento enorme. Los guerreros mongoles terminaron por asentarse en capitales ya establecidas como Pekín. ANDERSON, Perry, Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo.
[2] Aristóteles desconfía del comercio y se quiebra la cabeza buscando un precio justo. Cf. ARISTÓTELES, Política.
[3] ELIADE, Mircea, Tratado de historia de las religiones.
[4] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac.
[5] En la construcción del templo llamado Capitolio dedicado a Júpiter, se encontró una cabeza y la interpretación de los augurios fue que la ciudad estaría llamada a ser “Caput Mundi”, cabeza del mundo.
[6] Como el famoso canto por la libertad del gaucho que se movía libremente en las pampas en Martín Fierro.
[7] PLATON, Apología de Sócrates.
[8] Un clásico es Rousseau con su Discurso sobre los orígenes de la desigualdad.
[9] Por ejemplo, el cuento “El hombre de la multitud” de Edgar Allan Poe se ambienta en Londres, porque no había de otra: la presencia inquietante de una multitud perpetua, ocurría ahí y en ningún otro sitio de modo igual.
[10] La dualidad indica una inestabilidad, en procesos que se denominan de “dualidad de poderes”. Por ejemplo, TROTSKY, Historia de la Revolución Rusa, y también LENIN, La dualidad de poderes (colección de artículos).
[11] En especial, las costumbres de regicidio ritual manifiestas en La rama dorada, de James Frazer.
[12] La leyenda de que Nerón incendió Roma muestra el ánimo de oposición entre la capital y un gobernante, pero muchos eventos notables de deberían considerar como el desplazamiento de la capital rusa hacia San Petersburgo, el movimiento de Luis XIV hacia Versalles, etc.

martes, 2 de septiembre de 2014

SEMÁFOROS ENLOQUECIDOS, SEÑALES DE PERDICIÓN






Por Carlos Valdés Martín

Esta es la 2a parte de la serie "AUTOMOVILISTAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN" la cual publico, con ánimo dolido tras pasarme varias horas detenido por las fallas del sistema de circulación urbano. El orden no altera este producto: fallas de planeación, caos urbano y tiempo perdido. 

Semáforos enloquecidos 
De cuando en cuando, por arte de magia o por una broma de Anonymus algún semáforo deja de operar correctamente. Reduce el lapso de luz verde a mínimos segundos, crea un nudo de tráfico; lo que era un agradable crucero cotidiano se convierte en una tortuosa fila insoportable. Otros casos más extraños acontecen, hay semáforos que tornan amarillos sin previo aviso, así, obligando a una precaución perpetua. Y el colmo: luz verde para ambos bocacalles de un crucero y el resultado es un accidente.
Durante mi infancia, los adultos culpaban de la falla de semáforos a las operaciones   del policía de crucero; luego, la autoridad reportó que sus guardianes no accederían más a los controles de las luces de tráfico y la medida pareció ser favorable. Pero en esta época de las computadores y los controles remotos, las descomposturas deben ser responsabilidad del mando súpercentralizado, en un sitio donde las computadoras centrales son más costosas que en filmes de ciencia ficción. Quedan dos opciones para la falla: o una enfermedad secreta o la enésima medida discriminatoria para recordarles a los automovilistas su condición inferior.
Para terminar el panorama, recordemos que cuando irrumpen los embotellamientos de muchas cuadras, la utilidad del semáforo termina abatida. En cada lado de un crucero los automóviles traban una pelea por ganar cada centímetro; los carros “atrasados” tapan el paso de vía mientras aparece la luz verde; el lado opuesto desespera. Viendo el panorama, un embotellamiento se extiende calle a calle, provocando inutilidad de los cruceros y una fila de automóviles atorados impide a los que intentan avanzar por el lado perpendicular.  Deja de ser útil el paso sucesivo de los colores del semáforo, mientras la masa de vehículos permanece atorada. En ese sentido, el embotellamiento es la declaración temporal de inutilidad del semáforo.

Señales de perdición 
Esto sucede en todo México y hasta en su capital: la señalización para los vehículos es deplorable. A veces un administrador piadoso, manda a colocar nuevos anuncios, más grandes en las avenidas o letreros con explicaciones sobre el prócer que da nombre a una calle. Sin embargo, el promedio de señalización sigue siendo lamentable. Por ejemplo, si uno avanza por una vía de alta velocidad encuentra el letrero que le avisa de una salida, por ejemplo muchísimo antes del sitio (lo cual es inútil) y después de que ya pasó la salida (como segunda inutilidad o ¿burla?). Con esa clase de señales, resulta necesario pasarse de la salida correcta y después encontrarse con el viacrucis de otras malas señales. Debo señalar, que esas pésimas señales urbanas se complementan con algunos efectos de la naturaleza, como árboles que crecen y tapan las señales, o actos del comercio como carteles espectaculares que bloquean la vista. Y, esos obstáculos se perdonarían en lo moral (en especial perdonamos a los árboles pues ellos crecen buscando la luz), pues son sin intención, lo que siempre resulta odioso por ser “adrede” son los grafitis que eliminan los letreros urbanos. Que los dueños de bardas privadas argumenten que no tienen dinero para limpiar los grafitis indeseables... lo entendemos, pero ¿los gobiernos no cuentan con recursos para rescatar los letreros de vialidad? Así como el petróleo tuvo a su Lázaro Cárdenas que, con un sencillo decreto, lo mexicanizó completo, todavía estamos a la espera del prócer que salve a los letreros claros y bien ubicados, los cuales nos permitan movernos para las ciudades del país sin perdernos.


Tenencias y otros impuestos especiales 
Los automovilistas sufren un régimen fiscal desfavorable, con más impuestos que al común de contribuyentes; el trato recibido es lo contrario del privilegio, es discriminación. Durante décadas (antes de la libertad comercial de importación) existió un costoso impuesto para autos nuevos. Mucho antes se inventó la “tenencia” hoy desaparecida de varios estados, pero amenazando con regresar. Además, de cuando en cuando, se inventan re-emplacamiento o tarjetas de circulación dizque mejoradas. Durante un breve y fallido intento se creó un registro nacional de automóviles, pero el proyecto abortó porque el encargado se descubrió ser un delincuente. La obligación de verificación para gases contaminantes, resulta quizá el único impuesto especial para los vehículos con evidente sentido ecológico, pero fuera de eso, lo demás son más rayas al tigre de la “discriminación” contra el automovilista. 

sábado, 30 de agosto de 2014

ANÁLISIS Y RESEÑA SOBRE “EL HOMBRE DE LA MULTITUD” DE POE




                                                                                  Por Carlos Valdés Martín

Este breve relato aumenta en notoriedad con firmeza, siendo elogiado por artistas y, después, enaltecido por sociólogos[1]. Aunque no es una obra sociológica, sus rasgos obligan a considerarla para ese tema, pues enfoca la gran ciudad del siglo XIX y propone un concepto clave para la sociedad moderna: la multitud o masa. El enfoque y escenario afortunados poseen un enorme eco hacia su futuro (nuestro presente) porque se convirtió en “sociedad de masas” y Londres fue el paradigma (múltiple cultural-teórico-literario) de esa masificación[2], reflejada en la crítica social signada por Karl Marx[3].

El misterio inalcanzable
Con expresiones retadoras, Poe comienza la narración indicando que hay impedimentos para el saber, la frase “άχλϋς ή πριν έπήεν” se traduce como “una niebla que antes nos cegó”, con un doble sentido evidente en idioma inglés: la palabra “mist” es sustantivo (niebla), verbo (empañar) y la raíz de la situación misti-ca o misti-ficada en el más allá inalcanzable. En este cuento, tal bruma marca el principio: la imposibilidad de leerse, “er lässt sich nicht lesen —no se deja leer—”. Y esa lectura imposible se asocia con el secreto espantoso del moribundo acosado por espectros de su culpa e incapaz de confesar; entonces esa barrera anuncia algo terrible. ¿Dónde se coloca esa barrera en esta narración? Esa muralla no se levanta en ningún sitio pues el personaje se mueve entre el espacio público, recorre las calles de la populosa Londres, sin ningún impedimento para desplazarse. El mérito de Poe es convencernos de que en ese paseo tan cotidiano y libre surge un impedimento invisible, obligándonos a beber el secreto que esconde un personaje ominoso: “el hombre de la multitud”.

El ejemplar y su género
Tomar un caso —o unos cuantos— y convertirlo en lo genérico representa un primer reto del saber y su exceso —elevar arbitrariamente un caso en ejemplar— es una tentación, lo cual se plasma de modo diáfano en Platón. Este cuento refiere a los filósofos griegos al señalar a Gorgias, célebre por un diálogo platónico[4]; sin embargo, la intención del artista es diametralmente opuesta a la del filósofo, por cuanto lo singular no desaparece en la obra artística. El famoso mito de la Caverna, paradigma del procedimiento platónico, nos anuncia que nuestra realidad es una pálida sombra y nos incita a descubrir una luz suprema en el “mundo de las ideas”; en cambio, el artista Poe insiste en proyectar luz hasta el fondo de nuestra sociedad que en sus sectores perturbadores semeja a la gruta. Poe prefiere dirigir una iluminación hacia un sector que estima sórdido y fantástico en la cueva de la conciencia humana, para destellar la luz del arte y revelar el claroscuro de las emociones. Este efecto “filosófico” lo anuncia con claridad el inicio del cuento y se confirma con nitidez al final, cuando el atractivo y sórdido personaje, caracterizado con un diamante y puñal escondidos, resulta encarnar un ente genérico: “el hombre de la multitud”. En ese sentido, este es un curioso “cuento filosófico”, que esquiva la pesadez al utilizar misterio, ironía social y acción persecutoria.

Fulgor y terror de la ciudad
El ambiente de la gran ciudad impregna sólidamente al habitante —pegándose a modo del exoesqueleto del insecto—, en efecto, esa “atmósfera urbana” posee características que sobrepasan al individuo, por eso atrae tanto cuando bajo las plumas deslumbrantes se vuelven terror, en citas inesperadas sobre la encrucijada del espacio-tiempo, por ejemplo en situaciones de pánico masivo o crueldad multitudinaria. La gran ciudad moderna en su geografía incluye una segmentación emocional, acumulando zonas de alegría y confort, separadas de otras con tristeza y miedo; los ambientes barriales han variado con tantos tonos como emociones hay en la paleta colorida del corazón humano. Poe elige acentos marcados y contrastantes para empezar el relato con una avenida ordinaria. Mirando esa calle —sitio con mucha agitación y gente variopinta— describe el torrente de la actividad febril, para descender en una escala de oscuridad e inquietud crecientes. El estado de ánimo comienza con ímpetu alegre y un juego de hacer caricaturas mentales con los personajes que desfilan rápidamente ante la mirada del protagonista. Dentro del mismo torrente de viandantes ya aparece la diversidad de personajes desastrados y desastrosos, mezclando a los simples trabajadores y dueños, con los carteristas, mendigos y prostitutas. En ese inquietante torbellino de rostros fugaces surge lo extraordinario con uno singular: amalgama de lo demoníaco y turbador. Una vez atrapado por el anzuelo del personaje oscuro, nuestro protagonista lo sigue cual cazador de emociones, entonces la tónica se va ensombreciendo y la urbe londinense muestra su lado más tétrico.

Estratos y ecología de la ajenidad
Las agudas y breves descripciones de Poe sobre los “oficios” urbanos son memorables por su aguda ironía y confección provocadora. Ahí se desprende, por la ebullición de la noción de “clase” más allá del oficio, un significado más hondo y mordaz, preludio de la “teoría de clases opuestas” cual destino, en Manifiesto Comunista[5]. La lectura de esta gran descripción sobre una muchedumbre que mezcla los extremos del arcoíris urbano debe provocar el mayor interés para quien estudia la sociedad, por ser la primera de este tipo[6]. En el texto hay sutiles dardos de ironía contra los seres adaptados por su seriedad y pretensión; crueles descripciones donde un detalle caricaturesco muestra taras por el trabajo repetitivo: “la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada”.  Otras descripciones se mantienen en la superficialidad jocosa para provocar una sonrisa sobre quienes se disfrazan con la moda obsoleta de la temporada extinta. Con claridad parece dibujarse el perfil de la “clase social” a manera de una escisión más honda que el sello de las simples “profesiones” (amanuenses, oficinistas, carteristas…), lo cual es un tema inaugural para el concepto social moderno. Pero mantienen relevancia las simples estratificaciones “profesionales” (si es que resulta viable colocar esa etiqueta) de actividades, en especial, las antisociales del tipo carteristas, mendigos y prostitutas. Para el protagonista encandilado y malicioso tales variedades forman una especie de zoológico humano[7] sobre el cual otear con aires de suficiencia. Al inicio, el protagonista mira tras un vidrio, separado por una distancia cómoda que impide cualquier interacción con ese entorno tanto trivial (la escena diaria de la ciudad) como hostil (la amenaza del truhán que transgrede). Ese panorama variopinto y caótico implica un elogio de la soledad, con una invitación a mantener la distancia individualista ante tal flujo de gente; planteando un tema anunciado desde el epígrafe: “el gran mal es no lograr estar solo”[8].

Confrontación sutil: seguir al enigmático
Una persecución sigilosa posee algo de lucha y batalla, cuando el simple movimiento de la presa se convierte en un juego de cautela y acoso. Lo único que está buscando obtener el curioso es un secreto de su perseguido. Sin embargo, esa empresa está próxima al fracaso, pues el movimiento mismo amenaza con convertirse en escape, o bien, la mirada del perseguido sería capaz de descubrir al acosador. En el seguimiento existe una mutua determinación entre las dos partes, en un proceso semejante a la batalla, sin que la hostilidad culmine, difiriendo de la guerra por su objetivo discreto[9].  Por su objetivo más cauteloso, la intensidad inicial de este proceso de persecución termina por perder intensidad y obliga al desenlace. Al igual, que el verdadero seguimiento ordinario, esta persecución literaria termina en cansancio.

La escala hacia abajo: el espectador mirando al abismo
El arte de Poe —sublime artista— fascina al lector con una perspectiva que ofrece algo más abajo en sentido emocional y escala social. Los barrios (espacios de “fauna” urbana) van en decadencia y cada vez son más sórdidos[10], pero la persecución del cuento regresa al centro, hacia un hotel D. (la evasión del nombre útil para la identificación vaporosa): la espiral emotiva del torbellino que jala hacia el fondo, hacia un punto invisible pero sensible —sutil geografía de la emoción magnificada, un terror casi erótico. En este cuento el viaje termina sin un susto y concluye en una delicadeza mental sobre el concepto del “hombre de la masa”.
Ese movimiento en círculos por las calles de la ciudad posee una cualidad casi musical, marcando un ritmo que transcurre a lo largo de dos jornadas. El simple desplazamiento y vuelta de tuerca al mismo sitio indica una fuga, la aparición de algo adicional al definir ese “hombre de la multitud” en el sentido de un fantasma: emanación de la entidad colectiva.

Superioridad del narrador
Un resultado del mover el cuento en una espiral descendente es que el centro permanece a flote, y por comparación relativa, se eleva. Mientras el relato más nos convence de las miserias presente en la masa de la gran ciudad, el sentido de individualidad debe adquirir más vigor. El efecto emotivo y psicológico de este tipo de viaje resulta en una sensación de bienestar por comparación; conforme la masa urbana es más baja, el observador siente un confort ante esa bajeza. Conforme termina el relato, el narrador se convierte en quien ha obtenido una revelación; él es quien sabe de la masa y su vileza. Ese tipo de superioridad posee un nivel ilusorio, pues las desgracias del entorno no dan un bien directo, sino indirecto a modo una satisfacción silenciosa, por las desgracias ajenas; además que esa satisfacción se disfraza de conmiseración por los más desfavorecidos. Esta superioridad no posee una jerarquía precisa, es un simple oponer al “yo” frente a los “otros”, con lo cual se dibuja el programa sencillo del individualismo.

Perplejidades y molestias de la modernidad temprana
Nuestra modernidad —esta etapa histórica que comienza entre disparos tecnológicos, atisbos racionalistas y engranajes industriales— ha sido acompañada por disgustos y desazones variados. La conciencia moderna ejerce una crítica contra su propia circunstancia que es distinta a la Antigüedad y Medioevo, pues se abre un periodo en el cual nuestro entorno dejó de ser natural, para convertirse en artificial. Y eso artificial se estima posible de ser modificado, mientras lo natural semeja obra divina[11]. La crítica social con la modernidad se extendió y afinó hasta cuestionar las raíces del orden social, dando paso a periodos de reformas y revoluciones sin parangón previo.
Edgar Allan Poe se coloca en el periodo de la modernidad temprana más influido por la crítica romántica y las aspiraciones liberales por lograr un sitio más justo para todos. Pero la sensibilidad ante los fenómenos de masas era una novedad importante, la literatura anterior desconocía al “personaje-masa”[12], que aquí ocupa el escenario del relato.

Inquietud por el emblema del futuro
En los años de escritura del cuento, hacia 1840, Londres es emblema de futuro, pues esa ciudad parece la capital comercial del mundo entero y cabeza de un impresionante imperio planetario, en el cual no se pone el sol. Esa ciudad rebasa en riqueza e intensidad a las demás capitales, por lo que cabría presumirla como la “cosmópolis” y modelo de globalización decimonónica. Era la ciudad más poblada en el planeta, estimándose alrededor de los tres millones de pobladores, en un contexto de “revolución industrial”. Si ese retrato de la urbe futura es tan inquietante, ¿qué le esperaría al resto del mundo? La inquietud implícita es una característica notable Edgar Allan Poe, tan inclinado a mezclar géneros y señalar el lado oscuro del alma humana.

Hacia una “pasión y horror por la masa”
La actitud del narrador del cuento posee otro rasgo típico de la intelectualidad y gran parte de la población moderna: el aspecto de la masa seduce y espanta. Bajo la sensibilidad de Poe predomina la nota del espanto, pues desde el principio la figura le recuerda un demonio que desborda los términos de cualquier explicación simple, pues no es la tradicional encarnación del mal cristiano sino una ensalada desconcertante: “Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación.”  La caracterización es desconcertante, pues a los dobleces siniestros y censurables (lo diabólico típico) se agregan tintes opuestos como “penuria” y “suprema desesperación”.
El protagonista queda fascinado por esa mezcla e intuye una historia extraordinaria.  Ahí comienza la persecución tras la pista del “hombre de la multitud”, al cual Poe nos lo describa en términos de espécimen añoso. La debilidad del perseguido es engañosa, pues su vitalidad nunca termina y mantener la persecución es imposible, pues el personaje recupera fuerzas conforme se agolpa un gentío. El seguimiento se vuelve perpetuo, de día y noche sin terminar; hasta que al segundo día el protagonista agotado se da por vencido pues comprende la inutilidad de esa asechanza.

De la idolatría por la masa ante el genio artístico
En su juventud, Poe fue acusado de mentir pues gustaba de fingir conocimientos superiores a sus dotes, las cuales eran notables. En la madurez del artista, este cuento finge una persecución para mostrarnos algo distinto, para aproximarnos a una entidad tangible y evaporada que es la colectividad convertida en carne y hueso. En la ficción literaria, además del gusto momentáneo por la lectura, se crea un sustrato de credibilidad: en la narrativa jugamos con creencias de trasfondo. Este breve cuento sugiere la maldad interior y la imposibilidad de atrapar ese ser multitudinario; sin embargo, esto no siempre sucede así. El argumento sobre el disgusto al ser tocado por la masa está presente, pero también asoma la opción contraria, donde ese “el hombre de la multitud” encarna el gusto por permanecer entre la masa y, en el extremo, fundirse en ella. En su destello artístico, Poe se adelantó a las pasiones políticas por la masa, que se perfilaron claramente en el siglo XX, donde a la masa se le embellece e idolatra esperando que su presencia salve a la humanidad[13]. Ese gozo por acodarse entre la masa invita a que sospechamos un autorretrato ¿no seré yo, el lector, quien encaja en ese retrato? Sin embargo, el genio de Poe no acusa a nadie, ni está para despertar conciencias dormidas, simplemente entrega una ficción inquietante como pocas, porque sin recurrir a ningún acontecimiento extraordinario, nos intriga con el lado ominoso de lo cotidiano.


NOTAS:


[1] Por ejemplo, Marshal Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, y los elogios de Charles Baudelaire.
[2] Poe insiste en que Londres es impresionantemente más populosa que cualquier ciudad norteamericana, con una vehemencia que pasaría desapercibido para el lector apresurado: “los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad
norteamericana más populosa”
[3] Esa crítica social toma a Londres también como su escenario predilecto; siendo patéticas las narraciones de la ciudad reflejadas en El capital de Marx.
[4] PLATON, “Gorgias” en Diálogos. Se considera que es al sofista que mejor tratan los Diálogos, afamado también por su sagacidad y longevidad de 109 años.
[5] KARL, Marx, Manifiesto Comunista, donde la historia de la humanidad hasta nuestros días es la “historia de la lucha de clases”
[6] Así lo considera Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire.
[7] Esa perspectiva de Poe, fusiona esa sensación “animal” sin necesidad de utilizar metáforas directas de especies, como las sirenas de la Odisea o el insecto de la Metamorfosis; pero ¿la masa misma no se simboliza en un animal colectivo de mil cabezas?
[8]Ce grand malheur de ne pouvoir être seul”, atribuido a La Bruyere.
[9] Clausewitz, Carl, De la guerra.
[10] El extremo de lo sórdido también es un tema de la crítica social en El capital, donde cita los horrores de Londres y otros rincones tocados por la revolución industrial capitalista:  “… hay 40.000 personas desamparadas, muriéndose de hambre! Esos millares irrumpen ahora en otros barrios; esos hombres, que siempre han estado medio muertos de hambre, gritan su aflicción en nuestros oídos, claman al cielo, nos cuentan de sus hogares abrumados por la miseria, de su imposibilidad de encontrar trabajo y de la inutilidad de mendigar.” Tomo I, “Efectos de la crisis sobre el sector mejor remunerado de la clase obrera”.
[11] LUKACS, George, Historia y consciencia de clase.
[12] BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire.
[13] CANETTI, Elias, Masa y poder. En esa idea, el comunismo y fascismo representarían “cristales de masa”, procurando conjurarla continuamente, cual bálsamo. Un ejemplo de lo mismo, es la mística por la “multitud” de Hardt y Negri, en Imperio.

sábado, 23 de agosto de 2014

SENDEROS BIFURCÁNDOSE SOBRE EL ALEPH




Por Carlos Valdés Martín



El Aleph es un relato de ficción de Borges sobre el punto privilegiado del universo desde el cual se observaba simultáneamente todo lo que acontecía en este mundo. Bastaba recostar a la persona en el escalón decimonoveno de cierto sótano para que se vertiera sobre el espectador esa abrumadora presencia: las imágenes simultáneas de todo lo que sucede. El Aleph es un símil de lo que supone la religión sobre el ojo de Dios, que todo lo mira sincrónicamente. La del Aleph es visión abrumadora, por la variedad e intensidad de imágenes que ofrece al espectador, de tal manera que se capta el vértigo, de tal modo que es imposible asimilar ese torbellino de información e impresiones. La riqueza de imágenes genera tensión interior en el espectador, quien llega al extremo y los efectos podrían resultarles irresistibles[1].

Enfoques sobre este Aleph
Pero vayamos por partes, pues en este cuento se mezclan más elementos antes de ofrecernos al prodigio entero. Primer aspecto, es una historia del amor imposible, la muerte de Beatriz Viterbo, en fin la imposibilidad pasional. Después es una comedia entre literatos rivales, porque el Borges de la primera persona se burla del poeta Carlos Argentino, quien finaliza galardonado con un Segundo Premio de Literatura. Tercero, es una ficción sobre la casualidad: por azar estaba el Aleph ahí. Cuarto, es una paradoja inventada por el mejor escritor ciego conocido, lo cual lleva a otra paradoja (los ojos del ciego) y a un sueño compensatorio (ver más que nadie en el mundo). Quinto, el destino del evento Aleph es una tragedia, porque es destruido en la demolición de una casa y en esto encierra una curiosa culpa de la primera persona del relato, el mismo Borges[2]. Sexto, es una teoría del poder: la posición y sitio exacto trasciende y, al descubrirse, cualquiera deseará acapararlo en una tarea inútil. Séptimo, es metáfora de la futilidad, nada útil acontece al verlo todo. Octavo, es ejemplo de economía: todo cabe en un Aleph, sabiéndolo acomodar. Noveno crítico, es una metáfora de la Divina Comedia con su Beatriz inaccesible, su Virgilio-Dante, su infierno y paraíso. Noveno infinito: es una ficción sobre la visión de las visiones, para pensar el límite de esa facultad y la plenitud de la existencia… sirve para pensar en infinitos y perderse habitando en ellos.

Amor inaccesible
El cuento comienzas con la nostalgia ante la imposibilidad de la amada muerta, la triste certeza de que el universo sigue su marcha mientras el corazón de Borges sigue anclado en una adorada e imposible Beatriz Viterbo; cuando el ordinario cambio en los anuncios publicitarios de cigarros rubios le hace notar que el mundo continua avanzando.  
El amor se revuelve de impotencia contra la muerte, el enamorado nostálgico recurre a bálsamos anestésicos; la simple imagen visual de la amada, como una fotografía o un recuerdo se convierte en objeto de veneración, que no deja de vislumbrar la herida causada por la distancia. Aquí la imposibilidad está arraigada en las emociones, por lo que es desgarradora, a diferencia de las imposibilidades frías que no afectan el corazón, la imposibilidad del amor es una daga clavada en el centro. El extraño objeto mágico, que es el Aleph, pareciera un camino, pero la visión nunca es suficiente y resulta que no se llega a nada, sino que el dolor se incremente, la apariencia de cercanía por una mirada voyerista sobre la amada muerta incrementa el efecto de la pérdida. Además el descubrir un amorío inconfesable entre Beatriz y Carlos Argentino (su incesto escondido) conlleva a más dolor y hacia una venganza cómplice, al no intervenir para la demolición del sitio.

Torneo de egos literarios
El contrapunto entre el narrador escritor, el mismo Borges, y el aspirante Carlos Argentino, tocado por un aliento mágico, primero debe mover a risa y desprecio; porque ese poeta alterado es aprendiz de brujo, patentemente incapaz de transcribir lo que ha visto, pues su palabra es torpe, y a mayor grandeza del objeto descrito se exhibe más la ineptitud del aspirante a poeta. Más de la mitad del cuento se dedica al tema de esa mala poesía, plagada de cacofonías y oscuridades que pretenden obligar a tragar barroquismos y retorcimientos en cada estrofa; sumado a las pretensiones de incluir al orbe entero en una especie de “Canto General”[3] que describa en estrofas todo lo existente. Esa burla sobre “mala poesía” es un exhibicionismo sobre los temores del creador, acosado por los fantasmas de la torpeza o la presunción, que en el acto de mostrarlos se disipan con esa iluminación.
Sin embargo, por el conjuro de este cuento se cruza el puente imposible y transcribe en palabras esa cualidad mágica del punto que observa todos los puntos; advirtiendo que esa explicación es una pálida sombra comparada con lo “real”, al estilo de la Caverna de Platón. Ahora bien, con la cura de la distancia el observatorio universal transfiere al poema una cualidad insoportable.

Significados universales y particulares del Aleph
El objeto mismo de la anécdota es un gran acierto, pues combina la universalidad y la particularidad inmediata de la visión. Poder inmenso, pero discreto que no se puede utilizar, mera vista a la distancia. Indica un desbordamiento completo, por lo cual remite a la divinidad. Se conserva en el terreno de la metáfora literaria porque no pierde su carácter concreto y se le describe mediante un deslumbrante catálogo de visiones. Como símbolo de la omnivisión es muy propio de la modernidad, época tecnológica que posibilita la efectiva confluencia de miles de mensajes visuales y comunicaciones profusas a velocidades impresionantes[4]; supongo que para culturas antiguas, aunque esta metáfora misma provenga de un lejano pasado, no causaría una impresión concreta, bien especificada, sino que solamente se asociaba con la cualidad divina: el ojo de dios. Con ironía imita a las moscas, de muchos ojos y poco cerebro; efectivamente la mirada del Aleph es un torbellino, carente de modo de asimilación y se rechaza explícitamente la digestión de tal marejada de visiones.

Nos preguntamos de qué es fruto esta metáfora, pues pareciera sembrada en la encrucijada entre la abundancia y la miseria absolutas. Con la modernidad se dan las condiciones crecientes para la eficaz avalancha de imágenes jamás antes captadas por ojos humanos. Mientras el espectáculo visual de la modernidad va creciendo, como mundo show, del lado contrario también está la complejidad y el proceso de ocultamiento múltiple de un sistema social, cada vez más indescifrable (digamos oscureciendo la nota). Esta tendencia doble, es captada por el genio singular de Borges: individuo de carne y hueso. Al momento de escribir El Aleph los problemas de salud quebrantada ya lo habían precipitado hasta la ceguera. De esta manera, las riquezas del espectáculo visual de la modernidad, son apreciadas en una dimensión inconmensurable, precisamente, por una persona en trance de perder la vista. Esta desgracia personal, daría más fuerza a su percepción como artista, de tal modo que su vista intelectual-sensible, le permite una más intensa valoración sobre la relevancia de las imágenes visuales. Esto recuerda al fenómeno sicológico de la compensación, por medio del cual quien sufre una carencia real imagina que la supera enormemente, por ejemplo existen sueños de omnipotencia durante convalecencias por parálisis. Así, El Aleph es sueño sobre la omnipotencia del ojo cegado. Pero no es un sueño privado, sino una imaginación para compartirse, quizá todos somos un poco ciegos por excesos de vistas deslumbrantes y no por oscuridad[5].

Lamento por la pérdida del Aleph
En tanto ficción rigurosa, embozada en un estricto realismo casi costumbrista, el Aleph se pierde como objeto delimitado en el espacio tiempo. La anécdota de la destrucción inminente de la casa que lo albergaba es muy consistente, como si se tratara de la revelación del ocaso. La destrucción ya es una tragedia, por si fuero eso poco, además ocurre en secreto, nadie lamentará a una maravilla desconocida. El autor comparte una culpa cómplice por la pérdida al negarse a auxiliar a su poseedor, pero ya no hay remedio. En vez de solución queda un misterio con la suposición de que existe un Aleph más verdadero, un mejor mirador en el cual se capta el universo y ese otro sería la puerta suprema del infinito.

Imposibilidad de alcanzar el mirador supremo
Una reflexión filosófica de fondo se trasluce porque es vano intentar controlar un tal Aleph, al mismo tiempo, que la conciencia aguzada sería capaz de poseerlo, y ese es el sentido del epígrafe citando a Shakespeare: “O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite Space” — Dios mío, podría confinarme a una cáscara de nuez y considerarme Rey de un espacio infinito.

Queda abierta una interrogante entre la potencia del Aleph y la limitación de nuestra conciencia. Si este mirador multiplica la visión al  infinito pero permanece inmediata, entonces lo que ofrece como residuo para la conciencia es que ésta permanece pobre, es un procesador de míseras capacidades para asimilar esa avalancha de percepciones[6]. Por lo  mismo, por la falta de asimilación de la conciencia es que el Aleph persiste aislado como objeto deslumbrante pero inútil, así no integra los sueños ordinarios de la humanidad (riqueza, poder, vida, amor) sino que permanece como una metáfora de infinito que nos rebasa a todos. La complicidad del autor en la destrucción del este sitio es acusación sobre la mediocridad de la condición humana, fechada en ese tiempo espacio —del aquí y ahora— incapaz de conservar el mirador supremo.




[1] Otro cuento con una hipótesis opuesta y complementaria es Zahir, especulación sobre el objeto singular pero deslumbrante que va acaparando la mente del protagonista; donde lo particular se transfigura en universal para un individuo que no se lo saca de la mente.
[2] La omnipotencia imaginada conlleva una complicidad entre el lector que siempre podrá más que el autor leído: el veredicto del lector. Por el contrario, el autor se refugia en su dificultad o en “fórmulas secretas” tras su escritura que solamente descubrirá el lector fiel. Cf. STEINER, George, Sobre la dificultad.
[3] No parece posible que este cuento incluya una ironía en contra de la obra de Neruda, pues es anterior a la publicación del Canto General de 1950.
[4] Aquí Borges, sirve de profeta del siglo XXI. Bien indicó Ortega y Gasset que el historiador es un profeta con la cara volteada al pasado; el relator fantástico, es un profeta disfrazado con ropa estrafalaria. Cf. El tema de nuestro tiempo.
[5] Es una cultura de flashes, impresiones que distraen. Cf. Alvin Toffler, La tercera ola.
[6] Por eso el relato sospecha de otro objeto más prodigioso, un “verdadero Aleph” que permanece inaccesible, incluso dentro de una columna de piedra, y jamás percibido.